Mostrando entradas con la etiqueta El ángel del espejo y otros relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El ángel del espejo y otros relatos. Mostrar todas las entradas

domingo, 15 de septiembre de 2019

Mi respuesta a los patriotas | Salarrué


Salarrué - Autoretrato


Mi respuesta a los patriotas

Por Salarrué


Mis amigos me han dicho «Tú que eres sereno, tú que ves las cosas con los ojos adormilados, tú que estás siempre en la tierra del ensueño, en ese mundo irreal a donde los golpes de la marea de aquí abajo no llegan, por lo mismo, por eso, tú debes dar tu opinión en estos momentos en que la patria se encuentra en la indecisión. Apunta tu microscopio y dinos que ves y como lo ves, de algo ha de servirnos, hazlo por patriotismo, dígnate pisar con tus plantas la tierra firme, siquiera por una vez... ».Y se han echado a reír. Conozco en su manera, que lo han dicho en parte como burla amistosa, con el cariño que infunden los locos pacíficos, en parte en serio y es por ello que yo me he quedado perplejo y me he sentido luego como incomprendido, tenido como un ser vago e inútil, de un mundo problemático. Y me he indignado en mi dignidad de hombre y he alzado mi grito de protesta como la voz en el desierto escribiendo esta respuesta a los patriotas sin nombre...

Yo no tengo patria, yo no sé qué es patria: ¿A qué llamáis patria, vosotros los hombres entendidos por prácticos? Sé que entendéis por patria un conjunto de leyes, una maquinaria de administración, un parche en un mapa de colores chillones. Vosotros los prácticos llamáis a eso patria. Yo el iluso no tengo patria, no tengo patria pero tengo terruño (de tierra, cosa palpable). No tengo El Salvador (catorce secciones en un trozo de papel satinado); tengo Cuscatlán, una región del mundo y no una nación (cosa vaga). Yo amo a Cuscatlán. Mientras vosotros habláis de la Constitución, yo canto a la tierra y a la raza: La tierra que se esponja y fructifica, la raza de soñadores creadores que sin discutir labran el suelo, modelan la tinaja, tejen el perraje y abren el camino. Raza de artistas como yo, artista quiere decir hacedor, creador, modelador de formas (cosa práctica) y también comprendedor. La mayor parte de vosotros se dedica en su patriotismo a pelearse por si tienen o no derecho, por si es o no constitucional, por si será fulano o zutano, por si conviene un ismo u otro a la prosperidad de la nación. La prosperidad es para vosotros el tenerlo todo, menos la tierra en su sentido maternal. Capitalistas embrutecidos, perezosos y bribones muestran sus caras abotagadas y crueles a no menos crueles comunistas pedigüeños, sórdidos y rapaces. Mientras estos dos bandos en todos sus grados de intensidad se gruñen unos a otros, nosotros los soñadores no pedimos nada porque todo lo tenemos. Ellos se arrebatan las cáscaras y nos dejan la pulpa : - El pan es mío, todo mío, dejadme vender el pan», gritan unos; «no» dicen otros: «tenemos hambre y el pan es nuestro, porque la tierra es nuestra»... Mientras nosotros los soñadores, sin que nadie se oponga, hacemos crecer la espiga embelleciendo el paisaje, gozamos la música del maizal que sonríe con la brisa, recogemos cantando la mazorca y dejamos el comerla a tarascadas a los puercos. El cafetalero es un pedante que habla del mercado, de la baja, del alza, cuenta pisto agachado sobre las mesas, husmea costales y no ha estado nunca tirado al fondo de un cafetal, en el misterio de las noches de luna ; no nota la belleza del grano sangriento cuando resbala entre los dedos de las cortadoras cantarinas, no conoce el aroma y la leyenda de la flor del cafeto. El azucarero no ha oído nunca el susurro consolador de los cañaverales, ni ha visto meterse al chipuste en marejadas armoniosas. Todos ellos gritan alrededor de una sola cosa: el dinero. Unos quieren ganar el quinientos por ciento y otros quieren que se les suban sus salarios. El comunista usa un botón rojo y habla de degollar, llama justicia al buen pan y buen vino bien compartido, y no han sabido nunca del saber dar a quien todo lo tiene, que es quien nada tiene. El indio del arado y de la cuma que hace el paisaje agrario bajo el sol crudo, está satisfecho de hacer vivir con sus manos toscas y renegridas, manos de Dios, a un pueblo entero que se entrega a una locura llamada política; que no sólo es infructuosa sino dañina. Este indio vive la tierra, es la tierra y no habla nunca de patriotismo. Ni teme al extranjero que nada puede quitarle de lo él, a menos de quitarle la existencia.

