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martes, 28 de febrero de 2017

De recuerdos de infancia y sonrisas etruscas

Hay recuerdos de la infancia que solo nos llegan en sensaciones, como cuando tenemos un sueño que se siente tan real que no podemos distinguir si efectivamente sucedió o no; luego en mitad del día nos golpea una vaga imagen o sentimiento y entonces recordamos que tuvimos ese sueño. Estos recuerdos de la infancia que de alguna manera trascienden de su tiempo son escasos, siempre he pensado que aquellos que sobreviven al paso incansable del tiempo, algún cambio debieron haber producido en el interior de una persona, algo que fuera tan hondo como para que de todos esos años de vida, sean precisamente esos instantes los que lograron llegar al presente.
Uno de los recuerdos más o menos intactos que conservo de mi infancia, algunas veces en sensaciones y otras en imágenes, es la enfermedad y muerte de mi abuelo paterno. Mi abuelo murió de cáncer de pulmón cuando yo tenía 9 años. Era la persona más malcriada y auténtica que he conocido (aunque no sé si con mi corta edad este sería el término correcto), pero de alguna manera siempre me he sentido bien conectada con él. Por lo que me han contado, la vida de mi abuelo fue una vida dura, de esas en las que uno crece sin padre y la madre considera la disciplina como su única manera de sacar adelante a sus hijos. Entiendo que se emancipó joven, era contador y si algo recuerdo de él es que era sumamente ordenado, cualidad que muy lastimosamente, no heredé. Fue un papá muy duro con sus hijos pues, al haber sido criado con disciplina, era la manera en que demostraba su amor. Todo esto lo sé de oídas, historias que me ha contado mi papi o algún otro familiar; sin embargo, hay cosas que recuerdo de él que son de mi experiencia propia. Lo que sí sé es que debe haber sido una gran persona, para que aun no estando ya, siempre salga alguna historia de él en las reuniones familiares, sus frases célebres que ahora hasta los que no lo conocieron repiten.
Lo que yo recuerdo de mi abuelo poco tiene que ver con la dureza de su carácter, puede que tenga que ver con que ya estaba enfermo, aunque si recuerdo una vez que nos regañó a mis primos y a mí por andar traveseando en la cocina, ya que solíamos llegar a la casa de mis abuelos y preparar “brebajes” atrás del lavadero, el reto era ir a sacar ingredientes sin que mi abuelo nos regañara… quizás si era un poco cascarrabias, pero también lo recuerdo llegando a mi casa y asomándose por la ventana a la hora del almuerzo, llegaba con su maleta en su carrito verde que mantenía siempre nítido y que ahora maneja mi papi; pero lo que más recuerdo de sus llegadas era el inconfundible olor a cigarro, incluso cuando ya estaba muy enfermo, era un olor tan impregnado que aun ahora que regaño a mi papi por fumar, no me deja de producir cierto confort, para mí el olor a cigarro tiene una paternalidad como ningún otro olor puede tener. Fueron dos generaciones muy diferentes la de mi papá y la de mi abuelo, pero si hay algo que le puedo agradecer a éste último, es el papá tan maravilloso que me dio, porque aunque lo crió con dureza, no hay ser más tierno y amoroso que mi papá.
La sonrisa etrusca tocó fibras muy sensibles para mí, el contraste del abuelo con el hijo, la ternura que el abuelo solo le muestra al nieto, las tres generaciones conviviendo con lo doloroso que es un cáncer, Brunettino entendiéndolo todo sin entender nada. Considero que quizás mi abuelo sintió conmigo lo que sentía Salvatore por Brunettino y quizás de ahí viene esa conexión que sin haberlo tenido tanto tiempo en vida yo no puedo explicar. Me encantó al final la parte de Brunettino con la manta del abuelo, porque recuerdo cuando regresamos a la casa de mi abuelo cuando él ya había muerto y llegamos a su cuarto a sacar sus cosas y recuerdo su olor por todo el lugar, las cosas materiales que dejó significaban más mientras más amor les había puesto él en vida, como un álbum de fotografías de sus viajes que aún conservo.
Mi abuelo murió un 15 de octubre de 1998, uno de mis recuerdos más exactos de mi infancia es cuando mis papás me dijeron de su muerte, recuerdo la sensación de vacío que dejó en el espacio que ocupaba  y recuerdo los ojos de mis papás hablando con su mirada mientras nos daban la noticia a mis hermanos y a mí, tratando de ocultarles y a la vez explicarles a tres niños un dolor que va más allá de cualquier palabra. “Hoy no van a ir al colegio” nos dijo mi mamá, “¿Se murió mi abuelito?” preguntó mi hermana con las primeras señas del llanto mientras mi mami ya complementaba la frase que había dejado a medias y que en cualquier otra ocasión hubiera hecho feliz a un niño, “…porque su abuelito ya está en el cielo”. Fue mi primera pérdida en la vida, fue la primera vez que me recuerdo enfrentándome al dolor, tan así fue que como ya quería ser escritora de pequeña, uno de los escritos que conservo de mi niñez es uno que se titula “Es tan difícil decirte adiós” y es para mi abuelito.
Como decía, este libro tocó fibras muy sensibles, quizás porque Zío Roncone se fue de una manera tan parecida a la de mi abuelito, quizás porque como Brunettino de él solo tengo olores y sensaciones y un cariño profundo que nunca le llegué a expresar. Mi abuelo materno por el otro lado, murió unos días antes de que mi hermana mayor naciera y años antes de que yo lo hiciera; sin embargo, ella siempre se ha sentido conectada a él así como yo me siento con el papá de mi papá, comento esto porque si bien este libro me acordó más a mi abuelito paterno por la historia, todos los abuelitos son parte importante de la vida de un niño y por ello no quiero terminar de escribir esto sin hacer mención a mis dos abuelas, que tengo la gran bendición de tener y disfrutar, tan distintas entre ellas y aun así tan necesarias en mi vida. Estas dos abuelas que han sido abuelo también para que yo no sienta que me hicieron falta, una tan alegre y que a pesar de sus años está más llena de vida que yo, la fiestera que toda la gente conoce y quiere, con su pelito blanco, sus deditos arrugados y más recientemente emperijoyados, la que venció al cáncer con pura actitud; la otra, la coqueta con su pelito pintado, con su paso más cansado, pero tan sensible, la que cada vez que me dice que me quiere se pone a llorar de puro amor, la que le gusta andar de compras y a la que de solo verla quisiera protegerla con abrazos.
Como dije, no conocí a mi abuelito como hubiera querido, pero espero que si de algún modo le pudieran llegar mis palabras, que si de alguna forma el aún me puede ver y de alguna manera sentirse orgulloso de mí, que su sonrisa sea satisfecha como la de los etruscos.

