sábado, 29 de febrero de 2020

Narraciones CBE: El baile


La noche avanza incontenible mientras las olas del mar se estrellan una tras otra contra los cimientos rocosos del restaurante frente a la playa, salpicando de un fresco y salado rocío a los comensales que disfrutan de sus viandas y bebidas cerca de la orilla. 

El ambiente se va prendiendo a medida que la orquesta entra en calor y la música tropical comienza a seducir a los presentes. Por acá un rítmico zapateo desde la silla, por allá un movimiento de muñecas que sacuden un imaginario par de maracas, más lejos un contagioso manoteo que convierte la mesa en una conga. Los pequeños conatos comienzan a propagarse y a crecer en intensidad y frecuencia, hasta que el jocundo y danzante espíritu de África pone a todos de pie. Se hace dueño de los cuerpos, invade los oídos, entra por los poros, toma posesión de la sangre en las venas, recorre los cuellos, los hombros, las espaldas y las caderas, electriza las extremidades y sube a las cabezas, brotando en miradas cómplices y sonrisas con todos los dientes, dando a luz alegrías, borrando penas, negando yugos y liberando las almas en cada movimiento.

—¡Venite, vamos a bailar! —me dice Karla con entusiasmo, mientras mi primo Fercho, que también me invita con un gesto, la lleva de la mano rumbo a la pista de baile. Claudia y el 'Kentucky' ya se levantan de la mesa con el mismo propósito. Quizá en otras ocasiones no me hubiese importado bailar como parte de un grupo, sin una pareja fija, pero no es el caso de esta noche. 
—¡Vayan ustedes! —les digo sonriendo—. A lo mejor voy después… quiero terminar mi cerveza.

El baile entra en apogeo dejando las mesas despobladas, como la playa que va quedando al descubierto cuando el océano se repliega durante la marea vaciante. Entonces noto que frente a mí, a un par de mesas de por medio, hay un anciano que me sonríe con insistencia. Se ha quedado solo en el asiento de la cabecera, luego de que el pequeño batallón de hijos y nietos que le acompaña se ha levantado en pleno a bailar. Junto a él, una andadera de aluminio da una clara evidencia de su edad y condición. 

Me vuelvo con disimulo y compruebo que no hay nadie detrás de mí. Es definitivo, se está sonriendo conmigo. El viejito es agradable y simpático. Debe tener más de ochenta años. Su aspecto endeble deja entrever una salud deteriorada pero su ánimo y actitud lucen intactos. Le devuelvo la sonrisa y él gesticula con emoción, como celebrando que su intento de ligue va viento en popa. Decide que va por más. Se inclina un poco hacia adelante, me mira fijo, aún sonriente, y entonces ladea la cabeza hacia la derecha, en dirección a la pista, dos veces por si no me ha quedado claro. Yo no salgo de mi asombro. Es en serio, ¡el viejito quiere bailar conmigo!

Todavía sobrepasada por la curiosa y divertida situación, le digo que sí con un gesto. Él está exultante. Hace un primer intento de pararse y fracasa, pero no ceja y vuelve a intentarlo. Yo me levanto, me acomodo el vestido y camino hacia él. Cuando llego a la cabecera de la mesa, el anciano ya se ha incorporado hacia su derecha, jubiloso, alisando las alforzas de su blanca guayabera y viendo hacia la multitud que baila. Atrás, a la izquierda de su asiento, queda relegada la andadera, como una novia plantada ante la opción de una mejor compañía.

Me pongo a su lado y le ofrezco mi brazo como apoyo. Él me mira emocionado, da unos primeros pasos vacilantes y enfilamos juntos hacia la pista. Arrastra los pies pero su corazón está flotando. Las parejas estupefactas nos abren paso entre aplausos y vítores, hasta que llegamos a un espacio propicio donde nos acomodamos. Los familiares del patriarca observan boquiabiertos y expectantes. Él me ofrece su mano izquierda y coloca su mano derecha en mi espalda. A pesar de estar un tanto encorvado es prácticamente de mi estatura, de modo que puedo apoyarme ligeramente en su hombro. Ahora, con un suave vaivén, empieza a marcar el ritmo sin alzar los pies, pero con un gran sentido del tiempo. Por encima del hombro de mi vetusto bailarín veo a mis amigos gozando con la escena y a mi primo mirándome de soslayo, con una sonrisa burlona y ambos pulgares arriba. El viejito sigue sumergido en lo suyo ¿o en lo nuestro? 

De repente, siento su mano huesuda apretujando mi cintura, como quien palpa y presiona una fruta para establecer su grado de madurez. El siguiente apretujón ya es un par de centímetros más abajo.

—¡Hey, que pasó!, ¡sin tocar!—le digo en tono de amonestación. 

El anciano aparta sus brazos de mí y alza las manos como aduciendo inocencia, acaso indefensión, como si él fuera la víctima de un asalto a mano armada. En el fondo me resulta molesto comprobar que hay cosas que no cambian con la edad.

—¡Sin tocar!—exclama todavía con las manos arriba, con el gesto malicioso de un pillo adolescente recién descubierto.

Lo sentencio con el dedo índice, pero no puedo evitar sonreír. Presto, el anciano se instala de nuevo en posición de baile y reinicia sus lentos bamboleos y cadencias.

