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domingo, 4 de febrero de 2018

Una historia de Ángela Pinto, 12

MUJER

Capítulo 12


Por Lana Ruz

Gracias a mi madre


En 1981 nos trasferimos a mi nuevo país, en 1990 fue operado mi marido de emergencia, en 1992 mis padres me enviaron una buena suma de dinero para apoyarme, algo que creó muchas dudas y envidia parece. En 1995 casi cierran la fábrica siderúrgica, en 1998 mi madre me pidió que fuera con mi segunda hija a visitarlos, ya que habían conocido a mi hija mayor, a mi tercer hijo (con él nos fuimos de emergencia a Milano), y me prometieron darme algo más de dinero.

En noviembre 1998 abordamos el avión rumbo a Roma, allí tuvimos que tomar el tren para llegar a mi pueblo en el sur… un tren moderno, veloz… solo que yo andaba con lentes de contacto y ya no aguantaba más.

Casi cuarenta años antes, mi casa estaba cerca de la vía férrea de doble carril… ahora, estaba al sur, casi fuera del pueblo; todo estaba cambiado, la ciudad era mucho más grande, el bienestar se miraba por todos lados, las casas ya tenían calefacción, no usaban brasero de carbón como cuando yo era niña.

El calor de familia sigue aún después de años sin verse, pero ese no era mi sitio, mis padres habían  comprado un apartamento con varios cuartos esperando que alguno de los hijos se fuera a vivir con ellos… los tres hijos que estaban cerca ya tenían donde vivir, por cierto, ellos mismos se lo habían proporcionado, y yo tenía que vivir lejos, como siempre, como hice toda la vida.

Preocupada por no tener pensión, me fui caminando en pleno invierno hasta las oficinas del Instituto del Seguro Social para ver mi situación, ya que días después había que tomar el avión de regreso.

Un gran dolor de garganta me tenía preocupada y en la estación de Roma compré en la farmacia un antibiótico, Zithromax; una sola pastilla y me puse muy mal, pero no podíamos perder el vuelo, así que seguimos el viaje, mi hija y yo… en Miami perdimos el avión por esperar las maletas, me robaron la bolsita con el pasaporte y los boletos, y ¿yo? seguía enferma… a duras penas logré comunicarme con los míos en San Salvador, la Embajada salvadoreña envió la documentación necesaria  y el Consulado en Miami se me extendió un nuevo pasaporte… no podía entrar al país, donde vivía ya desde 1981 ¡sin pasaporte!, mi hija sí podía entrar… vaya leyes absurdas.

En fin, de regreso a casa hubiera querido “echar los pelillos al mar” y olvidar el pasado, pero ahí estaba con todos los rollos de falta de trabajo, con tres hijos que nos necesitaban todavía y la relación con mi “media naranja” empeorando día tras día… se volvió pura tuna, al nomás tocarlo liberaba espinas, como que yo fuera la responsable de todo y no él.

Viven “como gato y perro” se suele decir, y en realidad eso empezó a consumir mi salud, ya bastante deteriorada. Los medicamentos son un maravilloso remedio, pero todos tienen efectos secundarios…las grandes corporaciones de empresas farmacéuticas descubren nuevos productos e inundan los mercados, mientras la alimentación se vuelve menos orgánica, cuesta encontrar productos naturales, todo tiene azúcar, aditivos, preservantes, químicos, etc.

El estrés moderno puede matar, cierto, añada una mala alimentación, problemas económicos, de diálogo entre pareja ¿y? un perfecto cocktail de enfermedades.

Uno piensa que sus padres son eternos: me vine pensando que volvería a verlos, pero no fue así. Mi madre había tenido ya un infarto, solo pasaron seis años cuándo…

Soñé como en un rápido flash, que la vestían de novia… una semana después me hablaron que un segundo infarto le troncó la vida, no llegaría a tiempo ni siquiera para su funeral…

Decidieron cuidar a mi padre, turnándose mis hermanas y mi hermano… compré un boleto para ir a colaborar y hacer lo mío, para dentro de dos meses… solo pasó un mes y volví a soñar algo que me sorprendió y conté a mi hija a la mañana siguiente:

Mi madre trataba de encender un calderón, para hervir agua, a la izquierda estaba sentado mi padre y estaba hablando con un señor parado atrás de él… mi madre se fué como desvaneciendo y desapareció… mi padre se levantó y se vino a sentar  apoyándose al lavadero de cemento…

Una llamada, el teléfono, me hablaban a mí… mi padre había fallecido… pero ¿cómo? ¿qué pasó?. Mi hermana mayor me explicó que no encendía la caldera de gas, así que salió buscando quien la pudiera revisar y de paso se llevó un cuchillito para recoger chicoria silvestre, lo hacía seguido… al regreso quiso acortar el camino y quiso subir una cuesta, en pleno mediodía y con un sol infernal… no le resistió el corazón, a sus 91 años, eso era casi lógico, se apoyó a una pared de cemento y allí lo encontraron ya de noche y con la ayuda de los perros, ya que las hierbas altas lo habían tenido bien escondido por horas.

Así, en un mes, perdí a mi madre y a mi padre.

Ya tenía el boleto para agosto, así que tomé el avión, pasé por Madrid donde vivía mi hija mayor, y las dos fuimos a mi ciudad natal, a ver las tumbas, ponerles flores y darles un adiós para siempre.

Casi cuarenta años antes escribía:

Un jour je encontrerai el amour
……………………………………
Un jour, oui, mais cet jour c’est aujourdhui

Ahora escribía:

“Ve alma perdida,
Busca tu  ser
En la árida tierra
Que te vió nacer”

Había atravesado medio mundo y había perdido la esperanza de vivir sueños, que ya estaban cubiertos de olvido.

sábado, 3 de febrero de 2018

Una historia de Ángela Pinto, 11

MUJER

Capítulo 11


Por Lana Ruz

Gracias a mi madre


Las noticias que yo tenía de ese país eran desesperanzadoras… en una pequeña capilla, le habían disparado al obispo mientras oficiaba la Santa  Misa, ¡mientras levantaba la ostia!

¿Pero quién podría haber hecho algo así? ¿cómo? ¿por qué? eso era simplemente absurdo, horrible, inhumano. Nada hubiera podido justificar algo tan increíblemente absurdo.

Y ese era el país adonde me obligaban a ir a vivir… o se llevaban a mi pequeña, ya que por tener padre extranjero no era ni siquiera ciudadana del país que yo siempre había considerado mi casa…

La perspectiva me asustaba, decidimos ir a conocer antes de tomar esa decisión… bueno yo así lo creí, en efecto con vuelo charter volamos por Amsterdam, Aruba y finalmente a Guatemala, donde una hermana de mi marido, y donde vino su padre a conocernos, ya que solo pude encontrarme años antes con un tío.

En carro nos vinimos a San Salvador, fuimos a almorzar a casa de los otros dos tíos y aprecié mucho la amabilidad de ellos… así que al regreso a mi país, bajamos al sur a visitar por última vez a mis padres, vendimos y regalamos lo poco que teníamos, renuncié a mi trabajo y empezó otra nueva etapa de mi vida, frente a lo casi desconocido.

Tuvimos que ir a vivir con mi suegro. Mi esposo empezó a trabajar en la fábrica siderúrgica que ellos tenían y yo tuve que llevar a mi pequeña en un kínder y ocuparme de la casa, a aprender a cocinar, algo podía, pero cocinar todos los días significa tener un extenso menú de comida variada, nutritiva, completa de carne, verdura, fruta; y yo, que casi nunca iba al mercado, tuve que ir varias veces a la semana al supermercado más cercano, aunque teníamos una empleada doméstica, acostumbrada a hacer y dirigir todo lo de la casa.

Pocos días después, un gran estruendo nos asustó y en pleno día… una bomba había hecho saltar una casa a poca distancia…

Pusimos en un kínder a mi pequeña, que no tenía ni cuatro años, ni sabía una palabra de español. Mi esposo pasaba a traernos en carro, pero un día se estaba tardando y salimos a la calle yo y la niña… un joven se acercó me arrebató los Ray Ban y apuntándome con una pistola me exigía mi reloj…claro, nunca había visto una pistola y mi reloj era casi nuevo… "Por qué?" -le decía en mi idioma- sin darme cuenta del peligro que estaba enfrentando. Algunos padres vieron y oyeron pero nadie intervenía. Finalmente, como que al joven le pareció mejor dejar así las cosas, metió la pistola en una pequeña bolsa de pan y se dió a la fuga.

Meses después, varias llamadas telefónicas obligaban a un tío a dejar en un parque una maleta con tantos miles de colones. Por miedo así lo hicieron y a la siguiente vez mi marido se paró y con coraje respondió que eso no era posible y no se iba a hacer. "Sabemos dónde vives" –le respondieron- "te vamos a rociar las ventanas”.

Fue así que una enorme puerta de hierro se levantaba en la noche para protegernos, ya que la ventana daba justo a la calle. El toque de queda, la obligación de estar en casa a las cinco de la tarde, era impuesto sin posibilidad de transgresión y, sin embargo, las noticias de atentados, ataques y asesinatos; seguían asustando a todo el mundo.

Por lo demás, todo seguía casi igual, mi esposo se iba al trabajo, en la periferia de la ciudad y yo seguía limpiando y cocinando y cuidando a mi hija. Luego, quedé embarazada de mi segunda hija. Estaba tan ocupada en todo eso y como siempre con el dinero justo y necesario. No tenía carro, casi no salía y terminé por acoger a mi niñita con una sola camisita. Nadie me hizo un té para tener ropita, y fue así como me dí cuenta que era costumbre en esa sociedad. Al darme el alta en el hospital, me tuve que llevar a la niña envuelta en una frasada (que había usado con mi primera hija), en pleno medio día y con un sol radiante.