martes, 14 de febrero de 2017

Toda una vida, José Luis Sampedro | Olga Lucas

"Enamorarse es amar las coincidencias, y amar, enamorarse de las diferencias"
Jorge Bucay – Silvia Salinas, Amarse con los ojos abiertos, 2002


En este 14 de febrero, fecha que da sustento a todo un mes relacionado al tema del amor y la amistad y que es la razón por la cual bajo la viñeta "Amor" en el Club leemos siempre un libro referente al tema, les comparto esta entrevista a José Luis Sampedro y Olga Lucas, su compañera hasta el final de sus días, en la que a dos voces nos cuentan cómo se conocieron y cómo empezó su historia.


 
Extractos de una entrevista para el periódico El Mundo (ES) publicada en enero de 2004 
P/Elena Pita, fotografía de Chema Conesa

Utiliza José Luis Sampedro (Barcelona, 1917) una imagen de campo para ilustrar su andar con la poeta Olga Lucas (Toulouse, 1947). Le llama la “teoría de los bueyes: ¿nunca has visto dos bueyes tirando de un carro? Van los dos casi tumbados el uno contra el otro, formando una especie de pirámide. Pues así es como andamos nosotros: yo me apoyo en ella, y ella, en mí”.

Bueyes. “No sé otros escritores”, dice Olga, “pero a nosotros nos va muy bien compartir, tal vez porque somos normalitos. A José Luis se le suponen los defectos de los escritores, las rarezas, pero él se ha ganado el pan con otros trabajos, no se ha pasado la vida en el café Gijón (un ejemplo) llorando sus desgracias o celebrando sus éxitos. No, él se levantaba tempranito a escribir, no ha ido por ahí de artista”.
 
Tiene Olga Lucas al hablar un notable acento que ni los expertos en fonética aciertan a ubicar, entre francés sureño y magiar, o puede incluso confundirse con checo, porque tomen nota de sus lenguas progresivas: castellano materno a la vez que francés, luego habló checo y húngaro, y ruso en las escuelas; con 15 años era intérprete oficial del Gobierno de Budapest, y es capaz de traducir literatura de los cuatro idiomas al castellano. 

Imagínenlo paciente, con esa cara que se le pone cuando calla y escucha, apretando sus labios finos en una sonrisa sempiterna y tierna, cargada de sabiduría. ¿Fue ese silencio, que los dos tan bien conocen, decisivo para la complicidad que les une? “Yo no diría que el factor que nos unió inicialmente fuera literario, no: fue simplemente humano”, dice él. “Creo que yo le interesaba más como persona que como escritor, pero una vez creado el deseo de aproximación, la comunidad por la literatura se revela muy importante. Si Olga fuera una mujer que no leyera, por ejemplo, a mí me faltaría comunicación. Compartirlo es un factor muy positivo”.
 
De cómo sucedieron los hechos hay varias versiones, todas del año 1997. La de Olga es la oficial. Y, cuente, cuente, le pido. “¡Pero si no hago más que hablar yo!”. Olga Lucas se enamoró de José Luis Sampedro en la televisión, en un programa de hace al menos 25 años, en blanco y negro, sintió que era el hombre de su vida y tuvo pena de que no fuera real, sino un ser de aquella “órbita literaria” que salía en la tele. “Pero yo tengo la cabeza bien amueblada, no hice ninguna tontería de esas como escribirle, acercarme a él o... No, nada. Lo mantuve en mi mente como un amor imposible, un referente como lo han sido también Saramago o Benedetti, entrañables”.

