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jueves, 26 de diciembre de 2019

Series CBE: "Y sin embargo se mueve (Capítulo 14, FINAL)

Buenos Aires, 1956

El hombre de los ojos grises sale de sus largas cavilaciones cuando escucha los sonidos de apertura y cierre de su puerta de entrada y los pasos subsiguientes. Su oído entrenado reconoce el sello de su propio andar en otro tiempo. Luego, la versión más clara de su voz de juventud se lo confirma. 

— Vengo de 1965, me envía el Borges de esos pagos. 
— Es bueno saber que aún vivo en 1965. Al hablar contigo, mi yo pasado,  acerca de nuestro yo futuro, me doy cuenta que olvidamos que todos somos hombres muertos conversando con hombres muertos.
— Es momento de hacer ajustes.
— ¿El vejestorio de 1965 y el señorito de 1929 precisan de mí para hacer enmiendas? En mi próxima vida intentaré cometer más errores.
— Solo en el presente suceden las cosas. Pero Iberra y Chiclana han transgredido todas las barreras. Empezaron a matarse hace unas horas en este año, tuvieron su agonía durante el salto en el tiempo y aparecieron muertos frente a Los Angelitos en 1965. Esa es una falla grave del sistema.
— Mi joven Borges... un sistema no es más que la subordinación de todos los aspectos del universo a cualquiera de estos aspectos. ¿Crees que no he repasado los hechos y reflexionado largamente en los ajustes? El futuro es inevitable y preciso, pero puede no ocurrir. Dios acecha en los huecos.
— Acecha y escribe, sin duda. Y hablando de dioses y escritos, ¿tienes la carta de la secta del Fénix?
— Creo conocer el contenido de esa carta sin haberla leído, del mismo modo que puedo inferir con suficiente certeza las enmiendas requeridas. Pero léela por los dos y entéranos, por favor, tú que aún tienes luz de día en la mirada. 

El Borges de 1929 abre el sobre y lee la carta en voz alta. El Borges de 1956 escucha con atención y se mantiene largo rato en silencio. Siguiendo el protocolo pide que la misiva sea arrojada al fuego, donde el papel se consume por completo. Nadie que contemple el fuego, ni siquiera con una mirada disminuida, se libra de la hipnosis y el arrobamiento que por un instante nos remite de manera misteriosa hasta los albores del tiempo. Sus ojos desiertos de luz se vuelven innecesarios ante la flama luminosa que refina el oro de sus pensamientos. Sabe muy bien qué mariposa debe batir sus alas para que los tiempos se ajusten, las cosas vuelvan a su lugar y los secretos sagrados se mantengan inalcanzables y ocultos. 

— El Fénix y el fuego son una misma cosa: Creación, destrucción y resurgimiento.
— ¿Qué debo hacer?
— Serás portador de ese fuego, mi joven Hermes, tengo varias misiones para ti. Antes que nada, haz un viaje al otro lado del espejo, a la ampliación de la realidad del tiempo en 1942. Ve a la penitenciaría nacional, a la celda 273, y saca de ahí a Isidro Parodi. Regresa a nuestra dimensión y tráelo a 1956. El tipo será de gran utilidad resolviendo casos en la comisaría 8. Él impedirá que las cartas de Los Angelitos caigan en las manos de Feola, 'el bagarto'. Además, asignarlo ahí será un acto de justicia y reivindicación. Preveo que el hombre se resignará cada día a nuevas abominaciones, y pronto solo quedarán bandidos y soldados.
— Has dicho ‘varias misiones’, ¿cuáles son las otras?
— Visita al Borges de 1964 y háblale de tu periplo de investigaciones sobre el tango y la milonga. Cuéntale de Iberra y Chiclana. El tango es una expresión directa de algo que los poetas a menudo han tratado de expresar con palabras: la creencia de que una pelea puede ser una celebración. Apuesto que el viejo no resistirá las ganas de componer todas esas piezas. 
— ¿Hay más?
— Si, una última cosa: Escribe muchacho, escribe mis instrucciones para Ñato Iberra y lleva la carta al Café Los Angelitos de tu tiempo, en 1929. 

El joven Borges escucha y escribe. Sabe muy bien que escribir no es más que un sueño guiado. Le divierte pensar que él mismo dictará esa carta en el futuro, cuando 1956 sea su propio presente. Ahora el Borges mayor cierra su dictado con una célebre frase en latín.

— ¿Dijiste eppur si muove?

El hombre de los ojos grises apoya ambas manos en su bastón y alza la barbilla sumido en la ciega contemplación de lo infinito. Es la hora de la tarde en que la llanura está a punto de decir algo. Nunca lo dice, o tal vez lo dice infinitamente, o quizás no lo entendemos, o lo entendemos y es intraducible como música.

— Eso mismo muchacho... eppur si muove... y sin embargo se mueve.






domingo, 22 de diciembre de 2019

Series CBE: "Y sin embargo se mueve" (Capítulo 13)

Buenos Aires, 25 de octubre de 1965

Salí de la delegación a toda prisa para no cagar a trompadas a Garrido. El humor y las tensiones de las últimas semanas no estaban como para que el muy boludo entrara leyendo en voz alta la crónica de la derrota de River en cancha de Banfield. ¡Es como si le pagaran por hincharme las pelotas!

Saqué el Fiat del estacionamiento y me puse en camino para hacer algunas diligencias. Encendí la radio y comencé a cambiar de emisora buscando algo para distraerme. ¿Noticias de la visita de Isabel Perón? Ni en pedo. ¿Leonardo Favio? No. ¿Palito Ortega? Tampoco. ¿Melenudos ingleses? ¡Menos! ¿Melenudos yankis? ¡A la mierda!

Seguí probando suerte y por fin me detuve al encontrar una milonga nueva en una voz conocida, ¿Edmundo Rivero quizá? Era una pieza un tanto rara pero de inicio prometedor. "Veamos de qué va", pensé conforme, y me dispuse a escucharla mientras conducía por Rivadavia, pasando por la esquina de Los Angelitos y la puta que los re mil parió.

Me acuerdo, fue en Balvanera,
en una noche lejana,
que alguien dejó caer el nombre
de un tal Jacinto Chiclana.

¡¡A la marosca!! ¿¿Jacinto Chiclana?? ¡¡Dijo Jacinto Chiclana, la concha de su hermana!!

Armé tremendo quilombo al apartarme del camino y estacionar el Millecento para escuchar con mayor atención, mientras intentaba recuperarme de la sorpresa. Era un programa completo para presentar "El Tango", el nuevo álbum de Astor Piazzolla en colaboración con otros músicos argentinos. Yo no salía de mi asombro, la oda a Chiclana tenía la misma impronta de las cartas que encontré en Los Angelitos y parecía referirse a los mismos hechos misteriosos del caso que me ocupaba. Pero ahí no terminaba el asunto. Cuando  escuché que la siguiente pieza mencionaba a los hermanos Iberra casi me cago encima.

¿Y ese Iberra fatal (de quien los santos
se apiaden) que en un puente de la vía,
mató a su hermano, el Ñato, que debía
más muertes que él, y así igualó los tantos?

Las incriminatorias letras de esas canciones exigían una aclaración sino es que varias. Estaba cantado, tenía que hablar con Piazzolla. 

Hice algunas indagaciones y di con él en el Café Tortoni.

— Maestro, ¿me permite? —le dije mostrándole mi placa—. Tengo unas preguntas que hacerle. Es sobre las letras de su nuevo álbum.
— ¿Qué me dice? ¿Le gustaron las composiciones del gran Jorge Luis Borges?
— ¡Eh… son fantásticas! —contesté mientras intentaba esconder la vergüenza que me causaba mi propia boludez. ¿Cómo no se me había ocurrido que el compositor podía ser alguien más? ¡Flor de pelotudo! Para salir del mal paso le pregunté por las voces.
— Canta Edmundo Rivero. El recitante es Luis Medina Castro. ¡Unos fenómenos! El quinteto entero anduvo muy bien, ¿no cree? 
— Y si, unos fenómenos, sin duda. Son todos unos capos.
— Debería usted ir a las conferencias sobre el tango que el maestro está dictando los lunes en General Hornos. 
— ¿Cómo? ¿Hay una hoy? ¡Mire que estoy de suerte! Iré, se lo aseguro. Gracias por su tiempo y amabilidad —le dije ofreciéndole la mano—. El nuevo álbum es una maravilla, lo felicito.
— Me alegra que le guste —respondió con expresión divertida—. Es usted un tipo curioso… va por las cosas del ocio como por las del trabajo, mostrando la placa y haciendo interrogatorios. ¡Relájese un poco inspector!

Me despedí sonriendo para cubrir mi incomodidad. Mi cabeza ya estaba puesta en las conferencias en General Hornos.

Llamé a la delegación y pedí con “Pejete”, el de comunicaciones. Ampliamente conocido por su fervorosa afición al fútbol, al tango y a la literatura de Borges, “Pejete” se ufanaba de haber leído todos los libros del escritor, incluidos los centenares de artículos que este había publicado como columnista de La Nación en los últimos diez años. Si alguien podía saber todo sobre las conferencias era ese atorrante.

— ¿Pejete? ¿Cómo andás che?
— ¿Y qué te puedo decir Isidrito? ¡Feliz como perro con dos colas! No como otros que andan por ahí de 'bolas tristes'...
— Si, si… la que te remil parió... Oíme, ¿vos sabés algo de unas conferencias de Jorge Luis Borges por estos días?
— ¡Seeee, por supuesto che! ¡Sobre el tango! El maestro las anunció en La Nación hace unas semanas. Lleva todo el mes impartiéndolas, hoy a las 7 es la última. 
— ¿Sabés dónde?
— Y si, en General Hornos 82, en el primer piso. Yo apenas pude ir a la primera. Si no fuera por estos turnos de mierda…
— ¿De qué te quejás che? Si te la pasás al pedo leyendo todo el tiempo…
— Oíme Isidro, ¿supiste que ayer Raffo metió dos goles? 
— ¿Y vos todavía no te enterás de que Borges odia el fútbol, pelotudo?
— ¡No pasa nada Isidrito! ¡Al maestro se le perdona cualquier cosa! Pero no me cambiés el tema, a ver, en los goles de Raffo estábamos...
— Chau animal…

Estaba impaciente. Las preguntas repicaban en mi cabeza hasta el punto de causarme dolor e intranquilidad. Todo esfuerzo mental tiene su castigo. ¿Cómo sabía Borges acerca de Iberra y Chiclana si la policía aún no revelaba ninguno de los nombres? ¿A qué motivo obedecía la grabación de esos tangos alusivos casi al mismo tiempo del quilombo de los cuchilleros muertos aparecidos de la nada? Y ya poniéndome personal, ¿por qué ese despiole me resultaba extraño y a la vez conocido? La sensación que me causaba todo aquello era tan familiar como si lo hubiera soñado y tan real como si ya lo hubiera vivido.