—Perdone mi atrevimiento señorita, no ha sido mi intención ofenderla. ¡Qué no diera yo por volver a mis años mozos y tener una novia como usted! No tuve la fortuna de guardar un recuerdo como este.

Quizá esté mintiendo, pero sus ojos cansados revelan con brutal honestidad que no han olvidado el fulgor de la vida. Me conmueve descubrir que todavía en su ocaso la llama sigue siendo fuego, y que la vida es apenas eso: una endeble llama que bailará con el viento hasta apagarse.

—Podemos ser novios... lo que dure esta canción, ¿guardará ese recuerdo?
—¡Hasta el último momento!

Mi nuevo y viejísimo novio cobra renovados bríos y se dedica a gastar las mejores piruetas de su repertorio. Quiere que tengamos un noviazgo memorable. Lo ha logrado.

domingo, 23 de febrero de 2020

Narraciones CBE: La casa de la bruja


Con los ojos enrojecidos y llorosos a causa del humo que emana de la leña bajo el comal, el pequeño Beto espera enfurruñado a que la ña Herminia le despache las tortillas para la cena. Ir a la tortillería es una tarea que de verdad odia. Haría de buena gana cualquier otra cosa, preferiría llevar en el lomo una cantarada de agua, cargar las bolsas de víveres, pagar algún recibo o poner un telegrama... lo que fuera antes que ir por las benditas tortillas. El colmo de cumplir con aquella aburrida misión es que mientras espera, Beto debe elegir entre dos suplicios que le resultan igual de insoportables: mirar la telenovela en el minúsculo aparato blanco y negro colocado para entretener a la clientela, o escuchar los chismes que intercambian animadamente algunas mujeres del barrio.

—¡Dios santo, qué lleno está esto! —exclama al entrar una simpática señora de unos setenta años recién llegada al vecindario. Tiene la expresión amable y vivaz, se ha maquillado discretamente los ojos, la boca y las chapitas, y luce muy bien arreglado su pelo platinado y ensortijado. De estatura pequeña y porte respingado, tiene ese inequívoco aire distinguido de las familias adineradas venidas a menos. —¡Perdón que ni siquiera saludo!, ¡buenas tardes! Soy nueva en el barrio, mi nombre es Julia Manzanares, pueden llamarme Julita. Nos hemos mudado hoy a la casa que compramos a los hijos de doña Hortensia, que en paz descanse. Es la que está en la próxima esquina, a la par del vivero.

Las mujeres corresponden el saludo y le dan la bienvenida. Beto la mira con curiosidad y suspicacia. Siempre le ha dado miedo la vieja residencia de estilo colonial a la que todos llaman “la casa de la bruja”. Y doña Hortensia Benítez, “la bruja”, ya ni se diga. La misteriosa viuda se cubría la cabeza con un velo que apenas dejaba ver su rostro pálido y adusto, mientras su figura ganchuda desfilaba como un espectro silencioso cada mañana desde su casa hasta la iglesia. Siempre iba vestida de conjuntos negros y largos, alimentando con su oscura imagen cualquier cantidad de relatos de terror y leyendas urbanas que circulaban entre los chicos del barrio Belén y aledaños. Había muerto apenas un mes antes en la tétrica residencia. La parca la había encontrado en la más completa soledad, lejos de los dos hijos que por razones desconocidas se habían marchado de la casa varios años atrás.

La leña bajo el comal no está lo suficientemente seca y la humazón se vuelve insoportable. Doña Julita observa al pequeño Beto y se dirige a él con ese mismo tono amable y educado que ya ha comenzado a granjearle simpatías entre sus nuevas vecinas. —¿Te quieres ganar unas monedas? ¿Puedes esperar mis tortillas y llevármelas a casa?

Beto no está muy a gusto con la idea de ir a ese lugar horrible, pero ante la presión de las mujeres y la tentación de las monedas, no tarda mucho en aceptar. Julita Manzanares le da las gracias, se despide y sale del lugar. Camina la cuadra y media que la separa de su nueva casa, mientras sus sentidos se van adaptando a los ruidos, olores y colores del barrio, y ella misma hace un esfuerzo consciente por asimilar su nueva realidad. No tardan en acudir a su memoria los acontecimientos que fueron configurando su destino y el de su familia. Cuarenta años atrás, el doloroso deceso de su padre Valentín y la prolongada enfermedad de Rosalía, su madre, la habían obligado a vender una a una la mayor parte de sus propiedades.

Fue tal la gravedad de Rosalía que la previsora mujer comenzó a prepararse para lo peor, resolviendo todos sus asuntos pendientes y organizando con antelación su propio funeral. Julita vio con gran consternación como su madre elegía el color del fino ataúd que un maestro carpintero construyó especialmente para ella y escuchó con atención sus detalladas indicaciones de cómo quería que fueran la ceremonia y la sepultura. Finalmente, Rosalía pidió la visita del sacerdote para la que pensaba sería su última confesión y, una vez indultada, se dedicó a escuchar valses y a esperar la llegada de la muerte. 

Julita interrumpe sus recuerdos y cavilaciones al llegar a la verja de su casa. Luego se detiene en medio del sendero del jardín del frente, mira con detenimiento en trescientos sesenta grados y piensa en cuántas cosas deberá hacer en la propiedad para mejorar su aspecto abandonado y lúgubre. Da un profundo suspiro de resignación y entra en la casa, dejando abierta la puerta principal para cuando llegue el muchachito. 