Aprendí a hacer un rico asado de carne al horno, de pollo y de conejo. Hice hasta ravioles, gnocchi, mi suegro estaba encantado… una vez, en Navidad, cuando todos nos reuníamos en los Planes de Renderos para la cena, a mí me tocó hacer treinta chiles asados, pasé dos horas asando y pelando los benditos chiles y mi suegro y su hermano se sirvieron más de la mitad solo ellos dos, jajajaja, dejando a los demás con las ganas.

En realidad, una vez se le quita la piel, solo se le pone sal, aceite de oliva y aceitunas verdes… son una verdadera delicia.

Ya con dos chiquillas, quise tener también un hijo varón y tuvimos suerte; mi tercer hijo fue un niño rubio rubio, chele chele, como se decía y yo corría atrás de uno y otro hijo para que no les faltara nada, limpiando y cocinando y además trabajando en la mañana en la fábrica, para tener algo más de dinero y para sentirme un poco más independiente como siempre había sido.

El ataque final del año 1989, con bombardeos en esa zona de mi casa, casi la destruyen del todo, años después, todavía se escarbaba para buscar cuerpos enterrados…

Pero lo peor fue que a mi esposo le dio una angina péctoris, o sea, un ataque al corazón, y el cardiólogo nos dijo que teníamos que irnos de emergencia a Milano, donde un emérito cirujano operaba con mucho éxito y remplazaba las válvulas dañadas del corazón con unas metálicas que duraban toda la vida.

Fue así como nos tocó viajar apresuradamente en un vuelo de muchas horas y con mucha angustia, por haber dejado a mis dos hijas con mi suegro y mi cuñada y llevando con nosotros al pequeño de apenas tres años y medio… otro viaje, a la inversa esta vez, pero siempre con el mismo dolor de tener que enfrentarme a algo desconocido y tal vez profundamente doloroso.

Mis padres vinieron al norte para apoyarme, mi hermana mayor se quedó conmigo y el pequeño, mientras yo iba al hospital en bus o a pie… el frío era constante, menos diez grados bajo cero, era difícil de aguantar, acostumbrados ya al clima caliente durante todo el año en El Salvador.

La intervención  de corazón abierto fue un éxito, la recuperación fue muy complicada, difícil, lenta…ya de vuelta en El Salvador el uso de un anticoagulante lo llevó varias veces de emergencia al hospital y las cosas se complicaron en la empresa, donde la lucha entre obreros y el patrón se hizo más furiosa, encarnizada y decidida.

La sombra de otra gran empresa siderúrgica estaba siempre presente, eso y el hecho de no tener apoyo financiero ni humano de la familia, que vivía de eso pero no sabía nada de bancos, deudas, préstamos, los miedos del banco de una posible quiebra, bancarrota o desastre financiero; terminaron por complicar las cosas y las huelgas aceleraron el proceso de desintegración de una fuente de trabajo para decenas y decenas de familias, incluyendo la nuestra, incluyendo la mía…

He tenido una vida bien tranquila y sin problemas. ¡Cómo me hubiera encantado poder decir algo así!

Me quedé sin trabajo y empecé a dar clases de mi lengua natal. Los hijos crecían, pero las tensiones en casa eran cosa de todos los días y los nervios minaron la relación ya difícil por ser de culturas diferentes, estratos sociales diferentes, propuestas de vida diferentes y proyectos de vida diferentes.

viernes, 2 de febrero de 2018

Una historia de Ángela Pinto, 10

MUJER

Capítulo 10


Por Lana Ruz

Gracias a mi madre


Quise siempre seguir estudiando y, en efecto, me inscribí en algunos cursos que daba la alcaldía, en contabilidad, en lengua extranjera… no podía ir todos los días, a veces me sentía cansada, además, sabía muy bien mi lengua natal, lo que necesitaba era estudiar inglés… no le gustó a los responsables  y no pude continuar, así que mejor me inscribí en la Universidad, en la Facultad de Filosofía.

Un año antes, ya consciente de que mi relación sentimental iba mal y no iba a durar, se me ocurrió  cambiar completamente el rumbo de mi vida… me iría al Vietnam, como enfermera voluntaria, así que fui al hospital a preguntar sobre cursos de enfermería y una enorme monja, vestida de blanco, me preguntó que quien iba a pagarlo… claro, no era gratis, no lo había pensado, así que nada… abandoné la idea, por eso me pareció más inteligente ponerme a estudiar, además había jurado no volver a dejar mi trabajo y a no cambiar ciudad por nada en el mundo.

Pensé que mi vida ya no me iba a dar más sobresaltos, pero “el destino” me tenía reservadas muchas más sorpresas de lo que podía  imaginar…

Al inscribirme en la Universidad, tenía la opción de ir a cenar al restorán universitario, podía comer cualquier cosa, pero me bastaba poco y así no tenía que comprar ni cocinar o irme a la cama con el estómago vacío.

Se acercaba el final de año 1975 y en diciembre, la mayoría de los estudiantes se iba a pasar las vacaciones de Navidad a sus casas, sus pueblos, sus familias… solo quedaban los estudiantes extranjeros.

Quedaba cerrado el restorán principal y había que ir a otros siempre dentro de la ciudad, pero no tan cerca de la Universidad, así que nos organizamos para ir juntos a almorzar y a cenar.

Una chica del grupo nos invitó a todos a ir al apartamento de montaña de sus padres, así que nos fuimos en tres carros a pasar la Noche Buena en pleno invierno a un pueblito en plena montaña, y nos despertó un increíble manto blanco de al menos veinte centímetros de nieve.

Fuimos a pie a la única tienda que había en la plaza a comprar alimentos, los dos mayores de edad, o sea yo y uno de ellos que años más tarde iba a ser mi esposo.

Había quien tocaba guitara, todos cantábamos canciones rancheras, las aprendí cantando y era lo único que sabía en español, ya que en la Universidad puse ese idioma en lugar del francés que conocía bien.

Los días pasaban entre trabajo, salidas, cine, reuniones, y canciones…

Ahora había que ver adonde ir de vacaciones en agosto: en el sur un año, en tienda de campaña, a la orilla del mar con pescado fresco, mejillones, que yo misma saqué de las rocas, y algo más, pude preparar una riquísima sopa de mariscos; todos quedaron encantados y mi fama de buena cocinera empezó con poco.

Al año siguiente, fuimos en Grecia, el Partenón era estupendo, la gente muy sencillamente amable, en tienda de campaña otra vez, pero en esta ocasión asustada por un buen atraso en mi periodo… y sí, estaba embarazada… de repente me sentí maravillosamente perdida, con algo de miedo, incertidumbre, inseguridad y la sensación de que iba a luchar aunque fuera con todo el mundo para esa criaturita.

Había tomado la decisión de no casarme, ya que con lo que ganaba podía mantenerme a mí y a mi futuro bebé, pero al final una pariente me convenció de que era importante tener madre y padre, por cualquier avenencia inesperada, así que empezamos a preparar los papeles y entre uno y otro pasaron varios meses y tuve que reducir las dos semanas obligadas por la alcaldía, de hacer publico el anuncio, a solo dos días, y en efecto, según mi ginecólogo el parto era previsto en pocas semanas.

Al comunicarlo a mis padres, decidieron venir para estar presentes en el evento y tuvieron que adaptarse a dormir en una sola cama, ya que adonde vivíamos era pequeño y además yo recibía mi sueldo pero mi marido seguía de estudiante.

Nació mi niña, la más linda de todos los recién nacidos del hospital… "si no te conociera, -me dijo una colega-, no podría creer que es tu hija” ¡vaya cumplido!…

Mi madre estaba muy contenta, pero cansada ya que tenían dos semanas durmiendo mal y prefirieron irse a casa de mi hermana que vivía en otra gran ciudad y tenía un pequeño hotel y restorán, con cuartos suficientes para que pudieran descansar bien.

Mi niña casi se ahoga en un regurgito, la camita no estaba cerca, yo estaba muy cansada y adormitada… fue un milagro que él se dio cuenta y entre susto y carrera se le ocurrió aspirar todo eso y la niña empezó a respirar bien. Mi madre volvió al día siguiente, pero mi hija se enfermó, tuvo un fuerte resfriado, dolor de oído, comía poco, se dormía y se despertaba con hambre y así pasamos de uno a  otro pediatra hasta que una linda pediatra joven me dijo que mi tiernita tenía ernia umbilical, me explicó como curarla y que ese cuarto era muy húmedo para una bebé… ¿qué podía hacer? casi me obligaron a dejar mi apartamento para ir a vivir con mi marido, como era de costumbre. Esta vez lo obligué a ponerme la cuna cerca.

En fin, pasó un mes entre miedo y visitas a la pediatra, vino mayo y convencí a mi marido a irnos a la casa de sus ancestros que un siglo atrás habían abandonado en el pueblo para emigrar a Centroamérica… una casa de tres pisos, cocina, baño, sala etc. suficiente para los tres, pues en realidad mi marido se iba por semanas, con mi carro, para poder terminar su tesis en geología y yo me quedé lavando pañales y cuidando de mi preciosa bebecita.

Mi madre, antes de volver a su casa, vino a visitarme allí… pensándolo bien, mi madre me visitaba adonde me iba… me regaló una lavadora años antes pensando que me iba a casar, no lo hice, es más,  la rompí… conoció adonde nació mi hija, la casa de pueblo casi abandonada pero en verano muy cómoda, vió adonde nos mudamos el siguiente invierno… o sea que sí seguía mis pasos de alguna manera, y los de mi otra hermana que había quedado en el norte también, mientras mi hermana mayor y mi hermano quedaban casi cerca de ella en el mismo pueblo en el sur.