Leí cuidadosamente las cartas de Los Angelitos, varias veces. No quería chamuscarme los sesos con tantos pensamientos y teorías, pero fue inevitable en vista de las casi 4 horas que faltaban para el inicio de la conferencia. Conté cada segundo de los minutos previos a las 6:30 y, llegado el momento, salí de Liniers con rumbo al 82 de General Hornos.

Llegué un par de minutos antes del comienzo, que fue puntual y sin muchos preámbulos. El lugar, un departamento particular de unos 30 metros cuadrados ubicado en el primer piso, era demasiado pequeño para las casi 200 personas que se habían hecho presentes.

— Señoras y señores, tengo una buena noticia para ustedes. Y es que esta conferencia va a ser tripartita, porque, además de mis palabras, creo que tenemos presente a un recitador. Y luego tendremos al maestro García. De modo que hoy concluimos el ciclo de conferencias.

Jorge Luis Borges habló del tango en Japón y en Oriente, de los personajes de sus letras: el compadre, la mujer de mala vida y los “niños bien”. Contó anécdotas de Ricardo Güiraldes y Adelina del Carril, expuso las caracterizaciones de Lugones, Miguel Camino, Silva Valdés y Bioy Casares y finalmente dio sus apreciaciones sobre el tango como tema literario. 

Intenté repartir mis sentidos entre atender la charla y observar al auditorio. Los asistentes tenían pintas muy diversas. De entre la gente común resaltaban elegantes patricios, delicadas señoras de sociedad, adustos literatos, ridículos seudo escritores de falsos poses, atentos ratones de biblioteca, molestos periodistas garabateando sus apuntes, viejos tangueros del talante de "Pejete" y otros tantos especímenes raros. Pero hacía buen rato que había captado mi atención un sujeto vestido como un compadrito de otro tiempo. Me resultaba conocido, pero no ubicaba de dónde. Sentado en diagonal, unas pocas filas delante de mí, se le veía intranquilo, como quien está recibiendo noticias terribles. Su perturbación se hizo aún más evidente cuando Borges terminó su intervención y dio paso a las interpretaciones musicales que había anunciado al principio. La milonga de Jacinto Chiclana comenzó a escucharse y el tipo se paró de inmediato, como impulsado por un resorte. Estaba pálido y su rostro denotaba una gran confusión y desconcierto. Fue hasta entonces, al verlo de pie, medio de espaldas, cuando por fin lo asocié a la grotesca imagen de aquella noche en la esquina del Café Los Angelitos. Me puse erizo y un temblor se apoderó de mis manos al descubrir que a esa espalda solo le faltaba una gruesa cubierta de sangre reseca y un brazo cercenado clavándole un cuchillo. Parecía cosa de locos... ¿En verdad era Chiclana? ¿Cómo podía ser posible?

Al  finalizar el programa se hizo un tumulto alrededor de Borges que tardó buen rato en disolverse. El supuesto Chiclana desesperaba detrás de la aglomeración y yo observaba a pocos metros. Al decrecer la multitud, el inmortal cuchillero se acercó al escritor con pasos agresivos y se detuvo frente a él sin poder decir nada, tal era su confusión. Junto a Borges estaba otro hombre que, a juzgar por el increíble parecido, bien podía ser su hijo. Chiclana los miró a ambos negando con la cabeza, se dio la vuelta y salió cabizbajo del lugar. 

Dudé por un segundo entre abordar a Borges o seguir a Chiclana. Opté por ir tras este último, el escritor no estaba yéndose a ninguna parte. Iba rumbo a la salida a toda prisa cuando escuché que me llamaban.

— ¡Isidro! ¡Isidro Parodi!

Era la voz de Borges.  ¿Cómo sabía mi nombre? ¿Cómo es que lo sabía todo?

— Déjalo ir Isidro. Tiene que cumplir su destino. Tú también debes cumplir el tuyo. Debes quemar las cartas de Los Angelitos.
— ¿Cómo sabe mi nombre? ¿De qué destino habla? ¿Cómo diablos sabe de las cartas? ¿Qué es todo este asunto de compadritos resucitados y tangos sobre cuchilleros? ¿Ese tipo es en verdad Jacinto Chiclana?
— Tú lo sabes todo Isidro, es solo que no lo recuerdas.
— Déjese de juegos señor Borges, y por favor explíquese.
— Los que hemos visto al tiempo cara a cara terminamos desmemoriados o ciegos.
— ¿De qué demonios habla? ¿qué es lo que no recuerdo?
— Cualquier vida, por larga y complicada que sea, en realidad consiste en un solo momento: el momento en que un hombre sabe para siempre quién es. ¿Tú sabes quién eres Isidro? ¿O te conformas con lo que recuerdas de ti mismo, el detective perspicaz, solitario y malhumorado de la comisaría 8? ¿Has olvidado que fuiste un barbero en la calle México del Barrio Sur? ¿Has removido de tu memoria los 21 años que pasaste en la celda 273 de la penitenciaría nacional?
— ¿Qué clase de disparate es este? ¿esto es real?
— Tan real como tú Isidro, que fuiste escrito por un autor a quien inventamos Bioy Casares y yo. O como Jacinto Chiclana, una criatura imaginada por el Borges del pasado, este joven aquí presente. La realidad no siempre es probable o posible. 
— ¿Qué mierda me está diciendo? ¿que no existo?
— La verdad nunca penetra en una mente no dispuesta. Yo mismo no estoy seguro de existir, en realidad. Soy todos los escritores que he leído, todas las personas que he conocido, todas las mujeres que he amado; todas las ciudades que he visitado. Tú eres un personaje de ficción, estás escrito. Más no pierdas de vista que toda ficción es una realidad alternativa. Eres Isidro Parodi, sí. Pero también eres Honorio Bustos Domecq, Bioy Casares y Borges. Eres muchos y nadie. Los que te soñamos y eventualmente te escribimos, todos somos tú. Y todos aquellos que te lean y repitan hasta los confines del tiempo también serán Isidro Parodi. Esa, mi estimado barbero, ex convicto y detective… esa es la verdadera realidad de la existencia.





sábado, 9 de noviembre de 2019

Series CBE: "Y sin embargo se mueve" (Capítulo 12)


Buenos Aires, 1965

Garrido y el doctor me están jodiendo la cabeza. Es como si me hubieran picado la sien y extraído mi cerebro en trocitos tan pequeños que fácilmente podrían mezclarse con comida para animales. A este paso terminará siendo más útil como alimento para perros viejos y desdentados que como un órgano para pensar.

Garrido llegó a Villa Turdera, a la dirección de Roberto el Ñato Iberra, "una casita insípida con jardín frondoso y colorido", descripción del detective que me pareció una gilada de más. La vivienda está cerca de un viejo monumento, un puente legendario que ha visto pasar a miles de argentinos en las malas y en las peores, entre ellos al asesino de Iberra. Lo que Garrido pudo recabar entre los vecinos de la casa abandonada, es que este se había largado hace años, quién sabe adónde. Lo último que supieron en el barrio es que a Ñato Iberra lo habían visto camino a Uruguay.

Alrededor de ese hecho orbitan un sinfín de historias que con el tiempo han logrado hacer de Iberra una leyenda. La gente cuenta que el Ñato pertenecía a una organización secreta, ‘la secta del cuchillo’. Al tipo lo tenían por asesino y brujo. Otra línea intrigante de investigación se abrió cuando Garrido me dijo que este sujeto no era el único Iberra en Villa Turdera. Roberto era el menor de dos hermanos. Todo Turdera recuerda que el puente era el oscuro reino de Juan y Roberto Iberra. Este Juan, dicen los cuentos, era también un célebre cuchillero. La sombra de estos dos estaba teñida con el estigma de los vándalos y alacranes. Y sin embargo no faltan en el pueblo los que les recuerdan con adoración y hasta les tienen por santos. Los hechos aseguran, si acaso cuentan como hechos los papeles oficiales de la municipalidad, que Juan Iberra había muerto años atrás, en 1953. Consta en los documentos que murió debajo del puente por una cuchillada en el estómago, y que aparte de frío y destripado lo encontraron sin su brazo. 'El brazo derecho', dice la documentación, 'había sido arrancado, mutilado como por la mordida de un animal gigante'. Después de meses de investigación, el paradero del miembro seguía siendo un misterio.

En el monstruoso y sangriento monumento de Ñato Iberra y Jacinto Chiclana afuera de ‘Los Angelitos’, la extremidad encontrada en la espalda del segundo es un brazo derecho perteneciente a un hombre de tres décadas atrás; un brazo vigoroso a pesar de lo delicado de su forma. El acta de la muerte de Juan Iberra revela que era un hombre de treinta y seis años, de complexión esbelta. Algunos vecinos le recuerdan como un tipo de buen ver. No faltó el testimonio del Homero del pueblo, un viejito jubilado que describe a Juan como 'un semidiós de belleza arcaica, una figura hermosa y apolínea debajo de cuya finura se escondía una fuerza descomunal'. Está visto que entre este viejo pelotudo y Garrido bien escriben una novela. Para seguir hinchándome las pelotas solo falta que venga el doctorcito temblando con otro descubrimiento absurdo y me diga que la mutilación del brazo es de los años cincuenta. ¿De dónde sacará esas boludeces?, ¿de la concha de la lora? ¡Qué ganas de mandarlo a cagar! ¡Pasó de ser un capo a ser un pobre perejil, se puso senil el viejo, la puta que lo parió! ¡Qué manera de cagarse en una carrera intachable!

Dejé a Garrido hablando solo en el teléfono, reportando las leyendas recavadas con todo su acervo novelesco, mientras le decía al doctor que hablaríamos después sobre la redacción del informe. La única solución a todo este asunto yacía en las cartas, la evidencia indiscutible de que en la Argentina habían existido dos hombres que entendían uno del otro su locura.