—Vaya hijo, estas son tus tortillas y estas son las de la niña Julita—, dice por fin la ña Herminia.

Beto corre a toda prisa hacia la aterradora morada. El crepúsculo está llegando a su fin y le da escalofríos la sola idea de tener que entrar en la casa con la oscuridad de la noche ya establecida. Abre la verja, cruza los jardines exteriores y pasa por la puerta principal, que encuentra entreabierta. El salón está muy oscuro, apenas alumbrado por una luz lejana que viene de una de las últimas habitaciones del fondo. Los ojos del horrorizado Beto aún no se adaptan del todo a la penumbra. Las formas incomprensibles de las cosas a la sombra se convierten en figuras espeluznantes ante su mirada despavorida. Sobrecogido de temor, da unos pasos vacilantes y comienza a avanzar con lentitud, mientras grita con voz temblorosa.

—¡Las tortillaaas!, ¡se..señoraaa!, ¡ña Julitaaa!, ¡aquí le traigo sus torti…!

Beto calla abruptamente al chocar con un cajón grande y pesado que no alcanza a distinguir. Abrazado al mueble, comienza a rodearlo, a tratar de descifrarlo auxiliándose del tacto, mientras sus ojos ya comienzan a discernir lo que ven. La forma del ataúd ahora resulta completamente clara y definida a la vista del pequeño, que se ha quedado mudo y paralizado, a punto del desmayo.

A lo lejos se escucha un vals y la centenaria voz de Rosalía, que llega débil y meliflua desde la habitación iluminada al final de la casa.

—¡Aquí papaíto, entre hasta el fondo! ¡No se vaya a asustar con mi ataúd! ¡Julita, hija, vaya a recibir al niño por favor!
—¡Sí mamá, voy ahora mismo!

domingo, 16 de febrero de 2020

Narraciones CBE: Jubileo



La madrugada avanza con desesperante lentitud mientras Félix mira al techo eligiendo las palabras. Ya ni siquiera lucha por dormirse. Tampoco se enoja a causa del insomnio como solía hacerlo antes. Sin posibilidad alguna de escaparse en el sueño, ahora debe enfrentar cada noche a sus demonios, los recuerdos y los remordimientos, y entregarse resignado a largas meditaciones y profundas reflexiones.

Ha pasado un mes desde el funeral de Lily. A partir de ese día ha visto a Guayo pasar frente a su ventana cada mañana. Más flaco y encorvado le parece, como si el peso incalculable de la pérdida le doblara la espalda sin la más mínima misericordia. Se conduele al verlo y de nuevo le invade un terrible sentimiento de culpa y vergüenza. No habla con Guayo desde hace cincuenta años. Ni siquiera en el cementerio pudo decirle nada. Se quedó paralizado y mudo frente a él, como pidiéndole permiso con la mirada para estar ahí, para acercarse, hasta que Guayo abrió los brazos para recibirlo. Tenía tanto por decir y no pudo pronunciar palabra mientras lo abrazaba con fuerza entre lágrimas y sollozos.

Una tímida claridad asoma finalmente por su ventana y Félix se levanta. Hace la cama, se asea y se viste en el mismo orden y con la misma disciplina de toda la vida. Corre las cortinas, quita el pasador y abre las persianas, dejando entrar de golpe el frío aire de diciembre y el contagioso olor a pan recién horneado que viene de la panadería de la esquina. Félix se pone el suéter, la boina y la bufanda y sale a la calle decidido.

Es más o menos la misma hora cuando, dos calles más abajo, Guayo se incorpora con cierta dificultad. Se queda sentado en el borde de la cama y sentencia su rodilla con un severo y repetitivo gesto con la mano derecha. El frío hace que le duela más de lo habitual. De seguro le tomará tiempo acomodarla hasta que entre en calor. —El muy burro —se dice—... a estas alturas de la vida ya debería haber entendido que es mejor dormir con pijama. Como si la Lily no me lo hubiera repetido por tantos años. Arregla su cama, se viste y comienza a caminar despacio para calentar la rodilla, mientras sacude con un trapo los adornos favoritos de Lily: unas Matrioskas, un joyerito de madera y un gato grande de cerámica. Luego limpia con especial cariño el cristal del retrato de sus bodas de plata. Las de oro no pudieron celebrarlas porque Lily ya estaba muy enferma. Recuerda que aquella mañana le llevó a la cama una tacita del arroz en leche que tanto le encantaba, se sentó a su lado, le besó las manos, se puso las gafas y le leyó unos versos de 'Altazor'. Ella lo premió con una mirada de gratitud y ternura, con el mismo brillo del amor de juventud. 

Guayo regresa de la remembranza con los ojos vidriosos y una sonrisa boba en el rostro. —¿Quién vendrá a joderme el duelo tan temprano? —piensa al oír los golpes en su portón. Coloca el retrato de nuevo en su sitio, acomoda la rodilla y camina hasta el recibo. Apenas gira la portezuela con desconfianza pero abre bien los ojos con estupefacción, al descubrir frente a él al hombrecillo delgado, canoso, de gruesos lentes, bien abrigado y con una boina francesa, que sostiene con cierto nerviosismo una bolsa en una mano y un humeante vaso en la otra.