Mi madre seguía trabajando y escondiendo dinero, acumuló suficiente para comprar otro apartamento que alquilaron a mi hermano y al vender los terrenos pudo comprar otro adonde ellos se quedaron viviendo.

La vida es una continua lucha, contra todo, contra todos o solo contra uno mismo… ¡cuántas veces se siente uno tan desconfortado, frustrado! ¿tanto para renunciar a este regalo maravilloso?

No sabía que iba a tener un ejemplo muy cercano: en un accidente de carro se le murió su madre y un hermano menor, otro quedó en coma y revivió por milagro, ¿pero él? se casó, enfermó y fue operado de un pulmón, empezó a tomar, pasaron los años y la falta de cariño, de apoyo o simplemente de ese motor que es la supervivencia, lo llevó a una profunda consternación, desolación hasta dejarse morir… sí, sus cenizas las esparcieron en el mar como quería ¿y? todo se acabó para él, claro, los demás siguieron como si nada hubiera pasado. Un hilo tenue, transparente, que nadie ve, nadie reconoce, une la vida y la muerte.

Me pregunto ¿cuántas veces has de luchar, superar esas profundas tristezas? y ¿quién no la ha sentido  alguna  vez en su vida…?

Lo que cualquier ser humano quiere es vivir feliz, tener una casa, un trabajo, una familia, hijos… eso es vivir… y cuando todo eso es un continuo tropezar, empiezan los sentimientos negativos contra sí o contra otros y eso no es nada bueno.

Yo tenía unas ganas enorme de salir adelante, ver crecer mi linda tierna, pero el día a día era difícil, lejos de mi trabajo, con el carro viejo que no arrancaba, con temperaturas bajo cero, y mi pequeña enferma por faringitis, laringitis, o sarampión  o varicela o…en fin.

Se me hacía difícil seguir trabajando, peor que no tenía ayuda de nadie y mi marido no tenía ni trabajo ni nada, solo había terminado de estudiar… así que al final quedó como única opción venirse a casa de su padre, a El Salvador, a pesar de saber que era un país en guerra civil…




jueves, 1 de febrero de 2018

Una historia de Ángela Pinto, 9



Amigos del Club de la Buena Estrella, avanzamos con el bellísimo relato de nuestra amiga Ángela Pinto. Espero que disfruten mucho su historia que va tal cual ella me la ha enviado, salvo pequeñísimos y casi imperceptibles cambios en la puntuación y correcciones menores hechas debido a que el español no es su lengua materna. 

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MUJER

Capítulo 9


Por Lana Ruz

Gracias a mi madre


Como en las películas, me encontré a las ocho de la mañana, sentada en el banquito de un parque, cerca de la dirección que días antes una voz de mujer me había dado… una mujer que yo creí la madre de unos niños en busca de niñera. Había tocado el timbre, nada, la puerta cerrada… en fin, una vecina me dijo que era sábado y eso estaba abierto de lunes a viernes.

Vaya, eso sí que no me lo esperaba, ¿y ahora qué? tenía algo de hambre, así que me encaminé en busca de un bar, no tenía mucho dinero y todavía necesitaba adonde dormir. Ví un cartel en un portón, entré y pagué para un cuarto, me acosté un rato ya que con ese continuo tran tran del tren no había  podido casi cerrar ojo…

El lunes me vestí y fuí caminando. Ahora sí la puerta estaba abierta. Subí unas gradas y entré hacia un pequeño corredor donde había una pequeña oficina. Me presenté y sí, se acordaba de mi nombre, así que no me fue difícil obtener el trabajo: tenía que cuidar a unos niños que iban a la playa de vacaciones, y naturalmente iba a ayudar, puesto que eran ocho niños pequeños que no eran hermanos sino que los padres no podían cuidarlos en esos dos meses y los dejaban en una guardería.

Al término de los dos meses, me pidieron que me quedara y la idea de cuidar niños tan pequeños me preocupó, no me sentía preparada, era mejor niños de edad escolar, y volví al lugar donde me buscarían otro trabajo y tuve suerte, esta vez fue en una montaña, para sustituir a una chica que se iba a casar.

En el convento, la monja Gertrudis decía que en el mundo de afuera había solo maldad… bueno, ¿y si probara algo de esa maldad? claro que trabajando como baby sitter era casi como estar en el convento… así que decidí cambiar de trabajo. Busqué un convento donde alquilaban camas para dormir. Pagando una módica suma, se podía dormir y desayunar. Eso hice y fue así como conocí a una chica con quién nos hicimos amigas, y la que al cabo de un tiempo me propuso alquilar juntas un cuarto en alguna zona de la ciudad que no fuera cara. Su asistente social le ofreció trabajo en un supermercado y fuimos las dos: a las seis de la mañana había que tomar el bus para empezar temprano y ya en la tarde regresábamos casi a las ocho. En fin, había que trabajar, para pagar el alquiler, para comer, vestirse…

Luego apliqué a un anuncio como maestra en una escuela. El teléfono que dí era de la portera que me dió el recado y yo no recordaba a quien corresponder, así que perdí la ocasión… pero igual me llamaron de la oficina de reparto de llamadas internacionales, donde había hecho un examen en francés, pero era un trabajo temporal, así que preferí quedarme como cajera en el supermercado. 

Después vino el invierno y yo no tenía ropa para el frío, así que le escribí a mi hermana para que le pidiera a mi madre el abrigo de piel que había dejado, y la respuesta fue: “¡se acuerda de tener una madre solo cuando la necesita!”

¡Creo que una ducha fría me hubiera hecho menos daño! Aguanté como pude y me compré lo que pude.

Seguía muy introvertida, no lograba hacer amistades ya que al rato nos cambiaban de sucursal y terminé por sentirme sola y traté de convencer a mi hermana menor de venir al Nord.

Un día, mi amiga me invitó a salir con dos muchachos que ella había conocido. Ella sabía lo que hacía ¿y yo? ingenua o tonta, no sé, en realidad no sabía nada de nada. Fuimos a una feria, donde había mucha gente y todo fue bien. La semana siguiente fuimos al cine, y días después uno de estos muchachos me dijo que íbamos a visitar a su tía. Me pareció algo raro, pero fue quizás ingenuidad o miedo. Él era  guardia especial, de los que tienen que ser altos, más de un metro ochenta. Cerró la puerta con llave… yo podía gritar, tirarle una silla… fue  ingenuidad, ya que no sabía nada de nada, fue miedo, no sé, en fin...

Mi amiga cambió de trabajo. Una vez más, con el apoyo de su asistente social, pudo alquilar un apartamentito y obtener la custodia de su hijita (era madre soltera). La ayudé en lo que pude, pero habíamos tenido problemas con la venida de mi hermana y dejamos de vernos. Mi hermana y yo quedamos en el viejo edificio, en otro cuarto donde se había muerto una anciana, dejando algo de muebles… por suerte no estaba cuando se la llevaron pero se sentía el olor a muerte, así que empecé a buscar un apartamentito para nosotras dos.

Un día, uno de los empleados me instó a apoyar la huelga para una mejoría salarial. Lo hice, pero la patrona fue más astuta y hábil. Simplemente cerraron las puertas por unos días, así que cuando volví me encontre casi sin trabajo, por eso mejor olvidé el asunto de la huelga sin saber que ya estaba tachada y tendría algún problema en futuro.

Mi vida no estaba mejor que antes, es más, pasaba trabajando y entre mi hermana y yo podíamos alquilar. Encontré algo aceptable, dejé pagado dos meses mientras la dueña terminaba de hacer reparaciones.

Un domingo, cansada y medio desesperada, me fui a dar una vuelta a la plaza principal. Llevé a la hija de mi amiga a pasear un rato y que viera las palomas que bajaban en tropel a comer maíz o lo que se les daba. La plaza estaba abarrotada de gente y de palomas. Traté de sentarme en una columna, pero a esa chiquilla le encantó subir y bajar y yo le daba la mano. Pasamos así al menos cuarenta minutos, ni me había fijado en ese guapo muchacho que al final me habló, felicitándome por tener tanta paciencia con mi hija: “no es mi hija" -le dije- , “es hija de una amiga”.

Y ese fue el inicio de otro gran lío… me pidió el teléfono, pensé que no me iba a hablar, pero sí me habló, me buscó, no me dejaba en paz, me venía a traer al trabajo, me acompañaba a casa, quiso conocer el apartamento todavía sin terminar y… bueno…

Un día, una secretaria de no sé donde me preguntó por teléfono si yo era su esposa y le contesté que no, que era solo una amiga… era la verdad. Él no se enojó por eso, pero perdió la posibilidad de tener un muy buen trabajo, y cuando le ofrecieron otro pero en otra ciudad, me pidió de seguirlo, acepté… renuncié a mi trabajo y me busqué uno en la nueva ciudad. Perdí todo lo que había pagado en anticipo para el apartamento, y el adelanto para poder comprar un carro.

El nuevo trabajo no salió como pensaba y tuve que dejarlo, no fue nada fácil encontrar otro, pero lo logré, no me faltaban ganas de trabajar… entré como secretaria en un restorán elegante en un castillo a la orilla del río, que atravesaba toda la cudad… sus celos tontos y estúpidos me dejaron boquiabierta… me obligó a dejarlo y otra vez me encontré en apuros…

Me presenté en un gran almacén. Meses después, me vieron en el parqueo con él y sus padres… mentí al decir que era mi primo y me sacaron… era una mentirilla, pero ¿cómo iba a decir que vivíamos juntos? En esos tiempos todo eso era difícil de contar y él poco a poco me había ido contando su historia: había dejado embarazada a su novia, discutieron y la dejó, y para colmo se acostó con la mejor amiga de ella, dejándola también embarazada… solo que los parientes de esta última lo obligaron a casarse… así que tenía un hijo y también estaba casado… tuvo que aprender a no ser violento y conmigo se portaba de lo lindo, pero eso duró poco.

