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viernes, 23 de abril de 2021

Series CBE: La Montaña Donde Ascienden Las Luces (XX/Final/Epílogo)






Encontré el librito de La Montaña Donde Ascienden Las Luces y Otras Historias En Una Tierra Sin Nombre en el baúl de mi abuelo. El libro se encontraba en perfectas condiciones, probablemente restaurado. 

Si los detalles de la impresión no mienten, el libro parece ser del siglo XVI o XVII; lo cual vendría a corroborar las fechas que aparecen en su interior. Sobre los datos que contiene el libro, en especial los de los cabalistas Cordovero y Luria, y también las referencias a John Dee, se puede encontrar la suficiente información en la web y en bibliotecas para certificar su verosimilitud. De Maximiliano Ravidabia sólo existe un portal en internet que expone, de manera fragmentada, parte del Tomo VI de su Partum Magnum Mysterium. Salvo por este librito, y la entrada Web, en nuestro país no hay rastros del tal Ravidabia.

Del lugar al que se refiere el texto, así como de la montaña, no hay datos que hayan sido recabados  posteriormente; ni en tratados de viajes, geográfico o de navegación. 

El descubrir un libro como este en los cachivaches familiares, lo que quisiera averiguar es cómo es que mi abuelo logró hacerse de este ejemplar y qué interés podría tener él en los escritos de un místico, sabiendo la ligereza, más no escepticismo, que tenía para tratar estos temas. 

Mi abuelo nació en 1932 en San Vicente. Es legado familiar una historia de mi abuelo, en la que se cuenta que en 1934, con sólo dos años de edad,  le dio la mano al presidente Maximiliano Martínez en uno de los viajes que el militar hizo al interior del país. Creció en Apastepeque, no concluyó la educación media, se casó, tuvo cuatro hijos y perdió a uno. Fue entrenador de fútbol de un equipo de Sacacoyo conocido como el San Francisco, y el resto de su vida la dedicó a trabajar en ANTEL. Escribió un pequeño libro de poemas y fábulas que terminó publicando en el 2005; solo imprimió 500 ejemplares. Nunca nada de lo que él escribió me ha logrado gustar. 

Y en todo lo que escribía, sin importar su relevancia, siempre firmaba, con el uso de una estilográfica, como: 

Maximiliano Alfonso Blanco Molina R. 

Hasta el día de ahora, nadie sabe en la familia que significa la R.


-a.e, Mejicanos, 2018.




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Series CBE: La Montaña Donde Ascienden Las Luces (XIX)







Testimonio de Froilán Puigdorfila sobre lo que sucedió en la parte alta de la Montaña donde ascienden las luces.


Froilán Puigdorfila es el nombre al que he respondido desde siempre. Se puede saber con certeza de mí porque en mis brazos llevo marcas hechas con tintes de islas olvidadas cerca de las indias, porque mi pierna derecha carece de un trozo de carne, porque mi cabello está trenzado en cuatro partes y porque llevo en mis orejas dos aretes; uno de oro y uno de plata. Mis padres han sido el barco y la mar, fuera de ellos no tengo familia. Durante años he servido a Nuestro Señora de Almudena debido a deudas con el capitán. En este último viaje tomado en Ragusa hemos encontrado con la tripulación una región extraña, desconocida, incluso para mí que navegar ha sido mi vida.

En este naufragio fui enviado por el capitán a obedecer al pasajero de mantos negros, Maximiliano Ravidabia. Hombre de cuidado, debido a los fantasmas que rondan su alrededor. En esta empresa hemos andando por la tierra durante días, buscando explicación para las luces que ascienden sobre una Montaña. En esta empresa hemos perdido a dos marineros y otro perdió la cordura. En esta jornada hemos sido testigos de un país que no tiene nombre, de criaturas extrañas, de pueblos malditos y de señales que no son de los hombres. No soy versado en el arte de la escritura, porque mis talentos se encuentran guardados para el mar, pero me fue solicitado que hiciera de escriba para dar testimonio de lo que vimos en la Montaña.