Sabido es que el autor de La sonrisa etrusca visita todos los años las Termas Pallarés, en Alhama de Aragón, “sólo falté el año en que mi mujer murió”. Y hete aquí que Olga Lucas, casualmente, también visitaba el balneario, con un grupo de amigas, también todos los años, pero éstas en temporada baja: nunca habían coincidido. Hasta que un año, el 1997, principios de septiembre, por circunstancias de la vida las amigas adelantaron su cita con las aguas sulfurosas, y el escritor la retrasó. Así que cuando ella llega a Pallarés, ella siempre renegando de los viejos pobladores de aquella casa, diciendo ay si estuviera aquí (el ilustre) Sampedro otra cosa sería, ella llega y las amigas: ¿tú no querías ver a Sampedro en el balneario? Pues ahí lo tienes.

Pasaban los días y en aquella tertulia de viejas amigas se estableció una especie de apuesta, a ver si Olga se atrevía a hablarle, a ver, pero él se presentaba en los lugares comunes parapetado detrás de un libro; no sería ella, de educación tan prusiana, quien se atreviera a romper la paz del escritor. Si así iba, parapetado, sería que nada quería del resto. (“Y mientras, yo en la higuera, claro”, intromisión de JLS en el relato de la versión oficial). 

Pero una noche, sí, una noche ella llegó la primera a la antesala de la cena, en aquellos salones de techo altísimo, oscuros, solitarios, y él, el segundo, enfundado en su libro. Entonces Olga musitó: “Voy a cambiarme de lugar para no darle la espalda, ya que somos aquí los dos únicos habitantes”. Y él, inmediatamente, “no, no, el que se cambia de sitio soy yo”. Cerró el libro y se pusieron a hablar. La invitó a cenar, pero ella declinó, tenía cita con sus amigas. Quedaron en verse la noche siguiente, y la siguiente más, y pasearon, tomaron café, conversaron; fueron solo tres días, pero cuando Olga regresó a su casa de Valencia ya tenía una carta y un ramo de flores esperándola. Era el comienzo de algo grande. 

Y la otra, ¿la otra versión? Sampedro ha tejido una de esas fantasías que tanto le gustan, y cuenta que “todo fue una operación de estrategia. Ella y sus amigas se pasean por el balneario con walkie-talkies: águila negra llamando a nube verde, la pieza sale del hotel y se acerca al parque; tortuga a delfín azul, ahora se sienta frente al lago... Al final, ella se hace la encontradiza”. Y aquello se convierte en un cuento de hadas: al cabo de un año de viajes, teléfonos, visitas, “la cosa se fue estrechando y decidimos vivir juntos”.

Coincidiendo con la jubilación anticipada de Olga, funcionaria hasta entonces de la Generalitat valenciana, porque tiene una minusvalía invisible del 70%, que nadie podría adivinar, bajo ese aspecto saludable de matrona polaca, su aire ario, tez blanca, enorme estructura, pelo y ojos ceniza. “No se ve pero estamos muy fastidiados”, dice él. “Así que juntos lo llevamos mejor, estupendamente”. Bueyes.  


Usos o manías del escritor, como la de no utilizar el ordenador, “porque la facilidad de corregir que da perjudica el estilo, que cuanto menos correcto y menos bello, más personal es”, dice Sampedro. “Mi valor primario es la autenticidad, detrás de esas líneas hay un ser humano. Para mí es fundamental creerme lo que escribo, que no es lo que vivo sino al revés: yo invento una vida en el papel y me identifico con ella. He sido partisano en Calabria, y lesbiano, y sirena: uno es todos los personajes que inventa”. También Olga escribe primordialmente a mano, “porque a la velocidad de la mano me expreso mejor”. 

¿Y los lugares de trabajo, también los comparten?. JLS: “Tenemos sillas diferentes”. Olga: “El problema es que somos muy nómadas, cuando nos juntamos, como los papeles de los dos no cabían en una sola casa, nos quedamos con las dos, para vivir a medias entre Madrid y Valencia. Y encima ahora hemos decidido pasar los inviernos en Tenerife, porque él se pone malito de tanto frío que hace. Y a lo que íbamos: juntarse con un escritor es la mejor manera de dejar de escribir. Yo siempre dije que nunca me casaría ni con un escritor, ni con un político, ni con un académico, y aquí me tienes: con los tres en uno. 

Dicen quienes han leído y opinado sobre la poética de Olga Lucas que tiene esta escritora un sentido erótico extraordinario que se vislumbra en sus versos íntimos, De andar por casa, como titula uno de sus poemarios; que se vislumbra y contagia. “Deseable que lo tenga”, dice Sampedro: “porque quien no lo tiene está perdido”. Y ella: “Tú barres para casa”.   