Una vez me gritó, me asusté, y el día siguiente me tomé un par de pastillas para dormir, boté las demás y dejé el bote vacío en la mesita, al verlo se preocupó y me obligó a vomitar…

Al  cumplir un año juntos, dijo que era la primera vez que duraba tanto con una mujer… pero ya se había vuelto extraño, me di cuenta que salía con otra, llegaba tarde, el domingo desaparecía y me dejaba sola a cuidar su perro… en agosto vinieron sus padres, fuimos de viaje, compramos chocolates y quesos.

Para Navidad vinieron otra vez, yo seguía trabajando y era el último día antes de las vacaciones… de repente empezó a nevar y en pocas horas se puso todo blanco y suave… no tenía botas, le hablé que me viniera a traer y me contestó que estaba ocupado: ¿me quedo aquí? Pensé… sola, sin nada, sin cama… no podía, me fui caminando bajo la nieve y hundiendo los pies en el suave y delicado manto blanco…

Al día siguiente solo perdí el conocimiento y no supe que pasó hasta un par de días después al levantarme e ir al comedor donde me saludaron con un aplauso y mucho cariño… él y sus padres se habían  asustado.

Un tiempito después me di cuenta que no podía seguir así y le dije que me iba, solo el tiempo de encontrar adonde vivir… otra vez sin casa, bueno tenía trabajo… me costó encontrar algo decente…al norte tenían mucha aversión, antipatía hacia los del sur, pero por suerte mi trabajo les daba confianza. 

Me dolía cambiarme por si él regresara… se había ido a su casa por unos días, para enfrentarse al tribunal, que al final decretó fin a su matrimonio, pero cuando yo hablé por teléfono sentí otra voz femenina además de la de su madre y no pude dejar de pensar que lo más seguro era que esa era la de la madre de su hijo… en fin, a su regreso yo abordé el asunto: “Proba un año, -le dije-, yo te voy a esperar".

Así que me quedé sola y en otra zona, pasando otra vez de casa al trabajo y del trabajo a casa… muy infeliz para hacer más amistades, a pesar de estar en un ambiente laboral muy bonito, con gente muy educada, dispuesta a comprenderme… 

jueves, 31 de agosto de 2017

Una historia de Ángela Pinto, 7




¡Muy buenos días amigos! Seguramente recordarán que nuestra amiga y compañera del club Ángela Pinto nos ha estado deleitando desde hace algunos meses con relatos sobre su infancia en el sur de Italia, a propósito del ejercicio suscitado por la lectura de diciembre: "El olvido que seremos" de Héctor Abad Faciolince. Pues siguiendo con este bello relato, ya tenemos 6 entregas. Acá les dejo el séptimo escrito que sin duda van a disfrutar igual que yo. Lo transcribo tal cual lo recibí, con brevísimas observaciones de puntuación.


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7

- "¿Tu padre era tacaño?", me preguntó una colega cuando hablé de lo mucho que lo era mi marido... parece que terminamos por repetir los mismos errores o el mismo modus operandi de nuestros progenitores... tener un marido tacaño, egoísta, machista; si así era tu padre, es algo que te hace recordar tus años de infancia.

Mi madre protestaba cuando su esposo llegaba tarde, tanto que una vez -nos contaba con orgullo mi padre, para que dejara de molestarlo-, se fingió borracho y con una pistola en mano la amenazó con matarla si seguía hostigándolo. Pobre madre mía, ¡cómo la entiendo ahora! Ella tenía que hacer que marchara todo: La casa, los hijos, el trabajo, cocinar, limpiar, lavar; todos los días, mientras su querido esposo desaparecía en el bar, para seguir jugando póquer por horas y horas y, a veces, hasta la tarde-noche. Hasta a mí, ahora, me están dando ganas de "echar la soga tras el caldero”, ¡abandonarlo todo!, pero igual que mi madre, sigo aquí... y es que juraba, adolescente, de llegar al divorcio si las cosas no funcionaban, y eso que el divorcio era inusual e ilegal en ese entonces.

Las decisiones de los padres, buenas o malas y sus errores, también caen inevitablemente sobre los hijos y su futuro… así que al vender la casa, sin tener la otra lista, al pedir un préstamo a un buen judío, nos quedamos sin un centavo. Digo nos quedamos, pero en realidad nosotros nunca teníamos dinero, no había en aquel entonces la costumbre de dar una cierta suma, según las posibilidades, a cada hijo por sus pequeños gastos, cada semana o cada mes. Se quedaron ellos, mi padre y mi madre, pagando intereses enormes, excesivos, o sea del 100% por un año entero y otro para extinguir el préstamo... los judíos son buenos banqueros todavía hoy en día.

Tuvimos otro período bien difícil y, para empeorar las cosas, me caí jugando y me rompí el hueso del pulso derecho, con luxación, dislocación y con dolores que ya no me dejaban dormir, ni comer; hasta que mi hermana mayor insistió con mis padres en que seguro era algo serio, y me llevaron a la gran ciudad con un doctor especialista en fracturas. Nos regañó, bueno a mí no, a mi padre, que terminó por considerarme la hija más problemática.

Por más de 40 días tuve el brazo con yeso, casi inmóvil, y tuve que aprender a usar la mano izquierda hasta para escribir.

Suerte para todos, la reforma agraria seguía su curso, así que les construyeron una casa linda, cómoda en el campo, con todo lo indispensable: Cocina, baño, establo, gallinero y hasta horno; que se usaba cada fin de semana para cocinar el pan y una rica hogaza con solo aceite y tomates, algo delicioso que costaba horas de trabajo para mi madre. A las 3 de la mañana tenía que preparar la masa, dejarla leudar por horas, antes de encender el horno a leña (obligación de mi hermano, ¡que era el varón!) o encender el carbón en la cocina para hacer buñuelos como torta, freírlos en puro aceite de oliva…umm, ¡qué delicia! ¡sabores que nunca más pude volver a probar!

¿Casa en los campos? Ya, y todos se fueron para allá… y yo, ¿cómo iba a seguir estudiando?

Me instalaron con mi abuela, que vivía con sus 2 últimos hijos; el que seguía a mi madre era…especial, no había crecido mucho, era de nuestra altura, rubicundo, casi normal. Él tenía sus cabras o vacas, iba al mercado a comprar pescados frescos y los hacía asados al carbón pasándoles encima una vinagreta hecha con aceite, limón, sal y perejil; nada más, que le daba un sabor increíble.

No me gustó nada estar en tan poco espacio, limpiar los claveles de plástico que mi abuela compraba cada miércoles en el mercado de la plaza principal del pueblo. En pocos meses se hicieron 60, sin contar que me tocaba lavar los pañuelos sucios, porque ella tenía una bronquitis crónica, y lo peor, era limpiar las suciedades de las vacas… (algo que nunca le conté a mi madre, solo me miraba llorar y me preguntaba qué era lo que me pasaba, y yo incansablemente le respondía “nada”).

Por suerte, continuaron construyendo el edificio donde mis padres habían comprado un apartamento en el tercer piso y 4 locales a nivel del suelo, así que mi hermana mayor y yo quedamos viviendo en el pueblo, yo para seguir estudiando y mi hermana para ir a clases de corte y confección.

Todas las mañanas me levantaba temprano, corría a la estación ferroviaria y tomaba el tren, que paraba en los otros 5 pueblitos que seguían, antes de llegar a la gran ciudad. Bajaba corriendo, tomaba el bus para pasar el famoso puente que a las 8 en punto se habría a mitad y se levantaba para dejar pasar las naves recién revisadas y reparadas. Solo en la tarde, al regreso, comía algo.

Conocimos a varios estudiantes y juntos hacíamos el trayecto en tren, y yo, chiquita y miope me fijé en el chico más guapo, que claramente estaba enamorado de una cipota de su pueblo igual de guapa. Supe años más adelante que iban a ser padres y al terminar los estudios de él, se fueron al norte, en busca de mejor suerte…y yo me quedé llorando en la playa mientras cantaban… "bésame, bésame muuuucho… como si fuera esta noche la última vez”... solo que en realidad, él nunca me había besado…

Comía poco y eso influyó en mis estudios, tanto que una revisión médica me obligó a ponerme 250 inyecciones de reconstituyente. Lo peor fue que mi hermana, adolescente, tenía apenas 16 años, se enamoró de un muchacho que no la dejaba en paz, tenía una gran moto y al parecer era algo mujeriego, por lo que mi madre terminó por buscar otra solución para mi.

Así que me tocó escribir a un colegio muy lejos de mi ciudad, a más de 1000 kilómetros de distancia, para preguntar y pedir que me aceptaran como alumna. Una prima era monja en el gran monasterio escuela de esa gran ciudad, tan lejana y diferente de nosotros.

Mi padre había tenido un desafortunado accidente en el trabajo de campo y su brazo derecho había sufrido una terrible torsión. Solo al norte podrían darle el mejor tratamiento, aunque ya tarde (habían pasado meses sin ninguna mejoría) y así me llevó al colegio y de regreso al sur iba a pasar en otra maravillosa ciudad, famosa por sus médicos y sus avanzados tratamientos en huesos.