Llegamos junto a Ravidabia a la parte alta. Ordoño, el artillero, aguardó pasos atrás junto a Pelayo de Urries. En ese lugar alto no hay vegetación; estaba recubierto el suelo de piedras como las que se vieron en la playa. Desde la altura de la Montaña era visible el mar, el fin del mundo. El sol aún no había salido pero el lugar estaba repleto de claridad. Observando hacía la ruta que hicimos con la compañía todo me era oscura, pero mi vista no me traicionó; a lo lejos divisé una mancha en el mar, era nuestro barco que venía buscando la Montaña por la vía del agua.

Maximiliano Ravidabia me tomó del brazo y me miró a los ojos. En todo este tiempo entre hombres, no vi hombre con tal mirada. Mirada que esconde una tristeza más vieja que el tiempo pero que es devuelta en sonrisas. Mirada que abarca un vacío, pero que a su vez es el espacio donde emerge la vida. Mirada que confiesa la sencillez del corazón que descansa bajo la piel de un hombre sabio. Mirada que era, no del hombre inusual que creí, sino de uno más como nosotros. Mirada de un hombre común, hombre que comparte el pan y la cerveza, hombre de juegos y adivinanzas, hombre que come con sus manos, hombre que cuida de los suyos, hombre tan pecador como lo somos nosotros. Ante esa revelación mi corazón fue sorprendido por el fuego de Dios que quemó mis huesos y entrañas. Intenté decirle tanto a Ravidabia pero de mi boca solo salieron palabras sin sentido, llanto y dolor.

Preso de una pena de espíritu, Maximiliano Ravidabia me dio consuelo. Noté que de sus ojos brotaban lágrimas y su rostro dibujaba una sonrisa. Aquel instante de hermandad se vio interrumpido, varios hombres se acercaron a donde estábamos. Rodeado por estos hombres, vi que todos estos podían ser los que dijo él señor Guijarro, los hombres que pasaron por su pueblo. El grupo de hombres, que no eran más de diez, eran similares a Maximiliano Ravidabia. Similares en rostro y estatura, algunos hasta en cabello y barbas, pero ninguno lo era en edad y ropas. Creo que de ser todos estos igual que Maximiliano Ravidabia venían de otros lugares. 

Una vez congregados, el Maximiliano Ravidabia que yo conocí, puesto en pie, fue hacia el centro del lugar. Varias aves volaban en círculos, y al oriente vi al sol salir de manera magnífica, así como lo hicieron los reyes de la antigüedad se elevaban en medio de su pueblo. La luz del sol y el ardor dejado por mi llanto poco me permitieron ver lo que sucedió después. Aquí vi que, en el centro, Maximiliano Ravidabia ascendía al cielo, como esas historias que aparecen en las Sagradas Escrituras. Alrededor de él brillaban millares de luces que se unían en comunión de luz con el sol. Una vez alcanzó la plena ascensión, fui testigo de cómo el manto negro de Ravidabia, manto de eremita y pordiosero que cubría su cuerpo, fue convertido en manto escarlata; manto precioso. 

Vi rosas crecer en las piedras, y vi al guardián de la Montaña correr entre mariposas y montar las espaldas de una bestia blanca; está, lucía tal contrario de la fiera que capturó a Comares para el ritual en el valle. Exaltado el hombre el sol lo tragó todo. Su luminosidad me dejó ciego y grabó una imprenta en la oscuridad de mis ojos, pues al cerrarlos o al dormir, veo un enorme rostro dorado y sonriente, tal medallón robado de las arcas del más rico de los galeones. Perdí el conocimiento y quedé tendido en las piedras.

Ordoño fue quien me asistió, subió a la parte alta llamado por las luces que ascendieron horas antes del amanecer. Me sirvió agua y agradecí, y fueron los agradecimientos las primeras palabras que yo proferí a alguien de la tripulación de Nuestra Señora de Almudena. Ordoño se regocijó al escuchar mi voz, y me entregó el cuaderno en el que ahora escribo. 

Dice el artillero que pasadas las luces vio aquí a un hombre parecido a Maximiliano Ravidabia, que le dijo dónde encontrar el cuaderno dentro de las cosas dejadas por él en nuestro campamento en la Montaña.