—Guayo, buenos días... perdoná que venga tan temprano... siempre veo que a esta hora pasás por mi casa camino a la panadería, así que me animé a traerte unos croissants y un café. Eso era lo que siempre pedías.

La expresión extrañada de Guayo se hace acompañar de varios segundos de silencio, que a Félix le parecen larguísimos. Superada la sorpresa y el desconcierto iniciales, Guayo se relaja y suspira.

—Funes el memorioso te decíamos... mirá que acordarte de mis gustos más de medio siglo después. Bue... gracias por traerme el desayuno. Pasá, sentate.

Guayo remueve algunos libros y Félix se acomoda en el primer sillón, discurriendo con la vista por aquella casa donde pasó mucho tiempo en sus años de juventud. Se habían conocido cuando Félix tenía diez años y Guayo catorce. La diferencia de edad no había sido ningún obstáculo para encauzar aquella amistad en la que el pequeño Félix parecía más maduro y prudente, mientras aquel Guayo adolescente venía dando trompicones por la vida después de la temprana separación de sus padres, acostumbrado a vivir por turnos con su madre, sus abuelos o sus tíos, expuesto a abandonos y maltratos, sin una casa fija ni una familia estable durante la mayor parte de su infancia.

Tenían incluso un cierto parecido físico que hacía que muchos pensaran que eran hermanos. Y eso fueron durante catorce años: los hermanos más entrañables e incondicionales. Hasta que conocieron a Lily.

—El otro día, en el cementerio... no supe qué decirte.
—No hacía falta. Estuviste y te lo agradezco.
—Llevo tiempo sin dormir, he ensayado mil veces lo que quiero decirte y, llegado el momento, no encuentro las palabras.
—Nunca tuviste ese problema vos. Al contrario, siempre tuviste el don de seleccionar las palabras precisas, las que más dolían. ¿Qué te pasa ahora?
—Perdoname Guayo —dice bajando la cabeza—, no sabés cuánto he lamentado las cosas que te dije.
—¿Que no querías volver a vernos, a ninguno de los dos? Que yo jodía todo lo que tocaba, me dijiste. Que le iba a joder la vida a la Lily y que a vos ya te había jodido la tuya.

Félix no levanta la cabeza. Una, dos, tres lágrimas se precipitan al suelo donde él mismo quisiera hundirse.

—Bueno, ya está Félix, soltá ese costal de ladrillos, yo sé bien que estabas dolido. Todo eso fue hace mucho tiempo...
—Pero mantuve el capricho hermano... no les hablé nunca... ni siquiera durante su enfermedad. He sido una verdadera mierda.

Guayo se acerca y le da unas palmadas en la espalda. Bebe un sorbo de café, hurga en la bolsa de pan y comienza a comer.

—¿Sabés que la Lily ya no me dejaba comer pan de hojaldre?, ¡puros salpores de afrecho me daba! Tan acostumbrado quedé, que eso mismo sigo comprando cada mañana —dice Guayo tratando de esconder la tristeza en la sonrisa—. Dale, comete vos el otro croissant.
—Quiero proponerte algo.
—No has cambiado vos, siempre proponiendo algo. Ahora viene el discurso de convencimiento, me imagino.
—Somos dos viejos viviendo solos en casas que ya nos quedan demasiado grandes. Este espacio es mucho más de lo que podés cuidar y mantener, y a mi me pasa lo mismo. ¿Y si vivimos juntos?, ¿por qué no te mudás conmigo?
—¡Epa, esta no me la esperaba!
—Contra todo pronóstico, Clara y Lily se fueron antes que nosotros. Yo enviudé hace diez años, mirá que sé muy bien lo que se sufre viviendo el duelo en soledad. Te quiero ayudar a pasar de ese infierno, dejame ayudarte viejo.
—Van a decir que somos una pareja gay, ¿te das cuenta?
—Sos incorregible, ¿no se puede hablar en serio con vos?
—Van a pensar que somos dos viejitos que esperaron a que sus mujeres se murieran para salir del clóset.
—¿Y qué si piensan eso?, ¡yo sé muy bien que no soy maricón! Y creo que vos tampoco, ¿o me equivoco?
—Se dice gay, viejito, acomodate a los tiempos, respetá.

Guayo termina de desayunar mientras Félix lo observa en silencio, esperando una respuesta.