Yo que paso en la tierra del ensueño, según vosotros, yo estoy más en el corazón de la tierra, arraigado de verdad y con raíces abajo y queriendo florear por arriba. Si la tierra de Cuscatlán se alzara un día personificada llamando a sus hijos, a mí, de los primeros me reconocería y no a los políticos y a los istas de esta cosa llamada patria. El Salvador y demás zarandejas que simbolizan con banderas y escudos y que señalan con fronteras imaginarias. No, no soy patriota ni quiero serlo; tengo mejor concepto de un guineo patriota que de un hombre patriota. A mí no me agarran ya con esas cosas respetables. Ni siquiera trabajo en Patria, trabajo en Vivir, es decir, no en la patria sino en la vivienda, terruño o querencia, como diría Espino. Vivienda, sí, con sueño y todo, pero viviendo una vida real, la vida que se saborea como vino sagrado. Yo no aro ni siembro ni cosecho la tierra: oficio ante el altar y doy las gracias en nombre de los soñadores cosechando un grano invisible que desgrano de la mazorca de la vida y de la espiga de la costumbre. ¿Qué cosa es vuestra patria que yo no la miro? Me pedís que descienda a vuestra realidad y no sé dónde poner el pie; por todos lados encuentro arena movediza. Si yo os invito a que vengáis a mi terruño, tendréis amplio campo donde correr y sudar; podréis untaros las manos en barro fresco y llenaros el pecho de aire puro. En esa vuestra patria yo sólo respiro odio, cobardía, incomprensión.

¡Qué diera yo por traeros a esta mi tierra Ya los pocos que había conmigo se han marchado; me encuentro casi solo. Solo con el indio contemplativo y la mujer soñadora. Ya no hay Miranda Ruano que escriba Las Voces del Terruño, libro que ya nadie lee; Ambrogi habla constantemente de Quiñonez; los Andino escriben «Política»; Bustamante es empleado de juzgado; Castellanos Rivas se hace Secretario Particular; Guerra Trigueros no oye más caer las estrellas en la fuente inmemorial; Julio Ávila se dedica al comercio; Llerena enmudece; Gómez Campos tiene tienda; Paco Gamboa se doctora; Salvador Cañas «prepara» a sus muchachos; Masferrer ya no canta; Gavidia discute sobre el radio; Chacón hace seguros de vida; Rochac habla de finanzas; Villacorta se queja de la tesorería; Vicente Rosales anda en corrillos; Miguel Ángel Espino es fuente seca; y en fin, me veo solo en la tierra de la realidad, apenas con un Mejía Vides que quiere ir al estero a pintar un tiempo (como Gauguin en Taihiti) y un Cáceres que sueña y llora en los rincones del «Atlacatl».

Sí, ¡qué diera por traeros a esta mi tierra! (Que no es hipotética, como la vuestra): cerros enmontañados, y llanos ondulantes en donde al salir el sol cantan los gallos, en dónde no hay artículo número tal, sino un árbol de grata sombra; en dónde no hay el inciso cuarto; sino el ojo de agua para la sed; en dónde la ley de tal cosa está representada por la lluvia, por la luna o por el viento.

Lírico, sí, es verdad; pero lírico sobre el polvo de la tierra y no prosaico e insípido sobre hediondos conceptos y rancias doctrinas. Lírico bajo el cielo azul, y no sórdido bajo la loza del ismo.

Como me lo pedís, he pisado ya con mis plantas la tierra firme; pero la mía, no la vuestra, que no es firme ni es tierra sino humo (del feo). Lo he hecho porque me habéis obligado, porque al fin habéis conseguido distraerme de mi “éxtasis azul impráctico” y hasta habéis logrado indignarme un segundo. Sabed de una vez por todas, que no tengo patria ni reconozco patria de nadie. Mi campo es más amplio que esa tajadita de absurdo que queréis darme. Mucho más amplio. Ni siquiera el mundo. Ni siquiera el cosmos...

lunes, 9 de septiembre de 2019

El ángel del espejo y otros relatos, Salarrué

«Yo no tengo patria, yo no sé lo que es patria. ¿A qué llamáis patria vosotros los hombres entendidos por prácticos? Sé que entendéis por patria un conjunto de leyes, una maquinaria de administración, un parche en un mapa de colores chillones...no tengo patria pero tengo un terruño... No tengo El Salvador... tengo Cuscatlán, una región del mundo y no una nación». Salarrué.  
Por más de doce años, los miembros del Club de la Buena Estrella hemos recibido enormes gratificaciones emprendiendo memorables viajes a través de la lectura. Grandes autores nos han guiado a sus propios lugares y épocas, mostrándonos de forma simultánea lo universal y lo particular de los seres humanos en cada región y tiempo. Al día de hoy, 165 libros después, nos enorgullece comprobar que nuestro mapa literario abarca más de treinta países en cuatro continentes.

