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martes, 5 de septiembre de 2017

Una historia de Ángela Pinto, 8



¡Muy buenos días amigos! Con la agradable noticia que nuestra amiga y compañera del club Ángela Pinto nos ha enviado la octava entrega de su relato. Acá se los dejo. ¡Qué lo disfruten!


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8

Hacía frío, mucho más frío que en el tren, en el bus, más que en mi escuela… esas paredes altas, esos cuartos oscuros, no me gustaba nada… no podía salir, correr… no salía tampoco cuando estaba  en mi casa, pero era diferente, ahí tenía que hacer lo que me ordenaba la monja antipática de turno, no podía moverme de allí, tenía que estudiar, hacer las tareas y solo me podía distraer haciendo la tarea de alguna amiga para que subiera de nota… 


El primer año mi familia me mandó dos veces una caja con galletas, dulces típicos de diciembre, jalea etc., el segundo año no recibí nada… mi hermana se escapó con su novio y mi madre no tuvo el apoyo necesario para hacer todo, escribirme, mandarme cosas, ir al correo… me sentí sola, muy sola otra vez… una alumna interna me pidió que le hiciera la tarea de idioma a cambio de un pan con jalea… sacó buena nota… me volvió a pedir el favor y me pareció injusto, le había insistido que estudiara más, así que se lo rechacé 


También una monja, originaria del sur, me dijo que me iba a pagar a cambio de escribirle cartas a su familia para hacerles creer que estaba estudiando, mientras la pobre solo lavaba platos y limpiaba… lo hice una vez, pero me rehusé la segunda, le dije que debía decirles la verdad, no me hizo caso, es más, no pudo perdonarme… 

Dos veces por semana pasaban por ahí estudiantes de un colegio masculino, mi amiga y yo nos quedábamos viéndolos desde la ventana del último piso y agitábamos las manos para saludar, en fin, solo estábamos las dos y no había ninguna monja para controlarnos… pero el papelito con mi nombre que había tirado cayó abajo, cerca de la cocina… alguien  lo recogió y se lo llevó a la madre superiora que me regañó, me castigó, obligándome a estudiar sola en un cuarto que no daba a la calle. Pasaba el tiempo estudiando, tocando lo poco que podía al pianoforte hasta que ella misma se cansó (su estudio quedaba contiguo) y le pareció un castigo exagerado y me lo quitó, también porque en clase no habría la boca, me quedaba ausente, hacía diseño de columna dórica en la mesa, o la cara de un Neandertal… quedaba todo perfecto, pero la señora de la limpieza tenía la orden de limpiar y de borrar todo… 

¡Vaya que me costó acostumbrarme a no salir!, estar encerrada por meses… ¡uff! Al final, sí me dio permiso para ir a un gran almacén donde había de todo. Me daba permiso durante una hora, pero no me quedaba lejos y así me sentí más animada, solo que... una vez una amiga me prestó su abrigo y justo ese día vinieron sus padres para sacarla a pasear y no pudieron porqué mi abrigo no le quedaba…   

Pasaba el tiempo estudiando, así que subí de notas en matemática y me tomaban como ejemplo en las otras clases… pero me quedaba añorando… me hacía falta mi madre, mi familia ¡todo!

Me hacía falta mi gato, todos los días me esperaba detrás de la puerta, a las tres en punto, cuando regresaba de mi escuela… un año antes lo había salvado de un grupo de niños que lo estaban maltratando… me lo llevé, lo curé, y fue mi mascota hasta que me fui  tan lejos y lo tuve que dejar a su suerte…

Añoraba hasta lo que no me gustaba. Cuando volvía al campo en verano, el perro de mi padre no me reconocía, me ladraba y se escondía debajo de una silla, yo trataba de sacarlo con una escoba cuando ya no lo aguantaba… y mi padre me regañaba a mi en lugar de callar al perro…

A veces me encargaban de preparar la cena, me dejaban dormir en la mañana y me dejaban un papelito… si se le olvidaba, ya no sabía que preparar y más de una vez nos quedábamos sin cena, y había que hacer algo a la carrera y con todos muriéndose de hambre… así que mi madre optó por llevarnos a todos a trabajar en los campos… primero en los nuestros, el viñedo siempre necesitaba atención, por eso era el mejor de todos los circundantes; después, íbamos en los inmensos viñedos de arriba, del abogado, donde vivían dos familias que al final se nos hicieron amigas, más que todo de mi madre que era una gran trabajadora y experta en casi todo.

En agosto se cortaba el trigo, venía una gran maquina aparatosa donde se ponían las fajas de trigo una vez cortado y recogido en los campos, esa máquina las machacaba con un gran ruído y de un lado  a través de un tubo salían directamente en sacos los puros granos y por otro lado el yeno, que se iba a usar para comida de las vacas, ya no había caballo, eso era de tiempos pasados… ahora se hacía todo con máquinas, tractor, hasta para hacer surcos y preparar la tierra antes de sembrar… mi padre iba incluso a campos de amigos y muy bien pagado, ya que el tractor era muy poderoso…

Era una gran fiesta, porque finalmente se recojían los resultados de tantos esfuerzos y el trabajo de meses, en los que no se ganaba nada y se necesitaba de todos modos el dinero.

Años más tarde, supe que mi madre tenía que trabajar quince días en campos ajenos para poder pagar mi colegio, quince días de trabajo cada mes… creo que nunca se lo agradecí y me duele mucho…

Terminé mis estudios de maestra, como quiso mi madre… yo quería estudiar medicina, claro me hubiera encantado… pero mi salud, mi miopía, mis escasos recursos… le dijo mi profesor… era una carrera de estudios muy larga, a base de muchos sacrificios, en fin, quería entonces estudiar en una academia de arte para ser actriz… ¡sí, actriz! ¡válgame Dios!… ¿cómo se me ocurrían ciertas cosas?…toda la familia me cayó encima… tan tan pequeña, tan poco bonita… ¡¿cómo diablos se me ocurría eso?!

Después de tener el título busqué trabajo… nada… había que seguir haciendo cursos de preparación, esperar algún puesto libre y estar bien posicionada en la lista de espera, o sea, que no había nada más que tener en casa algunos alumnos para las tareas de la tarde…

Mientras tanto, mi madre ya había hablado con los padres de un muchacho, que yo apenas conocía, creo que lo había visto un par de veces, para concertar una unión… algo increíble para mi, ¿casarme con un casi desconocido?  vaya… ¿y mi voluntad? ¿mis sentimientos ?, ¿no contaban nada? 

Los días pasaban, mis padres vivían en la casa en el campo con solo mi hermana menor, mi hermano y yo nos mudamos a los locales a nivel de tierra, que ahora tenían agua, cocina y baño; mientras el apartamento del tercer piso lo tenían alquilado, primero a otra familia y después a mi hermana mayor, que ya tenía una linda chiquilla de dos años…

Cada semana venían en carro, traían verdura, fruta y mi madre nos pedía lo que ganábamos… una vez en lugar de venir el jueves vinieron hasta el domingo… y nosotros nos quedamos por cuatro días sin nada para comer y sin dinero…

Dejé de hablarles y se buscó una solución… quedamos con el poder de usar el dinero que ganábamos, que era muy poco, y lo peor fue que a mi padre se le salió una frase infeliz: “bueno, no van a pagar alquiler, les alcanza”…

Me sentí frustrada, utilizada, no amada,  así que empecé a buscar trabajo en el periódico; hablé por teléfono a un anuncio y un viernes, con una pequeña maleta de cartón me subí al tren rumbo al Nord.

jueves, 31 de agosto de 2017

Una historia de Ángela Pinto, 7




¡Muy buenos días amigos! Seguramente recordarán que nuestra amiga y compañera del club Ángela Pinto nos ha estado deleitando desde hace algunos meses con relatos sobre su infancia en el sur de Italia, a propósito del ejercicio suscitado por la lectura de diciembre: "El olvido que seremos" de Héctor Abad Faciolince. Pues siguiendo con este bello relato, ya tenemos 6 entregas. Acá les dejo el séptimo escrito que sin duda van a disfrutar igual que yo. Lo transcribo tal cual lo recibí, con brevísimas observaciones de puntuación.