También dijo que este hombre le mandó a dejar la Montaña porque el barco estaría en la costa cercana esperando, y que el capitán ya tenía ruta en dirección a Castilla. Ordoño también me hizo saber que este hombre solicitó de mí el que yo escribiera lo que presencié en la Montaña; que escribiera en las palabras que más fácil fueran a mis costumbres. Terminado mi testimonio, y al estar en Castilla, tenía yo que buscar en la tierra de Córdoba a un hombre llamado el Ramac a quién le entregaría este cuaderno. Una vez cumplido, su agradecimiento sería eterno para conmigo.

Todo cuanto se me pidió, todo así será hecho. No obstante, he de comentar, que luego de que Ordoño me entregara detalle sobre mis tareas, yo le pregunté por la semblanza del hombre que relaciono con Maximiliano Ravidabia. Ordoño solo supo responder que, en una cosa, este hombre era diferente a Ravidabia: en lugar de usar un manto negro llevaba sobre su cuerpo un manto escarlata; y añadió, que el hombre que le visitó era el mismo que vimos en la playa los primeros días en esta tierra sin nombre. 



Froilán Puigdorfila, 1569? - 1570?


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Nota del editor al cierre de este cuaderno


En el año 1571 me encontraba en Córdoba en casa de la familia de rabí Moshe Ben Jacob Cordovero, conocido entre los suyos como el Ramac. Llegué para avisar sobre la muerte de éste en Safed, así como dar por terminados algunos de sus compromisos. 

Una noche, mientras nos encontrábamos con la familia del Ramac compartiendo la comida, alguien tocó la puerta. Atendí el llamado y vi que era un hombre alto, de fuerza como toro, que irradiaba paz en su rostro. Se presentó como Froilán Puigdorfila, antiguo delincuente de mar y actual siervo de Nuestra Señora de Almudena. Le invité a pasar, pero este solo extendió su mano y me entregó un cuaderno, mentando que era de Maximiliano Ravidabia; viejo amigo del Ramac, de gran conocimiento, presto a la terquedad y soberbia, y de excelsa belleza de corazón. 

El marinero dijo que fue voluntad de Maximiliano Ravidabia entregar este cuaderno al rabí Cordovero, el cual tomé en su nombre. Agradecí e intenté pagar los servicios con unas monedas las cuales fueron denegadas por el hombre. 

He leído aquí las cosas que Ravidabia ha compilado en su diario de viaje, y resultan enriquecedoras sus elucubraciones alrededor de esa tierra que no tiene nombre, y más aún de las cosas que sucedieron en la parte de alta de La Montaña donde ascienden las luces. Más será de ayuda este cuaderno a la mística de la Cábala que a otras ciencias o técnicas, pues la agudeza de mente de Ravidabia, adornada de los dones de un niño, ofrece al cabalista afirmación y pistas de cómo avanzar sobre este jardín que tantos senderos posee. 

Me he atribuido el trabajo de imprimir parte del cuaderno de Maximiliano Ravidabia, preservando su lenguaje e intención, y organizando sus venturas con la ubicación de pequeños títulos al inicio de cada segmento del viaje. Es en lo escrito por Froilán Puigdorfila, donde tuve que intervenir en busca de consonancia y significado, pero he procurado preservar la nobleza de sus palabras.

Este cuaderno es el vivo testimonio del misterio del hombre natural que en todo es sobrenatural. 



Isaac Luria, Safed, 1572.












Dar adoración y gloria a la luz del Ein Sof, que de esta ha venido a nosotros el Árbol y el Carro de Fuego, camino de la salvación. I.L.A. Imprimióse el presente libro de LA MONTAÑA DONDE ASCIENDEN LAS LUCES Y OTRAS HISTORIAS EN UNA TIERRA SIN NOMBRE, revisado por Juan Navarro. Año MDLXXII.








Próximo Capítulo 

Epílogo

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Series CBE: La Montaña Donde Ascienden Las Luces (XVIII)




De la piedra verde cerca de lo alto de la Montaña y de la aparición del guardián.

Salimos del pueblo llegadas maitines. Una helada brisa trotaba en el ambiente y se escuchaban animalillos tarareando sus baladas. Íbamos a caballo, excepto Ordoño que cedió su montura para el enfermo Pelayo de Urries; los escalofríos de su enfermedad le arrancaban palabras que sonaban tal grimorio y hechicería. 