—¿Pero en serio estás esperando que te responda ya? No sé viejo, no sé... no es tan simple. ¿Qué esperás que haga con todas estas cosas?, ¿que las tire?, ¿o me vas a dar espacio para acomodarlas en tu casa?, ¿vos que sos el orden y la meticulosidad en persona? ¿Sabés que la Lily me hacía broma diciendo que de haberse casado con vos se habría librado de mis tiraderos y desórdenes?
—Vos la hacías reir. Fue feliz con vos, yo me equivoqué.
—Le gustaban muchas cosas tuyas... pero no se puede tener todo en la vida. Le encantaba escucharte hablar de música, de cine, de política, de historia. Tenía un miedo espantoso de que vos te aburrieras de ella, de no estar a la altura de tus expectativas. Más de una vez se sintió fuera de lugar, cuando a vos y a la Clara les daba por filosofar y hablar astralidades.
—Y tampoco fui capaz de hacer feliz a Clara. Todo por ese afán estúpido de mencionar a Lily a cada momento. Clara fue todo para mí, y yo no supe hacérselo sentir. Mirá la vuelta que dan las cosas, que al final fui yo el que jodí todo lo que toqué.
—¿Y por eso querés que me mude con vos?, ¿te querés redimir?, ¡pará con eso Félix, no hace falta, no te mortifiqués más!
—Tu pérdida también me ha golpeado a mí, fuerte. Tu dolor también es mío, ¿no podés entenderlo?
—Si, creo que te entiendo. Te conozco desde que tenías diez años. Sé de la complejidad de tus pensamientos y de la intensidad de tus sentimientos, aunque yo mismo no llego hasta ahí. Siempre te admiré por muchas razones, pero también es cierto que siempre me asustó tu tendencia a complicar las cosas más simples, las de la cabeza y las del corazón. ¡Sos capaz de hacer de una línea recta un laberinto! Mi dolor es plano y me duele como un infarto. No puedo ni siquiera imaginarme tus dolores tridimensionales.
—Vos la perdiste hace un mes, yo la perdí hace cincuenta años. Son dos versiones del mismo dolor.
—No Félix, vos no la perdiste porque no la tuviste nunca. Te aferraste a una ilusión. Pero yo sé bien que ya habías planeado la vida entera con la Lily de forma calculada, milimétrica. Y tus castillos en el aire eran tan claros y concretos que vos viste y sentiste el derrumbe como una realidad inobjetable. Vos te ves las cicatrices de heridas que nunca fueron.
—Te equivocás Guayo, yo sí perdí a Lily porque ella quería estar conmigo y fui yo mismo quien la alejó, por mis temas, mis defectos y mis errores. En el mismo acto te perdí a vos, que eras mi amigo y hermano. Y como consecuencia me perdí yo, que nunca más encontré el rumbo ni el sentido. Ni siquiera supe valorar que tenía a Clara, hasta que también la perdí.
—¿Ves como siempre hacés de todo un laberinto sin salida? ¡La Lily no era para vos hermano! Le impresionaba tu complejidad pero se sentía más cómoda con mi simpleza. Yo charranganeaba la guitarra mientras vos hacías arpegios. Yo era un músico aficionado y vos eras Bob Dylan. ¡Clara era para vos! Ella que ponía coros angelicales a las canciones que vos componías. Era así de simple, pero vos no ves las cosas simples. En lo que a mi respecta, nunca me perdiste, aquí estoy. Vos tampoco estás perdido, estás aquí. Y podemos seguir siendo amigos y hermanos el tiempo que nos queda. Pero de ahí a mudarme con vos hay un océano.
—¿Creés que de verdad podemos volver a ser como hermanos?
—¡Seguro que sí, animal, hasta con las trompadas incluidas! Dale, comete el otro hojaldre como ofrenda de paz, es la segunda y última vez que te lo cedo. A la Lily le habría encantado que vinieras a comer con nosotros, ¡te habría atiborrado de salpores de afrecho mientras te enseñaba fotos viejas!
—¿Tenés fotos viejas... de nosotros?
—¡Seguro!, ¡álbumes tengo! La Lily no era de colecciones digitales y yo tampoco. ¿Querés verlos?

Félix asiente con un gesto y una tímida sonrisa. De nuevo, igual que hace un mes en el cementerio, la voz no le sale...

sábado, 8 de febrero de 2020

Narraciones CBE: El rezo


El viejo Vitelio calcula que el equilibrio y las fuerzas no le bastarán para caminar hasta su casa. Dobla a la derecha en la siguiente esquina, entra a trompicones en la propiedad de Margoth, su sobrina, y se zambute como puede en la primera hamaca que encuentra en el corredor exterior. Ha estado bebiendo desde la noche anterior en la cantina del barrio central, que en estos días de feria cierra hasta la madrugada. 

Aquejada por la fiebre y los severos malestares causados por un virus de estación, Margoth apenas escucha a los chuchos ladrando y los sonoros tropezones en la entrada. Luego de reconocer las ocasionales bullas etílicas del tío Vitelio, se queda tranquila y cae de nuevo en un profundo sueño que se prolonga por varias horas.

El sol ya está muy alto cuando Margoth comienza a escuchar un incesante barullo en el corredor.

—Sálvanos Señor… te rogamos Señor… te rogamos Señor… ¡Margoth, hija!, ¿y quién se ha muerto que no ha parado esa rezadera desde la madrugada? —grita el tío Vitelio desde afuera. 

Margoth se levanta asustada, quita la tranca, abre la puerta y sale al corredor. Acostado en la hamaca, sudando la resaca, el tío Vitelio responde en cada frase con suma devoción. Margoth sonríe, ahora que el rumor que viene de la amplia galera del parque central le resulta suficientemente claro.

—Medio cuerpo de sirena, medio cuerpo de mujer. ¡La sirena!
—Te rogamos Señor.
—La botella del tequila, la botella del mezcal. ¡La botella!
—Te rogamos Señor.
—La estrella polar del norte, que no deja de brillar. ¡La estrella!
—Te rogamos Señor.
—Al borracho, mi compañero, ya se lo van a cargar. ¡El borracho!
—¡Lotería!
—Ah buen… pero que condenados hijos de su...

miércoles, 5 de febrero de 2020

1984 por George Orwell





“Lo más característico de la vida moderna no era su crueldad ni su inseguridad, sino sencillamente su vaciedad, su absoluta falta de contenido.”