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7

- "¿Tu padre era tacaño?", me preguntó una colega cuando hablé de lo mucho que lo era mi marido... parece que terminamos por repetir los mismos errores o el mismo modus operandi de nuestros progenitores... tener un marido tacaño, egoísta, machista; si así era tu padre, es algo que te hace recordar tus años de infancia.

Mi madre protestaba cuando su esposo llegaba tarde, tanto que una vez -nos contaba con orgullo mi padre, para que dejara de molestarlo-, se fingió borracho y con una pistola en mano la amenazó con matarla si seguía hostigándolo. Pobre madre mía, ¡cómo la entiendo ahora! Ella tenía que hacer que marchara todo: La casa, los hijos, el trabajo, cocinar, limpiar, lavar; todos los días, mientras su querido esposo desaparecía en el bar, para seguir jugando póquer por horas y horas y, a veces, hasta la tarde-noche. Hasta a mí, ahora, me están dando ganas de "echar la soga tras el caldero”, ¡abandonarlo todo!, pero igual que mi madre, sigo aquí... y es que juraba, adolescente, de llegar al divorcio si las cosas no funcionaban, y eso que el divorcio era inusual e ilegal en ese entonces.

Las decisiones de los padres, buenas o malas y sus errores, también caen inevitablemente sobre los hijos y su futuro… así que al vender la casa, sin tener la otra lista, al pedir un préstamo a un buen judío, nos quedamos sin un centavo. Digo nos quedamos, pero en realidad nosotros nunca teníamos dinero, no había en aquel entonces la costumbre de dar una cierta suma, según las posibilidades, a cada hijo por sus pequeños gastos, cada semana o cada mes. Se quedaron ellos, mi padre y mi madre, pagando intereses enormes, excesivos, o sea del 100% por un año entero y otro para extinguir el préstamo... los judíos son buenos banqueros todavía hoy en día.

Tuvimos otro período bien difícil y, para empeorar las cosas, me caí jugando y me rompí el hueso del pulso derecho, con luxación, dislocación y con dolores que ya no me dejaban dormir, ni comer; hasta que mi hermana mayor insistió con mis padres en que seguro era algo serio, y me llevaron a la gran ciudad con un doctor especialista en fracturas. Nos regañó, bueno a mí no, a mi padre, que terminó por considerarme la hija más problemática.

Por más de 40 días tuve el brazo con yeso, casi inmóvil, y tuve que aprender a usar la mano izquierda hasta para escribir.

Suerte para todos, la reforma agraria seguía su curso, así que les construyeron una casa linda, cómoda en el campo, con todo lo indispensable: Cocina, baño, establo, gallinero y hasta horno; que se usaba cada fin de semana para cocinar el pan y una rica hogaza con solo aceite y tomates, algo delicioso que costaba horas de trabajo para mi madre. A las 3 de la mañana tenía que preparar la masa, dejarla leudar por horas, antes de encender el horno a leña (obligación de mi hermano, ¡que era el varón!) o encender el carbón en la cocina para hacer buñuelos como torta, freírlos en puro aceite de oliva…umm, ¡qué delicia! ¡sabores que nunca más pude volver a probar!

¿Casa en los campos? Ya, y todos se fueron para allá… y yo, ¿cómo iba a seguir estudiando?

Me instalaron con mi abuela, que vivía con sus 2 últimos hijos; el que seguía a mi madre era…especial, no había crecido mucho, era de nuestra altura, rubicundo, casi normal. Él tenía sus cabras o vacas, iba al mercado a comprar pescados frescos y los hacía asados al carbón pasándoles encima una vinagreta hecha con aceite, limón, sal y perejil; nada más, que le daba un sabor increíble.

No me gustó nada estar en tan poco espacio, limpiar los claveles de plástico que mi abuela compraba cada miércoles en el mercado de la plaza principal del pueblo. En pocos meses se hicieron 60, sin contar que me tocaba lavar los pañuelos sucios, porque ella tenía una bronquitis crónica, y lo peor, era limpiar las suciedades de las vacas… (algo que nunca le conté a mi madre, solo me miraba llorar y me preguntaba qué era lo que me pasaba, y yo incansablemente le respondía “nada”).

Por suerte, continuaron construyendo el edificio donde mis padres habían comprado un apartamento en el tercer piso y 4 locales a nivel del suelo, así que mi hermana mayor y yo quedamos viviendo en el pueblo, yo para seguir estudiando y mi hermana para ir a clases de corte y confección.

Todas las mañanas me levantaba temprano, corría a la estación ferroviaria y tomaba el tren, que paraba en los otros 5 pueblitos que seguían, antes de llegar a la gran ciudad. Bajaba corriendo, tomaba el bus para pasar el famoso puente que a las 8 en punto se habría a mitad y se levantaba para dejar pasar las naves recién revisadas y reparadas. Solo en la tarde, al regreso, comía algo.

Conocimos a varios estudiantes y juntos hacíamos el trayecto en tren, y yo, chiquita y miope me fijé en el chico más guapo, que claramente estaba enamorado de una cipota de su pueblo igual de guapa. Supe años más adelante que iban a ser padres y al terminar los estudios de él, se fueron al norte, en busca de mejor suerte…y yo me quedé llorando en la playa mientras cantaban… "bésame, bésame muuuucho… como si fuera esta noche la última vez”... solo que en realidad, él nunca me había besado…

Comía poco y eso influyó en mis estudios, tanto que una revisión médica me obligó a ponerme 250 inyecciones de reconstituyente. Lo peor fue que mi hermana, adolescente, tenía apenas 16 años, se enamoró de un muchacho que no la dejaba en paz, tenía una gran moto y al parecer era algo mujeriego, por lo que mi madre terminó por buscar otra solución para mi.

Así que me tocó escribir a un colegio muy lejos de mi ciudad, a más de 1000 kilómetros de distancia, para preguntar y pedir que me aceptaran como alumna. Una prima era monja en el gran monasterio escuela de esa gran ciudad, tan lejana y diferente de nosotros.

Mi padre había tenido un desafortunado accidente en el trabajo de campo y su brazo derecho había sufrido una terrible torsión. Solo al norte podrían darle el mejor tratamiento, aunque ya tarde (habían pasado meses sin ninguna mejoría) y así me llevó al colegio y de regreso al sur iba a pasar en otra maravillosa ciudad, famosa por sus médicos y sus avanzados tratamientos en huesos.

Llevamos una valija llena de uva, claro, era septiembre, qué manía la de mi madre de querer agradar a la gente regalando cosas… una vez me obligó a llevar una gallina en una caja, en tren, para regalarla a mi profesora, según ella eso la iba a poner en muy buena disposición conmigo. En el tren me moría de la vergüenza… ¿y si se ponía a cantar? ¡uf, tamaño lío!