Llevamos una valija llena de uva, claro, era septiembre, qué manía la de mi madre de querer agradar a la gente regalando cosas… una vez me obligó a llevar una gallina en una caja, en tren, para regalarla a mi profesora, según ella eso la iba a poner en muy buena disposición conmigo. En el tren me moría de la vergüenza… ¿y si se ponía a cantar? ¡uf, tamaño lío!

En fin… ya lejos de mi casa, de mi familia, pues ya tenía años sin una verdadera familia, en una escuela nueva y… de monjas, vaya…

jueves, 20 de abril de 2017

Una historia de Ángela Pinto 6



Buenas noches amigos. Seguramente recordarán que nuestra amiga Ángela Pinto nos compartió hace algunos meses, 5 relatos sobre su infancia en el sur de Italia, a propósito del ejercicio suscitado por la lectura de diciembre: "El olvido que seremos" de Héctor Abad Faciolince. Pues por fortuna, se animó a agregar un nuevo capítulo a este hermoso relato.  Acá se los dejo tal como ella lo envió.

***************

6

El tren pasaba todos los días. Podía imaginar tierras lejanas hermosas, así como las miraba a veces en los libros. Me gustaba leer los cuentos, las fabulas, mucho más que ir a jugar a la calle… eso de jugar en la calle, era lo que hacíamos todos los niños y niñas en la tarde: en la mañana la mayoría íbamos a clases.

La estación nos quedaba a unos trescientos metros. Yo me quedaba viendo a las chicas con su vestido de escuela pasar, y pensaba que de grande eso iba a ser, una chica con libros bajo el brazo, que tomaba el tren para ir a estudiar a la ciudad más grande. Siempre iba a estudiar, para felicidad de mi madre, que sí sabía hacer cuentas -en eso ella nunca se equivocaba-, pero casi no podía leer.

La escuela nos quedaba a medio kilómetro a pie desde la casa. Era un edificio enorme, de forma rectangular con un patio grande en medio donde se podía hacer gimnasia. Bueno, solo en los meses de calor porque en invierno era imposible, claro, no hacía mucho frío, pero las clases empezaban en octubre y terminaban en junio, así que pasábamos invierno y primavera estudiando; había menos tiempo para jugar, un par de horas al día, ya que oscurecía temprano y lo mejor era quedarse en casa.

Empecé el primer grado a casi seis años, me faltaban solo dos meses, pero me aceptaron y me encantaba ir todos los días a escuchar a mi maestra, tan linda y cariñosa y sobretodo me encantaba aprender a leer, escribir, hacer cuentas y pasaba horas en la tarde repitiendo las benditas tablas de matemática. A veces iba a casa de mi maestra, ella no tenía hijos y le encantaba tenernos allí, a mí y a un par más de sus estudiantes. Pasábamos varias horas dibujando y coloreando.

Sin embargo, se me estaba complicando la relación con mi familia. Todos iban felices en la noche a comer sorbete en la avenida principal (era una sola obviamente, el pueblo era pequeño), y yo era la única que siempre tenía problemas para salir en la noche, hasta que una vez fui con mi madre a visitar a una amiga de ella, y al entrar en su casa no dejaba de parpadear, no miraba para nada, era todo oscuro. Fue así como me descubrieron una fuerte miopía, digo, entre tantos nietos, ¿justo yo tenía que heredar la miopía de mi abuelo materno?, que no conocí, puesto que mi abuela me contó que era muy malo con su caballo y este un día le tiró una mortal patada.

Sin embargo, me gustaba el orden, la limpieza y usar la tina del baño. Ahí estaba, y teníamos que ir bien bañados y vestidos a la escuela el día siguiente porque iban a pasar revisándonos los dientes, los oídos y bueno, yo llené la tina de agua, no sabía cómo hacer funcionar el gran calentador que estaba encima y obligué a mi hermana menor a bañarnos. Gracias a Dios mi madre volvió temprano, porque las dos estábamos heladas (era diciembre, en pleno invierno) y ya medio moradas. Se llevó un buen susto ¡pobrecita!

No recuerdo bien a mis hermanos más pequeños, pero sí a mi hermana mayor. Mi madre nos vistió, por no sé qué fiesta, como si fuéramos dos gemelas: una falda azul con paletones, una camisa blanca que tenía en el borde una cinta de florecillas de muchos colores, en el cuello y las mangas y en el borde de la falda también. Yo me sentía una princesa, con calcetines blancos y zapatos negros.

Creo que fue de las pocas veces en que me puse lo que mi madre escogía, ya que en la adolescencia escogía yo la tela y el patrón, con gran preocupación de mi madre y de las pobres costureras porque buscaba siempre algo complicado y difícil, no como mi hermana mayor que aceptaba cualquier tela y modelo sin tantos líos. Una vez mi mamá compró telas para dos vestidos a mi hermana y yo decidí: o esa que me gustaba o nada, y claro era más cara que las otras dos juntas.



Mi infancia pasaba sin sobresaltos hasta que de repente mi padre vendió la casa y dio todo el dinero al “maestro”, como prima, para una casa más grande en un edificio en construcción a un kilómetro de allí. Iba a tener un corredor, un baño, una cocina grande, tres habitaciones, una para mis padres, otra para el comedor, otra para las niñas (ya éramos tres) y  una más pequeña para mi hermano. En el piso bajo, cuatro grandes piezas iban a servir como establo, bodega para almacenar lo que fuera necesario, y cantina, para poner varios barriles de vino; pero el constructor quebró, y el que compro nuestra casa la quiso de inmediato, así que de un momento a otro, en un abrir y cerrar de ojos, quedamos en la calle. Tuvieron que llevar muebles y camas a un espacio que iba a servir de garaje. En el nuevo edificio no había ni siquiera luz eléctrica, así que me tocaba estudiar a luz de candela y ya estaba en 6º grado. Mi nueva escuela me quedaba lejos, tenía que atravesar casi toda la ciudad y en aquel entonces todo el mundo iba a pie, había muy pocos carros.

Y pensar que mi amiga del piso de arriba, las dos teníamos diez años, meses antes, me había dicho que quizás no sería conveniente hacer eso, digo, eso de cambiar casa. Mejor una casita chica, segura y no una todavía en construcción...

Bueno, juré que jamás iba a comprar algo sin tener suficiente dinero y seguridad. La vida da muchas vueltas y no siempre acierta uno en sus decisiones, hasta que a veces lo siente en sus huesos y en su alma…

martes, 18 de abril de 2017

CBE con Héctor Abad Faciolince


En el marco de los 25 años de la firma de los Acuerdos de Paz y como parte de las actividades de Centroamérica cuenta en El Salvador, recientemente se llevaron a cabo dos actividades en el Teatro Luis Poma: la primera se realizó el martes 28 de marzo con el conversatorio: “En nombre del padre, pérdida y perdón”, el cual contó con la participación de Héctor Abad Faciolince, escritor y periodista colombiano; Alejandro Poma, empresario salvadoreño; y Carlos Fernando Chamorro, periodista nicaragüense, quienes hablaron de sus pérdidas familiares y ofrecieron sus puntos de vista sobre si estas pérdidas pueden ayudar a nuestras sociedades a reconciliarse consigo mismas, pero también, hubo una interesante reflexión entre los conceptos de recuerdo y memoria.

Esta actividad estuvo moderada por el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, quién es el presidente de Centroamérica cuenta, y también ha sido galardonado con el Premio Alfaguara de novela.

Por otra parte, el día miércoles 29 se proyectó el documental: "Carta a una sombra", elaborado por Daniela Abad y Miguel Salazar, el cual reconstruye la novela El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince, que relata la violencia política en Colombia; pero sobretodo, es un homenaje a la vida de su padre Héctor Abad Gómez. Luego de la película, hubo un conversatorio entre Héctor Abad Faciolince, el cineasta Jorge Dalton y Gabriela Poma. 

Club de la Buena Estrella con el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince
El Club de la Buena Estrella fue invitado por Miguel Huezo Mixco y María Revelo-Imery a colaborar con Centroamérica cuenta para estas actividades, reuniendo a la mayor cantidad de clubes de lectura en El Salvador para invitarlos también a que asistieran. Así que expresamos nuestro profundo agradecimiento a ambos, por tomarnos en cuenta como colaboradores, y por habernos recibido muy cálidamente los dos días, tanto al Club de la Buena Estrella que se presentó en pleno, como a los otros clubes de lectura invitados por nosotros.

Fueron días muy intensos en muchos sentidos, se realizaron múltiples actividades de coordinación, con gente de San Salvador, pero también con algunas personas que vinieron del interior. Por otro lado, el contenido de las dos sesiones fue impresionante, conmovedor y muy fuerte para todos. Estamos muy agradecidos con los panelistas por abrir estas ventanas que nos presentan la vida en sus países, en sus casas, en sus familias. Algunos coincidimos en que, para muchos, fue un espejo que permitió también revisar dentro de nuestras propias realidades y hacer un ejercicio de memoria para rescatar situaciones con parientes cercanos. Como por ejemplo, leer El olvido que seremos nos permitió a algunos hablar sobre nuestra relación con nuestro padre, que en las reuniones presenciales del club se convirtió en un ejercicio muy emotivo y enriquecedor.