Por lo que se preveía, el camino a la Montaña estaba libre de peligros, pero no era este motivo para andar con tranquilidad, ya que existía un mal posible en la Montaña del que fuimos avisados.

Era tiempo de atardecer cuando el trecho final apareció; y el camino se vio interrumpido. Divisé una gran piedra verde que brillaba por efecto de su humedad impregnada. No avanzamos porque el monolito reiteró el recuerdo de que faltaba una prueba más; aún quedaba encarar el rostro del guardián de la Montaña. Demonio o ángel, el guardián tenía por deber vigilar el acceso a la Montaña. Abandoné el caballo y con movimientos cautelosos me dirigí a la piedra. En ella no se divisaba inscripción o grabado que sirviera de instrucción. Dispuse probar si en la piedra había función alguna y di unos pasos más allá de su sitio. Caminé un poco y una voz llenó la Montaña, silenció con su grandeza el ruido de la vida; tal era su inmensidad que hasta mandó a callar al mismo viento. 

La voz no era como la que dicen haber tenido los dragones, ni mucho menos era voz de demonio u hombre, era la voz de una niña la que detuvo el tiempo. Me preguntó si había traído yo la ofrenda. Retrocedí hasta la roca con mi cabeza inclinada. Disponía arrodillarme ante la voz del guardián de la Montaña y esta me ordenó permanecer erguido, aseverando que no era dios o Ser mayor para recibir gestos de sometimiento; al guardián sólo requería la ofrenda que yo debía de poner frente a la roca verde.

Habré pensando en entregar mis ropas o los caballos, incluso en entregar mi vida, ya que la vida podía ser parte de esos intercambios y tratos que los hombres suelen hacer con las entidades mágicas y sagradas para obtener su favor, pero solo hubo algo que pudo convencerme para ser usado como ofrenda. Basado en el comentario del guardián, su aparente sencillez demandaba el ingenio para permutar de cosas pequeñas en grandes. Pedí a Ordoño que me acercara la bolsa que cayó del regazo de nuestro compañero enfermo. Con toda la dedicación clerical de la que en pasados días me tuve que valer, puse los frutos animales frente a la piedra. 

Por un momento nada se escuchó en la Montaña y mientras se extendía el mutismo que precede a la catástrofe, el guardián carcajeo.

Esperamos a que el guardián nos hablará mientras estábamos arrodillados cerca de la piedra. Adelante, en el sendero, vimos dos niñas; de edad en la que se ha abandonado el pecho. Las dos caminaban hacia nosotros, descalzas, apacibles. Vestidas de blanco, tomadas de la mano, se acercaban cantando cosas que solo en la tierra de las hadas se puede escuchar según la tradición. 

La primera niña llegó a nuestros caballos y les acarició. Los animales respondieron con el afecto propio de las bestias. La segunda niña se acercó a los alimentos que dejé frente a la piedra, y de sus ropas blancas extrajo una bolsita roja en donde los guardó. La primera niña abandonó a los animales y se mantuvo fija en nosotros, con especial detalle a mí persona. El guardián, que era la primera niña, sonrió cuando encontró mi mirada y en ese momento todo lo que concierne a mí le tuvo que ser revelado. Puso sus pequeñas manos en mi nariz, y del contacto una enorme mariposa azul salió revoloteando en el aroma dulce que exprimía cada movimiento de la niña. El guardián, que es la segunda niña, después de haber guardado la bolsa de los alimentos, posó su mano en el lugar donde estuvo la ofrenda. Vimos como en medio de roca y tierra germinaron flores de color púrpura. Tal fue el encantamiento que hasta las ramas de los árboles cerca de la roca verde dieron flores que cayeron al reventar. El guardián se tomaron de la mano y regresó de donde vino. 

Estando a la distancia, las dos niñas nos llamaron con sus manos para seguirlas. La Montaña estaba abierta a nuestros pasos.