En fin… ya lejos de mi casa, de mi familia, pues ya tenía años sin una verdadera familia, en una escuela nueva y… de monjas, vaya…

jueves, 20 de abril de 2017

Una historia de Ángela Pinto 6



Buenas noches amigos. Seguramente recordarán que nuestra amiga Ángela Pinto nos compartió hace algunos meses, 5 relatos sobre su infancia en el sur de Italia, a propósito del ejercicio suscitado por la lectura de diciembre: "El olvido que seremos" de Héctor Abad Faciolince. Pues por fortuna, se animó a agregar un nuevo capítulo a este hermoso relato.  Acá se los dejo tal como ella lo envió.

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6

El tren pasaba todos los días. Podía imaginar tierras lejanas hermosas, así como las miraba a veces en los libros. Me gustaba leer los cuentos, las fabulas, mucho más que ir a jugar a la calle… eso de jugar en la calle, era lo que hacíamos todos los niños y niñas en la tarde: en la mañana la mayoría íbamos a clases.

La estación nos quedaba a unos trescientos metros. Yo me quedaba viendo a las chicas con su vestido de escuela pasar, y pensaba que de grande eso iba a ser, una chica con libros bajo el brazo, que tomaba el tren para ir a estudiar a la ciudad más grande. Siempre iba a estudiar, para felicidad de mi madre, que sí sabía hacer cuentas -en eso ella nunca se equivocaba-, pero casi no podía leer.

La escuela nos quedaba a medio kilómetro a pie desde la casa. Era un edificio enorme, de forma rectangular con un patio grande en medio donde se podía hacer gimnasia. Bueno, solo en los meses de calor porque en invierno era imposible, claro, no hacía mucho frío, pero las clases empezaban en octubre y terminaban en junio, así que pasábamos invierno y primavera estudiando; había menos tiempo para jugar, un par de horas al día, ya que oscurecía temprano y lo mejor era quedarse en casa.

Empecé el primer grado a casi seis años, me faltaban solo dos meses, pero me aceptaron y me encantaba ir todos los días a escuchar a mi maestra, tan linda y cariñosa y sobretodo me encantaba aprender a leer, escribir, hacer cuentas y pasaba horas en la tarde repitiendo las benditas tablas de matemática. A veces iba a casa de mi maestra, ella no tenía hijos y le encantaba tenernos allí, a mí y a un par más de sus estudiantes. Pasábamos varias horas dibujando y coloreando.

Sin embargo, se me estaba complicando la relación con mi familia. Todos iban felices en la noche a comer sorbete en la avenida principal (era una sola obviamente, el pueblo era pequeño), y yo era la única que siempre tenía problemas para salir en la noche, hasta que una vez fui con mi madre a visitar a una amiga de ella, y al entrar en su casa no dejaba de parpadear, no miraba para nada, era todo oscuro. Fue así como me descubrieron una fuerte miopía, digo, entre tantos nietos, ¿justo yo tenía que heredar la miopía de mi abuelo materno?, que no conocí, puesto que mi abuela me contó que era muy malo con su caballo y este un día le tiró una mortal patada.

Sin embargo, me gustaba el orden, la limpieza y usar la tina del baño. Ahí estaba, y teníamos que ir bien bañados y vestidos a la escuela el día siguiente porque iban a pasar revisándonos los dientes, los oídos y bueno, yo llené la tina de agua, no sabía cómo hacer funcionar el gran calentador que estaba encima y obligué a mi hermana menor a bañarnos. Gracias a Dios mi madre volvió temprano, porque las dos estábamos heladas (era diciembre, en pleno invierno) y ya medio moradas. Se llevó un buen susto ¡pobrecita!

No recuerdo bien a mis hermanos más pequeños, pero sí a mi hermana mayor. Mi madre nos vistió, por no sé qué fiesta, como si fuéramos dos gemelas: una falda azul con paletones, una camisa blanca que tenía en el borde una cinta de florecillas de muchos colores, en el cuello y las mangas y en el borde de la falda también. Yo me sentía una princesa, con calcetines blancos y zapatos negros.

Creo que fue de las pocas veces en que me puse lo que mi madre escogía, ya que en la adolescencia escogía yo la tela y el patrón, con gran preocupación de mi madre y de las pobres costureras porque buscaba siempre algo complicado y difícil, no como mi hermana mayor que aceptaba cualquier tela y modelo sin tantos líos. Una vez mi mamá compró telas para dos vestidos a mi hermana y yo decidí: o esa que me gustaba o nada, y claro era más cara que las otras dos juntas.



Mi infancia pasaba sin sobresaltos hasta que de repente mi padre vendió la casa y dio todo el dinero al “maestro”, como prima, para una casa más grande en un edificio en construcción a un kilómetro de allí. Iba a tener un corredor, un baño, una cocina grande, tres habitaciones, una para mis padres, otra para el comedor, otra para las niñas (ya éramos tres) y  una más pequeña para mi hermano. En el piso bajo, cuatro grandes piezas iban a servir como establo, bodega para almacenar lo que fuera necesario, y cantina, para poner varios barriles de vino; pero el constructor quebró, y el que compro nuestra casa la quiso de inmediato, así que de un momento a otro, en un abrir y cerrar de ojos, quedamos en la calle. Tuvieron que llevar muebles y camas a un espacio que iba a servir de garaje. En el nuevo edificio no había ni siquiera luz eléctrica, así que me tocaba estudiar a luz de candela y ya estaba en 6º grado. Mi nueva escuela me quedaba lejos, tenía que atravesar casi toda la ciudad y en aquel entonces todo el mundo iba a pie, había muy pocos carros.

Y pensar que mi amiga del piso de arriba, las dos teníamos diez años, meses antes, me había dicho que quizás no sería conveniente hacer eso, digo, eso de cambiar casa. Mejor una casita chica, segura y no una todavía en construcción...

Bueno, juré que jamás iba a comprar algo sin tener suficiente dinero y seguridad. La vida da muchas vueltas y no siempre acierta uno en sus decisiones, hasta que a veces lo siente en sus huesos y en su alma…

martes, 18 de abril de 2017

CBE con Héctor Abad Faciolince


En el marco de los 25 años de la firma de los Acuerdos de Paz y como parte de las actividades de Centroamérica cuenta en El Salvador, recientemente se llevaron a cabo dos actividades en el Teatro Luis Poma: la primera se realizó el martes 28 de marzo con el conversatorio: “En nombre del padre, pérdida y perdón”, el cual contó con la participación de Héctor Abad Faciolince, escritor y periodista colombiano; Alejandro Poma, empresario salvadoreño; y Carlos Fernando Chamorro, periodista nicaragüense, quienes hablaron de sus pérdidas familiares y ofrecieron sus puntos de vista sobre si estas pérdidas pueden ayudar a nuestras sociedades a reconciliarse consigo mismas, pero también, hubo una interesante reflexión entre los conceptos de recuerdo y memoria.

Esta actividad estuvo moderada por el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, quién es el presidente de Centroamérica cuenta, y también ha sido galardonado con el Premio Alfaguara de novela.

Por otra parte, el día miércoles 29 se proyectó el documental: "Carta a una sombra", elaborado por Daniela Abad y Miguel Salazar, el cual reconstruye la novela El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince, que relata la violencia política en Colombia; pero sobretodo, es un homenaje a la vida de su padre Héctor Abad Gómez. Luego de la película, hubo un conversatorio entre Héctor Abad Faciolince, el cineasta Jorge Dalton y Gabriela Poma. 

