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jueves, 25 de marzo de 2021

Narraciones CBE: Deseo y posibilidad. Una historia de las notas de la Doctora Calvin (cap. final)


Deseo y posibilidad   

Una historia de las notas de la Doctora Calvin   

(cap.final)




Leyó y releyó las notas de la doctora Calvin; al menos, cuatro veces más. 

Apenas puso un pie dentro de la casa, percibió una fuerza en su interior demandando ir al baño. Las últimas líneas del cuaderno que la doctora le había enviado era una nota dirigida a ella. 


Fui muy descuidada... claro, hasta al final. Si tuve sospechas las dejé detrás de la ignorancia. Uno es humano, nuestra mente no computa de la misma manera que un cerebro positrónico. Ni el conocimiento, ni la experiencia, ni porque una o la otra sean demasiado, en nosotros prevalece un sentido de la ingenuidad. 

    Asumí que algunos de los cambios que hiciste encontraban justificación en las demandas editoriales de su trabajo, también valoré el hecho de que la distorsión se trataba de algo muy íntimo de ustedes los periodistas. Es decir, su trabajo se resume a presentar una verdad, queda en segundo plano si para ello la verdad tiene que sufrir alguna modificación. Le dicen 'problemas del lenguaje' ¿no? El arduo y complicado labor de presentar la verdad, tal y como es, ha quedado, desde hace años, en manos de la ciencia; que a pesar de sus esfuerzos, siempre es insuficiente. Además, ¿porque no he de admitirlo? Su manera de tratarme, de hablar sobre mí… ¡Oh, la vanidad! o mejor dicho, ese placer que provoca el ser reconocido por alguien, ser visto por alguien, eso que la vieja psicología llamó escoptofilia... eso aún hace de las suyas. Admito que fácilmente me deje seducir por su boba y delicada zalamería. 

    EL CONFLICTO INEVITABLE, ese es el título del último artículo, ¿no es cierto?


La luz no dejó sombra en el baño. La blancura e iluminación resultaban un principio contrario a la suciedad a la que estaba asociada el cuarto. La reportera se acercó al espejo, se ubicó frente a él; escogió el espejo pequeño, solo necesitaba ver su rostro. Ni un músculo de ese rostro amable y delgado lucía tenso, la mueca que sostenía resultaba artificial; como si fuera la primera vez que sentía en su organismo aquello que roza la frustración y la vergüenza. Hizo su largo cabello hacía atrás. Lo amarró; no quería que ni la más delgada hebra castaña le entorpeciera el rostro. Abrió el grifo, metió las manos en el agua helada y se llevó lo que pudo al rostro. No parpadeo, no perdió la atención de su imagen proyectada en el espejo.



Dejemos algo claro: No estaba interesada en leer alguno de sus artículos. La conclusión era simple: no había nada nuevo en ellos, todo era acerca de mí; lo que pienso, lo que intuyo, lo que siento acerca de los robots. Me interesé por los artículos, y terminé leyendo cada uno de ellos, después de que una que otra persona de la U.S Robots hiciera comentarios acerca de mí... nuevos y extraños comentarios. Decían que poco a poco se volvía evidente y descarado mi odio hacía la humanidad; alguien dijo que si tanto era el malestar que me provocaba la carne humana, mejor sería que encontrará la manera de acabar con mi propia humanidad. De paso me sugirieron que si acaso me atrevía a ello, lo hiciera con una soga al cuello. Estoy de acuerdo en algo con ese tipo de comentarios, así como lo estará usted y cualquiera que me conozca: no me simpatiza mi especie. 

    No me simpatiza, pero no por ello hago de mi trabajo un evangelio de mi desagrado. El mismo hecho de expresar ese 'odio' a alguien iría en contra del mismo malestar expresado. Hacerle saber a un humano mi desagrado, implicaría, según las antiguas reglas de la intrusión psicológica, que este sujeto antes de resultar un repulsivo es el objeto de mi identificación... en fin.

    Leí sus artículos. Menuda sorpresa me encontré. Espero disculpe mi obsesión, pero prefiero pecar de detallista a ser tildada de histérica y paranoide…


El agua volvió a hacerlo una vez más... ahora se deslizaba con lentitud sobre la piel de la mujer. Su textura tersa, esa ausencia total de defectos en ella, era motivo para que dermatologos, o cualquiera, asegurara, ciegamente, que el agua correría en ella fácilmente. Pero la gota permanecía en su mejilla como suspendida.

La periodista no notó lo que sucedía con su piel y el agua, al interior sucedían una intensa rememoración de cada una de las acotaciones que la doctora realizó de los nueve artículos que ella publicó a costa de su vida y trabajo en la U.S Robots. Junto a cada frase sacada de la Prensa Interplanetaria, estaba una observación que contenía las quejas de la doctora por aquellas palabras que ella, la doctora, no recordaba haber dicho; conceptos que ella no había explicado...


“¡Sólo las máquinas a partir de ahora serán inevitables!” Usted sabe que yo no dije eso. No importa lo mucho que odie, si es que se siente más a gusto con esa palabra… que odie a los humanos, yo pertenezco a este ocaso que ha dado su última luz para verlos nacer. ¡Sólo las máquinas a partir de ahora serán inevitables! Esas no son palabras humanas. Usted podrá decir, ‘pero doctora Calvin, su argumentación apunta a ello, es el espíritu de su trabajo', y yo le diría: Si, es cierto... Y si, es cierto que nosotros los humanos solemos pensar más allá de las palabras, y esto se lo hago saber antes de que lo añada a su próximo comentario. Pensar más allá de las palabras es un mal hábito si quiere verlo de esa manera, aunque para mí es peor, es algo de lo que no podemos librarnos. Todo humano en la historia y las galaxias tiene un capricho en común, también llámelo un mal hábito, pero también es algo peor… Usted, al parecer, ha olvidado que somos la especie que viene matando a Dios desde los primeros siglos. Es ese uno de los grandes deseos que con ustedes, los robots, se vuelve cada vez posible. Si matamos a Dios, ¿no cree usted que no estaríamos dispuestos a acabar incluso con lo inevitable?