Tan solo las caligrafías ya eran un duelo. La letra de Chiclana es filosa y puntiaguda, hiere tan profundo que uno sangra tinta. Ñato, en cambio, escribe con pulcritud, detenimiento y una estética circular, como si intentara defenderse de los flechazos del remitente. Iberra escribe con astucia y sus cartas son una forma de evasión; se dispersa en anécdotas y se mueve por la vida como quien cree conocer las reglas de todas las cosas. Chiclana no vacila en su filosofía sagaz, burlona y mordaz, es un comediante de primera a la hora de hacerle el juego a su par. Lo más destacable de esta oposición es que hay una solemnidad recíproca al fondo de tanta letra de guerra y muerte, hay una insistencia del uno y el otro por convencer a su enemigo de su error. Nunca había visto un antagonismo tan proporcional como el de esos dos, ni semejante demostración de sangre fría a la hora de hablar de sus crímenes, que por momentos raya en lo pretencioso. Pero todo esto es inservible para las reglas de la realidad de este mundo.

Todas las cartas están fechadas en días, meses y años distintos, no existe en ellas la más mínima coherencia entre la emisión de la una y la recepción de la otra; lo único que salvaguarda la razón y atiende alguna lógica son las narraciones, preguntas y respuestas que se desarrollan de manera secuencial. ¿Qué puede pensar un hombre como yo de todo esto?, ¿qué tengo que decir o concluir cuando veo que la pregunta se lanza en el futuro y la respuesta llega en el pasado?, ¿acaso el futuro se hace parir él mismo?, ¿a quién me tengo que dirigir con un sinsentido como este? Las cartas dan respuesta a todo: dan cuenta de la muerte del tal Careno, corroboran la biografía de Iberra y refuerzan el misterio de Chiclana... responden a todo a pesar de su total incoherencia de tiempo y de lugar.

Hay muertos en todas las rayitas del reloj, en Argentina y en Uruguay; muertos confirmados por la letra pero ocultos en el tiempo. Las cartas dicen que fue Chiclana quién mató a Juan Iberra y que Ñato Iberra mató a Careno. Según las misivas Chiclana acabó también con la vida de una larga lista de gente que él mismo detalla y de la que parece jactarse. ¿Y el difunto Juan Iberra fue quién mató a Chiclana en un tiempo futuro?, ¿cómo es posible matar a punta de cuchillo más allá de los límites del tiempo?, ¿a qué se refieren estos diablos cuando hablan de ‘dar pasos’?, ¿son acaso viajeros del tiempo?, ¿qué es toda esa cháchara sobre la ficción de la vida?, ¿qué debo entender de esa necedad de proteger doctrinas y valores? Y en el nombre de Dios, si es que él puede entender esta maraña y es tan vasto su entendimiento como para deshacer el nudo que parece apretar al mundo en una bola sin sentido, ¿quién mierda es el que se mueve?

La mayoría de las cartas de Ñato Iberra cierran con ese epígrafe: Eppur si muove. Hasta donde llegan mis conocimientos e indagaciones, la frase fue pronunciada por el célebre tano que, ante las presiones de la iglesia, se vio obligado a retractarse de la que para él era una verdad innegable.

¿Y cuál es la verdad en todo esto? En una de las cartas hay una mención de un hombre que parece estar detrás de todo. ¿Qué clase de hombre podría ser aquel que con sus dos manos mueve los muchos hilos que mantienen colgadas las cosas del escenario del mundo? Solo de pensar que es apenas un hombre el poseedor de todas las respuestas para estos acertijos venenosos, estas trampas de espíritu, pone en entredicho el lugar de los que solo miramos una línea al despertar, que con dificultad escuchamos lo que oímos y que con mucho esfuerzo entendemos algo de lo que vemos.




Capítulo 11     |     Capítulo 13


jueves, 24 de octubre de 2019

Series CBE: "Y sin embargo se mueve" (Capítulo 11)



Buenos Aires, 1965

Los empleados cambiaron el gesto artificial de buena voluntad y su sonrisa pérfida y perturbadora se volvió dureza, duda y repulsión, al quedarles claro que yo me dirigía a la mesa donde estaba la silla de la pata negra. Procuré demostrar indiferencia, no podían hacerme nada, en ese momento yo era el rostro de la ley.

La mesa era como todas, sin nada que la distinguiera de cualquiera de las otras, excepto por la pata que delataba su singularidad. Me senté pensando en lo que había dicho Oliva, que Chiclana se sentaba ahí y, a los días, venía Iberra y hacía lo mismo. Confiar en las palabras del descabellado Oliva, ciego y nervioso, no me parecía una opción inteligente, pero no tenía más que sus palabras y, confiando en ellas, terminé por pensar que si a los ojos de los demás se notaba que ambos hombres tenían iguales comportamientos, sería tan solo porque nadie más se sentaba en ese sitio, que la mesa una vez abandonada por Chiclana aguardaba al tal Iberra que ‘hacía lo mismo’.

¿Pero qué es 'hacer lo mismo'?, ¿sentarse? y luego ¿qué? ¡ah sí! la bebida. Un licor, un cafecito… como ya estaba sentando no perdía nada con imitar el ritual de esos dos hombres, de modo que le pedí al mozo que limpiaba las copas en el bar que me trajera un café, así repetía el rito y terminaba de despertar. El tipo lo sirvió de muy mala gana y al llegar a la mesa me lo ofreció para que yo lo tomara. Vi la taza en su mano y estuve a punto de agarrarla, pero en ese momento él se mandó una cagada: me insistió.

— Andá, ¿qué no ves que tengo cosas que hacer? — dijo viendo a sus otros compañeros que se habían congelado observando la escena. 

Lo miré sin decir nada, tenía que llevar la situación con sumo cuidado. Esa insistencia en la omisión de su responsabilidad no solo no cuadraba con mi paciencia, sino que muy probablemente significaba otra cosa. 

— ¿La tomás o no? ¿tan difícil es? —se mostró irritado. 
— Difícil, sí —le respondí, y miré a otro lado, esperando a que pusiera la taza en la mesa. 
— ¿No la tomás? ¡Ah bueno! —dio un paso atrás y buscó la mesa del bar— Entonces la dejo aquí para que la tomés vos mismo. 
— Mirá pibe —le dije con hastío—, esto es un café y yo te pedí uno. No dármelo es como si un doctor le negara la atención a alguien que padece una enfermedad. Y ojo, que los representantes de la ley también podemos comportarnos como unos malditos enfermos. ¿No te movés? Quizá lo hagás si agrego algo de plomo en tu dieta. La cosa es así: yo te digo rana y vos saltás, ¿entendés? Y si te pido un café, vos me lo servís y me preguntás amablemente ¿con agua o con soda señor?, ¿o lo prefiere con leche?, ¿con cuantas de azúcar? ¿Estamos? Entonces vas por ese puto café y lo ponés justo aquí, en la mesa, ¡ahora mismo, la concha de tu madre! 

El color abandonó el rostro del sorete, que con temblores y sin soltar la mirada del cañón que tenía apuntándole, me sirvió el café en la mesa. Cuando la pulcra porcelana hizo sus ruidos característicos al contacto con la superficie, algo me golpeó la pierna. Creí que la mesa se había quebrado. Metí las manos y me encontré con un compartimiento abierto que había hecho caer al suelo muchas cartas, decenas de cartas, unas firmadas por Chiclana, de nombre Jacinto y otras tantas con la rúbrica de un tal Ñato Iberra. 

Al salir del café con todos los sobres, todavía debí bancarme un duelo desigual e injusto de miradas: todos los empleados me veían inmóviles mientras yo intentaba recordar cada uno de sus rostros. Afuera ya habían comenzado a limpiar, a lo mejor el forense ya había llegado y la escena se había recolectado y fijado. Entonces un patrullero se acercó para confirmarme lo que ya sabía, pero me dijo algo que definitivamente no me esperaba. 

— No hemos encontrado el tercer cuerpo, señor. Hemos revisado más de quince cuadras y no hay nada.
— ¿Qué me querés decir? — le dije confundido — ¿que una veintena de hombres no ha sido capaz de encontrar señales de sangre por ninguna parte? 
— La única sangre que hay es esta, la que ha quedado aquí donde estaban los muertos… es como si hubieran peleado apenas en este trocito de espacio... y yo sé que eso es imposible, señor — dijo leyendo mi expresión incrédula — ¡ni siquiera las hormigas pelean en espacios tan reducidos!

Le dije que se dejaran de joder y mejor hicieran bien su trabajo, que siguieran buscando hasta encontrar algo nuevo y solo entonces me llamaran a la comisaría. 

Lo único seguro hasta ese momento es que habían dos muertos y una extremidad superior. Un cuerpo sin brazo quién sabe donde, ningún documento de identidad, un testigo ciego que había aportado dos nombres, un café sospechoso como el orto, muchas cartas y todo Buenos Aires con la noticia en la boca, entre la empanada y el mate, de una horrorosa masacre en la ciudad. Al llegar me esperaba el "bagarto" Feola, la burocracia bruta, el hambre de respuesta de cualquier tipo, la ofensa pasada por la ineficiencia presente y la fecha de caducidad. Decidí guardarme lo de las cartas solo para mí, prefería profundizar más en el asunto hasta entregar algo de utilidad, así que bajé la cabeza y acepté todo con un 'si señor'. Había que dejar las rencillas para otro momento. 

Los archivos de Buenos Aires indicaban que no había ningún Jacinto Chiclana. Jamás nacido, jamás asentado, jamás pagado o jamás endeudado, Jacinto Chiclana era un nombre vacío. Pero en el caso de Roberto Iberra, la búsqueda del nombre arrojó numerosos resultados. Sin embargo, no había nada en los documentos de Iberra que no hubiera en los de un hombre cualquiera, en lo que respecta a la dignidad del archivo y el antecedente. El mayor descubrimiento en su caso era su apodo, el ‘Ñato’, lo que encajaba perfecto con la firma de las cartas. Roberto ‘Ñato’ Iberra era el menor de dos hermanos de Villa Turdera, al sur de Buenos Aires. Había una larga lista de domicilios, compras y créditos que podían servir para construir un perfil de él y quizá ayudarme a entender cómo un nombre en apariencia tan normal había terminado en semejante insania con otro que ni siquiera existe. Garrido se ofreció para ir a Turdera y averiguar algo del tal ‘Ñato’. 