Club de la Buena Estrella con el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince
El Club de la Buena Estrella fue invitado por Miguel Huezo Mixco y María Revelo-Imery a colaborar con Centroamérica cuenta para estas actividades, reuniendo a la mayor cantidad de clubes de lectura en El Salvador para invitarlos también a que asistieran. Así que expresamos nuestro profundo agradecimiento a ambos, por tomarnos en cuenta como colaboradores, y por habernos recibido muy cálidamente los dos días, tanto al Club de la Buena Estrella que se presentó en pleno, como a los otros clubes de lectura invitados por nosotros.

Fueron días muy intensos en muchos sentidos, se realizaron múltiples actividades de coordinación, con gente de San Salvador, pero también con algunas personas que vinieron del interior. Por otro lado, el contenido de las dos sesiones fue impresionante, conmovedor y muy fuerte para todos. Estamos muy agradecidos con los panelistas por abrir estas ventanas que nos presentan la vida en sus países, en sus casas, en sus familias. Algunos coincidimos en que, para muchos, fue un espejo que permitió también revisar dentro de nuestras propias realidades y hacer un ejercicio de memoria para rescatar situaciones con parientes cercanos. Como por ejemplo, leer El olvido que seremos nos permitió a algunos hablar sobre nuestra relación con nuestro padre, que en las reuniones presenciales del club se convirtió en un ejercicio muy emotivo y enriquecedor.

Queremos finalmente agradecer a todos los amigos de los otros clubes de lectura que se sumaron con nosotros con entusiasmo para participar en ambos eventos:

- Amigos de la lectura (AMIDELEC)
- Colonia de colombianos residentes en El Salvador
- Coco Lecturas - Sonsonate
- Universidad Doctor José Matías Delgado
- Juventud lectora Sacacoyo
- MH Club de lectura (Ministerio de Hacienda)
- Academias Sabatinas UJMD
- Club de Lectura y escritura "CONTEXTOS" 
- Club de lectura "Utopía"

También queremos agradecerle a nuestra compañera María Ofelia Zúniga, quién nos brindó su enorme apoyo en hacer la lista de clubes y coordinar con ellos la asistencia, confirmaciones, entrega de invitaciones, etc.  ¡Muchísimas gracias!














lunes, 3 de abril de 2017

Por la valentía, sea de quien sea

Terminé de leer el libro hace ya algunos días... creo que justo unos días antes del conversatorio con Héctor Abad Faciolince. Y quise esperar hasta ir precisamente a este conversatorio para escribir mi reseña.

Debo decir que el libro me pareció muy íntimo. Me gustan ese tipo de libros, ya saben, en los que el autor casi que desnuda su alma y sientes una conexión con él, aun sin siquiera conocerlo.

Tengo que reconocer que el principio del libro me pareció bastante cursi, pero una vez conociendo la trama, pude comprender ese lado inicial.

Sé que algunos de ustedes publicaron incluso anécdotas muy lindas y muy personales sobre sus papás... mi historia, por el contrario, es muy distante de ser linda y amorosa. Pero por favor, no me mal entiendan, claro que tuve y tengo un padre, y claro que hay cariño, pero el calificativo de nuestra relación es más de respeto y paternidad responsable. Por lo que debo decir, que sentí gran envidia por aquellos hijos que sí tuvieron esa relación y conexión especial con un papá interesado.

Mi personaje favorito fue la mamá de Héctor: Doña Cecilia Faciolince (que por cierto verla en la película y escucharla hablar, fue por mucho MARAVILLOSO)... me encantó toda ella, esa dualidad con la que la describe, entre una mujer adelantada a su época, combinada con una cristiana devota, me pareció muy real y con los pies en la tierra. Quizá porque conozco a varias que entramos en esa dualidad.  

En definitiva, conocer a Héctor en persona (y a su mamá en el documental), fue la cereza del pastel. Coinciden totalmente con la imagen que me hice de ellos por el libro. Incluso, sentí la misma vibra al conocerlos que cuando estaba leyendo el libro. Es encantador conocer este tipo de personas, de ese tipo auténtico, que te hace añorar su amistad. Puntos adicionales a Héctor por tan buena descripción lírica y realista de su mamá.

El día del conversatorio, lo único que se me ocurrió decirle a Héctor cuando lo salude, fue "¡qué valiente!... te felicito por tanta valentía", creo que él entendió la valentía por otro lado, porque me dijo... "el valiente era mi papá"... yo le expliqué que me refería a la valentía de haber escrito el libro... así que cuando me autografió el libro "El olvido que seremos" escribió: "Por la valentía, sea de quien sea", lo que me pareció simplemente encantador y acertado. 

MM.

miércoles, 15 de marzo de 2017

CBE apoyando a Centroamérica Cuenta

Centroamérica Cuenta es un encuentro internacional de escritores de todo le mundo que se celebra en Nicaragua desde 2012 y surge como una iniciativa del escritor nicaragüense Sergio Ramírez. 

Desde su inicio, ha convocado a casi 300 narradores de España, América Latina, Estados Unidos, Francia, Alemania, Italia y los Países Bajos; para reflexionar y dialogar, desde el arte y la literatura, sobre diversos temas de interés. Este encuentro se ha constituido en el evento literario más importante de la región y en un espacio de reflexión y diálogo sobre diversos temas alrededor de la realidad y la cultura centroamericana.

En esta edición de 2017, el Club de la Buena Estrella estará acompañando estas actividades que se celebrarán en la última semana de marzo. Tendremos el privilegio de conversar con el autor de nuestro libro de diciembre recién pasado, el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, de quién leímos la novela "El olvido que seremos", y sobre la cual se proyectará un documental el día 29 de marzo en el teatro Luis Poma a partir de las 7:00 p.m.

Esta novela, le valió el Premio Casa de América Latina de Portugal y el Premio Wola-Duke. El autor cuenta la historia de su padre asesinado durante los años más turbios de Colombia. 

viernes, 3 de febrero de 2017

Una historia de Ángela Pinto 1-5



Amigos del Club de la Buena Estrella, espero que estén disfrutando de las lecturas programadas para 2017.

Me voy a permitir hacer un paréntesis en el nutrido intercambio sobre el autor de febrero, para enmendar una penosa omisión que tuve durante la lectura de diciembre. Si recuerdan, Miguel Ángel nos encomendó hacer una entrada sobre alguna anécdota que quisiéramos compartir sobre nuestro padre, y yo recibí de nuestra amiga Ángela Pinto un hermoso escrito que por diversos motivos no había podido postear hasta este día. Confío en que ella me sabrá perdonar esta demora.

Se los he transcrito tal y como me los envió, dividido en 5 partes, y con minúsculos cambios obligados por el hecho de que el español no es su lengua materna. 

Espero que lo disfruten tanto como yo.

1

Todo empezó en el día y la hora en que se me ocurrió nacer, en un lugar y en un período de muy poca y ambigua calma.

El país estaba saliendo de una guerra terrible donde todo el mundo estaba involucrado: los de raza especial contra los otros, que por ansia de poder o ignorancia se dejaron arrastrar y se llevaron a miles de jóvenes soldados a combatir y a morir por algo que no tenían muy claro y a lo que, de todos modos, había que obedecer.

Las grandes extensiones de tierra eran para algunos privilegiados, en contra, los pequeños braceros iban de un fundo a otro trabajando de sol a sol y ganando tan poco, que nunca les alcanzaba para mantener a su familia, así que mis padres tuvieron que ir a trabajar en campos ajenos, dejándonos solas en la casa, a mí y a mi hermana mayor, de apenas un año más que yo.