Sin embargo, como Salarrué, nosotros también tenemos terruño. Y allá vamos cada septiembre, en una visita literaria que cumplimos de manera religiosa, sea con la curiosidad y el interés que conlleva descubrir una voz nueva, o bien con la nostálgica alegría de reencontrarnos con las palabras de un viejo amigo al que siempre leemos con agrado. A lo largo de estos años, once autores salvadoreños nos han contado dieciocho historias que, más allá de las cosas universales inherentes al ser humano, tienen el ingrediente especial del arraigo y la identificación que de manera natural ocurre con todo aquello que nos es propio y familiar. 

Este 2019 el turno le corresponde precisamente a Salvador Salazar Arrué (Salarrué), a quien tendremos el honor de leer por segunda ocasión en nuestro club, luego de haber disfrutado en nuestro programa de 2012 con la lectura de Cuentos de cipotes. Nuestro libro del mes es El Ángel del espejo y otros relatos, una antología de la obra de Salarrué publicada en Venezuela por Biblioteca Ayacucho en 1976.

Quien crea conocer a Salarrué por haber leído sus Cuentos de cipotes no podría estar más equivocado, y quien aún no ha leído nada de él no tiene idea de lo que se está perdiendo. Salarrué es muy probablemente la piedra angular de la literatura salvadoreña, la letra nacional pura y auténtica, libre de imitaciones y ajena a la influencia de las corrientes literarias europeas de su tiempo. Leerlo es casi una responsabilidad inherente del ser salvadoreño, pero muy al contrario de la mayoría de las obligaciones, su narrativa supone un reto que termina siendo un verdadero disfrute. 

Ya lo mencionaba hace más de cuarenta años el autor nicaragüense Sergio Ramírez en esa joya de prólogo que antecede la colección de relatos en mención:

"Al enfrentarse el antólogo con la vasta obra narrativa del salvadoreño Salvador Salazar Arrué, más conocido como Salarrué y mejor conocido por su libro Cuentos de barro, descubre en primer término que las fronteras de trabajo literario, delimitan también de manera arquetípica a sucesivas generaciones de escritores centroamericanos que en la primera mitad del siglo XX se empeñaron en conquistar, alentados por una tenaz vocación y entrabados en un opresivo juego de limitaciones, su porción de universal latinoamericano."

Que la influencia de Salarrué sea evidente en muchos otros escritores costumbristas posteriores, que Sergio Ramírez en 1976 o Roque Dalton en 1967 hayan trabajado en sendas antologías de su obra, y que muy probablemente el mismo Salarrué haya descubierto en El libro del trópico de Arturo Ambrogi el combustible inicial de sus letras de tinte nacional y regionalista, nos dan una idea de los trazos que de generación en generación van construyendo la identidad nacional, así como el lenguaje que la ha dejado plasmada en la letra impresa y en la memoria salvadoreña y centroamericana.

Quedan pues, cordialmente invitados a leer con nosotros El ángel del espejo y otros relatos, uno de los libros mejor votados en nuestras elecciones de octubre de 2018, un abordaje necesario para entender mejor la literatura salvadoreña y un viaje literario que puede ser de gran ayuda para encontrarnos a nosotros mismos.

Sinopsis

El narrador salvadoreño Salarrué (Salvador Salazar Arrué, 1899-1975) resume el universo narrativo centroamericano del siglo XX a través de los dos hemisferios simétricos de su literatura: la cuentística realista que en Cuentos de barro, Trasmallo y Cuentos de cipotes rescata las profundas raíces populares mediante una exaltación mágica del lenguaje, y la cuentística esotérica que desde O'Yarkandal hasta Remotando el Uluán reconstruye los viajes purificadores de los antiguos libros sagrados con un erizamiento sensorial. En uno y otro hemisferio Salarrué construye sus cuentos sobre la fuerza de las imágenes inéditas, la concentrada brevedad, la totalización de los temas a manera de metáforas, el incesante diálogo del bien y del mal.