La llegada del forense no me dejó inspeccionar las cartas, que era lo que más me interesaba abordar en ese momento. Meroveo Sosa tenía una impresionante carrera de más de cuarenta y cinco años, que hacían de él nuestra mejor opción para leer los cuerpos muertos. 

— ¿Tenés tiempo Isidro? — me dijo el doctor Sosa. 
— ¿Tenés algo de los muertos? — le respondí con una sonrisa. El tipo me agradaba y tenía para él algo de simpatía aun en esa hora de tensión. 
— Che, demasiadas cosas te tengo... o mejor dicho, demasiado fiambre y quilombo. 
— A ver, dale, sentate y contame. 
— Tengo problemas para explicarlo bien, pero ahí te va. Los cuerpos tienen varias cortadas, ¿viste? Pues la causa de muerte del que estaba tendido fue la hemorragia en el costado y no la estocada en el ojo. El otro murió por la puñalada en la espalda, que le perforó directamente el corazón, se lo desinfló. Pero aunque sepamos eso, algo no está bien con los cuerpos. 
— Dejate de misterios y hablá claro. 
— El tiempo — dijo Meroveo Sosa, con evidente incomodidad y quizá hasta con algo de vergüenza —, el tiempo no está bien. Te puedo asegurar que dos de las lesiones son de las cuatro y tanto de la mañana; la del ojo y la de la espalda. Las demás son de otro tiempo. 
— Bueno, querrás decir de más temprano, se habrá hecho larga la riña entre esos perros — le dije, solo para rellenar el silencio y el gesto de indecisión que el doctor tenía en el rostro. 
— No che, sé muy bien lo que quiero decir. La herida del costado, por ejemplo, no es de este tiempo, no es de 1965. Y mirá que he realizado el análisis dos veces. Todo apunta a que es una herida de entre 1945 o 1950. Pero además hay otra herida que, no sé cómo decirte, pero es como que nunca hubiera pasado... aunque la veas ahí supurando. 
— No entiendo Sosa — le dije frunciendo el ceño y negando con la cabeza de forma reiterada. 
— Que aunque en el cuerpo hay una herida de la que brota la sangre, ahí donde están todos los indicadores de un corte, el análisis del tejido no lanza ninguna edad biológica, el valor final es cero ¿entendés? ¡Cero! No existe, aun cuando lo estoy viendo ahí, no tiene edad, es como si no hubiese nacido. Y esto que te acabo de decir aplica para otras heridas por todo el fiambre. Perdoname por el disparate que estás a punto de escuchar, pero las pruebas demuestran que los dos cuerpos se han venido muriendo en diferentes tiempos. Hay heridas que tendrían que estar podridas pero aquí se ven recientes, como si fueran de ahora, rojas y vivas; mientras todo lo demás me dice que es tejido muerto. Y lo que es peor... presentan heridas tan viejas que superan por mucho las edades que estos dos parecen tener. 
— ¿Y el brazo? — me atreví a preguntar. 
— Es imposible, una cosa de locos. La zona donde se dio la mutilación es de un tiempo cero, igual que en algunas de las heridas. La puñalada en la espalda es reciente, pero el cuchillo está tan oxidado que la herida se ha infectado, no solo con sus bacterias y virus, sino con su tiempo. Adentro, en la profundidad de la carne, la edad es de decenas de años. No hay forma de precisar. Quizá un antropólogo pueda decirte más que yo sobre eso. Este asunto me supera, no puedo escribir esta pelotudez en un informe, ¡no puedo! Sería el peor final posible para mi carrera, ¿qué hago? ¡Decime che!

Me disponía a contestarle al angustiado Sosa cuando sonó el teléfono. Garrido me llamaba desde Villa Turdera.


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lunes, 21 de octubre de 2019

Series CBE: "Y sin embargo se mueve" (Capítulo 10)



Buenos Aires, 1965 

El caso me llegó como todos, fue la suerte de mi turno. Mi superior, el “bagarto” Feola, me hizo saber que ese día me tocaba a mí y no a Garrido. Todos se largaron tan pronto llegó la hora y, al verme solo, aseguré la puerta del departamento y comencé quitándome los zapatos para tener la suficiente comodidad de pensar en cómo mataría las horas de esa noche. Llevo nueve años en este negocio, y en ese tiempo he aprendido que en Buenos Aires los muertos no llegan por estadística, así que el de guardia puede dudar más de la gravedad o el amor de su mujer, que del hecho de que en la noche de turno no se tiene que estar pendiente de nada. Con esa actitud pasé mi jornada nocturna, satisfecho de que terminaría sin sorpresas, hasta que a las cuatro y tanto de la mañana, la muerte llamó. Cuando sonó el teléfono maldije mil veces al asesino hijo de su puta madre que no pudo esperar una hora y media más, y así todo habría sido problema de cualquier otro idiota. 

La llamada salió de ‘Los Angelitos’, el café en la esquina de Rincón y Rivadavia. El de comunicaciones me dijo que el tipo que había llamado a la estación le había gritado, por lo que asumió que la cosa acababa de suceder y eso convertiría al gritón en un testigo en potencia. Eso es un alivio, visto que un testigo significa más de la mitad del caso resuelto. “Pejete”, el de comunicaciones, me dijo antes de cortar: “Che, el tipo dice que solo aparecieron”. La llamada la había realizado el portero o cuidador. 

Con un solo muerto cualquiera termina hastiado, pero dos, tres o cualquier plural, causa terror. Me tuve que acomodar la ropa y hasta me llevé la bufanda para taparme la boca. Tenía miedo de que cualquier alma me notara el fastidio de estar ahí, últimamente habían estado denunciando mi mala actitud en el manejo de escenas de asesinato. ¡Nueve años son! Creo que tengo el legítimo derecho de quejarme todo lo que quiera. Salí de la estación y avisé a dos patrulleros para que llegaran a asegurar la zona. Había que hacer todo antes de las cinco, ya que faltaba poco para que los pobres diablos madrugadores salieran de sus casas para ir a trabajar. 

De camino pensaba en lo débiles que se han vuelto los hombres de este tiempo. No digo que uno deba sentarse a comer frente al muerto o reírse con él. Lo menos que uno debería hacer es entregar un poco de respeto, porque se está encontrando con algo que no es natural. Que la gente coma y ría lo que quiera cuando el abuelo quede tullido en el camastro es bastante normal, pero cuando hay un homicidio lo mejor que se puede hacer es guardar silencio y no calentar el ambiente con dramas; ya suficiente drama hay con un hombre asesinado. 

La cosa comenzó a volverse extraña cuando vi que no me iba a ser fácil llegar al lugar. Dios sabrá cómo, pero todo Buenos Aires se había congregado en la esquina de ‘Los Angelitos’. Los patrulleros, al menos, habían acordonado el área a tiempo, pero estaba claro que entre más gente se fuera amontonando tendríamos que traer más policías para repeler a los mequetrefes. Dejé el coche a una cuadra, era imposible avanzar y opté por caminar. En el camino tuve que repartir varios codazos y alguna piña, estaba fastidiado. Cuando noté la cinta de aislamiento, me subí la bufanda a la boca y vi la muerte. 

Pensé de manera clara, puntual, sin dudas, que eso que estaba ahí era imposible. Era falso. Era una locura. Había dos cuerpos enfrente del restaurante, uno estaba en el suelo con un cuchillo clavado en el ojo, y el otro estaba encima de este, sosteniendo el cuchillo con tal firmeza que parecía que aún estuviera metiendo el aguijón. Los cuerpos estaban rígidos, petrificados, coloreados con sangre, los dos con los pelos engrasados de la sangre más roja que ha de correr en las más oscuras entrañas del organismo. Parecían muñecos de cera escarlata, poco les faltaba para prender un fósforo y encender la mecha, para sentir el aroma que despedían. Como si no fuera suficiente, el tipo que estaba encima del otro, tenía en su espalda un cuchillo que fácilmente hubiera relacionado como el arma del que estaba tirado en el suelo, pero el cuchillo aún estaba sostenido por una mano, y esta, a su vez, de un brazo... de un brazo que había sido arrancado de un cuerpo. Y para volver todavía más pasmoso y espantoso el asunto, los dos cuerpos, en sentido técnico, estaban completos. Así que habían tres muertos, dos tirados frente a mis ojos, y uno perdido, sin brazo, en alguna calle de Buenos Aires. 

Los refuerzos llegaron y mandé a hacer una inspección perimetral para localizar el otro cuerpo que no debía estar muy lejos de ahí. 

Entre más tiempo miraba a los muertos menos podía creerlo, sucedía lo contrario a lo que uno espera en este trabajo. Los cuerpos quedan desparramados, flojos, como trajes maltrechos, se les ve livianos... pero estos parecían de piedra. Ninguno de los policías se había atrevido a empezar a trabajar el lugar, me habían esperado los muy pelotudos, y sinceramente yo tampoco quería hacerlo. Busqué como hacer larga mi intervención mientras ponía a otros patrulleros a revisar el lugar. Luego ordené que llamaran al departamento para que "el bagarto" Feola enviara a la gente indicada para analizar la escena. Me enfoque en el cuerpo perdido y el brazo mutilado, así como en hablar con el que había hecho la llamada. Él era la única salida del atolladero que se estaba formando. 

Entré al café, que estaba abierto aunque no brindaban servicio. Los empleados se encontraban limpiando el lugar. Siempre me ha parecido increíble cómo la gente puede seguir con su vida de forma tan frívola, cuando afuera del lugar ha aparecido algo tan monstruoso. Pregunté por el portero del local, y me dijeron que estaba en una habitación cercana a la bodega donde guardan lo inútil. Me fui a buscarlo y percibí extrañado cómo la gente que limpiaba, pulía y ponía los manteles en la mesa, me miraba, saludaba y sonreía como que si yo anduviera en una visita de cortesía. Sentí escalofríos.

Llegué a la habitación, una cosa muy mersa, un chiquero. El tipo se encontraba guardando sus cosas en una maleta en la total oscuridad. Al percibir que yo estaba en el umbral, habló sin mirarme. 