Queremos finalmente agradecer a todos los amigos de los otros clubes de lectura que se sumaron con nosotros con entusiasmo para participar en ambos eventos:

- Amigos de la lectura (AMIDELEC)
- Colonia de colombianos residentes en El Salvador
- Coco Lecturas - Sonsonate
- Universidad Doctor José Matías Delgado
- Juventud lectora Sacacoyo
- MH Club de lectura (Ministerio de Hacienda)
- Academias Sabatinas UJMD
- Club de Lectura y escritura "CONTEXTOS" 
- Club de lectura "Utopía"

También queremos agradecerle a nuestra compañera María Ofelia Zúniga, quién nos brindó su enorme apoyo en hacer la lista de clubes y coordinar con ellos la asistencia, confirmaciones, entrega de invitaciones, etc.  ¡Muchísimas gracias!














lunes, 3 de abril de 2017

Por la valentía, sea de quien sea

Terminé de leer el libro hace ya algunos días... creo que justo unos días antes del conversatorio con Héctor Abad Faciolince. Y quise esperar hasta ir precisamente a este conversatorio para escribir mi reseña.

Debo decir que el libro me pareció muy íntimo. Me gustan ese tipo de libros, ya saben, en los que el autor casi que desnuda su alma y sientes una conexión con él, aun sin siquiera conocerlo.

Tengo que reconocer que el principio del libro me pareció bastante cursi, pero una vez conociendo la trama, pude comprender ese lado inicial.

Sé que algunos de ustedes publicaron incluso anécdotas muy lindas y muy personales sobre sus papás... mi historia, por el contrario, es muy distante de ser linda y amorosa. Pero por favor, no me mal entiendan, claro que tuve y tengo un padre, y claro que hay cariño, pero el calificativo de nuestra relación es más de respeto y paternidad responsable. Por lo que debo decir, que sentí gran envidia por aquellos hijos que sí tuvieron esa relación y conexión especial con un papá interesado.

Mi personaje favorito fue la mamá de Héctor: Doña Cecilia Faciolince (que por cierto verla en la película y escucharla hablar, fue por mucho MARAVILLOSO)... me encantó toda ella, esa dualidad con la que la describe, entre una mujer adelantada a su época, combinada con una cristiana devota, me pareció muy real y con los pies en la tierra. Quizá porque conozco a varias que entramos en esa dualidad.  

En definitiva, conocer a Héctor en persona (y a su mamá en el documental), fue la cereza del pastel. Coinciden totalmente con la imagen que me hice de ellos por el libro. Incluso, sentí la misma vibra al conocerlos que cuando estaba leyendo el libro. Es encantador conocer este tipo de personas, de ese tipo auténtico, que te hace añorar su amistad. Puntos adicionales a Héctor por tan buena descripción lírica y realista de su mamá.

El día del conversatorio, lo único que se me ocurrió decirle a Héctor cuando lo salude, fue "¡qué valiente!... te felicito por tanta valentía", creo que él entendió la valentía por otro lado, porque me dijo... "el valiente era mi papá"... yo le expliqué que me refería a la valentía de haber escrito el libro... así que cuando me autografió el libro "El olvido que seremos" escribió: "Por la valentía, sea de quien sea", lo que me pareció simplemente encantador y acertado. 

MM.

miércoles, 15 de marzo de 2017

CBE apoyando a Centroamérica Cuenta

Centroamérica Cuenta es un encuentro internacional de escritores de todo le mundo que se celebra en Nicaragua desde 2012 y surge como una iniciativa del escritor nicaragüense Sergio Ramírez. 

Desde su inicio, ha convocado a casi 300 narradores de España, América Latina, Estados Unidos, Francia, Alemania, Italia y los Países Bajos; para reflexionar y dialogar, desde el arte y la literatura, sobre diversos temas de interés. Este encuentro se ha constituido en el evento literario más importante de la región y en un espacio de reflexión y diálogo sobre diversos temas alrededor de la realidad y la cultura centroamericana.

En esta edición de 2017, el Club de la Buena Estrella estará acompañando estas actividades que se celebrarán en la última semana de marzo. Tendremos el privilegio de conversar con el autor de nuestro libro de diciembre recién pasado, el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, de quién leímos la novela "El olvido que seremos", y sobre la cual se proyectará un documental el día 29 de marzo en el teatro Luis Poma a partir de las 7:00 p.m.

Esta novela, le valió el Premio Casa de América Latina de Portugal y el Premio Wola-Duke. El autor cuenta la historia de su padre asesinado durante los años más turbios de Colombia. 

viernes, 3 de febrero de 2017

Una historia de Ángela Pinto 1-5



Amigos del Club de la Buena Estrella, espero que estén disfrutando de las lecturas programadas para 2017.

Me voy a permitir hacer un paréntesis en el nutrido intercambio sobre el autor de febrero, para enmendar una penosa omisión que tuve durante la lectura de diciembre. Si recuerdan, Miguel Ángel nos encomendó hacer una entrada sobre alguna anécdota que quisiéramos compartir sobre nuestro padre, y yo recibí de nuestra amiga Ángela Pinto un hermoso escrito que por diversos motivos no había podido postear hasta este día. Confío en que ella me sabrá perdonar esta demora.

Se los he transcrito tal y como me los envió, dividido en 5 partes, y con minúsculos cambios obligados por el hecho de que el español no es su lengua materna. 

Espero que lo disfruten tanto como yo.

1

Todo empezó en el día y la hora en que se me ocurrió nacer, en un lugar y en un período de muy poca y ambigua calma.

El país estaba saliendo de una guerra terrible donde todo el mundo estaba involucrado: los de raza especial contra los otros, que por ansia de poder o ignorancia se dejaron arrastrar y se llevaron a miles de jóvenes soldados a combatir y a morir por algo que no tenían muy claro y a lo que, de todos modos, había que obedecer.

Las grandes extensiones de tierra eran para algunos privilegiados, en contra, los pequeños braceros iban de un fundo a otro trabajando de sol a sol y ganando tan poco, que nunca les alcanzaba para mantener a su familia, así que mis padres tuvieron que ir a trabajar en campos ajenos, dejándonos solas en la casa, a mí y a mi hermana mayor, de apenas un año más que yo.

Un día se realizó la reforma agraria, yo misma acompañé a mi padre con la esperanza, dijo mi madre, de que pudiéramos tener algo de suerte en el sorteo y lograr un terrenito decente, donde se pudiera llegar sin mucha dificultad, que no tuviera demasiadas piedras y se pudiera empezar a cultivar lo necesario para sustentar a la familia, que de cuatro miembros había crecido a seis.

Yo tenía que haber sido varón, según mi padre. Su primer hijo se murió a los tres añitos, él nunca pudo olvidar ese gran dolor, todos los días iba al cementerio como si de esa manera hubiera podido devolverlo a la vida, y mientras el pequeño dejaba este mundo, en la misma cama, nacía mi hermana mayor, rubiecita, con los pómulos rosados, los ojos verdes, bien redondita y linda; así que cuando un año y medio después nací yo, mi padre quedó tan desilusionado que ni se preocupó por buscarme nombre, en fin, simplemente me tocaba por tradición llevar el nombre de su padre y, por ser niña, de su madre. Además era tan pequeña y frágil que bastaría el diminutivo Lina... y así fue.

Después del sorteo, -ya tenía yo más o menos ocho años-, la emoción de tener un terreno propio se esfumó de inmediato cuando mis padres fueron a ver cómo era y donde quedaba.

Con una carreta tirada por una mula, llegaron al límite de una inmensa propiedad bien cultivada, con incontables hileras de viñedos pero sin calles y sin manera de bajar, así que tuvieron que caminar largos trechos, cargando bultos con algo de pan y sobras del día anterior, para conocer exactamente cuál pedazo les habían  asignado, ya que en esas laderas iban a haber al menos cinco propietarios diferentes.

2

Tuvieron que atravesar un pequeño bosque de pinos, muy lindo, que daba una agradable frescura, pero por lo demás inútil para cultivar. Avanzaron un kilómetro más y allí estaba...  una tierra sin nada, sin plantas, sin agua, con muchas piedras, grandes canales, había que sacarle espacio para cultivar trigo, sembrar viñedos, excavar un pozo y seguir comiendo pan duro mientras todo eso se hacía realidad.

Vita y Paolo empezaron a recoger piedras gruesas, sólidas, pesadas; cavaron hoyo profundo que debía servir de pozo y depósito de agua, y marcaron una canaleta por donde debía bajar el agua de lluvia desde las tierras de arriba hasta el pozo, de lo contrario, el agua se iría como siempre hacia abajo, hasta la gravina y se perdería a través de kilómetros hasta llegar al mar.

Al hombre le tocaba procurarse las estacas de uva, así que mi padre se fue escogiendo las mejores en los terrenos de familiares y amigos para sembrar uva blanca para comer y uva negra para vino.

En un par de años ya hubo una hectárea sembrada de plantitas que crecían, así como varios árboles de fruta: cada cinco filas de uva había un par de arbolitos de higos o peras. De las trece hectáreas de tierra solo siete u ocho eran los terrenos buenos para sembrar, constituidos por tres colinas separadas por enormes y profundos canales. Además, en los meses invernales era imposible tener algo, todo se helaba, la tierra solo se preparaba con arados y caballos y solo años más adelante, con tractor. Ya en marzo sembraban trigo y maíz, girasoles, papas de azúcar, y todo lo que pudiera dar esa tierra, incluyendo todas las legumbres, alcachofas, papas y verduras que podían servir para alimentar a la familia, pero eso sería muchos años después, cuando el plan de la reforma agraria siguió y empezaron a construir casas blancas, cómodas y muy funcionales para cada fundo y para que cada familia pudiera vivir en los terrenos asignados.

Volviendo atrás, a los seis meses de haber nacido yo, mi madre se dio cuenta de estar nuevamente embarazada y decidió dejar de darme pecho, por lo que me puse mal ya que no podía digerir la leche de vaca.