Un día se realizó la reforma agraria, yo misma acompañé a mi padre con la esperanza, dijo mi madre, de que pudiéramos tener algo de suerte en el sorteo y lograr un terrenito decente, donde se pudiera llegar sin mucha dificultad, que no tuviera demasiadas piedras y se pudiera empezar a cultivar lo necesario para sustentar a la familia, que de cuatro miembros había crecido a seis.

Yo tenía que haber sido varón, según mi padre. Su primer hijo se murió a los tres añitos, él nunca pudo olvidar ese gran dolor, todos los días iba al cementerio como si de esa manera hubiera podido devolverlo a la vida, y mientras el pequeño dejaba este mundo, en la misma cama, nacía mi hermana mayor, rubiecita, con los pómulos rosados, los ojos verdes, bien redondita y linda; así que cuando un año y medio después nací yo, mi padre quedó tan desilusionado que ni se preocupó por buscarme nombre, en fin, simplemente me tocaba por tradición llevar el nombre de su padre y, por ser niña, de su madre. Además era tan pequeña y frágil que bastaría el diminutivo Lina... y así fue.

Después del sorteo, -ya tenía yo más o menos ocho años-, la emoción de tener un terreno propio se esfumó de inmediato cuando mis padres fueron a ver cómo era y donde quedaba.

Con una carreta tirada por una mula, llegaron al límite de una inmensa propiedad bien cultivada, con incontables hileras de viñedos pero sin calles y sin manera de bajar, así que tuvieron que caminar largos trechos, cargando bultos con algo de pan y sobras del día anterior, para conocer exactamente cuál pedazo les habían  asignado, ya que en esas laderas iban a haber al menos cinco propietarios diferentes.

2

Tuvieron que atravesar un pequeño bosque de pinos, muy lindo, que daba una agradable frescura, pero por lo demás inútil para cultivar. Avanzaron un kilómetro más y allí estaba...  una tierra sin nada, sin plantas, sin agua, con muchas piedras, grandes canales, había que sacarle espacio para cultivar trigo, sembrar viñedos, excavar un pozo y seguir comiendo pan duro mientras todo eso se hacía realidad.

Vita y Paolo empezaron a recoger piedras gruesas, sólidas, pesadas; cavaron hoyo profundo que debía servir de pozo y depósito de agua, y marcaron una canaleta por donde debía bajar el agua de lluvia desde las tierras de arriba hasta el pozo, de lo contrario, el agua se iría como siempre hacia abajo, hasta la gravina y se perdería a través de kilómetros hasta llegar al mar.

Al hombre le tocaba procurarse las estacas de uva, así que mi padre se fue escogiendo las mejores en los terrenos de familiares y amigos para sembrar uva blanca para comer y uva negra para vino.

En un par de años ya hubo una hectárea sembrada de plantitas que crecían, así como varios árboles de fruta: cada cinco filas de uva había un par de arbolitos de higos o peras. De las trece hectáreas de tierra solo siete u ocho eran los terrenos buenos para sembrar, constituidos por tres colinas separadas por enormes y profundos canales. Además, en los meses invernales era imposible tener algo, todo se helaba, la tierra solo se preparaba con arados y caballos y solo años más adelante, con tractor. Ya en marzo sembraban trigo y maíz, girasoles, papas de azúcar, y todo lo que pudiera dar esa tierra, incluyendo todas las legumbres, alcachofas, papas y verduras que podían servir para alimentar a la familia, pero eso sería muchos años después, cuando el plan de la reforma agraria siguió y empezaron a construir casas blancas, cómodas y muy funcionales para cada fundo y para que cada familia pudiera vivir en los terrenos asignados.

Volviendo atrás, a los seis meses de haber nacido yo, mi madre se dio cuenta de estar nuevamente embarazada y decidió dejar de darme pecho, por lo que me puse mal ya que no podía digerir la leche de vaca.

Para empeorar las cosas, cuando yo tenía apenas dos años, mi hermana me dio un vaso de leche cruda que por poco me despacha al otro mundo, una hemorragia imparable me dejó débil, frágil, más de lo que era, solo unas hierbas especiales de una amiga de mi madre la pudo parar.

3

Como si fuera poco, una noche me caí de la cama, donde dormía con mi hermana mayor. Era de hierro, alta, sin baranda, sin protección alguna, así que me caí una noche y, según lo que contaba mi madre, solo después de tanto pelear, mi padre le puso una barra para que no me cayera más.

Mis padres se iban a trabajar todo el día en campos ajenos, para tener algo de dinero y comprar lo indispensable y nosotras dos con mi hermana nos quedábamos solas en ese cuarto. 

Un día llegó un señor, amigo de mi padre a buscarlo, teníamos tal vez cuatro o cinco años. En la noche, al regreso de la faena, mi padre buscó el dinero que tenía en su chaqueta y no encontró nada. Al entrar, mi madre nos vio a las dos niñas amarradas a la máquina de coser. Le costó mucho hacerle entender a mi padre que era imposible que nosotras hubiéramos tomado ese dinero y al final se descubrió quién fue el responsable. Eso nos dejó un sabor amargo y una sensación dolorosa aún después de tantos años, imagino a nivel profundo.

Así pasaron nuestros primeros años. Mi hermana mayor me llevaba siempre de la mano, a casa de una tía a unos cien metros más abajo. Yo la miraba preparar albóndigas de carne para su familia y veía a mi madre siempre cansada en la noche después de una larga jornada de trabajo y sin ganas de cocinar, ya que había que encender el fuego en la chimenea para preparar algo y darnos comida caliente, mientras mi padre volvía tarde, incapaz de darnos las buenas noches o de arroparnos así como me di cuenta más adelante, hacían muchos papás… ¿por qué el nuestro era así?

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En esa región, los miércoles de cada semana en la plaza principal había mercado. Allí se podía encontrar de todo: verduras de la estación, frutas, todo tipo de ropa, para la casa, de vestir, íntima, zapatos, ollas y sartenes, cafeteras originales o de imitación; sin faltar frutas secas como: almendras, nueces, latas de todo tipo, galletas, en fin, un sinnúmero de cosas a buen precio.

Mi madre estaba enamorada de uno de esos jóvenes que iban de un pueblo a otro para ofrecer sus productos: se habían jurado casarse, pero había que esperar un tiempo, así que mi madre esperó y esperó hasta que las amigas le dijeron que, o se casaba o se quedaría vistiendo santos. Fue por eso que decidió casarse con otro joven, guapo en su uniforme militar, de familia campesina, con varios hermanos varones y que acababa de regresar de una campaña en un país lejano, caliente, donde la pobre gente vivía en chozas de paja y se cubrían con sábanas.

Los jóvenes esposos fueron a vivir con mis abuelos, mi madre era la más joven y no tenía hijos, por lo que le tocó trabajar en casa más de lo que quería, así que decidieron alquilar un cuarto arriba de varias escaleras, sin agua ni baño y allí nacieron los primeros hijos.

El temple de Vita era increíble, fuerte, trabajadora, con ganas de tener una casa nueva en los modernos edificios que estaban construyendo cerca de la estación ferroviaria, así que empezó a ahorrar y por poco se le va todo por el aire ya que la amenaza de otra guerra se estaba llevando al marido de vuelta al servicio de la patria. Se fue Paolo hasta el norte del país, donde tenía que reunirse con los demás hombres, pero por cobardía o por meras ganas de vivir una vida normal, en un arranque de ira, se subió a la bicicleta y se regresó pedaleando por más de mil kilómetros y varios días a su pueblo natal, a su joven esposa, a sus amigos y a sus juegos de póquer.