Recordé sus ojos, sabe… 

    Al final, después de la última nota recordé sus ojos. Siempre atenta, recolectando todos los datos alrededor, podría jurar que me estaba leyendo la cabeza, pero era algo más sencillo que eso; sencillo, claro está, para alguien como usted, ¿no es así? ¿Qué, 114? ¿110? ¿Cambió los números de la serie el doctor Allen para ocultar su fracaso con el 102?


S.C.


La frialdad que emitía la cabeza de la reportera, producida por el estrés de las notas de la doctora Calvin, cristalizó la gota de agua en su mejilla. Estaba perdida ahora en los detalles reflejados de su ojo. El iris lucía normal, su color avellana jamás había provocado sospechas; dentro de un trabajo como el suyo,  incluso eso era una ventaja. Los humanos suelen decir que los ojos son las ventanas del alma, y la experiencia ha demostrado que unos ojos claros cumplen esa absurda filosofía. La pupila presentaba las dimensiones adecuadas, la negrura correcta, era el vacío que se esperaba encontrar en todo ojo humano; receptáculo de informaciones que en el caso de la reportera, estas informaciones entraban en proporciones infinitas en contraste a la pupila humana. 

Todo estaba en orden en ella. La única respuesta al cuaderno era el ingenio de la doctora Calvin. Ese cerebro de carne y líquidos, seudo-electricidad y arrugas, era lo único que podía dar respuesta a ese reconocimiento que la doctora hizo de ella; que debajo de lo humano, y el periodismo, se encontraba el funcionamiento de un cerebro positrónico. 

    Era imposible que el gastado y carnoso ojo enfermo de la doctora haya alcanzado a distinguir, en un borde de la zona esclerótica del ojo izquierdo, entre las manchas propias de un tejido sanguíneo, el código KPHAXTIO…




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(4) Capítulo Anterior

miércoles, 10 de marzo de 2021

Narraciones CBE: Deseo y posibilidad. Una historia de las notas de la Doctora Calvin (cap.4)


Deseo y posibilidad 

Una historia de las notas de la Doctora Calvin 

(cap.4)




- ¿Eso es todo? ¿Esa es su gran intervención? – la voz del Dr. Allen logró salir de la habitación antes de que el grueso capitán la abandonará cerrando la puerta.  

-  Si. Eso es todo lo que necesitaba saber… – La doctora se quedó observando el suelo de la habitación en la que se encontraban con Allen.

- Explíqueme Calvin… Explíqueme porque tengo tanto que resolver, y para mi fortuna, de usted depende casi todo lo que me espera con los directivos de la U.S Robots.

- Caspio es un robot de sensaciones. Capta, percibe y emite respuestas… usted Allen, por ejemplo, dígame, que le provoca mi presencia – Susan Calvin arqueó la ceja esperando que el silencio de su compañero terminara – ¿No tiene el valor de decirme lo que suele hablar con sus amigos acerca de mí? Ande, hable.

- Doctora… no sé qué es lo que pretende.

- No sea cobarde. ¿Necesita ayuda? Está bien. Podemos decir que mi presencia le provoca repulsión, o ¿pesar? ¿Una amplia carga de fastidio… un interminable sufrimiento… ya que soy una lastimera figura que nadie sabe cómo es que puede soportar el peso de la bata? No se extrañe doctor, no lo estoy espiando, ni a usted o sus amigos. U.S Robots invierte mucho en sus productos, pero no podemos decir lo mismo de sus paredes – La doctora caminó hacia el vidrio que daba a la habitación en la que Caspio permanecía inmóvil y sonriendo –. A dónde quiero llegar es que todas esas sensaciones no son más que variantes semánticas. Nuestra psicología nos permite captar estas variaciones semánticas, las máquinas no pueden hacerlo. Las máquinas sólo captan la actividad sensorial. ¿Recuerda usted porque se dejaron de utilizar aquellos espantosos aparatos conocidos como ‘detectores de mentiras’? 

- No. No lo sé – La mueca en el rostro del doctor Allen lo hizo lucir inflamado. Enfermo de coraje.

- Esas máquinas detectaban alteraciones en el funcionamiento del organismo. La alteración en el cuerpo era el indicador de un elemento de inestabilidad, para los usos de la máquina y su propósito a esa inestabilidad se le denominaba: mentira. Pero lo cierto es que muchas personas no mentían. Lo que sucedía es que las preguntas no contemplaban la realidad semántica del sujeto; es decir, el valor que para ellos tenía una palabra y no otra. La máquina no medía esa realidad tan imprecisa en términos objetivos; imprecisión de la que se vale el humano para realizar sus valoraciones o afrontar la vida. Es por eso que no hay diferencia objetiva entre el ‘pesar’, ‘fastidio’ o ‘repulsión’ que yo le puedo provocar. A nivel orgánico, sensorial, es exactamente lo mismo; músculos contraídos, algún cambio en el ritmo cardíaco, la coloración en su redondo rostro... Sus ofensas por lo tanto son, digamos, un tanto ilusorias. ¿Me entiende doctor? 


El doctor Allen no respondió. El aire que salió de su nariz hizo que la doctora Calvin prosiguiera. 