En este momento preciso, la escritora se levanta y se ausenta unos minutos. Aprovecha él para hablar con más franqueza aún, evitándole tal vez ese rubor del que ella ha huido, dejándonos a solas: “Yo no me esperaba esta suerte a mis años. Cuando enviudé, quedé reventado. Me fui recuperando con el nieto (como el partisano de La sonrisa etrusca), con la hija, con la casa nueva, porque tuve que mudarme, no lo soportaba; pero llevaba una vida muy vegetativa. Encontrar a alguien como Olga era impensable, y fue decisivo, fundamental: una suerte tremenda, espero que también para ella. Yo no hubiera escrito mis tres últimos libros sin Olga, a ella se los debo”. Y en esto, que ella entra, cargada de más fuerza: “¿Lo ves?, lo que yo te decía, ¿tú crees que merece la pena sacrificar esto por unas chuminadas? (de nuevo, referencia a sus poemas)”.   

Comparten una vida austera, tal es el espíritu que les une, desnuda de los lujos que pudieran permitirse con sus ingresos. El único, confiesan, alquilar un coche con chófer de vez en cuando, cuando no encuentran la fuerza de subirse a un tren o un avión. Los bueyes. Una Navidad, cuentan divertidos, quisieron jugar a ser ricos por cinco días, y allá que se fueron a un lugar que conocían, un hotel, maravilloso. Pero el hotel lo habían reconvertido, haciéndolo de “superlujo”. Total: que se sintieron incómodos y volvieron antes de tiempo, ni cinco días lo soportaron. Vida la suya presidida por una máxima existencial a su modo: “Siento, luego existo”. 

Hay aún otro componente fundamental en las vidas de estos dos escritores que también comparten sin haberlo querido, porque les fue dado por la suerte de su nacimiento, cosmopolita, trotamundos. En el caso de Olga, “un desarraigo”. En el de José Luis, “un multiarraigo” 

Una de las más bellas cosas entre las bellísimas cosas que JLS regala a sus lectores son esas novelas “como cartas de amor, como un mensaje de socorro”. ¿A quién le escribe, José Luis Sampedro? “Algunos libros están dedicados con nombres y apellidos. Otros son como mensajes de náufrago lanzados al mar dentro de una botella”. ¿Y Olga Lucas, a quién le escribe? “A quien me quiera oír; bueno, ahora le escribo a él, siempre”. 

Las últimas obras publicadas de J. L. Sampedro y Olga Lucas son “El río que nos lleva” (Destino) y “Cuentos para ciegos” (Instituto de Estudios Modernistas).

Y para el tema que atañe a esta fecha, creo con esto basta... Pero si alguien quiere leer la entrevista completa, puede hacerlo aquí.




domingo, 12 de febrero de 2017

Así se escribió "La sonrisa etrusca"

Nono, Nona, Abuelo, Abuela... ¡La Abuelidad!

Algunas personas tenemos la suerte de guardar entre nuestras memorias, la de abuelos cariñosos que jugaron con nosotros y fueron nuestros cómplices en una etapa de nuestra infancia (otros con más suerte incluso en etapas de la juventud o del ser adulto).  

A mí lo de tener abuelo vivo me duró hasta los 10 años y abuela hasta los 16, guardo dulces memorias de ambos, tanto de su carácter recio de personas que crecieron sin los refinamientos de las ciudades, como de su cariño por el mero hecho de ser familia y para el caso concreto, el de haber sido ellos mis abuelitos y yo su nieta al menos en el rol... El papá de mi mamá se llamaba Humberto y murió a los 38 años en 1957, mi mami tenía 7 años apenas. Con el tiempo, mi abuela se volvió a casar y así es como a pesar de la tragedia familiar de los años 50, puedo decir que abuelo sí tuve: Don Pablo (1889-1983) y la niña Eusebia (1924-1990), mi abuelito y mi abuelita por parte de mamá.

A los abuelos paternos no los llegué a conocer, mi abuelo Genaro murió a finales de los años 20 y mi abuela en los años 50, pero de ella heredé el nombre completo (incluso hasta el primer apellido), según dicen, también la mirada y el genio, pero a mí me gusta más pensar que de la "niña Mary" he sacado, al menos en parte, su arte en la cocina. Doy gracias a la vida por esos hombres y mujeres de mi estirpe y por el regalo de poder ahora contar con ellos como referentes en mi vida. 

Ya sabemos que 'en la viña del Señor hay de todo' como se suele decir, personas buenas y personas muy malas para desempeñar los distintos roles que se nos van proponiendo a lo largo de los años: madres, padres, tíos, abuelos, hijos; hay de todo, pero en febrero de 2017 el libro de Sampedro nos invita a pensar en los abuelos buenos, esos que se convierten a la "abuelidad" cual fieles devotos de una religión. 

Considero que a veces es imposible siquiera imaginar, como seres lejanos a ese estado de vida, la transformación que sucede en el corazón de las personas cuando, a partir del nacimiento de un nuevo ser, se convierten en abuelos o abuelas y su comportamiento les parece extraño a sus parientes y allegados e, incluso tal vez, a ellos mismos. 