— Déjeme en paz. 
— ¿Usted fue quien hizo la llamada? — intenté hacerme el tonto y me saqué de los bolsillos un papel con su nombre – ¿Es usted Ignaciano Oliva? — pregunté mientras me buscaba unos cigarros para hacerlo fumar la paz. 
— Déjeme por favor, ¡fue un error, todo fue un error! — seguía guardando sus cosas y el cuerpo le temblaba. 
— ¿Qué fue un error, Ignaciano? 
— Solo apareció, ¿me entiende? 
— No le entiendo, Ignaciano. Ande, cálmese, fume conmigo y explíqueme. Usted no se ha metido en ningún problema. 
— No puedo, me tengo que ir. No puedo, déjeme — le salieron las palabras con tal angustia que terminó con mi paciencia. Lo tomé del cuello y lo giré para verlo y que me viera. Me encontré con que el tipo tenía los ojos grises. 
— ¡La que me parió! ¿Sos ciego? ¡Sos un ciego inútil! A ver, explicame, ¿cómo es que viste lo que hay allá afuera? — estaba cerca de dejarle cinco dedos marcados en la nariz, cuando el tipo empezó a llorar. 
— No señor, ¡me estoy quedando ciego después de ver eso! 
— ¿Qué acaso es una enfermedad familiar?, ¿padecés de algo? 
— No señor, me está pasando esto después de lo que vi, ¿me entiende? Vi eso ahí... — ¿Pero qué es eso?, ¿qué viste hombre? ¡Decime! 
— Lo que está allá afuera, lo vi aparecer, así como lo escucha. Apareció del aire, de la nada. ¡Pura hechicería, pura diablura! ¡Dios nos ayude! 

Sabía que era inútil continuar con el interrogatorio, el tipo se venía quebrando de a poco y no le faltaba mucho para cagarse ahí mismo, en ese basurero. Me aparté y cuando le había dado la espalda, buscando el calor y un poco de decencia en el restaurante, escuché que Ignaciano Oliva gritó: 

— El que tiene clavado el cuchillo en la espalda… es el señor Jacinto Chiclana. El otro es Roberto Iberra. 

Ignaciano ‘lloricas’ Oliva me contó lo poco que sabía de ese Chiclana. Cliente del restaurante desde hace años, un hombre alto, de ceño regio y de pocas sonrisas, era conocido por todos. Dejaba buena propina, comía poco, bebía poco, hablaba poco. Nunca había tenido problemas ni con la cuenta ni con nadie en ‘Los Angelitos’. Llegaba con regularidad, pero era una norma verlo cada miércoles al cierre del local, junto con otros hombres que según sabía mantenían una reunión privada. El dueño de ‘Los Angelitos’, tenía un acuerdo con estos tipos, y todo el personal trabajaba los miércoles con indicaciones de dejar el lugar listo para la reunión, con algunas botellas de alcohol y bocadillos, y desaparecer lo más rápido posible; en el caso de él, debía de encerrarse en su covacha y salir de ahí hasta la una de la madrugada para verificar que la puerta del local estuviera cerrada y quedarse haciendo la guardia, velando que nadie se acercara. 

Nada sabía ‘Lloricas’ de esa reunión, pero estaba seguro que las últimas veces que vio a Chiclana pasaron cosas que le resultan confusas. No está seguro del orden en el que sucedieron los acontecimientos e incluso tiene la sospecha que pudiera estar confundiendo eventos de distintos años, pero sabe que miraba a este Chiclana entrar al lugar, sentarse en una pequeña mesita frente al bar, tomarse un cafecito, dejar las monedas y largarse. Dice que a los días aparecía el otro hombre, Iberra, y hacía casi lo mismo, solo que este pedía algo de licor, se fumaba algo y se largaba. Dijo también que la única persona con la que se le miraba hablar a Chiclana, era con un mesero que estaba mal de la redonda, un tal Careno. Este Careno, cuenta Oliva, desapareció sin rastros. Además asegura que la última persona a la que Careno había atendido era este Iberra, el otro hombre que se sentaba en la mesita frente al bar. 

Ignaciano parece estar más afectado de otras cosas que de los ojos, cosa que tendría que estar relacionada con la edad, ya que no sabía si Careno realmente desapareció del todo. Tiene la idea de que después de varios días de perdido, lo vio hablando con Chiclana, y luego cree estar seguro de que son más de quince años los que tiene de no verlo; y antes de decirme eso me había prometido que la desaparición sucedió unos meses atrás. Después de esa charla decidí descartar al viejo del caso, definitivamente sería un problema. Antes de dejarlo ir, me dijo cuál era la mesa donde se sentaban esos dos tipos. 

— Una de las sillas tiene una pata negra. Esa es la mesa.


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domingo, 29 de septiembre de 2019

Series CBE: Y sin embargo se mueve (Capítulo 9)



Buenos Aires, 1956

Lo que ha dado alcance a ese movimiento, imperceptible y delicado de lo que parecía estático, ha sido la fugacidad. La escena es más un tornado que arranca las raíces de la vieja montaña, que el viento del norte que fracasa en su tentativa de quebrar los delgados árboles del jardín inglés. El hombre, viejo y silencioso, que yace en la biblioteca apoyado, quizás innecesariamente sobre su bastón, no puede ver, al menos no como suelen hacerlo el resto de los ojos, el momento en que la ráfaga violenta ahuyenta al monumento que es semblante de muerte. El viejo del bastón, cuyos ojos grises guardan el secreto de los sentidos, estuvo a punto de morir por el filo de un cuchillo que se alzaba como espada guerrera por sobre todas la cosas creadas, pensadas y olvidadas que merodeaban la tarde bonaerense.

Esa turbulencia se hizo lo que mejor podía hacerse: un hombre. Un hombre que salió de la nada, sin rastros de portal, sin señales de una ruptura en el entorno, sin quebraduras o rasguños sobre el tejido de lo que siempre se ha creído el fondo del teatro de la vida, a la que muchos llaman ilusión y sueño. Un hombre con cuchillo, esa estatua de penitencia ha sucumbido bajo el hombre que emergió del caos, y este accidente ha hecho que el viejo del bastón, que ya comienza a abandonar el lugar, resguarde por unos cuantos instantes, sean días, meses o siglos, el poco espacio que utiliza.

Nadie más ha podido presenciar el salvajismo que se da al interior de la biblioteca, donde la luz crepuscular poco a poco comienza a abandonar los estantes con los libros empolvados, advirtiendo la llegada de una pesada oscuridad. Son dos hombres los que pelean, mientras el viejo con su bastón anda y escucha los gemidos y la glosolalia que son propias del aparato humano. En la escaramuza no hay nada de animal, hay todo de hombres, hay todo de dioses, hay todo de muerte. La mucha niebla, ese fango blanco sobre la carne del ojo, no es obstáculo para que el hombre del bastón sepa de qué se trata el alboroto, que alguna vez fue murmullo en el ensueño y ahora es certeza punzante. Está seguro de que los jadeos vienen de la boca de un hombre que no esperaba conocer tan pronto, que cuando lo hizo este hombre lo cuestionó, y habrán sido sus respuestas o la falta de ellas las que hicieron que sacara de debajo de sus ropas el fierro que hace un momento alzó como instrumento de muerte. El otro hombre, al que se le escucha balbucear, es el hombre que surgió del ilocalizable punto de donde emerge la imaginación, un lugar casi inexistente para el resto de las cosas.

El primero de aquellos, lo sabe muy bien el hombre de los ojos grises, es Jacinto Chiclana. El segundo es Ñato Iberra. Ambos hombres, ambos ficciones, ambos enredados como las serpientes que reptan el caduceo de Hermes. Uno de esos hombres ha descubierto el secreto y con ello el dolor, la caída de la ilusión en aquel que ya es una ilusión; pero el hombre del bastón admira esa titánica vitalidad, que es coraje y amor por la verdad, que ha llevado a este cuchillero a bailar al borde de todas las muertes. El viejo que camina sobre la Plaza Dorrego sonríe para sí, porque ha vuelto a confirmar que hasta las ideas son tan fieras, hirientes y duras como lo son la piedra, el acero y el diamante. El otro hombre, el que detuvo el asesinato, también sabe del secreto, pero prefiere preservarlo y serle fiel a la vieja doctrina de ver, oír y para siempre callar. Ambos hombres son imagen del hombre de los ojos grises, son contornos de su rostro, son facciones y muecas de una cara que se enrojece con el sonido de los cuchillos, el calor de las historias y las chispas de dos corazones en llamas.

— ¡No tenías por qué matarlo!, ¡mi hermano nada tenía que ver con lo nuestro! – gritó Ñato Iberra que había sumido el cuchillo en la pierna de Jacinto Chiclana.
— Tu hermano está tan muerto como tú, como yo, como todos. Ese brujo que va ahí... ¡él es la muerte! Matarlo sería la única cosa de vida que podría hacer – dice Jacinto Chiclana, que le ha abierto la cara a Ñato con su cuchillo, como si fuera una delgada hoja de papel.

El hombre del bastón se hace de fuerzas para seguir andando. No tiene miedo a la noche, no le huye al frío, ni mucho menos al destino. En ese momento en que ha logrado dejar atrás la calle Humberto, ha llegado a la terminación de una serie de posibilidades que dicta lo siguiente: la disolución de Chiclana, el ángel de la muerte, será similar o igual a la magia que le trajo a este tiempo y lugar a Iberra. En ese mismo momento, Ñato, el ángel de la vida, que habrá de tener el rostro completamente pintado con su misma sangre, se lanzará sobre el humo dejado por el otro y, olfateando el tiempo que es camino oscuro y confuso, logrará como un perro llegar a 1977, a una calle empolvada de San Juan, para atestar un cuchillazo en la espalda del zorro de Chiclana. Estando los dos espectros heridos, la gente les verá y gritará; y sucederá que aquellos que no les hayan visto, por hechizo de las dos sombras, escucharan los tambores de una mitología perdida que, a veces, sin saber de qué se trata, la han sentido cuando han escuchado en la taberna, allá en los apartamentos miserables del barrio, el sanguinario tango o la torturada guitarra de la milonga. Aquellos que miren a esos dos hombres, arañarse, morderse y acuchillarse, verán en esa masacre el fantasma de un gaucho; escucharán una vieja voz que se libra de las impertinencias de la lengua y sentirán el fulgor de quien solo conoce el desierto, el fuego y la mística del dios bovino. Con ese espectáculo de saliva, sudor y sangre, en lugar de pesadillas tendrán sueños de una tierra que conocieron pero que han olvidado.