- Según las transcripciones de los videos de seguridad del apartamento de la señorita Stefano, Caspio y la chica tuvieron tres minutos de conversación antes del, por decirlo de alguna manera, incidente.

- Si. Lo leí. Los dos hablaban acerca del futuro de ella, de las decisiones a tomar una vez que terminara su grado… eso lo sé, pero, ¿por qué el robot tuvo que golpear de esa manera a la chica? – El doctor Allen movía cada vez los brazos con más énfasis y velocidad. El hombre estaba perdiendo la paciencia.

- Bárbara no sabía que estaba embarazada. Deje que termine. En el video se puede apreciar que la chica le dice a Caspio, y lo leo textualmente: “solo me tengo a mi misma, y todo esto, vivir sola, la adultez, el trabajo, son responsabilidades, no  es nada fácil… sé que si sucediera algo que rompiera mis pretensiones, mis deseos, sea lo que sea, encontraría la manera de sobrellevarlo, pero dime Caspio, ¿no crees que sería lindo que al menos los deseos más inocentes se hicieran realidad? No estoy fantaseando con nada fuera de la realidad; volverme famosa, millonaria, cosas así… No. Solo quiero un trabajo. Una profesión. Destacar en lo que sé que yo elegí y lo que yo puedo hacer. Imaginar que uno puede perder lo que más sueña… Dios, Caspio, me hace sentir mal, ¿sabes?… de hecho me siento mal…”. Es en ese momento en el que transcripción dice que Caspio se entrecorta al hablar. Una máquina como él es incapaz de tener un desfase, usted mismo lo dijo en la reunión para la aprobación de fondos. Su cerebro positrónico siempre elabora una respuesta, nunca cesa de anticiparse –. La doctora Calvin comenzó a golpear el cristal con un dedo. Al otro lado, Caspio movía sus ojos en dirección del sonido.

- ¿Qué se supone que significa eso para mí? – De pronto la robopsicóloga golpeó otro sector del cristal, y Caspio cambió la dirección de su atención inmediatamente. 

- Significa que apareció un estímulo que no había sido contemplado en el mapeo que la máquina tenía de ella y el ambiente. El examen médico describe que la prenda de la ropa interior de la chica contenía…

- ¡Calvin! ¿Cómo es posible que no haya sangre en su ropa? ¡Ese trasto le hizo perder el bebé!

- Calma, Allen, contrólese – Caspio miraba al vidrio como si pudiese escuchar lo que discutían los empleados de la U.S Robots –. Entre los fluidos de la placenta y el feto también había otro tipo fluido. Había rastros de un tipo de sangre que es propia de la pared uterina. El embrión, al adherirse a la pared uterina la hiere y esta suele desprender residuos de tejido que se mezclan con la sangre… cuando Bárbara advierte que se siente mal, Caspio ‘siente’ las señales… 

- Está bien, decido creerle a este punto, pero eso no resuelve nada, sino que empeora todo. ¿Ahora estas cosas son capaces de eliminar bebés? Las tasas de natalidad natural son tan bajas que esto podría traer repercusiones con ciertas políticas que intentan preservar la práctica… – Caspio estaba puesto en pie en la sala mantenía la mirada fija en su propio reflejo.  

- Deje que termine. Todo fue tan inesperado como lógico. De hecho, demuestra la eficacia de su trabajo con el modelo KPHAXTIO 102. Hemos concluido en que Caspio manejaba los datos físicos de Bárbara, por lo que se daría cuenta de cualquier objeto que dañara la placidez química de sus propias ensoñaciones. Esa aparición causal de los síntomas, hilvanados con el alto compendio de información médica acerca de ellos, hicieron que el robot alcanzará la certeza de que ella estaba embarazada…

- ¿Porqué no le dijo nada a ella? ¿Porqué no le advirtió del embarazo? Además, con ese golpe ha lastimado a no solo a un humano. ¡Es una violación directa de la primera Ley en dos personas de manera simultánea! No tiene sentido lo que usted me está diciendo… – El doctor Allen caminaba hacía la puerta notablemente disminuido en todo; en altura, en peso, en ánimo, en orgullo.

- Lamento que no pueda quedarse callado doctor. Entienda que un golpe era una solución eficaz. Si la chica llegaba a ser madre, esa experiencia de no-aceptación de la maternidad, era prolongar el estado de desagrado que de seguro Caspio detectó en la chica en su conversación. Eso era algo más insoportable y dañino que el dolor temporal de un buen y acertado golpe. Hay que verlo de esta forma, para Caspio, el dolor subjetivo de la chica de ver truncadas sus proyecciones era un horror comparado al dolor objetivo del golpe en el vientre. Si Bárbara hubiese sido madre, es muy probable, según el cerebro positrónico del robot, que toda su vida viviría en esa náusea de dedicarse para su hijo y repudiarlo a la vez; quizá llegado a un punto, al verse con el bebé en brazos, ella podría llegar experimentar el deseo de eliminarlo por todo lo que le hizo dejar atrás... todo surgió de una proyección basada en la experiencia sensorial de la chica al hablar de algo que en ese momento, para ella, no era más que una posibilidad. Y, Allen, ¿en qué clase de planeta vive? Desde hace años se declaró que la gestación es un período proto-humano, es por eso que en esta etapa se llevan a cabo las intervenciones genéticas; una manera de ahorrarse dinero y tiempo en modificaciones posteriores. Caspio sabe eso Allen, en ella no dormía un ser humano, solo era tejido en formación. Nada especial, sólo carne y sangre. Nada diferente a un teratoma.