Para ellos y ellas, "il nono o la nona" como se diría en la lengua de Bruno y Brunettino, un saludo en este febrero que nos ha conectado con su recuerdo. 

A veces cuando leo un libro que me gusta tanto como "La sonrisa etrusca" suelo preguntarme cómo se habrán creado los personajes y la historia, por eso me pareció bien bonito cuando encontré este artículo en el que José Luis Sampedro se refiere a la inspiración que lo llevó a escribir esa novela. Aquí se los dejo.

La semilla de ¡La sonrisa etrusca'
José Luis Sampedro

¿Qué me impulsó a escribir La sonrisa etrusca? Sin duda mi nieto. Lo digo siempre: ese libro no lo escribí yo, fue mi nieto quien, desde su cuna, me lo iba dictando al oído. Mi pluma solo fue un instrumento a su servicio.

Por haberlo contado en numerosas ocasiones, no podré evitar ser reiterativo, pero ya que me lo preguntan, espero no defraudar.

Me hallaba de visita en casa de mi hija en Estrasburgo, una de esas nobles capitales humanistas. Desde mi cuarto, veía el edificio neoclásico de la Universidad, coronado por las estatuas de sus maestros: Lessing, Herder, Schleiermacher y, entre ellas, la de Goethe.

Una noche el sonido de un gemido me despertó y me hizo acudir a la alcobita del niño. La nevada caída durante el día reflejaba el resplandor lunar y el de las farolas callejeras derramando por el ventanal una líquida claridad mágica. Me acerqué a la cuna. Todo era silencio. ¿Habría yo soñado aquel gemido? Ya iba a retirarme cuando el niño me retuvo abriendo sus ojos, redondos y misteriosos como pozos oscuros. Le cogí en brazos y envolví nuestros cuerpos en una manta, acunándole suavemente. Pero tardó en dormirse y, al paso de los minutos, iba el niño pesando en mis brazos, entrándose en ellos y haciéndome suyo al hacerse mío. Eso fue todo: evadirme con él del reloj y de los mapas, contemplar su carita aún no surcada por los afanes y los días, respirar su olor lácteo y frutal, acoger la elástica firmeza del cuerpecito, flotar juntos en la noche transfigurada. Eso fue todo. Y ese «todo», un milagro.

Aquella noche tuve suerte. La vida me dio clarividencia y el niño se me hizo futuro germinando en mis brazos, dispuesto a colmarse de gentes y experiencias, pasiones y secretos. Me vi ya muerto, pero recordado en él. Me deleité en ser viejo porque así paladeaba mejor aquel instante inmortal. Me hice simple cuna de su puro existir, sentí como carne mía la suya en mis brazos. Éxtasis del monje a quien se le fueron cien años escuchando un momento al ruiseñor.

Al día siguiente, rota la magia, la vida volvió a ser trivial, pero la semilla estaba echada y no tardó en germinar: afloró la idea de un cuento. Pero como la ocasión no llegó hasta el verano de 1983, para entonces ya había crecido hasta ser una novela.

Ya solo me faltaba acertar con el lenguaje exigido por esa historia de milagros cotidianos. El más sencillo, es decir, el más difícil. Lo intenté varias veces hasta que el 1 de noviembre de 1983, a mi habitual hora de la madrugada, al releer los primeros folios, creí lograrlo. Lo demás fue artesanía que concluí al final del verano. El resultado: una novela humilde donde importa la ternura, la comprensión de la vida a través del soplo vital de un nieto.

La sonrisa etrusca, por el símbolo de las terracotas etruscas en cuya sonrisa resplandece la vital sabiduría de la carne.



Sarcófago de los esposos, necrópolis de Cerveteri, finales del siglo VI a. C. 
(Museo Nacional Etrusco de Villa Giulia).

Este es el punto de partida de la novela: la descripción de esta escultura y como le conmueve al 'viejo'

Personalmente creo que cualquier persona es capaz de conmoverse y admirarse con algo que, por alguna razón a veces ni siquiera consciente, le toca profundamente, un pájaro con sus colores, un cielo azul profundo, un amanecer de colores intensos, una palabra, un gesto, una estatua que casi parece que habla... Creo que a veces las personas confundimos "sensibilidad con conocimiento", pero yo creo que José Luis Sampedro nos ha querido mostrar en esta novela que la sensibilidad de los seres humanos es un verdadero pozo sin fondo, que la capacidad para conmovernos y la profundidad del alma humana es algo más allá de las teorías y los prejuicios y que las razones para que nuestro corazón vibre ante algo son tantas y tan variadas, como la cantidad de seres humanos que hay en el mundo, para el caso me vienen a la memoria las palabras de 'El Principito' de Antoine Saint Exupery: 

"Solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos"  



Un José Luis Sampedro -ya abuelo- en su vuelta al patio de la escuela donde estudió más de 70 años atrás, como él lo solía decir: "en el Tanger de los años 20", donde jugaban niños de 3 religiones distintas, con tradiciones culturales diversas, que compraban en el chalet del recreo con 3 monedas diferentes, pero que compartían juntos una infancia común sin reservas, ni prejuicios, en lo que él consideraba fue, lo mejor de su educación. 

miércoles, 8 de febrero de 2017

Sampedro, una mirada y un cariño cercano

En la primera reunión para comentar el libro de este mes, aparte de conocer un poco a José Luis Sampedro según mucho de lo que se puede encontrar en distintas biografías, leí para la concurrencia un escrito de mi amiga María José que como ya les había contado, fue quien "me lo presentó" hace algunos años y quién además tuvo la dicha de conocerle en persona.  