Desde la última luz del atardecer, y con la ayuda de la fogata donde Ordoño cuida de Pelayo de Urries, he logrado escribir lo que esta tierra nos ha permitido ver. Tierra que me ha mostrado el profundo misterio que funde la vida y la muerte, el tiempo y la eternidad. Estoy a punto de partir a la cumbre de la Montaña en compañía de Froilán Puigdorfila. Tendré que ausentarme nuevamente del hábito de la escritura por desconocer lo que arriba pueda estar esperando y lo que será de mí una vez esté arriba. Guardo en mí el deseo de encontrar lo que Dios haya dispuesto a la búsqueda, y estoy claro que antes del tesoro que aquí podría residir, en mi alma descansa verdadera esperanza, tremenda fe y el amplio perdón; virtudes en las que creía y de las que me vanaglorié haber entendido, pero que han aparecido en estas tierras para enseñarme su verdadero corazón. 

Sabrá Dios qué tipo de hombre soy ahora que dispongo a subir a la Montaña. Espero que Dios esté de acuerdo conmigo, que aún y mis muchos pecados, he logrado aprender que mi debilidad es el lugar donde su poder se manifiesta. 

La próxima vez que escriba en estos cuadernos será para revelar el misterio de las luces que ascienden la Montaña. 

Que Dios perdone nuestros pecados. 


Amén.


Maximiliano Ravidabia, 

en la Montaña donde ascienden las luces, 1569? - 1570?






Próximo Capítulo 

Testimonio de Froilán Puigdorfila sobre lo que sucedió en la parte alta de la Montaña donde ascienden las luces.

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Series CBE: La Montaña Donde Ascienden Las Luces (XVII)





De como Pelayo de Urries enloqueció. Lo encontrado en una bolsa y que luego sería de gran utilidad en la Montaña donde ascienden las luces.  

El grito de Pelayo de Urries era un llamado de ayuda. Lo encontramos con Ordoño tirado en las ruinas de una casa hablando lenguas ignotas y empapado por la fiebre. Le intenté cuestionar, pero este no acataba palabras. Ordoño me hizo saber que una carreta transitaba cerca de nosotros, y antes de que prestara sus esfuerzos en la búsqueda de ella, le detuve. Estaba seguro de que aquella carreta era responsable de lo que sufría Pelayo de Urries. Le dije a Ordoño que era menester llevar a nuestro compañero a la iglesia blanca, evitando caer en la tentación de conocer qué es lo que venía y traía la carreta. Levantamos a Pelayo de Urries y del regazo cayó una bolsa de gruesa tela, revisé el contenido y ahí habían huevos; eran parte de las provisiones de las que el compañero se privó. 

Entramos en la iglesia que ya estaba iluminada gracias a Froilán Puigdorfila, y pasamos la noche sin dar con el reposo. Afuera escuché el sonido de una carreta rodeando la iglesia.



Próximo Capítulo 

De la piedra verde cerca de lo alto de la Montaña y de la aparición del guardián.

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sábado, 17 de abril de 2021

Series CBE: La Montaña Donde Ascienden Las Luces (XVI)






Los tres seres demandan respuestas a Maximiliano Ravidabia. 


El lugar al que llegamos antes de la caída del día era un pueblo o lo fue en una época no muy remota. Yo estaba al pie de una abadía de diseño desconocido y de color blanco. Delante de ella brotaba agua de una fuente de piedra con tres leones esculpidos a su alrededor. Su forma, y las tres majestuosas bestias, me hicieron añorar la Alhambra. Pelayo de Urries me solicitó permiso para rondar el pueblo, quería asegurar nuestra instancia en el pueblo por lo que accedí. Ordoño y Froilán Puigdorfila entraron al monasterio blanco para buscar ayuda, comida o cobija. 

Me dirigí a la fuente. Busqué refrescar mi rostro y limpiar algunas partes de mi cuerpo en sus aguas; mitigue con ella el calor abrasador. Llegó a mí el tañido de un carretón atravesando alguna calleja del pueblo, el regocijo me invadió, creía que las gentes que acarreaban la carreta nos darían su ayuda tal y como Guijarro prometió. Antes de verme incorporado y salir tras la carreta, otro sonido detuvo mi pretensión. Este sonido no fue otro que el de mi nombre.