Allen dejó el cuarto. La doctora Calvin se acercó al vidrio en el que observaba a Caspio erguido frente a ella. El robot intentaba atravesar aquel filigrana con su sonrisa, seguía insistiendo al mundo, a la U.S Robots, a quien estuviera detrás vigilando, que no era más que un robot amistoso. 

- Hay algo que no entiendo Caspio – dijo la Dra. Calvin hablando al robot que ignoraba que estaba siendo observado únicamente por ella – ¿porqué te expusiste? Lo que hiciste por ella, por cumplirle el deseo, ¿no es acaso una forma de ponerte en peligro? Te diseñaron para entendernos, pero ¿de dónde salió la idea de golpearla para que perdiera el bebé? ¿No bastaba decirle que estaba embarazada? Ella sola pudo haberlo extirpado… – la mirada de la máquina y mujer quedaron fijadas accidentalmente – A menos que tú supieras que ella no sería capaz de hacerlo por más que lo deseará. ¿Escogiste por ella, Caspio? Es eso lo que está de base, el descubrimiento de años de psicología estrafalaria que sigue insistiendo que el humano es puro deseo… dice que quiere una cosa, y también quiere la otra. No sabe qué hacer ante tantas opciones. Le cortan las alas, acepta su miseria, vive para soñar en lo que hubiese sido si no hubiera pasado aquello, lo otro, el destino. ¿Es eso lo que somos nosotros?, ¿deseo? 

    Algo embargó el cuerpo de la doctora Calvin. La sacudida hizo humedecer rápidamente sus ojos. Al otro lado Caspio también se agitó, parecía uno de esos animales llamados perros olfateando el ambiente seco y frío de la habitación. 

- Entonces Caspio, si nosotros somos deseos, ¿que son ustedes? 

En aquel silencio opresivo, denso y abrumador, la doctora Susan Calvin no supo diferenciar si sus pensamientos eran audibles o Caspio había hablado, pues escuchó la palabra ‘posibilidad’ mientras el robot volvía a hincarse en la sala.  

*** 

(5) Capítulo Final


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Narraciones CBE: Deseo y posibilidad. Una historia de las notas de la Doctora Calvin (cap.3)



Deseo y posibilidad 

Una historia de las notas de la Doctora Calvin 

(cap.3)





Era probable que la doctora Calvin no consideró pedirle a Caspio que se sentara en alguno de los tantos asientos de la habitación. Ella entró, apenas le dirigió la mirada entre un parpadeo y otro, tomó el banquillo, lo ubicó frente a la máquina, se sentó y apartó el mechón de cabello que caía en su frente. 

- ¿Qué fue lo que sucedió? – dijo Susan Calvin, procurando no desprenderse de la mirada de la máquina.

En los ojos de Caspio hizo falta que unos párpados aparecieran fugazmente. Se amplió la mueca en su rostro, una sonrisa amistosa, que entienda que no soy capaz de hacerle daño a una mosca…

No creo que seas peligroso… - un sepulcral silencio cayó en el la sala. La voz de Susan por algún razón provocó más frío en el lugar - Tengo preguntas modelo KPHAXTIO. Contesta, ¿qué fue lo que sucedió? 

- Usted parece tensa... – habló Caspio. De manera superficial, si es que los sonidos tienen topografía, la voz correspondía a una capa de humanidad – ¿Usted es la doctora Susan Calvin?

- ¿Cómo lo sabes? - en la pregunta no había espacio para alguna emoción. Era una pregunta hecha de pura palabra.

Caspio se levantó. Nada en su cuerpo emitió sonido. Contrariamente a la tosquedad de diseño, el mutis era producto de una compleja ingeniería. Tomó una silla y la soltó con suavidad frente a la Dra. Calvin. Una vez sentado inclinó su cabeza, parecía un gesto que invitaba a dejar a un lado el formalismo y la rigidez; la doctora no se movió. Y esta vez, la sonrisa parecía más una torcedura.

- Digamos que fue un golpe de suerte - permaneció en silencio y luego continuó - ¿Usted está molesta conmigo Susan? ¿Puedo llamarla Susan?

- Puedes llamarme como quieras. Y con tu pregunta, dejame decirte que eso es algo que tú, perfectamente, lo puedes responder. Dime, Caspio, ¿estoy molesta? 

- El gesto en la goma se extendió hasta ese punto en la cabeza humana donde se encuentran las orejas. La máquina respondió. 

- No. No lo estás Susan. No estás molesta. Tú estás inquieta. Te esfuerzas, y mucho. Estás inquieta porque no contesto a lo que me preguntas, y eso es normal, lo entiendo. Pero no es razón para que ello te afecte. Tú crees que lo que te diré te hará sentir mejor, te hará sentir mejor contigo misma y con la gente con la que trabajas… - El robot dejó de hablar abruptamente. Hizo su cabeza hasta atrás, esquivó la bofetada imaginaria de la doctora. Su sonrisa nunca cesó - ¿Te molesta tu trabajo? ¿Es eso así? Perdón, me corrijo, ¿te molesta tu lugar de trabajo? ¿Te molesta U.S…

- ¿La temperatura? ¿Presión arterial? ¿Respiración? o ¿logras escuchar el palpitar? - Ahora la doctora se escuchaba hastiada.

, y más. Arrugas, la pupila, sudoración, el movimiento de tu dedo rozando violentamente el zapato en su interior…

- Eso y lo que dice la base de datos, menuda genialidad la tuya… Estoy hartándome de tí. 

- Susan, ¿puedes diferenciar tu alegría de tu felicidad? Y claro, es una pregunta meramente ilustrativa, sobretodo para alguien como tú. Dime, ¿sabes tu diferenciar cuando estás alegre y cuando estás feliz?