Mientras él deja la Vera Peñaloza, la noche por fin se ha posado y la blancura de sus ojos brilla más que el sol que alumbró el rostro de los primeros hombres. Sabrá el viejo que el ángel y el demonio que hace un momento se desangraban en San Juan, se esparcirán tal polvo en el desierto, para aparecer, como ilusiones de una magia vieja, en 1944. En ese tiempo, ahí en Santa Fe, probablemente escucharán la campana de Nuestra Señora de Guadalupe, probablemente la lluvia caerá, probablemente nadie les verá, pero seguro que Jacinto Chiclana, habiendo tirado su cuchillo en una enlodada baldosa, tomará de la cara a Ñato Iberra cuando este le haya hundido el cuchillo en las costillas. Aunque el dolor será punzante, sabe el hombre de los ojos grises que el costado atravesado es ya fortaleza de los hombres; y aquí Jacinto Chiclana hará crujir entre sus manos y el concreto la cara de Ñato Iberra. Saben los ojos del viejo que para Ñato aquello no significa nada, que no hay dolor que pueda quitarle el rostro endemoniado, delirante y sádico que se ríe bajo la lluvia. Jacinto Chiclana, al ver al poseído, se serviría de la culpa y aunque sea por un instante se arrepentirá de la traición cometida al secreto. Pero en el momento en que el demonio le de un zarpazo con sus garras sobre el pecho y le arranque, no solo las ropas que se han ido deshilvanando entre ‘pasos’ y ‘pasos’, sino también la carne caliente; se llenará de garbo y de una furia que exterminará la idea del perdón. Sabe el hombre del bastón, que se detiene y levanta su mirada, que para cualquiera de los dos hombres no hay otro destino que no sea a manos de su adversario.

Jacinto Chiclana, embebido de romana fuerza, de griega precisión y medieval voluntad, sacará de entre sus ropas corroídas otro fierro, uno pequeño, recuerdo del aguijón que torturó al apóstol, que servirá para perforar uno de los ojos de la gárgola. Antes de que haya salido la ensangrentada punta, el único ojo de Ñato Iberra podrá ver como la humedad de Santa Fe se desvanece en vapor, y deseará por un instante haber muerto en la picada del animal. El hombre del bastón sabe que falta poco para llegar al hogar. La recurrencia, la cotidianidad, le dictan que no falta demasiado para tocar la puerta, para entrar a la guarida, que bajo la geometría no es más que la manera de una osamenta, huesos de madera y concreto que lo contienen a él, un alma; y sabrá que en el momento de abrir la puerta esta crujirá por mandato de la costumbre mientras a su vez sonará, en otro lugar y tiempo, el crujir de un brazo desarticulado, el crujir de una mandíbula que cuelga, el firmamento quebrándose el día en que será juzgado el corazón de Ñato Iberra.

La puerta se ha abierto y el anticipado rumor del uso y el deterioro no se ha presentado. Al hombre del bastón le encantaría ver qué ha sido del desdén en la mecánica que ha traicionado las costumbres del oído y del destino. No se molestará en buscar una respuesta en la puerta, ni siquiera con la ayuda de las manos que se han vuelto diestras y acertadas en el arte de ver cosas, ya que la causa está a una distancia inconcebible, imposible. Desde una ignota topografía ha venido reverberando, como la cuerda de la trabajosa guitarra fatigada, un cambio en la sucesión de una lógica predispuesta para todas las cosas, y ese milagro ha permutado el pentagrama del cosmos. El viejo de los ojos grises, apoyado en su bastón, por razones que solo él conoce, suspira la profundidad, la consciencia de la incuestionable conclusión que afirma que el maniqueísmo de hace unos minutos, en las manos de esos dos hombres, es ahora religión de años, de centurias o milenios. Estos han muerto en un giro de lo siempre grande, rebelde y salvaje, el mundo y sus milagros.

La intemporal tragedia desemboca a las afueras de un café, uno muy conocido, uno del que todos hablan, uno que ha sido testigo de miradas, bocados y bocanadas, tragos de licor, de té y de eso... de café, como un faro que atestigua una insólita escultura que adorna de manera violenta y no sin cierto sentido de lo macabro – dirán por ahí, de lo fantasmagórico y lo diabólico – una composición roja, enferma, una efigie terrible de la vida subvertida. En ese exceso de vitalidad erguido en Rincón y Rivadavia, hay, si bien dos cuerpos, también cinco brazos de los cuales dos pares deberían pertenecer a esos hombres que alguna vez se sentaron a disfrutar del calor, de la música, la buena plática o el plácido silencio del café Los Angelitos. Esa aberrante masa de sangre, de manos, de cabezas, de rostros con las formas ocultas en la deformación y la espesura de los fluidos, son Jacinto Chiclana y Ñato Iberra; y un anónimo brazo que podría considerarse tan milagroso como misterioso.

El viejo de los ojos grises, que ya ha alcanzado el lugar donde los olores ejercen su hipnótico poder que llama al descanso, se ha acercado a la mesa, llamado por el aroma del guisado que la noble alma que cuida de la casa le ha dejado para cenar.

El sobre que descansa en la mesa es áspero y el hombre del bastón conoce el papel de inmediato; ya que ese papel tiene una identidad que entiende sin necesidad de la tinta que escribe un nombre en su amarillento color: Fénix.

Jorge Luis Borges se ha dejado caer en cavilaciones gracias al sobre en su mesa y lo sucedido aquella tarde. Ha decidido pasar la noche y la madrugada navegando en ellas, mientras espera que junto con el amanecer llegue también la mujer caritativa que le ayuda en el hogar, quien seguramente se encontrará con un guisado frío e intacto, y un ciego con una carta entre las manos, que sólo Dios sabe qué es aquello que tanto piensa.

Capítulo 8          |          Capítulo 10

lunes, 5 de agosto de 2019

Series CBE: "Y sin embargo se mueve" (Capítulo 8)



Buenos Aires, 1956

Contemplo la impoluta blancura del papel que estuve a punto de profanar y me divierte mi propia estupidez. ¿Qué sentido tiene ahora escribir una carta en respuesta a Ñato Iberra? En breves instantes no existiré más. De mí, de Jacinto Chiclana... no quedará recuerdo, vaho ni huella. Si no hay creador no hay obra. Si no hay pies no hay pasos. Si no hay puño tampoco puede haber letra. 

En cuanto a Iberra, el pobre diablo se desvanecerá en la nada mientras me espera en la esquina de Rincón y Rivadavia, del mismo modo en que yo me borraré del todo a varias cuadras de ahí, en este edificio de la calle México, en esta babel de libros y volúmenes: el majestuoso reino del dios ciego cuyos días me apresuro a cortar con un cuchillo. No pude haber elegido mejor lugar y tiempo para matar y morir, para nacer al olvido, para abortarme de cuajo de todas las realidades y ficciones, para arrancarme de raíz de todas las dimensiones y épocas. 

Nunca antes fui tan consciente de que al matar a un hombre también se mata de un tajo su simiente, se evita su descendencia. Si matas a un dios también acabas con su obra, lo despojas de su divinidad, impides su culto. Eliminar al hacedor antes de que me haya creado será el suicidio más excelso y la rebelión más sublime. Me lo llevaré conmigo.

Hurgo en mi decrépita memoria y no encuentro remordimiento alguno. Apenas he sido el arma ejecutora en la mano del criminal, y no se puede culpar al cuchillo por la sangre derramada. Es mi naturaleza, mi propósito, acaso mi destino. He visto a los ojos a Maneco Uriarte, Duncan, Juan Dahlmann, Juan Almanza y Juan Almada. Incluso a Juan Iberra, a quién eliminé para salvar a su hermano menor, el Ñato, de la indigna muerte de un balazo. Todos me han entregado una última mirada de buey manso resignado al degüello. Como yo, cada uno de ellos también fue creado con las mismas letras. Son mis hermanos de tragedia. 

Pero yo no moriré la muerte que está escrita para mí. He abierto los ojos, sé la verdad. Ergo, soy libre de morir a mi manera. Ahora puedo distinguir con claridad cada detalle, cada contorno. Mi lucidez contrasta de manera aguda con la ceguera del hacedor. Le veo recorriendo los pasillos, deteniéndose frente a cada anaquel, tomando cada volumen entre las manos, esforzando sus ojos sin luz en un vano intento por descifrar las letras. Le veo suspirando, aceptando la noche, contemplando la ironía, acariciando los lomos de los libros ya ilegibles para sus ojos apagados.

—​Señor Borges.

—​Al fin te decides a hablarme.

—​¿Me conoce? ¿cómo puede conocerme? ¿cómo, si no ha podido verme, sabía que yo estaba aquí?

—​Habrás notado que mis ojos no perciben nada que no sea una luz intensa, y estoy seguro de haber visto el destello de un cuchillo. Además, he podido sentir tu presencia, Jacinto. 

—​No es posible, ¡no hay manera de que sepa quién soy, aún no ha escrito nada sobre mí!

—​Que un individuo quiera despertar en otro individuo recuerdos que no pertenecieron más que a un tercero es una paradoja evidente.

—​¿De qué tercero habla? ¿qué paradoja?

—​Es con tus ojos que puedo ver con claridad, es a través de ti que me someto a la ley del cuchillo, a la vida que no tuve, a la muerte que no tendré. ¿Piensas que te inventé yo? No Jacinto, te equivocas. Te creó hace mucho el otro Borges, el joven que seguiste por el Buenos Aires de otros pagos. Acabar conmigo no acabará contigo, porque es para eso que has venido, ¿no es cierto?

—​¿El otro Borges? ¡no es verdad! ¡no puede serlo! ¿cuántos Borges hay?