― George Orwell, 1984


Por primera vez en sus trece años de existencia, el Club de la Buena Estrella tiene una viñeta exclusiva para la "Ciencia Ficción", género un poco menospreciado y que poco a poco ha ido penetrando en el Club de la Buena Estrella, ya Marlon en su momento nos hizo el favor de explicarlo mejor en la entrada ¿Cuál es la razón de ser de la Ciencia Ficción?, para quienes no lo han leído, se los recomiendo.
Pues viendo que era una viñeta para estrenar en el Club me decidí a proponer un verdadero clásico de este género: 1984, del británico George Orwell quién nos plantea una distopía futurista que, según los conocedores, espanta de lo real que puede ser en nuestros días, por eso lo elegí pensando en que un tema como éste dará lugar a unas discusiones históricas y que no haber leído aún a George Orwell representa una deuda en el Club. 

Espero lo disfruten

SINOPSIS

Londres, 1984: Winston Smith decide rebelarse ante un gobierno totalitario que controla cada uno de los movimientos de sus ciudadanos y castiga incluso a aquellos que delinquen con el pensamiento. Consciente de las terribles consecuencias que puede acarrear la disidencia, Winston se une a la ambigua Hermandad por mediación del líder O’'Brien. Paulatinamente, sin embargo, nuestro protagonista va comprendiendo que ni la Hermandad ni O'’Brien son lo que aparentan, y que la rebelión, al cabo, quizá sea un objetivo inalcanzable. Por su magnífico análisis del poder y de las relaciones y dependencias que crea en los individuos, 1984 es una de las novelas más inquietantes y atractivas de este siglo.

BIOGRAFÍA DEL AUTOR

Eric Arthur Blair (Motihari, Raj Británico, 25 de junio de 19031​2​-Londres, Reino Unido, 21 de enero de 1950), más conocido por el pseudónimo de George Orwell, fue un escritor y periodista británico.

Su obra lleva la marca de las experiencias personales vividas por el autor en tres etapas de su vida: su posición en contra del imperialismo británico que lo llevó al compromiso como representante de las fuerzas del orden colonial en Birmania durante su juventud; a favor del socialismo democrático, después de haber observado y sufrido las condiciones de vida de las clases sociales de los trabajadores de Londres y París; y en contra de los totalitarismos nazi y estalinista tras su participación en la guerra civil española.

Además de cronista, crítico de literatura y novelista, es uno de los ensayistas en lengua inglesa más destacados de las décadas de 1930 y de 1940. Sin embargo, es más conocido por sus dos novelas críticas con el totalitarismo y publicadas después de la Segunda Guerra Mundial, Rebelión en la granja (1945) y 1984 (1949), escrita en sus últimos años de vida y publicada poco antes de su fallecimiento, y en la que crea el concepto de "Gran Hermano", que desde entonces pasó al lenguaje común de la crítica de las técnicas modernas de vigilancia.

En 2008, figuraba en el puesto número dos del listado de los cincuenta escritores británicos de mayor relevancia desde 1945, elaborado por The Times.

El adjetivo «orwelliano» es frecuentemente utilizado en referencia al distópico universo totalitarista imaginado por el escritor británico.

Fue hijo de Richard Walmsley Blair, administrador del ministerio del opio del gobierno colonial de la India, y de Ida Mabel Limouzin, nacida en Birmania, de ascendencia francesa.

A los dos años se trasladó con su madre y con su hermana mayor Marjorie a Inglaterra y no volvió a ver a su padre hasta 1907, cuando este visitó Inglaterra durante tres meses, antes de partir de nuevo hacia la India. Además, Eric tenía una hermana menor llamada Avril.

En 1909 fue enviado a una pequeña escuela parroquial anglicana en Henley, a la cual había asistido su hermana mayor con anterioridad. Nunca escribió sobre sus recuerdos de aquella época, pero debió de impresionar a sus profesores muy favorablemente, pues dos años más tarde fue recomendado al director de una de las escuelas preparatorias de mayor renombre en Inglaterra por aquellos tiempos, St. Cyprian, en Eastbourne, Sussex. El joven Eric asistió a esta escuela gracias a una beca que permitía a sus padres pagar solamente la mitad de las tasas habituales. Sin embargo, Eric no se sentía a gusto en la escuela St. Cyprian, al menos en lo que se refiere a los métodos de enseñanza y a los profesores. Pese a ello, fue ahí donde consiguió sendas becas para la escuela de Wellington y posteriormente la de Eton, en la cual dice, años más tarde, haber sido relativamente feliz, pues se permitía a los estudiantes una considerable independencia. En este establecimiento hizo amistad con varios futuros intelectuales británicos, como Cyril Connolly, editor de la revista Horizon, en la cual se publicaron muchos de los ensayos de Orwell.