La doctora Calvin relajó sus brazos, y perdió la rígida posición con la que había empezado su charla con la máquina KPHAXTIO 102. Se tomó dos minutos para responder. Caspio sonreía siniestro; siniestro y amistoso. 

- La alegría es un sentimiento con una definida carga de intensidad afectiva que puede provenir de la experiencia de vinculación con otros o de la satisfacción de ciertas carencias…

La doctora Calvin se quedó sin palabras. Caspio acercó su dos ojos seudo humanos hasta los ojos dubitativos de Calvin. La sonrisa en la maquinaría lucía más como una mueca ambigua, alguien diría que el robot contenía sus ganas de reír si es que no se supiera que los robots no pueden hacerlo.

- ¿No es cierto que si yo preguntara por la felicidad usted respondería lo mismo? Palabras más, palabras menos, sus emociones no son tan diferentes fuera del campo del lenguaje, ¿está de acuerdo conmigo doctora? 

- Si. 

- ¿Está segura que quiere hacer la pregunta doctora? ¿No cree que es algo que le puede dañar? 

- Tu sabes perfectamente que no, ¿verdad? No juegues al tonto conmigo… ¿Qué sucedió con la señorita Stefano?

- La posibilidad de un deseo. 

La doctora Calvin se levantó inmediatamente, el robot se quedó estático en la habitación. Por alguna razón, durante la breve conversación, la sonrisa del robot había sido lo más vivo del reflejo del vidrio de la cámara. 


*** 

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martes, 2 de marzo de 2021

Narraciones CBE: Deseo y posibilidad. Una historia de las notas de la Doctora Calvin (cap.2)


Deseo y posibilidad 

Una historia de las notas de la Doctora Calvin 

(cap.2)






A cada lado de la puerta una silla, además, un sofá que se extendía a lo largo de una sola pared, en la esquina un banco, pequeño, cómodo, su color azulado lo hacía parecer el asiento más agradable entre todos; y, al fondo de la habitación, un modelo Caspio se encontraba de cuclillas. 

Si no hubiese sido por el detalle antropomórfico en la cabeza, esos ojos despiertos y fijos en un solo punto, cualquiera pensaría, al ver la máquina en esa posición e inactividad, que el robot se encontraba apagado. 

Caspio notó la armazón de metales y cables que conforman aquello que él debe asociar con la palabra 'cuerpo'. Notó la pigmentación marrón de sus ojos así como los dos abismos que eran sus pupilas. Se percató de las dimensiones de esa estructura llamada cabeza, y poco se sorprendió por la luz verde que provenía de la sección posterior; el hardware espectral nunca cesaba de trabajar ni porque estuviera de cuclillas. 

El robot no tenía inconvenientes para ver, sentir y percibir la ligera contracción de la goma instalada en la mandíbula. El vidrio que acapara la mayor parte de una de las paredes le permitía observarse por completo. Es muy probable, debido a su propia naturaleza, que mucho antes de captar otros datos referentes a esa torcedura en la zona baja de la cabeza, su cerebro positrónico ya hubiera respondido al estímulo con palabras como: ‘una sonrisa amistosa’, y quien sabe con qué otras… una sonrisa amistosa, y sabrán que no soy capaz de hacerle daño a una mosca.

- ¿Puede vernos? – dijo una de las dos voces detrás del vidrio. 

- No sea ridículo. Podrán ser complejos, pero tienen sus límites.

- Pero, digo… es la manera en que dirige la mirada hacia acá. Además, explíqueme, ¿qué es eso? ¿Una sonrisa? – la voz se quebraba después de cada palabra.

- Le diré algo capitán. La máquina no puede vernos detrás del cristal, sus ojos no están diseñados para eso. De lo que  puede estar seguro es que la máquina intuye, casi que está convencida, de que aquí, detrás del vidrio, está un policía, está alguien de U.S Robots, y es posible que también sepa que esos personajes esperan a alguien más. 

- ¿Cómo es que lo sabe doctor… a propósito, ¿estamos esperando a alguien más? 

- Lo sabe porque existen quien sabe cuántas referencias, en la historia de estas salas prehistóricas, que le aseguran a su cerebro que si alguien termina en un lugar como este es porque, primero, ha hecho algo reprensible socialmente; segundo, siendo una estación policial es evidente que detrás de cada pared o vidrio siempre encontrará un policía, y regularmente será un policía gordo; y tercero, es imposible que siendo él lo que es, no haya nadie que no esté velando por sus acciones… dijo usted algo de la sonrisa, ¿no es así? Sonríe para que nosotros concluyamos en que no existe motivo para pensar que él es un peligro. Él quiere lucir, digamos, amigable… ¿No recuerda los viejos programas de televisión? Es muy probable que su cerebro ha dado con la referencia popular de una vieja película llamada Psicosis, ¿sabe de qué le estoy hablando? – El policía negó con la cabeza. Su tamaño y grosor lo hacían parecer de una generación de la que él no sabía nada – En resumen, capitán, y esperando que pueda usted quedarse en silencio, eso es lo que sucede con la máquina.

- Doctor Allen  – insistió el policía –, le faltó responder a una de mis preguntas.