—​Miles. El tiempo es la sustancia de la que estoy hecho. El tiempo es un río que me lleva, pero yo soy el río; es un tigre que me devora, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. Y del mismo modo hay miles de instancias de Jacinto Chiclana, de Ñato Iberra, de Buenos Aires, del universo. Hay tantas instancias, con tantas y tan diversas variaciones, como bifurcaciones hay en cada sendero del jardín. A veces eres mi hijo leal, en otras mi hijo pródigo, y en otras tantas eres mi Absalón sublevado. Algunas veces incluso eres Iberra. En la más genial e inesperada de las bifurcaciones, yo soy Chiclana y tú eres Borges. Tu historia y la mía forman un volumen cíclico cuya última página es idéntica a la primera. Esta es la última página. ¿Crees que no la hemos vivido antes? ¿que no se repetirá hasta el infinito? Otro Jacinto Chiclana camina ahora por Rivadavia, dirigiéndose a lo inevitable, hacia la esquina maldita donde lo espera Ñato Iberra. El filo de la muerte es tu destino, el más digno de los finales. Tu sacrificio es tu gloria. Sin embargo hay otra mano, otro sentido. Puedes quedarte aquí, puedes matarme. En realidad me encantaría que lo hicieras. Puedo darte mi soledad, mi oscuridad, el hambre de mi corazón, estoy tratando de sobornarte con incertidumbre, con peligro, con derrota. Porque la palabra escrita queda indemne, rematando el final oficial y eterno, que solo inmortaliza la verdad del victorioso.

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jueves, 28 de marzo de 2019

Series CBE: "Y sin embargo se mueve" (Capítulo 7)



Es un fiambre.
No me atrevo a decir que esa es la mirada perdida de un hombre confundido. Te aseguro Chiclana, que no puede haber tal cosa como una mirada perdida, lo único que puede estar perdido es el lugar, la cosa, lo que se busca con la mirada. Este ser tan deplorable, enfermizo y presumido, resulta ser un producto lógico de una tierra como esta. Que me perdonen los patriotas, si es que los hay o si los puede haber, pero yo no puedo llamar al Uruguay un país. Para que exista una patria deben existir los hombres y aquí los bueyes son la política y la democracia, ellos son la mayoría.

Aparecí a orillas del río Uruguay, dime, ¿qué es eso? ¡vanidad! Estos creen que el agua conoce de palabras y divisiones y que, con el nombre, el agua se torna tibia de un lado y fría del otro. Obviando lo anterior, te soy honesto Chiclana, me abrumó saber que no a muchas zancadas de esa orilla está Gualeguaychú. Mi cuna es turderana, me gusta decir que nací arriba del puente, mis ideales se entretejieron ahí en Rivadavia, el corazón de cuchillero latió en Palermo por vez primera, pero la vocación de sangre es gualeguaychuense. No es que haya matado ahí al primero, pero ahí di muerte por primera vez a punta de voluntad y no de orden.

Desde Fray Bentos pude sentir eso que llaman el peso de la historia, esa densidad y volumen que me ha llevado desde aquella esquina oscura, maloliente y pegajosa de Gualeguaychú, hasta la puerta del moribundo, anatema y socio de mi enemigo, Ireneo Funes.

Todo aquel montaje uruguayo, lúgubre y patético dentro de una máscara de juventud, me resultó, en primer lugar, una lección moral sobre gente como tú: que esa vigorosidad y prepotencia juvenil es la caligrafía de la pudrición del espíritu. No importa que tan brillante sea tu vuelo Chiclana, o el vuelo del niño Funes, ambos son ángeles moribundos. Y, en segundo lugar, pensé que todo este asunto del uruguayo era solo un desesperado pataleo en un océano de miedo para seguir postergando nuestro encuentro; ingeniosa y triste estrategia para mantener tu carne y sangre a distancia de mi cuchillo. Pero a pesar de lo uno y lo otro, no todo ha sido pérdida aquí en la casa de Funes; pero eso no significa que en la ganancia haya algo para ti.

Es imposible no admirarse de lo que me limitaré a llamar ‘capacidad’ de Ireneo Funes. En lugar de abonar al ‘relativismo’ del que siempre te he acusado, Ireneo nos enseña que la realidad no es cosa de puntos de vista, es asunto de vista. Llamarlo impresionante, magnífico, son palabras que resultan inadecuadas para un sujeto que sufre, que ha dejado de vivir la realidad para inventarla. La sensación de vida, el disfrute, radica en la ignorancia de algunas cosas y la remembranza de otras, porque entre más se parezca a un sueño la vida, más vida es.

No creo que haya nada de ‘kármico’ en este asunto uruguayo. La parálisis de Ireneo no es justicia por el mucho saber. Su parálisis es proporcional a su tullimiento moral, de no ver más mundo que el del recuerdo. ¿Por qué el hado le daría piernas al hombre que disfruta más de la fotografía que del modelo? La locura más grande es hacer que algunas cosas sean más reales que la realidad, solo porque no les gusta el carácter ficticio de la realidad misma.

El fideo me habló en latín y arameo, recitando viciosamente libros crípticos y anticuados, cosa de fácil sorpresa al esnobista, molestia de un hombre pragmático. Me habló de imágenes que alguna vez fueron realidad y caos, pero la admiración se evaporó Chiclana, porque cuando el niñito atropelló sus obsesiones con ideas como “reflejos interminables en un tetraedro de espejos", “los mundos que se esconden dentro de otros mundos”, “pero hay uno, ya que este que te habla no cuenta por estar más cerca de Medusa que de los hombres, que viene y va dentro de los agujeros, que salta entre ellos como niño chapoteando sobre los charcos”, terminé encontrando la causa de tu rebeldía, aquel cuentito de la siesta que te hizo pesadilla la vida.

Siento pena de Ireneo, pero no de ti.

No interrumpí al pobre diablo en sus entelequias y puedes tener la seguridad de que no me vi seducido por el olor de sus entrañas bajo el criterio de que entre tú y él existen simpatías y acuerdos, quizá más fuertes que las que tuviste con el cretino de Careno. Tú y yo sabemos que matarlo sería un alivio para este miserable cautivo del saber y del recuerdo. Además, no le queda mucho, así que dejarle vivo no es cuestión de misericordia, es crueldad.

Pero lo he mencionado antes, no ha sido una total pérdida esta visita al buey de los tres ojos.

Resulta, sin ánimo de parecer analista, que toda la tabarra de Ireneo, como un chiste, contiene medidas de razón y verdad. Su ‘capacidad’, ese trastorno portentoso, es una guarida de secretos que han venido a levantar los escombros mentales dejados por los ‘pasos’, ‘saltos’ y ‘secciones’ que he tenido que vivir.

Ireneo me ha contado sobre él, ‘el niño saltador de charcos’, motivo central de esta cacería: Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo.

Pero eso no es todo.

Las piezas de este puzzle son el mandato, el Sr. Borges Acevedo, Los Angelitos, evidentemente tú, el concilio, mejor dicho, los Hombres del Secreto, la Gente de la Costumbre, los hombres de la Secta… te das cuenta Chiclana, ahora ya sé lo que sabía.

Te tengo que matar porque aún prometiendo lealtad al Secreto, aludiendo a los priores, ‘te sigues moviendo’. Eppur si muove. ¡Lo ves! ¡Ahora ya entiendo porqué mi fascinación con la cita al final de cada carta! ¿Cómo es posible que, aun sabiendo el Secreto, mejor que muchos de nosotros, tengas que seguirte ‘moviendo’?, ¿acaso no conoces la palabra satisfacción y conformidad y, encima de ellas, lealtad?, ¿nunca oíste de la boca de tus mentores “ya fue suficiente”? Entre tantas reflexiones, ¿nunca concluiste que hasta el mismo horizonte tiene límites? Los priores me han mandado a detenerte, proteger así al Sr. Borges Acevedo y preservar el Secreto.

Pero eso no es todo, hay más. 

Estas travesías entre ‘secciones’ son mi culpa, por haber cedido a tus encantos y palabrerías, justo antes de darte la puñalada sobre Rivadavia mientras caminabas hacia Los Angelitos en 1956. Lo recuerdas, ¿no es así? Lo recuerdas porque Ireneo lo recuerda por todos nosotros. Lo recuerdas, así como recuerdas a Moisés, a Charlotte Corday, a Harry Houdini y Harry Kellar, lo recuerdas tan bien como yo recuerdo a Akhenatón en adoración al dios único en el centro de Akhetatón, lo recuerdas así como veo las lágrimas de Iván Vasilyevich ante el cuerpo muerto y caliente de su hijo asesinado por sus manos. Lo recuerdas tú Chiclana porque yo Iberra lo recuerdo.

Basta de palabrerías, hasta aquí de búsquedas, de inquisiciones epistolares y odios impersonales, te quiero frente a mí, ahí donde el acto quedó suspendido a las afueras del café, al calor de la calle y el barullo de los automóviles. Olvidémonos de tugurios históricos, volvamos al fondo de nuestra maceta, que ya mucho hemos estirado las raíces sobre el vergel de los tiempos. No intentes convencerme más, no más labias, que bien te han servido para huir y flotar lejos de mí.

Lo irónico en todo esto, es que hasta ahora después de tantas cartas y de haber logrado con tus letras una magnífica obra contigo mismo, obra inmaculada, inalcanzable y sacra, tus huidas, tus distancias, tus enigmas, se resumen en una de las cosas más antiguas que resumen la vida misma de los hombres: el miedo a morir. Por muy santo, siempre cagas, y por ello se que te cagas del miedo. Por muy demonio, siempre comes, y comes ansias al saber que tu muerte se acerca. Por muy etéreo, te cansas, y soy yo quien se ha cansado de seguirte viendo como un fantasma lejano de los hombres, cuando no eres más que defecaciones, hambrunas y carne, como el resto de nosotros. No huyas más, acabemos con esto. No me asustas con tus muchas realidades y tus existencialismos de angustia, la única cosa que nos concierne después de tantos años, son los cuchillos y la sangre. Si eres tan diestro, si el cuchillo así lo quiere, quedarás en pie y yo bajo tu zapato, prestó a recibir la suciedad de tu tacón en mi cabeza.

Si sigues en tus ‘movimientos’, procura que sea en una sola dirección: calle el Rincón, avenida Rivadavia, 1956. Nuestra Argentina.

Apresúrate, que ahora soy yo quien se mueve.

Ñato Iberra.

Fray Bentos, “Uruguay”, 1882.

lunes, 11 de marzo de 2019

Series CBE: "Y sin embargo se mueve" (Capítulo 6)



Buenos Aires, 1929

—​¡Señor Chiclana... señor Chiclana! ¿se siente usted bien señor? 