Tras culminar sus estudios en Eton, decidió unirse a la Policía Imperial India en Birmania, pues no tenía posibilidades de conseguir una beca universitaria y los medios de su familia no eran suficientes para costear su educación. Tras cinco años como oficial,4​ abandonó el cuerpo de policía y volvió a Inglaterra en 1927 habiendo desarrollado un odio hacia el imperialismo que muestra en su primera novela, Los días de Birmania (Burmese Days), publicada en 1934,5​ y en ensayos como «Un ahorcamiento» («A Hanging», 1931)4​ o «Matar a un elefante» («Shooting an Elephant», 1936).​

Posteriormente vivió un tiempo en la indigencia, haciendo trabajos de todas clases, tal y como recuerda en Sin blanca en París y Londres (Down and Out in Paris and London), su primera obra importante. Consiguió un trabajo como maestro de escuela pero pronto se vio forzado a abandonarlo por problemas de salud y comenzó a trabajar en una tienda de libros de segunda mano en Hampstead, una experiencia que rememora parcialmente en la novela corta Que no muera la aspidistra (Keep the Aspidistra Flying, 1936).

En 1928 se trasladó a París, donde vivía su tía Nellie, con la esperanza de forjar su carrera como hombre de letras. Tras algunos intentos fallidos, Eric se vio obligado a trabajar de lavaplatos en el lujoso Hotel X, tal como hace mención en su primer libro, Sin blanca en París y Londres (1933). A fines de 1929, regresó a la casa de sus padres en Southwold, Suffolk, enfermo y sin dinero, y escribió Los días de Birmania (1934).

Adoptó el seudónimo de George Orwell en 1933. Mientras el autor escribía para el New Adelphi, vivió en Hayes, Middlesex y trabajó como profesor de escuela, adoptó el pseudónimo para no incomodar a sus padres con Sin blanca en París y Londres. Llegó a considerar otros nombres literarios como «Kenneth Miles» o «H. Lewis Allways», antes de decidirse por un nombre que deja traslucir el afecto que siempre había sentido por la tradición y la campiña inglesa: Jorge es el santo patrón de Inglaterra (y Jorge V era el soberano en ese entonces), mientras que el río Orwell, en Suffolk, es uno de los lugares más emblemáticos para muchos ingleses. También pensó que un apellido que empezara con la letra O le daría una mejor posición a sus libros en los estantes de las librerías.

Como escritor, se sirvió de su experiencia como profesor y de la vida en Southwold para la novela La hija del clérigo (1935), escrita en 1934 en casa de sus padres tras la enfermedad que lo abatía y lo obligaba a ganarse la vida impartiendo clases. De 1934 a 1936 trabajó a media jornada en Booklover’s Corner, una librería de segunda mano en Hampstead. Tras llevar una vida solitaria, quiso rodearse de la compañía de jóvenes escritores. Hampstead era un pueblo intelectual que ofrecía establecimientos destinados al desarrollo de actividades culturales de diversa índole. Estas experiencias se trasladaron a la novela Que no muera la aspidistra (1936).

Contrajo matrimonio con Eileen O'Shaughnessy en 1936, y adoptaron un niño, Richard Horatio Blair. Eileen murió en 1945, durante una operación.

En octubre de 1949, poco antes de su muerte, se casó en segundas nupcias con Sonia Brownell. Orwell murió en Londres a la edad de 46 años, de tuberculosis, enfermedad que había contraído durante el periodo que describe en Sin blanca en París y Londres. Pasó los últimos tres años de su vida entre hospitales. Poco antes de morir, pide ser enterrado de acuerdo al rito anglicano. Falleció el 21 de enero de 1950. Sus restos reposan en Sutton Courtenay, Oxfordshire.


FICHA DEL LIBRO


Viñeta:                     Febrero | Ciencia Ficción 
Libro:                       1984
Autor:                      George Orwell
Nacionalidad:          Británico
Año:                        1949
Total de páginas:    184
Editorial:                  DEBOLSILLO
Idioma original:        Ingles
ISBN:                       9788499890944



DIVISIÓN DE LECTURAS


06 de febrero13 de febrero20 de febrero27 de febrero
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Película












domingo, 2 de febrero de 2020

Narraciones CBE: Coronado



El molesto zumbido en su oído derecho va y viene con intermitencia, acompañado de extraños crujidos y crepitaciones. A veces suena como una hoja de papel al estrujarse, en otras se asemeja al chasquido que provoca un objeto al caer en el agua. Por lo general, la sordera no es silencio y casi siempre es ruido. Está harto de eso. Está harto de muchas otras cosas.

Visiblemente indignado, Coronado cierra el periódico, se yergue, alza la barbilla con severidad y dirige una mirada fija al recuerdo, sin parpadeos. Expresión seria, postura firme, vista al frente. Lo bien aprendido no se olvida nunca.

—En mis tiempos no se toleraban estas mierdas —, ​dice a propósito de las malas noticias en los periódicos de 2014.

La figura esbelta y el porte marcial esconden bien sus noventa años. No se encorva jamás. Camina derechito y sin rechistar por la empinada cuesta de la calle Ceiba. Mira perfectamente sin anteojos, viaja en bus sin desubicarse nunca, sigue el fútbol nacional sin perder detalle y conversa sobre cualquier tema con marcado entusiasmo, gran lucidez y buena memoria. Al verlo erguido y enérgico, no cuesta nada imaginarlo en uniforme de faena, haciendo guardia en el cuartel del Primer Regimiento de Infantería, setenta años atrás. Su mirada ausente ya ha cedido el espacio para que en sus ojos se recree con claridad el año 1944.

El joven soldado se forma junto al resto del regimiento derrotado. Aún está aturdido y sordo a causa del estallido de un obús que impactó a pocos metros de su posición la noche anterior. Han pasado dos días desde el inicio de la fallida insurrección contra la dictadura del General y los oficiales en rebeldía finalmente se han rendido.