La puerta de la sección de observación de la Cámara se abrió. El Dr. Allen pertenecía al grupo de académicos, abundantes en la U.S Robots, que coincidían en que la Dra. Susan Calvin era uno de los grandes genios de la corporación. Ellos estaban de acuerdo en que la carrera profesional de ella estaba cargada de coherencia, dotada de una inusual dirección en la búsqueda de trabajar y entender a los robots, cualidades que, en casos como el de Allen, faltaban y que se compensaban con una tendencia al capricho, la improvisación, la ambición y las buenas relaciones. De manera proporcional a esta admiración consensuada, él y el grupo de académicos también coincidían en que Susan Calvin era un enorme grano en el trasero; y solo cuando era posible hablar del tema, sobretodo en reuniones y fiestas a las que la doctora nunca asistía, todos pensaban que solo la fealdad de Calvin podía competir con su inteligencia. 

En el caso de la Dra. Calvin, la organización de la realidad era más simple: estaba ella, los robots y el mundo; y este último, casi siempre, era un fastidio. 

- Allen, Capitán… – Entró la Dra. Calvin extendiendo el brazo y con la mano abierta; quería el informe policial.

El capitán de la comandancia no espero confirmación del Dr. Allen. El fofo policía percibió en el tono de la voz y en la impresión total de los gestos, y sobretodo, en la manera curiosa en que caía un mechón de cabello en la frente de la Dra. Calvin, que estaba frente a una autoridad; ante la única autoridad capaz de explicar lo que estaba en el archivo que le entregó en el acto y lo que estaba al otro lado del cristal. 

Ni Allen le dirigió la palabra, ni Calvin buscó la manera de recibirla. 

Él no estaba dispuesto a escuchar sus predicaciones, pero más aún, no estaba dispuesto a reconocer que él y su proyecto se encontraban en la posibilidad de estar y ser un error. La doctora Calvin, como experta en robopsicología, se opuso desde el principio al proyecto de KPHAXTIO 102. La experiencia nos ha mostrado Allen que incluso con la limitada capacidad perceptiva de los robots, aún en modelos hartamente arcaicos, la estabilidad de la Ley puede verse modificada por la impredecible interacción que esta alcanza con el violento caudal de normas y casualidades del mundo natural, y ni se diga del nuestro. ¿A qué nos atenemos si hacemos que un robot no solo pueda identificar su alrededor sino que también pueda sentirlo... y no solo sentirlo, sino sentirlo todo, sentirlo con esa intensidad que usted y sus esbirros proponen?, dijo la Dra. Calvin al Dr. Allen dentro de una de las frías salas de la U.S Robot ocho meses atrás.

El archivo policial se encontraba en papel. La comisaría en la que se encontraban, en la lista del progreso, probablemente estaba al final. 

Susan Calvin leyó detenidamente, ni siquiera prestó atención cuando le ofrecieron café y unos bocadillos. Las hojas hablaban de Bárbara Stefano, una chica de 23 años de edad. Estudiante de historia que recientemente se había visto cautivada por los cruces de su carrera y la psicología; una asociación más orientada al paranoidismo que a la ciencia. Trabajaba en una librería en la que tenía un bondadoso descuento cada vez que compraba un libro. Vivía sola y amaba a los animales pequeños, sobretodo esos que suelen soportar el olvido y los descuidos. El único día libre que tenía en la semana lo ocupaba para caminar y evitar pensar o hablar con personas; adecuado descanso para un vida que en ocasiones le resultaba mecanizada. Bárbara Stefano recibió, veinte días atrás, un modelo KPHAXTIO 102. Sus padres, a varios kilómetros de distancia, pensaron que su niña necesitaba algo de compañía. Antes solían decir que no era bueno que un hombre estuviera solo, y por eso la gente se casaba. Recuerdos que ahora parecen cuentos. Lo único que puedo decirte hija, es que la soledad no es buena para nadie, frase recurrente con la que el padre finalizaba la comunicación con su hija a través del implantador de videollamada que ella cargaba en su bolsa.

Bárbara Stefano a penas tenía tiempo para otra cosa que no fuera su rutina; si hubiese sido más abierta con su interior, es decir, si compartiera más de sus pensamientos o emociones, a lo mejor sus padres tendrían claro que su hija ni siquiera tenía tiempo para la soledad. 

    El día que Bárbara decidió romper su rutina y darle espacio a la sensación de soledad, fue por estar aburrida, por estar cansada... fue por un hombre y por un poco de eso que los cuerpos, entremezclado con pocas ideas y muchas emociones, suelen necesitar cada cierto tiempo. 

    Bárbara Stefano quedó embarazada a consecuencia de irrumpir en su programa semanal.

   La Dra. Calvin se detuvo varios minutos observando la colección fotográfica del archivo. El suelo del piso de la chica fue encontrado manchado en rojo. Las fotografías que habían sacado de ella la mostraban en el suelo, tendida como si por fin encontró el perfecto sueño en el cual quedarse y no despertar a su demandante realidad. El color de la superficie era el mismo color de su ropa; y entre más cerca del estómago, más oscura era la coloración. Mientras la doctora Calvin inspeccionaba las fotografías, Bárbara Stefano yacía encamada en el hospital, sin otra preocupación que la de dormir. La criatura de su embarazo ya no estaba con ella; ahora era parte de las pequeñas porciones del grueso color rojo en el piso de la habitación.  

- ¿Porqué lo hizo? La primera Ley dice que ‘Un robot no hará daño a un ser humano, ni, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño’. ¿Porqué lo hizo? – El Dr. Allen le hablaba al reflejo de Susan Calvin en el cristal. Ella ni siquiera lo escuchó, siguió leyendo el archivo. 