Ficha del libro

Mes: Septiembre de 2019
Viñeta: Autor salvadoreño
Título del libro: El ángel del espejo y otros relatos
Autor: Salarrué
Nacionalidad: Salvadoreña
Año de publicación: 1977
Esta edición: 1985
Editorial: Biblioteca Ayacucho, Venezuela.
Número de páginas: 382



Metas de lectura
  • Jueves 5
    • Prólogo de Sergio Ramírez
    • El Cristo negro 
    • O'Yarkandal 
    • Remotando el Uluán 
  • Jueves 12
    • Cuentos de barro
    • Trasmallo 
    • Eso y más
  • Jueves 19
    • La espada y otras narraciones

El autor

Salvador Salazar Arrué (Sonsonate, 1899 - San Salvador, 1976) 
Artista y escritor salvadoreño. También conocido por el seudónimo de Salarrué, fue una de las voces fundamentales de la literatura hispanoamericana por su concisión y fuerza en la recreación de la realidad de su pueblo. Su identificación con el mundo del campesino salvadoreño y sus exploraciones en los asuntos esotéricos orientales y de ciencia ficción han llevado a valorarlo como uno de los iniciadores de la nueva narrativa latinoamericana y como destacado exponente de la cultura de su país. Sus Cuentos de barro (1933), relatos de extrema brevedad, contribuyeron a forjar la estética del cuento hispanoamericano.

Instalado con su familia en la capital salvadoreña desde los ocho años, a los diez años publicó ya sus primeros textos en el Diario de El Salvador. Formado en el Liceo Salvadoreño, el Instituto Nacional y la Academia de Comercio, estudió además pintura y dibujo con el maestro greco-ruso Spiro Rossolimo, y más tarde, gracias a una beca, en la Corcoran School of Art de Washington, donde con veinte años realizó su primera exposición individual en la Hisada's Gallery.

De regreso a El Salvador, contrajo nupcias con la artista Zelie Lardé y comenzó a prestar servicios laborales en la Cruz Roja. En 1928 fue contratado como redactor jefe del diario Patria, dirigido por los escritores Alberto Masferrer y Alberto Guerra Trigueros. Publicó allí artículos y su primeros relatos, reagrupados luego en Cuentos de cipotes. Fundó y dirigió las revistas Amatl y Espiral; a lo largo de su vida colaboraría en numerosos rotativos y revistas literarias y artísticas.

Miembro de la Sociedad de Amigos del Arte (1935-1939), durante varios años trabajó como agregado cultural de la delegación diplomática en Estados Unidos, y participó en la Conferencia de Educación organizada en julio de 1941 por la Universidad de Michigan. Alternó la literatura con la pintura; se recuerda especialmente el éxito de sus exposiciones en Nueva York y San Francisco (1947-49) y de algunas de las que realizó posteriormente en su país y de nuevo en Estados Unidos entre 1958 y 1963. Otra de sus facetas artísticas fue la de compositor: se le deben más de un centenar de canciones.

En 1963 ocupó el puesto de Director General de Bellas Artes, y en 1967 fundó, en el parque Cuscatlán, la Galería Nacional de Arte (actualmente conocida como Sala Nacional de Exposiciones), centro cuya dirección asumió. Desde 1973 hasta su fallecimiento fue asesor cultural del gabinete del Director General de Cultura, Carlos de Sola.

La obra literaria de Salarrué lo ha colocado en el justo papel de clásico no solo de la literatura salvadoreña, sino también de la cuentística en castellano. Su peculiar costumbrismo es más bien un énfasis en la lengua de su pueblo, una visión tierna de los pequeños seres que atraviesan, con su ternura y miseria, los paisajes de su país. Escribió acerca de campesinos y desplazados de las urbes, identificándose con sus problemas y rasgos, así como con su materia verbal, que reproduce la tensión idiomática entre los dialectos, las lenguas indígenas y el castellano.

En su caso también se ha hablado de realismo mágico: un buen ejemplo de ello es el célebre cuento El anillo de Oricalco, que desarrolla el tema de la muerte, los indios magos y el tópico del anillo encantado. Sus primeras novelas fueron El Cristo negro (1927) y El señor de la burbuja (1927). Con O´Yarkandal (1929), recopilación de relatos, dio a conocer sus primeros cuentos fantásticos.

Entre sus títulos posteriores deben destacarse Remontando el Uluán (1932), Cuentos de barro (1933), Conjeturas en la penumbra (1934), Eso y más (cuentos, 1940), Cuentos de cipotes (1945; 1961, edición íntegra), Trasmallo (cuentos, 1954), La espada y otras narraciones (1960), La sed de Sling Bader (novela, 1971), Catleya luna (novela, 1974) y Mundo nomasito (poemas, 1975). Entre 1969 y 1970, a instancias de la editorial de la Universidad de El Salvador, el poeta y narrador salvadoreño Hugo Lindo se encargó de prologar los dos tomos de las Obras escogidas de Salarrué, quien intervino directamente en la selección de los textos.

Referencias


https://www.biografiasyvidas.com/biografia/s/salazar_arrue.htm