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Claro que gracias a ese arrebato de confusión, puedo contar ahora la historia, en efecto, muchos de esos jóvenes que fueron a la campaña de la Unión Soviética murieron congelados antes de llegar a esos sitios fríos e inhóspitos.

También tengo que decir que tampoco me salvó la medicina tradicional o alópata, pues en aquel entonces no había medicina alternativa o complementaria, ni hipnosis; solo algún conocimiento de hierbas y plantas, que a través de los siglos han sido estudiadas y usadas en la producción de pastillas, tabletas, etc. Por lo que es casi un milagro que esté viva todavía.

Veamos, quedé chiquita, no crecía mucho, no comía bien y muchas veces casi no comía. Recuerdo que eso no me gustaba, eso otro me hacía daño o no me apetecía y mi padre se enojaba y terminaba por no comer nada, aunque mi madre se esforzaba para pasarme pescadito frito por debajo de la mesa y la hora de la comida se había transformado en una tortura, así que crecí algo delgadita de pierna, es más, decían que tenía las piernas torcidas y esa fue mi continua y eterna preocupación. Ya de adulta cuando pasábamos por la avenida principal los muchachos hacían apreciaciones sobre las piernas de las chicas que iban adelante y eso me quedaba como una puñalada todas las veces.

Pasaron los años, empezamos a ir a la escuela con mi hermana mayor y mis padres seguían trabajando en campos ajenos y ganando para pagar la nueva casa de tres cuartos, cocina y baño, en el primer piso de esos nuevos edificios que se estaban construyendo cerca de la estación ferroviaria. El cuarto de mis padres tenía un balcón y yo sembraba geranios y claveles en macetas. El cuarto grande era el comedor con cortinas blancas lámpara de cristal, y lo usábamos porque allí estaba la máquina de coser ya que en realidad comíamos en la cocina. Nosotros dormíamos en la entrada, en camas dobladas como sofá, hasta que mi madre compró una salita nueva donde nadie se sentaba porque era para las visitas, que naturalmente nunca venían puesto que mis padres pasaban trabajando y nosotros, cuatro hijos, nos cuidábamos unos a otros. Bueno, en realidad, crecíamos como plantas.

domingo, 18 de diciembre de 2016

La venda, un cuento de fútbol sobre padres e hijos


Y por amor a la memoria llevo sobre mi cara la cara de mi padre. Yehuda Amijai

Me salí por un momento de la cancha y le pedí a Chema que me ajustara el vendaje de la rodilla. Mi padre me había dado aquella venda la noche anterior, así como Mister Miyagi le había dado su cinta a Daniel Larusso en Karate Kid. "Te va a ayudar con esa rodilla cuica que tenés", me dijo. "Lástima que no podré verlos jugar, a esa hora tengo que ir por el jefe al aeropuerto".

Mi viejo, a quien aún tengo la bendición de tener conmigo, tenía 50 años en aquel tiempo. Ahora tiene 70. Tras perder a su madre a la edad de 12, dejó su natal San Miguel y se estableció en San Salvador. Tiempo después conoció a mi madre, con quien ya han vivido juntos y felices por más de 46 años. Quien escribe estas lineas tiene el privilegio de ser el primero de sus dos hijos, su copia, como dicen los que nos conocen. Soy muy afortunado al poder decir que mi padre ha estado conmigo en cada momento importante de mi vida. Tengo presente cómo nos contuvo a mi hermana y a mí en un mismo abrazo cuando murió mi abuelo, su padre, poco después del mundial del 78. Recuerdo el sacrificio y la devoción con que siempre nos conseguía los materiales y útiles para nuestras tareas en la escuela. Nunca olvidaré cómo nos consoló un día de abril de 1985, cuando dejamos a mi madre en el hospital para una delicada cirugía, ni cuánto lloró a mi abuela materna (quien siempre lo trató como a sus propios hijos) cuando ella partió en 1986. Tengo impresa en el corazón su expresión emocionada el día de mi graduación, y más marcada aún su emotiva oración y su mirada acuosa, cuando no hace mucho entré al quirófano con apenas sangre en las venas y muy pocas posibilidades de verlo de nuevo. Mi padre siempre ha sido una fuente de consuelo y un bálsamo curativo para quienes le rodean.

Ya con la venda ajustada, pedí autorización al árbitro para reingresar al juego, mientras veía con preocupación a ese equipo de azul, perdido y desencajado como Adán un día de las madres. Recuperarnos de ese gol tempranero nos tomó casi todo el primer tiempo. Habíamos salido a la cancha con muchas ilusiones de ganar aquel partido que nos pondría en la semifinal del torneo, y en el primer minuto ya perdíamos 1x0. ¿Has visto la expresión de un niño cuando se le cae al suelo el dulce que apenas acaba de desenvolver? Pues no importa si se tiene 20, 30 o 50 años, siempre que se juega al fútbol se vuelve a vivir cada emoción o decepción igual que un niño.

Durante la siguiente media hora prácticamente no tocamos la pelota. Desconcertados, nerviosos y erráticos, no lográbamos contener al equipo rival, que dicho sea de paso ya nos había goleado en la primera ronda del torneo, algunos meses atrás. "Somos sus tatas", parecía decir la expresión de satisfacción y confianza en su superioridad que mostraban aquellos jugadores de rojo, a los que nosotros solo atinábamos a seguir de un lado a otro del campo, igual que un toro frustrado y agotado. Solo los aciertos del gordo Pepe, nuestro portero, impidieron que recibiéramos más goles en aquel primer tiempo para el olvido. El malestar y el enojo que imperaba entre los azules se evidenciaba en cada reclamo airado que nos hacíamos unos a otros. Ese era un sentimiento que yo conocía bien. Lo recuerdo de un partidito entre amigos en El Cafetalón, cuando yo era un muchacho rebelde de apenas 16 años. Ese día no me había salido nada y yo estaba enfurecido conmigo y con todos. Mi padre estaba en el mismo equipo y me había señalado los errores que estaba cometiendo, y en una penosa respuesta que todavía recuerdo con pesar, le dije que no estaba jugando para recibir regaños y me salí de la cancha. Al domingo siguiente, decidí que jugaría en el equipo contrario al de mi viejo. Anoté un gol pero perdimos el partido. Camino a casa me revolvió el pelo (una fiel copia del suyo) y me dijo con tono animado: "Jugaste bien, de verdad que preferiría no tenerte en contra". Por supuesto que nunca más lo hice.

En el entretiempo, Chema volvió a colocarme la venda en la rodilla, pero esta vez ajustó bien el broche que la afianzaba mucho mejor, haciendo una enorme diferencia. El juego se reinició, pero nuestra reacción llegó hasta bien entrado el segundo tiempo, cuando volvimos a creer en nosotros (en el fútbol, como en la vida, todo se resume a credos). Y entonces, con más ganas que recursos y con más voluntad que técnica, comenzamos a llegar al área contraria cada vez con más frecuencia y peligro. El empate que se nos había negado hasta el minuto 86, se presentó en una jugada muy batallada. Después de varios tiros, atajadas, rebotes y forcejeos, el último remate de Chente se estrelló en el costado del portero de los rojos y se coló bajo su cuerpo, siguiendo su trayectoria hacia el marco, sin fuerza, despacito, con suspenso...pero con suficiencia. Era gol. Cada una, la voluntad y la fortuna, habían aportado su parte.