Para empeorar las cosas, cuando yo tenía apenas dos años, mi hermana me dio un vaso de leche cruda que por poco me despacha al otro mundo, una hemorragia imparable me dejó débil, frágil, más de lo que era, solo unas hierbas especiales de una amiga de mi madre la pudo parar.

3

Como si fuera poco, una noche me caí de la cama, donde dormía con mi hermana mayor. Era de hierro, alta, sin baranda, sin protección alguna, así que me caí una noche y, según lo que contaba mi madre, solo después de tanto pelear, mi padre le puso una barra para que no me cayera más.

Mis padres se iban a trabajar todo el día en campos ajenos, para tener algo de dinero y comprar lo indispensable y nosotras dos con mi hermana nos quedábamos solas en ese cuarto. 

Un día llegó un señor, amigo de mi padre a buscarlo, teníamos tal vez cuatro o cinco años. En la noche, al regreso de la faena, mi padre buscó el dinero que tenía en su chaqueta y no encontró nada. Al entrar, mi madre nos vio a las dos niñas amarradas a la máquina de coser. Le costó mucho hacerle entender a mi padre que era imposible que nosotras hubiéramos tomado ese dinero y al final se descubrió quién fue el responsable. Eso nos dejó un sabor amargo y una sensación dolorosa aún después de tantos años, imagino a nivel profundo.

Así pasaron nuestros primeros años. Mi hermana mayor me llevaba siempre de la mano, a casa de una tía a unos cien metros más abajo. Yo la miraba preparar albóndigas de carne para su familia y veía a mi madre siempre cansada en la noche después de una larga jornada de trabajo y sin ganas de cocinar, ya que había que encender el fuego en la chimenea para preparar algo y darnos comida caliente, mientras mi padre volvía tarde, incapaz de darnos las buenas noches o de arroparnos así como me di cuenta más adelante, hacían muchos papás… ¿por qué el nuestro era así?

4

En esa región, los miércoles de cada semana en la plaza principal había mercado. Allí se podía encontrar de todo: verduras de la estación, frutas, todo tipo de ropa, para la casa, de vestir, íntima, zapatos, ollas y sartenes, cafeteras originales o de imitación; sin faltar frutas secas como: almendras, nueces, latas de todo tipo, galletas, en fin, un sinnúmero de cosas a buen precio.

Mi madre estaba enamorada de uno de esos jóvenes que iban de un pueblo a otro para ofrecer sus productos: se habían jurado casarse, pero había que esperar un tiempo, así que mi madre esperó y esperó hasta que las amigas le dijeron que, o se casaba o se quedaría vistiendo santos. Fue por eso que decidió casarse con otro joven, guapo en su uniforme militar, de familia campesina, con varios hermanos varones y que acababa de regresar de una campaña en un país lejano, caliente, donde la pobre gente vivía en chozas de paja y se cubrían con sábanas.

Los jóvenes esposos fueron a vivir con mis abuelos, mi madre era la más joven y no tenía hijos, por lo que le tocó trabajar en casa más de lo que quería, así que decidieron alquilar un cuarto arriba de varias escaleras, sin agua ni baño y allí nacieron los primeros hijos.

El temple de Vita era increíble, fuerte, trabajadora, con ganas de tener una casa nueva en los modernos edificios que estaban construyendo cerca de la estación ferroviaria, así que empezó a ahorrar y por poco se le va todo por el aire ya que la amenaza de otra guerra se estaba llevando al marido de vuelta al servicio de la patria. Se fue Paolo hasta el norte del país, donde tenía que reunirse con los demás hombres, pero por cobardía o por meras ganas de vivir una vida normal, en un arranque de ira, se subió a la bicicleta y se regresó pedaleando por más de mil kilómetros y varios días a su pueblo natal, a su joven esposa, a sus amigos y a sus juegos de póquer.

5

Claro que gracias a ese arrebato de confusión, puedo contar ahora la historia, en efecto, muchos de esos jóvenes que fueron a la campaña de la Unión Soviética murieron congelados antes de llegar a esos sitios fríos e inhóspitos.

También tengo que decir que tampoco me salvó la medicina tradicional o alópata, pues en aquel entonces no había medicina alternativa o complementaria, ni hipnosis; solo algún conocimiento de hierbas y plantas, que a través de los siglos han sido estudiadas y usadas en la producción de pastillas, tabletas, etc. Por lo que es casi un milagro que esté viva todavía.

Veamos, quedé chiquita, no crecía mucho, no comía bien y muchas veces casi no comía. Recuerdo que eso no me gustaba, eso otro me hacía daño o no me apetecía y mi padre se enojaba y terminaba por no comer nada, aunque mi madre se esforzaba para pasarme pescadito frito por debajo de la mesa y la hora de la comida se había transformado en una tortura, así que crecí algo delgadita de pierna, es más, decían que tenía las piernas torcidas y esa fue mi continua y eterna preocupación. Ya de adulta cuando pasábamos por la avenida principal los muchachos hacían apreciaciones sobre las piernas de las chicas que iban adelante y eso me quedaba como una puñalada todas las veces.

Pasaron los años, empezamos a ir a la escuela con mi hermana mayor y mis padres seguían trabajando en campos ajenos y ganando para pagar la nueva casa de tres cuartos, cocina y baño, en el primer piso de esos nuevos edificios que se estaban construyendo cerca de la estación ferroviaria. El cuarto de mis padres tenía un balcón y yo sembraba geranios y claveles en macetas. El cuarto grande era el comedor con cortinas blancas lámpara de cristal, y lo usábamos porque allí estaba la máquina de coser ya que en realidad comíamos en la cocina. Nosotros dormíamos en la entrada, en camas dobladas como sofá, hasta que mi madre compró una salita nueva donde nadie se sentaba porque era para las visitas, que naturalmente nunca venían puesto que mis padres pasaban trabajando y nosotros, cuatro hijos, nos cuidábamos unos a otros. Bueno, en realidad, crecíamos como plantas.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

¡Feliz décimo aniversario club!

¡Feliz décimo aniversario al Club de la Buena Estrella!



Amigos del Club de la Buena Estrella, con mucho orgullo, alegría y enorme satisfacción celebramos este día nuestro Décimo Aniversario.

Hace diez años decidimos -en una conversación informal-, iniciar esta aventura de leer individualmente y comentar en grupo los libros que más nos interesaban. En ese momento no alcanzamos a visualizar lo importante que sería este club en nuestras vidas y en las vidas de otras personas que se nos han sumado durante estos diez años. Sin embargo, al ver hacia atrás y hacer una remembranza de las páginas de los 126 libros leídos, de las personas que nos han acompañado en las lecturas, de los autores que hemos conocido y saludado, de los lugares que nos han albergado y de los centenares de reuniones, comentarios y anécdotas que tenemos; no podemos más que reconocer que fue una de las mejores decisiones que tomamos y de las que más satisfacción hemos obtenido.

Nos agrada sentir que hemos aportado un modesto pero incesante esfuerzo en el fomento de la lectura en nuestro país, y que ahora más que nunca estamos preparados para multiplicar estos esfuerzos gracias a nuestro Método CBE que durante esta década hemos creado, modelado y afinado para beneficio de más y más personas que quieran iniciar y administrar sus propios clubes de lectura.

Queremos dejar constancia de nuestro agradecimiento a todos los miembros del club con los que nos reunimos cada jueves y a los que alguna vez nos acompañaron en todo este tiempo, a los que nos acompañan en la distancia, a los que nos acompañan virtualmente, a los escritores que nos han concedido algún conversatorio, saludo o presentación de libro, a los amigos de otros clubes que nos animan a seguir adelante, a los amigos y familiares que nos han apoyado y que nos han dado el impulso para crecer y a todos los lectores de este blog que nos siguen y nos comentan. Muchas gracias.

Nos estamos preparando para celebrar una ceremonia de aniversario durante los primeros meses del próximo año, pero no queríamos dejar pasar este día sin hacer una mención del aniversario.

Feliz cumpleaños al Club de la Buena Estrella y ¡felices lecturas!

domingo, 18 de diciembre de 2016

La venda, un cuento de fútbol sobre padres e hijos


Y por amor a la memoria llevo sobre mi cara la cara de mi padre. Yehuda Amijai

Me salí por un momento de la cancha y le pedí a Chema que me ajustara el vendaje de la rodilla. Mi padre me había dado aquella venda la noche anterior, así como Mister Miyagi le había dado su cinta a Daniel Larusso en Karate Kid. "Te va a ayudar con esa rodilla cuica que tenés", me dijo. "Lástima que no podré verlos jugar, a esa hora tengo que ir por el jefe al aeropuerto".

Mi viejo, a quien aún tengo la bendición de tener conmigo, tenía 50 años en aquel tiempo. Ahora tiene 70. Tras perder a su madre a la edad de 12, dejó su natal San Miguel y se estableció en San Salvador. Tiempo después conoció a mi madre, con quien ya han vivido juntos y felices por más de 46 años. Quien escribe estas lineas tiene el privilegio de ser el primero de sus dos hijos, su copia, como dicen los que nos conocen. Soy muy afortunado al poder decir que mi padre ha estado conmigo en cada momento importante de mi vida. Tengo presente cómo nos contuvo a mi hermana y a mí en un mismo abrazo cuando murió mi abuelo, su padre, poco después del mundial del 78. Recuerdo el sacrificio y la devoción con que siempre nos conseguía los materiales y útiles para nuestras tareas en la escuela. Nunca olvidaré cómo nos consoló un día de abril de 1985, cuando dejamos a mi madre en el hospital para una delicada cirugía, ni cuánto lloró a mi abuela materna (quien siempre lo trató como a sus propios hijos) cuando ella partió en 1986. Tengo impresa en el corazón su expresión emocionada el día de mi graduación, y más marcada aún su emotiva oración y su mirada acuosa, cuando no hace mucho entré al quirófano con apenas sangre en las venas y muy pocas posibilidades de verlo de nuevo. Mi padre siempre ha sido una fuente de consuelo y un bálsamo curativo para quienes le rodean.