Aquí se los comparto por si quieren echarle un vistazo, para mí ha sido un regalo invaluable que me ha hecho sentirla muy cerca en este mes, tal como si las dos fuésemos las responsables de contarles quién fue este hombre tan gran señor... 

Escrito de María José Morales Viamonte en enero de 2017 para el Club de la Buena Estrella, previo a la lectura del libro "La Sonrisa Etrusca", febrero de 2017.

"Mi" Sampedro literario y humano

Javier era un año mayor que yo pero, antes de matricularse en la Facultad de Económicas de la Complutense, estuvo dos años en la Escuela de Ingenieros Aeronáuticos de la Politécnica. Por eso cuando, al morir mi padre, cambié la Universidad de Sarrico en Bilbao por la Complutense, yo estaba en segundo y él en primero. Yo iba por las mañanas y él iba por las tardes. Coincidimos en la Biblioteca de la Facultad al finalizar las clases por los exámenes finales. Allí nos conocimos y hasta ya.

Ese curso Javier había tenido como profesor de Estructura Económica al catedrático José Luis Sampedro, y no paraba de hablar de él. Era catedrático desde casi quince años, aunque se fue por un periodo de dos o tres años a una Universidad inglesa como gesto solidario con otros dos catedráticos, los profesores Tierno Galván y Aranguren, que habían sido relegados por absurdos motivos políticos.

Al comenzar el curso siguiente, los dos íbamos ya por la tarde, Javier me trajo un día un libro que había comprado al finalizar el curso anterior, por la única razón de que el autor era su estimado profesor. El libro era “Congreso en Estocolmo” y fue el origen de mi absoluta rendición ante Sampedro. No parecía posible que el mismo estructuralista que había traducido el Samuelson (la Biblia, la Torah y el Corán en una sola pieza para los economistas de la época), fuese capaz de escribir algo tan sutil, tan tierno, tan humano, tan vital. Karin fue la primera de las protagonistas que me maravilló conocer en la descripción de su autor. Karin, la estudiante sueca que enamora al profesor Miguel Espejo y comparte conmigo su devoción por la palabra “cariño”.

Sus personajes femeninos me enamoran, son fuertes, independientes aunque sean esclavas, tiernas, dueñas de sí mismas, erotizantes, enamoradas, mujeres que hacen que muera por parecerme un poco a ellas.

Y las estaba escribiendo y describiendo, haciéndolas vivir en su imaginación y creándolas de forma física con sus palabras, un hombre adulto y en alguna de ellas casi anciano.

Puedes conocerlas, además de en El Congreso, en “El río que nos lleva” (Paula y Shannon el americano compartiendo por unos días la vida de los gancheros en el río Tajo); “La vieja sirena” (esa Irenia/Glauca sirena poderosa que enamora a todo el que la mira en una recreación histórica libre y sensual como pocas); “El Real sitio” (Malvina, Julia, Don Alonso y, en un arco del otro espacio/tiempo Marta, Janos. El mismo lugar, distintos episodios históricos, cruces atemporales e intemporales…); y un salto más difícil todavía (como se decía en el circo cuando era niña). “El amante lesbiano”, (una vida contada después de la muerte en donde asistimos a la evolución del personaje que comienza siendo Mario y termina siendo Miriam y convertida en amante de una mujer, Farida, pero no desde el género masculino, que aparentemente es el suyo, sino desde el auténtico, que es el femenino. Como dijo el autor “La vida... ¡tantos mueren sin probarla!”).

Callo mi opinión sobre La sonrisa etrusca; no quiero evitaros ninguno de los momentos que vais a vivir leyéndola. Solo puedo decir que es uno de los cuatro o cinco libros que más he regalado a lo largo de mi vida.

Esa es una brevísima introducción en “mi” Sampedro literario, pero el literario es una más brevísima parte aún del Sampedro ser humano.

Recuerdo una entrevista en la tele, hace mucho, mucho tiempo. Hablaban de la sociedad actual y las sociedades que él ha ido viendo evolucionar. Jose Luis recuerda que cuando cumplió los 18 años, su abuelo le regaló su reloj de bolsillo, que había heredado de su padre y había llevado durante más de 50 años. Él lo usó durante algo más de 40 años y contó con pena que un día, en el año 79, dejó ese reloj en un cajón en casa de sus padres, pero, cuando después intentó recuperarlo, había desaparecido. Nunca había vuelto a encontrarlo y lo lamentaba porque le hubiese gustado dárselo a alguna de sus hijas para que lo siguiese usando. ¡Funcionaba tan bien! lo decía con pena porque si no se hubiese perdido no hubiese tenido que comprarse otro. No lograba entender la necesidad actual de comprar tantas cosas innecesarias y arrinconar cosas que pueden funcionar perfectamente.