Pero aún no podíamos celebrar, el empate no bastaba. Habíamos iniciado aquel torneo recibiendo humillantes goleadas y, después de mucho trabajo y sacrificio para encontrar el equipo base, sintonizarnos en una misma idea de juego y ponernos en forma (que así funcionan los equipos de burócratas y oficinistas de 30 años cuando se animan a jugar de nuevo después de varios años de sedentarismo), ahora estábamos apenas a un gol de meternos entre los mejores cuatro equipos del campeonato.

Los rojos percibieron que adelantaríamos filas para irnos con todo sobre su marco en los pocos minutos que quedaban, y con mucha idea enviaron un par de pelotazos largos que dejaron a su centro-delantero mano a mano con nuestro portero. Pero esa noche, una vez superado el error garrafal del primer minuto, el gordo Pepe se había convertido en un gigante imbatible. "¡Aquino es mi apellido!", gritaba el gordo levantándose del suelo con la pelota atenazada entre los guantes. "¡Y aquí no!", remachaba negando con el dedo índice.

Se cumplía el minuto 90 y Chema gritó desde la zona técnica que había que mandar la pelota de una vez hasta el área rival. El gordo Pepe levantó la vista y despejó buscando al negro Méndez, que se había desmarcado bien a unos 30 metros de la portería contraria. El negro controló el balón y enfiló hacia el área grande, cuando un defensa rojo que volvía se lo llevó puesto en una jugada bastante malintencionada. 

Al escuchar el pito arbitral, recordé a mi padre en sus tiempos de jugador, pidiendo la pelota cada vez que había que cobrar un tiro libre directo. Mi papá sabía patear el balón con una potencia intimidante o con un efecto impecable, según el caso. Tal fue la cantidad y calidad de goles que marcó de ambas maneras, que en mis sueños infantiles yo no aspiraba a pegarle a la pelota como Zico, Platini, Maradona o el Mágico González, sino como mi viejo. Y mi viejo trató de enseñarme. En innumerables lecciones y prácticas en las canchas de El Cafetalón en mi natal Santa Tecla, me mostró la técnica, el impulso, la inclinación del cuerpo, el punto exacto donde se debe golpear el balón y el momento justo para sacar el pie después de haberlo dirigido. Yo no lo conseguía casi nunca. Entonces mi padre, a veces con entusiasmo y otras con menos paciencia, me animaba a intentarlo de nuevo. Y cuando en una de tantas los planetas se alineaban y todos los ingredientes antes mencionados se combinaban para dar a luz un tiro perfecto, uno que pasara sobre los obstáculos y bajara a tiempo de meterse en el marco, su sonrisa orgullosa era la mejor recompensa que yo podía recibir.

Ese hombre de origen humilde, todo sacrificio y lucha, siempre animoso y lleno de fe, me ha enseñado las cosas más importantes y valiosas. Dicen que el juego es un ensayo de la vida, y mi padre ha abrazado su familia, su trabajo, sus credos y sus metas, con la misma pasión e intensidad con que siempre se entregó en la cancha. 

Volví de mi arrobamiento y sin pronunciar palabra fui por la pelota y la puse en el punto de la falta, a unos 25 metros del marco. "¡Vamos chele, pegale vos!", gritó el gordo Pepe. Todavía dolorido por el golpe recibido, el negro Méndez, eterno encargado de cobrar las faltas, asintió con un gesto.

Acomodé la pelota y antes de incorporarme volví a apretar la venda en mi rodilla. Ya erguido observé a los jugadores en la barrera y la posición del portero. Retrocedí dos pasos y respiré hondo para aplomarme. "Dale", pensé, "así como te enseñó el viejo". Recuerdo que di esos dos pasos y le entré a la pelota con un sentido del tiempo que nunca volví a experimentar. Vi al extremo izquierdo de la barrera saltar sin alcanzarla y al portero quedarse parado, observando incrédulo cómo la pelota bajaba hasta entrar en el ángulo. "¡Gol, gol! ¡Golazo!", escuché detrás mío mientras me caía en la espalda el equipo entero hecho un racimo. A lo lejos oí como el árbitro daba el pitazo final. Habíamos ganado en la última jugada del partido.

No sé cuanto tiempo pasó antes de que se removieran todas las capas del cerro humano que me ahogaba. Cuando finalmente pude pararme, dirigí la mirada a la grada donde celebraban jubilosas las familias de nuestro equipo. Ahí estaban los hermanos, las esposas, los hijos, los amigos y... ¿el jefe de mi viejo? Entonces me encontré con la mirada orgullosa y emocionada de mi padre. Había vuelto temprano del aeropuerto y le había comentado del partido a su jefe, quien le dijo que pasaran por la cancha para ver tan siquiera los últimos minutos. Mi padre había llegado justo a tiempo de atestiguar cómo, aplicando sus enseñanzas y siendo un poquito como él, yo había alcanzado la que sería la mayor hazaña deportiva de mi vida.

Recogí la venda que me habían destartalado en la buruca y comencé a trotar hacia las gradas para encontrarme con mi viejo. En esos metros volví a ser el niño que corre a participarle a su padre su más reciente logro. Al encontrarnos, ninguno de los dos pudo hablar. En momentos así, un abrazo es la mejor palabra. Lo que acababa de ocurrir no era solo un gol de último minuto en un partido de corte dramático, ni tan solo un sufrido pase a semifinales. Era la demostración palpable de que los padres se repiten en sus hijos, que somos cabo y resumen de nuestros padres y abuelos y que hay momentos fugaces que pueden volverse eternos.

Junto a nosotros, el gordo Pepe también apretujaba en un emotivo abrazo a su hijo de 7 años, su admirador número uno. Mi papá y yo nos sonreímos con complicidad al ver la enternecedora escena.

—¿Me regalás la venda? 
¡Por supuesto, quedatela, es del equipo!

Y sí, mi viejo querido, vos y yo siempre estaremos en el mismo equipo.

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Con la publicación de este relato cumplo la tarea de escribir un post sobre mi padre, una asignación de Miguel Ángel Meléndez, en el marco de la lectura del libro que él propuso para el Club de la Buena Estrella: El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince. Gracias Mike, por propiciar la oportunidad de revivir y plasmar este recuerdo entrañable.


sábado, 17 de diciembre de 2016

Sobre mi papá




Los mundiales de fútbol empezaron en 1930, en Uruguay, el primer país en organizar uno y además el primero en ganar la Jules Rimet como se llamaba la copa original, la de oro, la que ganó Pelé tres veces convirtiendo a Brasil en 1970 en el primer país en tener tres copas del mundo, sobrepasando a Italia, país con el que hasta ese momento estaba empatado en mundiales ganados; esa tercera copa la ganó en México, que en 1986 se convirtió en el primer país en organizar dos veces el Mundial. Todo eso y más sobre los mundiales de fútbol lo sabia yo a los 8 años ¿raro en una niña?, para otras tal vez, pero no cuando tu papá ama de manera desenfrenada el fútbol, y quizá por eso elegí iniciar la tarea que Mike nos encomendó de este modo, recordando una de sus más grandes pasiones, porque de todos los temas en la vida se que ese era su favorito.

Mi papá se llamaba José Napoleón Miranda Arévalo, si viviera tendría 75 años, pero murió hace exactamente 21, un 17 de diciembre, cuando él tenía 54 y yo 17.