Ya con la venda ajustada, pedí autorización al árbitro para reingresar al juego, mientras veía con preocupación a ese equipo de azul, perdido y desencajado como Adán un día de las madres. Recuperarnos de ese gol tempranero nos tomó casi todo el primer tiempo. Habíamos salido a la cancha con muchas ilusiones de ganar aquel partido que nos pondría en la semifinal del torneo, y en el primer minuto ya perdíamos 1x0. ¿Has visto la expresión de un niño cuando se le cae al suelo el dulce que apenas acaba de desenvolver? Pues no importa si se tiene 20, 30 o 50 años, siempre que se juega al fútbol se vuelve a vivir cada emoción o decepción igual que un niño.

Durante la siguiente media hora prácticamente no tocamos la pelota. Desconcertados, nerviosos y erráticos, no lográbamos contener al equipo rival, que dicho sea de paso ya nos había goleado en la primera ronda del torneo, algunos meses atrás. "Somos sus tatas", parecía decir la expresión de satisfacción y confianza en su superioridad que mostraban aquellos jugadores de rojo, a los que nosotros solo atinábamos a seguir de un lado a otro del campo, igual que un toro frustrado y agotado. Solo los aciertos del gordo Pepe, nuestro portero, impidieron que recibiéramos más goles en aquel primer tiempo para el olvido. El malestar y el enojo que imperaba entre los azules se evidenciaba en cada reclamo airado que nos hacíamos unos a otros. Ese era un sentimiento que yo conocía bien. Lo recuerdo de un partidito entre amigos en El Cafetalón, cuando yo era un muchacho rebelde de apenas 16 años. Ese día no me había salido nada y yo estaba enfurecido conmigo y con todos. Mi padre estaba en el mismo equipo y me había señalado los errores que estaba cometiendo, y en una penosa respuesta que todavía recuerdo con pesar, le dije que no estaba jugando para recibir regaños y me salí de la cancha. Al domingo siguiente, decidí que jugaría en el equipo contrario al de mi viejo. Anoté un gol pero perdimos el partido. Camino a casa me revolvió el pelo (una fiel copia del suyo) y me dijo con tono animado: "Jugaste bien, de verdad que preferiría no tenerte en contra". Por supuesto que nunca más lo hice.

En el entretiempo, Chema volvió a colocarme la venda en la rodilla, pero esta vez ajustó bien el broche que la afianzaba mucho mejor, haciendo una enorme diferencia. El juego se reinició, pero nuestra reacción llegó hasta bien entrado el segundo tiempo, cuando volvimos a creer en nosotros (en el fútbol, como en la vida, todo se resume a credos). Y entonces, con más ganas que recursos y con más voluntad que técnica, comenzamos a llegar al área contraria cada vez con más frecuencia y peligro. El empate que se nos había negado hasta el minuto 86, se presentó en una jugada muy batallada. Después de varios tiros, atajadas, rebotes y forcejeos, el último remate de Chente se estrelló en el costado del portero de los rojos y se coló bajo su cuerpo, siguiendo su trayectoria hacia el marco, sin fuerza, despacito, con suspenso...pero con suficiencia. Era gol. Cada una, la voluntad y la fortuna, habían aportado su parte.

Pero aún no podíamos celebrar, el empate no bastaba. Habíamos iniciado aquel torneo recibiendo humillantes goleadas y, después de mucho trabajo y sacrificio para encontrar el equipo base, sintonizarnos en una misma idea de juego y ponernos en forma (que así funcionan los equipos de burócratas y oficinistas de 30 años cuando se animan a jugar de nuevo después de varios años de sedentarismo), ahora estábamos apenas a un gol de meternos entre los mejores cuatro equipos del campeonato.

Los rojos percibieron que adelantaríamos filas para irnos con todo sobre su marco en los pocos minutos que quedaban, y con mucha idea enviaron un par de pelotazos largos que dejaron a su centro-delantero mano a mano con nuestro portero. Pero esa noche, una vez superado el error garrafal del primer minuto, el gordo Pepe se había convertido en un gigante imbatible. "¡Aquino es mi apellido!", gritaba el gordo levantándose del suelo con la pelota atenazada entre los guantes. "¡Y aquí no!", remachaba negando con el dedo índice.

Se cumplía el minuto 90 y Chema gritó desde la zona técnica que había que mandar la pelota de una vez hasta el área rival. El gordo Pepe levantó la vista y despejó buscando al negro Méndez, que se había desmarcado bien a unos 30 metros de la portería contraria. El negro controló el balón y enfiló hacia el área grande, cuando un defensa rojo que volvía se lo llevó puesto en una jugada bastante malintencionada. 

Al escuchar el pito arbitral, recordé a mi padre en sus tiempos de jugador, pidiendo la pelota cada vez que había que cobrar un tiro libre directo. Mi papá sabía patear el balón con una potencia intimidante o con un efecto impecable, según el caso. Tal fue la cantidad y calidad de goles que marcó de ambas maneras, que en mis sueños infantiles yo no aspiraba a pegarle a la pelota como Zico, Platini, Maradona o el Mágico González, sino como mi viejo. Y mi viejo trató de enseñarme. En innumerables lecciones y prácticas en las canchas de El Cafetalón en mi natal Santa Tecla, me mostró la técnica, el impulso, la inclinación del cuerpo, el punto exacto donde se debe golpear el balón y el momento justo para sacar el pie después de haberlo dirigido. Yo no lo conseguía casi nunca. Entonces mi padre, a veces con entusiasmo y otras con menos paciencia, me animaba a intentarlo de nuevo. Y cuando en una de tantas los planetas se alineaban y todos los ingredientes antes mencionados se combinaban para dar a luz un tiro perfecto, uno que pasara sobre los obstáculos y bajara a tiempo de meterse en el marco, su sonrisa orgullosa era la mejor recompensa que yo podía recibir.

Ese hombre de origen humilde, todo sacrificio y lucha, siempre animoso y lleno de fe, me ha enseñado las cosas más importantes y valiosas. Dicen que el juego es un ensayo de la vida, y mi padre ha abrazado su familia, su trabajo, sus credos y sus metas, con la misma pasión e intensidad con que siempre se entregó en la cancha. 

Volví de mi arrobamiento y sin pronunciar palabra fui por la pelota y la puse en el punto de la falta, a unos 25 metros del marco. "¡Vamos chele, pegale vos!", gritó el gordo Pepe. Todavía dolorido por el golpe recibido, el negro Méndez, eterno encargado de cobrar las faltas, asintió con un gesto.

Acomodé la pelota y antes de incorporarme volví a apretar la venda en mi rodilla. Ya erguido observé a los jugadores en la barrera y la posición del portero. Retrocedí dos pasos y respiré hondo para aplomarme. "Dale", pensé, "así como te enseñó el viejo". Recuerdo que di esos dos pasos y le entré a la pelota con un sentido del tiempo que nunca volví a experimentar. Vi al extremo izquierdo de la barrera saltar sin alcanzarla y al portero quedarse parado, observando incrédulo cómo la pelota bajaba hasta entrar en el ángulo. "¡Gol, gol! ¡Golazo!", escuché detrás mío mientras me caía en la espalda el equipo entero hecho un racimo. A lo lejos oí como el árbitro daba el pitazo final. Habíamos ganado en la última jugada del partido.

No sé cuanto tiempo pasó antes de que se removieran todas las capas del cerro humano que me ahogaba. Cuando finalmente pude pararme, dirigí la mirada a la grada donde celebraban jubilosas las familias de nuestro equipo. Ahí estaban los hermanos, las esposas, los hijos, los amigos y... ¿el jefe de mi viejo? Entonces me encontré con la mirada orgullosa y emocionada de mi padre. Había vuelto temprano del aeropuerto y le había comentado del partido a su jefe, quien le dijo que pasaran por la cancha para ver tan siquiera los últimos minutos. Mi padre había llegado justo a tiempo de atestiguar cómo, aplicando sus enseñanzas y siendo un poquito como él, yo había alcanzado la que sería la mayor hazaña deportiva de mi vida.

Recogí la venda que me habían destartalado en la buruca y comencé a trotar hacia las gradas para encontrarme con mi viejo. En esos metros volví a ser el niño que corre a participarle a su padre su más reciente logro. Al encontrarnos, ninguno de los dos pudo hablar. En momentos así, un abrazo es la mejor palabra. Lo que acababa de ocurrir no era solo un gol de último minuto en un partido de corte dramático, ni tan solo un sufrido pase a semifinales. Era la demostración palpable de que los padres se repiten en sus hijos, que somos cabo y resumen de nuestros padres y abuelos y que hay momentos fugaces que pueden volverse eternos.

Junto a nosotros, el gordo Pepe también apretujaba en un emotivo abrazo a su hijo de 7 años, su admirador número uno. Mi papá y yo nos sonreímos con complicidad al ver la enternecedora escena.

—¿Me regalás la venda? 
¡Por supuesto, quedatela, es del equipo!

Y sí, mi viejo querido, vos y yo siempre estaremos en el mismo equipo.

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Con la publicación de este relato cumplo la tarea de escribir un post sobre mi padre, una asignación de Miguel Ángel Meléndez, en el marco de la lectura del libro que él propuso para el Club de la Buena Estrella: El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince. Gracias Mike, por propiciar la oportunidad de revivir y plasmar este recuerdo entrañable.