Desde el día anterior se rumora que el enemigo envenenó las tuberías que llevan el agua hasta el cuartel y Coronado no ha bebido el vital líquido. Tiene mucha sed y el intenso calor de abril solo empeora las cosas.

El Lincoln verde matrícula 01 ha llegado escoltado hasta el cuartel hace poco menos de una hora y el General ha ingresado a las instalaciones. Ahora el regimiento se dispone a escuchar con atención el mensaje del dictador.

—Yo lo vi pasar frente a la formación —​contará Coronado muchos años después—​. Así era mi General —​dirá alzando la mano derecha hasta señalar aproximadamente un metro sesenta y cinco—​, ¡pero así los tenía! —​asegurará cambiando la seña por otra en la que parecerá que sostiene dos rocas, una en cada mano.

​"Este día las Fuerzas Armadas leales al Gobierno han derrotado a los traidores y recuperado el control. En las próximas horas todo volverá a la normalidad. Ustedes no tienen de qué preocuparse. Un soldado está para cumplir las órdenes que recibe de sus superiores, y eso es precisamente lo que ustedes hicieron: cumplir órdenes. Son los que dieron esas órdenes quienes deberán responder por su falta. Todos ellos serán castigados por el grave delito de traición a la patria."

El General dejará el poder solo un mes después, pero Coronado nunca podrá olvidarlo. Las cosas buenas y las malas, lo son en la medida en que se les compara con otras. Y a lo largo de las próximas siete décadas, Coronado verá subir y bajar una veintena de presidentes, un largo rosario de ineptos, incompetentes y corruptos; cinco golpes de Estado, seis Juntas de Gobierno, una guerra civil, cuatro severos terremotos y un sinfín de destructivos huracanes, tormentas tropicales e inundaciones. El sencillo, porfiado y perseverante Coronado tendrá toda una vida para acostumbrarse al zumbido, resistir la sordera y soportar el ruido. 

Para su fortuna, tiene recuerdos que grabó fuerte y claro, palabras que reproduce una y otra vez en la memoria con alta fidelidad y gran definición, como la indeleble voz de su madre que se apagó para siempre en 1995.

—​Coro, ¿te acordás del palo de mangos que hay en la bajada, ya llegando a la casa del finado Loncho, allá por el pozo?
—​¿Ah?
—​¡Qué hombre más sordo!, ¡te estoy preguntando si te acordás del palo de mangos que está en el lindero con el terreno de Loncho, por el pozo!
—​Perdone mamá. Sí, seguro que me acuerdo de ese mango.
—​Me trajeras uno hijo… tengo bastante de no comerme un mango de esos, ¡tan buenos!

El Coronado septuagenario sonríe ante la petición de la anciana. Han pasado más de quince años desde que comenzó la guerra de 1979, cuando tuvieron que huir hacia la capital, dejando atrás el pueblo, la casa y aquel árbol de mangos. Le alegra que este sea uno de esos pocos días en que la viejita lo reconoce y habla con él de manera coherente. Por la tarde irá a comprar frutas al mercado y le dirá a su madre una mentira piadosa.

—​Seguro mamá, yo le voy a traer uno de esos mangos.

Imposibilitado para escuchar el barullo exterior, llevando a cuestas apenas sus propios ruidos, Coronado deambula por el bullicioso mercado en busca del encargo hasta encontrarlo. Hará lo que sea para tratar de complacer a la viejita, la mujer que llevó todas las cargas sin importar cuán pesadas fueran; que le dio todo cuanto pudo y le enseñó el amor por el trabajo honesto desde muy temprana edad. No es nada común haber cumplido setenta años y aún tener a su madre con vida. Coronado toma cada día como una nueva oportunidad para demostrarle su gratitud, aun cuando la mayoría de las veces ella ni siquiera recuerda su nombre. 

La búsqueda es exitosa y Coronado encuentra el mango perfecto. El rey de los frutos tropicales, cuya cáscara recrea, como en un lienzo impresionista, el desenfoque gaussiano de un cielo que se enciende en un intenso rojo, deviene a granate y se difumina sobre campos verdes y amarillos, está justo en el punto intermedio entre sazón y maduro. La anciana recibe el mango con ambas manos, premia a su hijo con una mirada de gratitud y sonríe mientras contempla el hermoso ejemplar. Algunas veces basta un estímulo como ese para que el olvido le dé una tregua a la memoria. 

El Lincoln verde se detiene en el camino de tierra. El hombre en el asiento trasero ha ordenado al conductor que espere hasta que crucen la calle una mujer y su hijo de unos siete años, quienes empujan con dificultad un pesado carretón repleto de mangos sazones.

—​¿En cuánto me da un par de mangos, señora?
—No es nada don, agarre los que le gusten.
—​El General me va a regañar si no le pago.
—​Dígale al General que yo me voy a resentir si no acepta mi regalo.

El conductor sonríe agradecido, escoge dos mangos, vuelve al automóvil y reinicia la marcha. Mientras pasan, el hombre en el asiento trasero cruza una mirada con el niño, le dedica una breve sonrisa, alza la barbilla y se despide haciendo el saludo militar. El muchachito lo mira perplejo.

—​Vámonos Coro, apúrese —​dice la mujer—​. Todavía nos queda mucho camino por andar...