Le tenía miedo a leer "El olvido que seremos", porque es un libro dedicado a un padre que está muerto y lo leeríamos en diciembre, esa mezcla pintaba muy explosiva para mí, y en cierto grado lo ha sido, en la primera parte donde Héctor Abad Faciolince describe a su padre desde la mirada de un niño encontré muchas cosas en común: mi papá era alcahueta (aunque no tanto como el Dr. Abad por que mi papá tenía su genio), amaba a sus hijos (más que al fútbol) y, al igual que al autor, mi papá me sacó del kínder simplemente porque yo no quería ir; pero hay dos cosas que por alguna razón son mis principales recuerdos: el primero es el terremoto del 86, no se si porque estaba pequeña o porque me sorprendió en la calle, pero nunca he vuelto a sentir algo tan fuerte, iba del colegio a mi casa y de repente todo se empezó a mover con violencia, vi los árboles sacudirse de tal manera que parecía que eran de hule y las copas casi tocaban las aceras, todo terminó muy rápido, pero el susto solo fue momentáneo, de repente caí en la cuenta que estaba con mi papá, él me fue a traer puntualmente a la salida del colegio (como lo hizo toda su vida), por eso a la hora del terremoto estaba junto a él y eso me dio tranquilidad, como dice en el libro "yo sentía que a mí nada me podría pasar si estaba con mi papá". El segundo es cuando me llevaba al "Mundo feliz", la que me cuidaba y siempre iba conmigo a todos lados era mi mamá, pero por alguna razón a este lugar no iba, éramos mi papá y yo solos en los juegos y por eso hasta la fecha pasar por ahí hace que siempre lo recuerde; el año pasado no pude evitar sentirme mal (llorar pues, las cosas como son) cuando supe que lo cerrarían y cuando vi que lo estaban remodelando para poner un MD (se atreverían a vender zapatos feos en el lugar donde mi papá y yo jugábamos), creo que sentí la misma indignación que sintió don Héctor Abad cuando las capillas de la Universidad eran convertidas en laboratorios. 

Cuando Mike en la primera reunión nos dijo que hiciéramos un post sobre el padre, la idea me encantó, pensé que la tendría fácil pero no ha sido así, al tratar de escribirlo me di cuenta que 17 años apenas alcanzan para unas pocas líneas, y creo entender cuando el autor dice que su libro es una carta para una sombra, en mi caso, siempre me he sentido estafada porque al igual que el escritor yo también "creo que tuve demasiado padre", pero fue por poco tiempo, tan poco que no me alcanzó para tener mayores conflictos con él, y no me gustaría que este post de la impresión de una hija que no ve en su padre ningún defecto porque no es así, como dije antes mi papá tenía bastante mal genio, pasaba muy poco en la casa y deben haber muchas cosas buenas y malas que no conocí, por eso tuve que rellenar esta entrada con datos de los mundiales y muchas frases del libro, porque los recuerdos se me quedan cortos, tanto que cada vez voy encontrando más partes del libro que ya no puedo entender, cuando fui a la Universidad, tuve mi primer trabajo y un montón de cosas más, él ya no estaba y no puedo sentir la misma empatía. Con quién tengo una larga historia realmente es con mi mamá pero esa es otra historia.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Comentario personal a propósito de mi papá



Mi papá se llama Ángel Hernán Pineda Gil. Tiene casi 74 años (en este mes los cumplirá) y como toda hija enamorada de su padre, estoy segura de que es el mejor papá del mundo. Soy la menor de 4 hijas de su primer matrimonio, así que durante casi 18 años reiné como la “tiernita” o la hija más mimada, precisamente por ser la última.

¿Por qué estoy compartiendo estos detalles de mi vida? Bueno, porque Miguel Ángel Meléndez, quien ha recomendado el libro de este mes, “El olvido que seremos” de Héctor Abad Faciolince, nos ha pedido que escribamos una entrada dedicada a nuestro papá. En la reunión pasada, distinto de lo que hacemos siempre en la primera reunión dedicada al libro del mes, que es leer la biografía del autor, Mike hizo el ejercicio de que cada uno contara cuál ha sido la situación más incómoda o la más triste que nos ha tocado vivir con nuestro papá.

Así, cada uno fue comentando una historia embarazosa o triste con su padre hasta el punto de que a algunos se les escaparon unas lágrimas. Fue un ejercicio atípico pero muy emotivo y bonito. Y es que este libro es un homenaje a un papá excepcional y, por tanto, una reivindicación a la paternidad,  que dicho sea de paso, en la mayoría de libros, esta suele quedar mal parada, ya que a los padres los describen como los malos de la película, los que están ausentes, los serios, los abusivos o incluso los hoscos y violentos. Hemos leído muchas historias de madres y, en ocasiones, me ha quedado la sensación de que la maternidad está sobrevalorada. Hay muchos padres geniales, lindos, enamorados de sus hijos. Así que es bueno que la literatura también los ponga en relieve.

Mike también nos preguntó sí somos hijos de mamá o hijos de papá. En el sentido de si somos más apegados a la una o al otro. Yo no tuve la menor vacilación en responderle que soy hija de papá. Me identifico muchísimo con la frase del libro que dice “mi papá es para mí, lo que para mis amigos es su mamá”.  Y es que desde que yo recuerdo, siempre he sido más apegada a él, desde las cosas más pequeñas como caminar a su lado agarrada de su mano, hasta ir a él por cualquier circunstancia donde necesito ser escuchada, abrazada  o solicitar un apoyo más específico. Mi papi siempre ha estado ahí para lo que sea. Igual como le ocurrió a Héctor con su padre, el mío me acepta completa. Con mis errores, con mis defectos, con mi particular forma de ser y con mis mejores lados. Nunca me critica, ni me juzga y deja que tome mis propias decisiones aunque él no esté de acuerdo. 

Siempre nos ha dicho que a los hijos “hay que irles dando pita”, así que dependiendo de la edad que hemos tenido, así ha sido el trato y también las permisividades. Hoy por hoy, en mis cuarenta, somos amigos, nos contamos la vida sin tapujos, nos decimos chistes subidos de tono, a veces nos emborrachamos, y hasta hacemos chiste de las equivocaciones de uno y de otro. Uno siempre se está riendo si está cerca de mi papá, porque él siempre está de buen humor y hace que todo parezca divertido. Es un gran papá, un hombre maravilloso y un excelente compañero. A él le debo mi afición por la lectura, porque tiene la gran cualidad de contar las historias que lee con una pasión tal, que a uno le quedan unas ganas enormes por leer lo mismo. 

No me alcanzaría este post ni otro medio para contar cada una de las situaciones que han hecho que tengamos una relación tan bonita como la que tenemos. Pero pienso que como toda relación de familia, se ha ido fortaleciendo no solo porque él se ha esforzado permanentemente por proveernos un clima familiar relajado y cordial, sino también en la medida en que hemos tenido que afrontar circunstancias difíciles, penosas y algunas de ellas muy tristes; que nos han dejado en evidencia que en cualquier circunstancia contamos uno con el otro y que siempre vamos a ser incondicionales.

Alguien dijo en la reunión que la descripción del papá de Héctor le había parecido exagerada y demasiado llena de halagos y zalamerías. A mí no me lo pareció en lo absoluto. Porque cada historia que él cuenta en el libro, yo la comparo con alguna situación con mi papá sino igual, muy parecida o semejante. 

Así que le doy las gracias a Dios por haberme dado un padre tan bueno, a mi papá por haber decidido dedicarse a sus hijos de la manera que lo ha hecho hasta hoy, a Mike por permitirme compartirles estos sentimientos y a ustedes por leer todo esto.

Abrazos amigos.