Sé que es una pequeña tontería, pero no es fácil resumirlo. Es demasiado grande, aunque estoy segura de que le horrorizaría que alguien le definiese así. Al igual que en el caso de La sonrisa etrusca solo puedo contar que no soy una persona de muchos “iconos”. Por supuesto que muchas personas han influido en mi evolución personal, gente a la que he admirado de más cerca o más lejos, de la que he aprendido y a la que he tratado de “imitar”, personas con las que he ido creciendo. Pero, si me preguntáis quienes han sido a lo largo de mi vida más propia y cercana mis grandes referentes, no creo que pueda contar más allá de ocho o diez personas. Lo que no tengo duda es que una de ellas es José Luis Sampedro.

La suerte que tenemos es que hoy es bien fácil tener al alcance del teclado y la pantalla la vida, los escritos, las ideas y las opiniones de los grandes hombres y mujeres. No tenemos pretexto para dejarnos engañar. Debemos y podemos indignarnos.









Con la María Jo. y mi hermana en nuestro reencuentro después de 10 años, Madrid 2016

jueves, 2 de febrero de 2017

La Sonrisa Etrusca, José Luis Sampedro

La vida... ¡Tantos mueren sin probarla!

José Luis Sampedro

Querido Club de la Buena Estrella, después de un mes deleitándonos con el libro de enero, por la programación y también por las veces en que les he mencionado en estos días que “ya casi, ya casi”, ha llegado el momento de leer y comentar a José Luis Sampedro quien según su biografía fue un escritor, humanista y economista español que abogó por una economía «más humana, más solidaria, capaz de contribuir a desarrollar la dignidad de los pueblos». 

En 2010 el Consejo de Ministros le otorgó la Orden de las Artes y las Letras de España por «su sobresaliente trayectoria literaria y por su pensamiento comprometido con los problemas de su tiempo» y en 2011 se le concedió el Premio Nacional de las Letras Españolas.

En paralelo a su actividad profesional como economista, publica diversas novelas y tras su jubilación continuó dedicado a escribir, consiguiendo grandes éxitos con obras como Octubre, octubre, La sonrisa etrusca o La vieja sirena. Sus éxitos literarios coinciden con la trágica noticia de la muerte de su esposa, Isabel Pellicer, en 1986.

Sampedro falleció un 8 de abril dejando una multitud de anotaciones y textos inéditos, escribió hasta el final. Dos de sus últimos proyectos, Los Ríos y Sala de espera, ven ahora la luz por decisión de su compañera y legataria, Olga Lucas, quien explica que dejará “aparcadas” las obras inconclusas iniciadas en “un pasado remoto” pero se ocupará de los inéditos del final de su vida. “Es decir de aquellos de los que tengo seguridad y conocimiento directo acerca de sus intenciones”, afirma en el prólogo del libro.

Madrid 12 JUN 2013 - 09:01 
Orfandad. Añoranza. Ausencia. Tal fue anoche la estela de sentimientos que recorrió los ánimos de centenares de personas reunidas en el Ateneo de Madrid para evocar al escritor, pensador y maestro recientemente fallecido a los 96  años, José Luis Sampedro. Su figura y su obra cobraron vida al calor de un puñado de relatos signados por el afecto, que fluyó sereno pero incontenible a través de 12 intervenciones de un abanico de personas con él relacionadas. Panelistas y asistentes crearon en torno a José Luis Sampedro un “cielo de cariño”, como anunciara Iñaki Gabilondo en su breve parlamento.




LA SONRISA ETRUSCA (1985)

Es su novela publicada en 1985.  En 2001, el diario español El Mundo, la incluyó en su lista de las 100 mejores novelas en español del siglo XX.



La sonrisa etrusca es una recomendación de María Ofelia Zúniga Platero

DATOS DEL LIBRO

Viñeta:                        Febrero / Amor
Título:                         La sonrisa etrusca
Autor:                         José Luis Sampedro
País:                            España
Nº de páginas:              320
Año de publicación:      1985
Idioma original:            Castellano
Género:                        Novela
Editorial:                      Alfaguara
ISBN:                            9788497591638


SINOPSIS

El nacimiento del único nieto de José Luis Sampedro le sirvió de inspiración para escribir esta gran novela. Publicada en 1985, narra la historia de un viejo campesino calabrés que llega a casa de su hijo en Milán para hacerse una revisión médica por un cáncer. Allí descubre su último amor, una criatura en la que volcar toda su ternura: su nieto Brunettino. El escritor ofrece en este relato, tierno y lúcido, un conocimiento profundo del alma humana. 