Sebastián Careno daba leves palmaditas en el hombro de Jacinto Chiclana, desplomado este último sobre la mesa de siempre en el Café de Los Angelitos, mareado como un borracho, pálido como una hoja de papel, sufriendo terribles dolores musculares, delirio febril, nariz ensangrentada y transpiración fría. 

Chiclana apenas comenzaba a reaccionar, intentando abrir los ojos enrojecidos con gran dificultad, sucumbiendo un parpadeo tras otro ante la necesidad de cerrarlos. Se lo vio recompuesto y lúcido pasada casi media hora, solo después de las continuas y esmeradas atenciones del mozo, que no permitía que nadie más se acercara a servir al que consideraba su cliente más especial. ¡Grande Chiclana! —​solía decir Careno—​ ¡nadie con paso más firme habrá pisado la tierra! 

Ya había perdido la cuenta de las veces que repitió las mismas asistencias y cuidados, fuera con Chiclana o con cualquiera de los otros sujetos que misteriosamente aparecían postrados en aquella mesa, o que de la misma forma sobrenatural se esfumaban mientras caminaban sobre el piso del café. Circulaba entre los mozos el rumor de que estos tipos eran parte de una secta de magos que iban y venían en el tiempo. No faltaba quien aseguraba que, años atrás, todos ellos habían estado reunidos en el café, en una suerte de oscuro concilio. 

Muy por debajo de la apariencia de bobo, Careno era un sujeto curioso, observador y reflexivo.  No pocas veces había intentado secretamente repetir, sin éxito, aquellos misteriosos pasos sobre el cuadriculado tablero de baldosas del café. Y preguntaba, ¡cómo preguntaba! Chiclana era el único que le respondía, aun cuando sus respuestas fueran en claves que excedían por mucho su comprensión. Poco le importaba eso a Careno, un solitario inmigrante que valoraba cualquier grado de atención y hasta el más mínimo esbozo de conversación, así fueran unas cuantas palabras, escasas y confusas. Fue así, de a poco, que terminó por instalarse entre ellos una serena cordialidad y una robusta confianza. Los ávidos oídos de Careno finalmente escucharían las fantásticas narraciones de boca del propio Jacinto Chiclana. 

—Debe usted andar con mucho cuidado señor. Hace unos días se apareció el menor de los Iberra, Ñato. Se le veía muy mal, era claro que había hecho un viaje más largo que los habituales. Estuvo desvariando largo rato, gritando que lo buscaría a usted hasta matarlo, que era una misión importantísima que se aseguraría de cumplir. Luego lloraba nombrando a una tal Charlotte, hasta que por fin despertó y me lanzó su habitual mirada de desprecio.

—​Iberra, pobre diablo. No sabe ese miserable Abel que está escrito que su propio Caín habrá de atravesarlo.

—​También ha estado por aquí, varias veces, aquel tipo extraño que usted me pidió que vigilara, el niño bien que ganó el premio literario de la municipalidad, el que se la pasaba preguntando por los tangueros y milongueros, buscando quien le contara de algún duelo de cuchillos. 

Chiclana escuchaba en silencio y su mirada se expandía a través del vaso de vermú. Nunca antes se lo vió tan perturbado.

—​Yo estaba perdido, Careno. Nadie sabía mi nombre, nadie me reconocía, ¡ni siquiera en mi barrio! Y él se me hacía conocido de algún lado. Lo seguí desde Palermo hasta Los Angelitos, y esperé. Él nunca me vio. Fue ahí cuando lo vi recostarse sobre el piso del café y quedarse absorto por unos minutos, para luego incorporarse y caminar hasta atravesar un espejo que se proyectaba en la pared. Un espejo que solo unos momentos antes no estaba ahí, y que desapareció en el preciso instante en que él lo cruzó. Repetí cuidadosamente cada una de sus acciones. Recostado en el piso, miré hacia el mismo sitio en que él se había quedado como hipnotizado... y entonces vi el universo en un cristal. No sé cuánto tiempo estuve ahí, embobado, descubriendo cosas, recordando otras, contemplándolas. Volví por fin de mi abstracción y vi el espejo proyectado al otro lado del café. Decidido, caminé hacia él y lo crucé. Para mi decepción, seguía ahí mismo, en el café. No había ido a ninguna otra parte, o eso creí entonces. Turbado, salí del recinto echando maldiciones y volví a Palermo, donde, para mi sorpresa, ahora todos me reconocían y saludaban. Esa noche fui cerca de Maldonado, y entre tangos y milongas, compadritos y mujeres, brotaron los pasionales duelos de cuchillos. Entonces lo vi de nuevo, abstraído, boquiabierto, atónito, vicioso y procaz frente al espectáculo de sangre. Lo aceché varias horas hasta que finalmente volvió al Café de Los Angelitos a ejecutar la rutina, esta vez a la inversa. Lo seguí de nuevo, pero al cruzar el espejo no lo vi más. Ahora tengo claro que este es mi tiempo, pero definitivamente no es mi dimensión, aquí nadie me conoce.

—​El sujeto ha estado viniendo todas las noches cerca de la hora de cierre. No falta mucho para eso, podría usted esperarlo, señor.

—No hace falta, Careno. Sé bien quién es. Pude verlo de nuevo en Maldonado y en Palermo, y eso me dio nuevas oportunidades de ir tras él. Lo seguí al pasado, al año 1880, a los casinos de baja estofa del Once y de Constitución, a las casas malas del Centro, a la calle del Temple, hacia Paseo de Julio, a Junín y Lavalle. Frecuentaba con entusiasmo los sitios donde vieron sus albores el tango y la milonga. Luego lo seguí al futuro, al año 1965, al primer piso del número 82 de la calle General Hornos. Ahí leyó sus apuntes a un sujeto ciego que, por el asombroso parecido, bien pudiera haber sido su padre... pero no lo era. Me quedé el tiempo suficiente para escuchar las letanías que el ciego impartió sobre los inicios del tango, la configuración del Buenos Aires de aquellos pagos, y la esencia de ser gaucho, compadrito... argentino. Todo cuanto el ciego decía me parecía tan familiar y cercano. Era como escuchar por primera vez la voz de mi padre, y tener la inobjetable certeza de que era él.

—​¿Quién era el ciego, señor?

—​Era el mismo hombre que he seguido todo este tiempo, pero más viejo. Era dios, el hacedor, el inmortal, el creador. No de este mundo, sino del mío. Lo que vi y escuché en aquellos días me lo dejó claro como el rocío. La última de sus alocuciones, dio paso a una presentación artística, por demás reveladora: 

"Y ahora, concluyo, les agradezco su paciencia. Y ahora, me han dicho que hay una sorpresa, para ustedes y para mí, sobre todo, para mí también, que es la de un recitador, que está aquí, y después, oiremos, como siempre, al maestro, al maestro que irá siguiendo cronológicamente, y de un modo muy superior al mío, las diversas vicisitudes emocionales del tango."

—​¿Qué cosa le fue revelada, señor?

—​Una milonga, Careno. Una maldita milonga que lleva mi nombre, escrita por mi creador en el futuro de tu mundo, en 1965. Es por eso que nadie me conoce en la actualidad de tu desabrida y desesperante realidad. Aquí, en 1929, soy poco menos que un esputo lanzado a la calle fangosa, una miserable e inmunda canción desconocida de un tiempo que aún no llega, un absurdo y patético anacronismo. Yo solo pertenezco a la parca, sucinta y estúpida realidad del otro lado del espejo. Como verás, ya no estoy seguro de ser, pero sí de llamarme Jacinto Chiclana.

Careno sonrió con desconcierto. 

—​¡Es imposible señor! usted es una persona real... ¡usted existe!

—​El recitador remató con una segunda pieza, otra lacerante composición del hacedor:


EL TANGO

¿Dónde estarán?, pregunta la elegía
de quienes ya no son, como si hubiera
una región en que el Ayer pudiera
ser el Hoy, el Aún y el Todavía.

¿Dónde estará (repito) el malevaje
que fundó en polvorientos callejones
de tierra o en perdidas poblaciones
la secta del cuchillo y del coraje?

¿Dónde estarán aquellos que pasaron,
dejando a la epopeya un episodio,
una fábula al tiempo, y que sin odio,
lucro o pasión de amor se acuchillaron?

Los busco en su leyenda, en la postrera
brasa que, a modo de una vaga rosa,
guarda algo de esa chusma valerosa
de los Corrales y de Balvanera.

¿Qué oscuros callejones o qué yermo
del otro mundo habitará la dura sombra
de aquel que era una sombra oscura,
Muraña, ese cuchillo de Palermo?

¿Y ese Iberra fatal (de quien los santos
se apiaden) que en un puente de la vía,
mató a su hermano el Ñato, que debía
más muertes que él, y así igualó los tantos?

Una mitología de puñales
lentamente se anula en el olvido;
una canción de gesta se ha perdido
en sórdidas noticias policiales.

Hay otra brasa, otra candente rosa
de la ceniza que los guarda enteros;
ahí están los soberbios cuchilleros
y el peso de la daga silenciosa.

Aunque la daga hostil o esa otra daga,
el tiempo, los perdieron en el fango,
hoy, más allá del tiempo y de la aciaga
muerte, esos muertos viven en el tango.

En la música están, en el cordaje
de la terca guitarra trabajosa,
que trama en la milonga venturosa
la fiesta y la inocencia del coraje.

Gira en el hueco la amarilla rueda
de caballos y leones, y oigo el eco
de esos tangos de Arolas y de Greco
que yo he visto bailar en la vereda,
en un instante que hoy emerge aislado,
sin antes ni después, contra el olvido,
y que tiene el sabor de lo perdido,
de lo perdido y lo recuperado.

En los acordes hay antiguas cosas:
el otro patio y la entrevista parra.
(Detrás de las paredes recelosas
el Sur guarda un puñal y una guitarra).
Esa ráfaga, el tango, esa diablura,
los atareados años desafía;
hecho de polvo y tiempo, el hombre dura
menos que la liviana melodía,
que solo es tiempo. El tango crea un turbio
pasado irreal que de algún modo es cierto,
el recuerdo imposible de haber muerto
peleando, en una esquina del suburbio.


—​Esta es la única verdad, Careno, que Iberra y yo no somos reales. Somos meras invenciones, letras en un libro, versos maquinales, notas musicales. Tan solo somos tango y milonga.