*** 

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domingo, 28 de febrero de 2021

Narraciones CBE: Deseo y posibilidad. Una historia de las notas de la Doctora Calvin (cap.1)



Deseo y posibilidad 

Una historia de las notas de la Doctora Calvin 

(cap.1)






Hace 28 días los integrantes de los clubes de lectura la Tregua y el club de la Buena Estrella le abrimos la puerta a un invitado muy particular, el gran Isaac Asimov que venía con un compendio de historias bajo del brazo mediante las cuales nos propuso abrir la mente y dejarnos seducir por la propuesta de sus mundos habitado por humanos y robots humanoides hasta que esa coexistencia nos resultase tan natural, como probablemente le resultó él imaginarlo.   

    Robbie, Herbie, Cutie, Stephen Byerley, son algunos de los nombres que nos hicieron emocionarnos junto a Powell, Donovan y la doctora Susan Calvin.  Nuestra imaginación voló y las conversaciones dentro y fuera del club giraron en torno a leyes que atañen a la robótica, el funcionamiento adecuado de los robots para la seguridad mundial, los complejos cerebros positrónicos, los viajes dentro y fuera de la Vía Láctea, hasta de lo que más allá de la ciencia ficción ya es una realidad y lo que podemos esperar que suceda en los años venideros en nuestro mundo. 

    Al terminar de leer el cuento “El conflicto evitable”, seguro muchos de nosotros quedamos con ganas de leer más sobre el tema, de reencontrarnos con algunos de los personaje y ¡cómo no! de seguir explorando el mundo de la ciencia ficción para lo cual muy probablemente vamos a leer otros títulos más adelante.

    Pero hay quienes se atreven a ir más lejos y es el caso de nuestro amigo Alex Escobar quien se voló la barda y escribió la siguiente historia como un homenaje al gran Isaac Asimov, y a mí me concedió el honor de escribir esta introducción para ustedes. He leído “Deseo y posibilidad (I)” con una gran emoción y con ese sentimiento aún en el pecho les invito a que la disfruten.


Ma. Ofelia




a la memoria de Isaac Asimov


Quedé impresionada al encontrar en mi escritorio el sobre de papel. Dentro de la Prensa Interplanetaria solo Isaac y yo éramos los únicos anticuados que trabajan con los materiales de la vieja escuela. Todo es digital… más bien, holográfico. Los mensajes, imágenes, notas, palabras, lo que fuera es enviado a través del nuevo Sistema Fresnel de Holografía. Lograr que la voz, o mejor dicho, lograr que los gritos de los editores se presenten en nuestros espacios de trabajo en formas tridimensionales es una excelente manera de preparar la sensibilidad y la paciencia de insufribles periodistas como nosotros. Regularmente solía recibir octaedros y cubos, cosa que se traduce en: soberanos gritos por el hastío de algunos de mis superiores por cada vez que debían de corregir mis artículos, ya sea por mí falta o exceso de ‘estilo’; sin olvidar el pesado y displicente llamado de atención por no respetar la filosofía de nuestra Prensa. Desde que publiqué Sentido Giratorio solo he recibido uno que otro tetraedro, como quien espera recordarle a un chico que no olvide quien es su padre. Isaac ha sido enviado hace cuatro meses a una de las colonias de Mercurio a cubrir las crisis de selenio y la consecuente agitación política que esto provoca en los sistemas cercanos; el problema de selenio inició por la guerra comercial entre Solar Minerals y Nova Minerals unos meses atrás. Era imposible que Isaac tuviera algo que ver con el sobre en mi escritorio, además yo no le simpatizo… así como él a mi. En la galaxia no hay nada que nos una, excepto la devoción al papel. 

El sobre no tenía distintivo. Lucía impecable. La gente ha comenzado a olvidarlo, pero el papel suele arrugarse con el mínimo toque; ese detalle me hace pensar que el sobre no fue dejado en mi escritorio, ese sobre apareció… surgió en mi escritorio. 

Con el nulo protagonismo que una pieza de papel puede tener dentro de un ambiente digitalizado y la poca atención que yo recibía por parte de mis compañeros después del favorable recibimiento de mis artículos sobre los hijos de la U.S Robots & Mechanical Men Inc., tomé el sobre con brusquedad, lo estruje entre mis dedos tal y como los buenos niños inspeccionaron los regalos navideños; sin mucho tiempo para pensar, apuesto que con la misma rapidez de cualquier cálculo positrónico de segunda generación, acerté con el contenido del sobre: en su interior estaba un pequeño cuaderno. Noté como los rostros de mis compañeros se arrugaban al escuchar el sonido del papel rasgándose con la lentitud que lo abrí, la sala se convirtió en un estudio tridimensional de facciones al ver, iluminados por distintos tonos de luz violeta, las diferentes formas del fastidio y del odio de mis compañeros quienes me buscaban con la mirada para fantasear con mi destrucción. 

El cuaderno no era más grueso que el tipo de libreta que suelo ocupar para mis notas; empastado rojo, demasiado rojo para creer que me estaba topando con algún documento privado o longevo… además, el aroma a nuevo era perceptible. Al abrirlo toda la impresión inicial no fue más que una reacción química, pura debilidad psico-biológica. Mi cuerpo sabe lo mucho que amo al papel. El horror, porque no hay otra palabra para lo que sentí… el horror me llegó cuando me encontré con las letras S.C en la primera página del cuaderno. 

Susan Calvin, la doctora Calvin, me había enviado un cuaderno escrito por ella misma. 

Ella llevaba más de tres meses muerta. Recibí la noticia de su muerte en el preciso momento en que El Conflicto Inevitable tenía una semana de haber sido publicada. En dos ocasiones envié un mensaje simple a la doctora Calvin para conocer su opinión de los artículos… nunca recibí respuesta. 