La crítica ha dicho esto: 

«Está escrita con una ternura y una lucidez aunadas que reflejan perfectamente la experiencia cenital de su protagonista.»
Leopoldo Azancot, ABC 

José Luis Sampedro ha dicho esto:  

"La sonrisa etrusca fue el primer libro de lo que podríamos llamar éxito. A partir de ahí, sí se puede decir que soy un escritor con éxito de ventas relativo. Quiero decir que sí, que mis libros se venden, no me puedo quejar, pero tampoco soy de esos que venden sus libros por millones. Durante las décadas en que ni era conocido ni vivía de la literatura nunca trabajé buscando fama, gloria y mucho menos para ganar dinero o llamar la atención de los críticos. Trabajaba para explorarme a mí mismo, para explorar a los demás y para quedarme satisfecho con lo que yo descubría. Lo he resumido alguna vez con la expresión “ser arqueólogo de uno mismo”, “hacerse a sí mismo" "Escribo con una pasión enorme", dice también José Luis Sampedro. "La pasión de expresarme. En el libro no hay trucos literarios. Está escrito con la máxima sencillez que he podido alcanzar".

En 2011, tras 26 años de su primera edición, Las sonrisa etrusca fue llevada al teatro y José Luis Sampedro que en ese entonces tenía 94 años colaboró con los realizadores.  

DIVISIÓN DE LECTURAS

Jueves 2 de febrero de 2017
Jueves 9 de febrero de 2017
Jueves 16 de febrero de 2017
Jueves 23 de febrero de 2017
Prólogo
Biografía del autor
Capítulo 2
Página 12 del PDF
Capítulo 20
Página 71 del PDF
Capítulo 40
Página 132 del PDF
Capítulo 60
Página 195 del PDF
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EL AUTOR

Según ABC.es, intentar definir a un hombre como José Luis Sampedro con adjetivos como escritor, académico de la RAE, humanista, economista, filósofo, pensador... sería menguar un legado.  Pero vamos a intentar que este breve recorrido biográfico nos hable de los datos más objetivos e indiscutibles:  

Nació el 1 de febrero de 1917 en Barcelona. La variada procedencia geográfica y cultural de su familia supuso una influencia fundamental en su obra, ya que su padre había nacido en La Habana, su abuelo en Manila, su madre en Argelia y su abuela en Lugano, Suiza italiana. La familia se trasladó a Tánger (Marruecos) cuando el escritor contaba con tan solo cinco años y medio, y permaneció en tierras africanas hasta los trece.

En 1946 se casó con Isabel Pellicer, y al año siguiente nació su hija Isabel.  En 1977 fue elegido senador por designación real en las primeras Cortes democráticas y vicepresidente de la Fundación Banco Exterior. Poco después nació Miguel, su único nieto, el cual inspiró su obra más leída, «La sonrisa etrusca» (1985). Un año después murió su mujer.

En 1990 fue nombrado miembro de la Real Academia Española, donde su heterodoxo discurso de ingreso, Desde la frontera, tiene mucho que ver con el tema de su obra La vieja sirena, publicada ese mismo año, considerada un canto a la vida, al amor y a la tolerancia. 

Ese discurso hoy, 27 años después, sigue tan vigente como entonces por eso queremos compartir en este acercamiento al autor y su obra algunos pasajes del mismo y si quieren leer el discurso completo pueden hacerlo desde aquí.


http://www.rae.es/sites/default/files/Discurso_Ingreso_Jose_Luis_Sampedro.pdf

Las primeras fronteras vitales. “Lejos de caminar sin rumbo, la frontera siempre fue mi norte”, dice Sampedro al comienzo. Porque ya desde su primera infancia en Tánger, y después en Aranjuez, fue forjando esa íntima esencia fronteriza y a sentirse escritor, a caballo de una realidad cotidiana y un mundo mítico. “Entonces ignoraba que me estaba empezando a poseer ya la adicción a lo fronterizo”, aseguraba, aunque desde la guerra civil, decía, “he detectado fronteras por todas partes, aunque muchas no reciban ese nombre”.

"Curiosamente, la primera frontera que recuerdo surgió allí donde no parecía tener razón de ser. Aquel Tánger de los años veinte, donde transcurrió mi infancia, era ciudad internacional, en la que convivían en igualdad todos los países. Los chicos llegábamos al colegio con diversas lenguas maternas, comprábamos golosinas con monedas diferentes, celebrábamos varias fiestas nacionales e incluso nuestro descanso semanal se repartía entre los días sagrados de tres religiones."


Para finalizar anotamos que como muestra de una vida que no se cansaba de vivir, Jose Luis Sampedro se casó en el año 2003 con la escritora, poetisa y traductora Olga Lucas y compartió con ella hasta su último día. En la madrugada del domingo 8 de abril de 2013, tranquilo y sereno, porque no le teníamiedo a la muerte -como contó posteriormente su viuda-, murió a los 96 años y como no podía ser de otra manera, murió el hombre y nació una leyenda que sigue siendo estudiada y recordada en las aulas, en foros académicos, en espacios de cultura y por supuesto en el corazón y la memoria de sus lectores.