Ante un cuaderno escrito por ella, creo que era lógico sentirme poseída por la angustia; pues no sabía que podía esperar de un escrito de la misma doctora Calvin. Algo dentro de mí se resistía a leerlo, temía por lo que pudiera encontrar en las hojas del cuaderno. Ahora que ella estaba muerta se anudaba en su recuerdo el total poder para echar abajo el mundo que su genio y experiencia me habían construido en el mundillo de la prensa…


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La manera más sencilla de dirigirse al robot era por el nombre Caspio. KPHAXTIO 102, a parte de los problemas que conlleva su pronunciación, existe una norma que establece que una vez que los robots ingresan al ambiente humano en el que se desempeñarán, estos pierden esa nomenclatura que los diferencia del resto máquinas. 

Caspio era el resultado de todos los esfuerzos de la U.S Robots para erradicar de su reputación palabras como ‘guerra’ y ‘explotación laboral’. De cierta manera, a pesar de que la gente tras el proyecto creía que era un asunto de eufemismo y publicidad, Caspio era un robot que buscaba que la U.S Robots se volviera más amigable para la opinión pública. Orientados al bienestar doméstico, KPHAXTIO 102 pretendía desligarse de todo interés monopólico y capital muy a pesar de la contradicción que representaba sus altos costos de su producción y demanda. Caspio era un robot diseñado para la comprensión, relación y apoyo del corazón humano; muchos ingenieros detestaron el uso melodramático y gastado del músculo. Los corporativos lo adoraron. 

Con los necesarios ajustes del sistema en los primeros momentos de su activación, Caspio podía desempeñarse como tutor para el estudiante de cualquier nivel, no tendría inconvenientes en acompañar al usuario en charlas sobre las emociones y proyecciones de cara al futuro los viernes por la tarde, también podía dedicarse a la consejería profesional en centros religiosos o de apoyo juvenil. Caspio estaba para ayudar a cualquier usuario adulto o adolescente en la toma de decisiones de vital e inútil importancia; la elección de una carrera, que traje utilizar, la ubicación del mejor bar, la compra de una casa, el mejor lugar para pedir matrimonio, opciones para decir una verdad sin provocar demasiado daño o sugerencias para manejar problemas con los compañeros de trabajo.

Las aportaciones de Caspio para el diario vivir humano se deslizaban entre un conocimiento de la naturaleza objetiva del usuario, el registro de sus preferencias materiales y morales y en el colosal tanque estadístico de conductas humanas al que tenía acceso su cerebro positrónico. Caspio, en palabras de su máximo promotor, el doctor W. Allen, procura interpretar la experiencia particular de la vida humana a través de la abstracta forma de nuestra realidad.

A muchos les parecía que Caspio era todo aquello a lo que un robot mal llamado Robbie alguna vez pretendió alcanzar. 

Exteriormente, Caspio estaba diseñado de tal manera que cualquiera creería que el equipo de trabajo sufría de una bipolaridad. El cuerpo de Caspio poseía un diseño simplista. Inspirados en anticuados modelos de exoesqueletos terapéuticos para uso humano, el cuerpo del robot denotaba fragilidad. Contrario a otros modelos, el cuerpo de Caspio lucía como el robot más deficiente alguna vez creado. Esta falta de fortaleza tenía como principio dejar el espacio suficiente para la amplia estructura de dispositivos para la captación de información sensorial. Este complejo cableado de aparatos recordaba a la forma y funcionamiento de las neuronas, y por ese motivo llamaban SGS (sistema general sináptico) al núcleo de trabajo de esta estructura sensorial. Cambios en la temperatura del usuario, el ritmo cardíaco, la respiración, presión arterial o sudoración, el SGS era capaz de captar una gran cantidad de fenómenos sensoriales del humano y también del ambiente. Este avance en el proceso de sensación y percepción permitía que el robot brindará respuestas mecánicas que por su rapidez de emisión, así como por contener elementos particulares del ambiente, solían ser recibidas y entendidas por el humano como respuestas espontáneas y cargadas de empatía con una situación particular; he de ahí que el doctor Allen dijera el día del lanzamiento público, que Caspio es un robot que entiende y comprende al humano. Es un robot que siente los enredos de nuestra vida. 

La cabeza de Caspio poseía una notable desproporción al resto del cuerpo, no solo por ser la parte más acabada en detalles, sino por el enorme tamaño y sobretodo por las aperturas laterales que poseían una doble función: permitían el balance de la temperatura y fabricaban un espacio no-físico, similar a la desfasada tecnológica cloud computing, en el que se condensa y suspende de manera arbitraria la información sensorial proporcionada por el SGS. Este hardware fantasma servía para obtener nuevas combinaciones de respuesta por parte del robot. Muchos insistían en comparar a esta facultad cuasi-espiritual de la máquina con las primeras experiencias de proto-conciencia homínidas. 

Fuera de estos elementos de soporte del KPHAXTIO 102, su rostro siempre fue motivo de diversas opiniones. 

Para lograr la aceptación humana, el robot fue dotado de facciones más simpáticas, menos pragmáticas y por ende menos minimalistas como se había hecho tendencia entre los modelos de la U.S Robots. Dos ojos almendrados con similitudes al ojo humano; una pieza metálica superpuesta en la superficie central de la cabeza hacía las veces de una nariz; y una enorme mandíbula hecha de goma con dos grandes aberturas a cada lado permitían que el robot simulará con su boca diferentes estados afectivos así como le permitía hablar con una tremenda facilidad. Esto último, hacía que las interacciones del robot fueran más vívidas. Más humanas. Esperamos que en algún momento la gente olvide que están en la presencia de un robot, fueron las últimas palabras del doctor Allen al cerrar su participación.



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