 Lo que aconteció fue como lo visto por San Juan en Patmos, pues los Leones de la fuente tenían movimiento, me hablaban y conocían mi interior. «Has llegado», dijo la primera cabeza del León. «Has sido medido», dijo la segunda cabeza de León. «Una cosa os queremos hacer saber», dijo la tercera cabeza de León. No alcanzaba a discernir si era sueño o aparición, pero esos animales eran divinos, así que me postré frente a ellos. «Maximiliano Ravidabia», dijo la tercera cabeza de León. «Hay para ti más que esa Montaña», dijo la segunda cabeza de León. «Nuestro favor es grande y está frente a reyes y reinos», dijo la primera cabeza de León. Hice una reverencia, más preserve el silencio. «Nuestra promesa es tuya, así que puedes irte de esta tierra», dijo la segunda cabeza de León. «Tu nave está lista para partir. Dios y su benevolencia esperan donde tú pongas pie», dijo la primera cabeza de León. «Vuestro nombre desde ahora estará amarrado al nombre de Dios, pues te hacemos nuestro profeta», dijo la tercera cabeza de León. En mis adentros se caldearon los humores y se consumió la frialdad cuando escuché esto. Hice que mi mente produjera imágenes consonantes a estas palabras, cerré los ojos y apareció todo cuanto la vida es para mí.

Los tres seres demandaron mi respuesta a lo que respondí: «Mis señores, soy su siervo. Vuestra gracia estará ahora señalada en mi piel. Lo que salga de su boca es ahora mi vida. Sin pretender la ofensa, ruego a ustedes que respondan a una pregunta, que, de ser acertada, será la señal innegable de mi total entrega al favor de Nuestro Dios». «Habla», exclamó la tercera cabeza de León. «¿Cuál fue el pecado de Nabucodonosor?». La primera cabeza de León rugió y ya no hubo palabra o movimiento. La tercera cabeza de León hizo una reverencia y permaneció estática como el primero de ellos. El segundo León me miró y dijo: «Que así sea. A esta casa ha llegado la santidad». Rece antes de abandonar la fuente agradecido por la misericordia de Dios y la sabiduría de los tres Leones.

Antes de dejar la fuente, escuché la voz de los tres Leones en mi corazón que decían: «No olvides las ofrendas para el guardián; Con el tiempo recuperara la cordura; Que Dios sea contigo Maximiliano Ravidabia». 



Próximo Capítulo 

De como Pelayo de Urries enloqueció. Lo encontrado en una bolsa y que luego sería de gran utilidad en la Montaña donde ascienden las luces.  

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sábado, 20 de marzo de 2021

Series CBE: La Montaña Donde Ascienden Las Luces (XV)




Tiempo de tristeza, pecado, juicio y el recuerdo de la salvación de Maximiliano Ravidabia. 

Todo el camino permanecimos en el silencio. En mí se cernía los efectos de una vergüenza y tristeza. Eran mis caprichos, sutilezas del orgullo y la fama; males que pensé haber abandonado, que me hicieron olvidarme de los otros. Por estos males expuse a mis compañeros a peligros, peligros que en esta tierra son la carne de mi propia locura. Me he dado cuenta que los peores pecados son los que nacen de la negación del otro y de nuestra necedad por sentarnos encima de todas las cosas como únicos soberanos. Pensé haber progresado en estas debilidades, pero me he mantenido en el mismo lugar, ignorante de que el pecado es original, natural y perpetuo. 

Hundido en estos asuntos que agobian el espíritu escuché el grito de Ordoño que iba delante de nosotros. Temiendo que su vida estuviera en riesgo, hicimos correr los caballos. Ante el vibrar de la marcha, desde la fronda salieron millares de pequeñas aves de colores verdes, amarillos con tintes azulados y brillantes en las plumas de sus alas. Aquello nos llenó de alegría, la cual se sumó a saludos y golpes en la espalda, porque vimos a Ordoño arrodillado, otorgando una plegaria de agradecimiento a los cielos.

Habíamos encontrado el sendero que lleva a la Montaña donde ascienden las luces.




Próximo Capítulo 

Los tres seres demandan respuestas a Maximiliano Ravidabia. 

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domingo, 14 de marzo de 2021

Series CBE: La Montaña Donde Ascienden Las Luces (XIV)




De la ceremonia encontrada en el valle y como uno  fue tomado para sacrificio.  

Vernudo Comares fue tomado por estas tierras. Si Tristán fue capturado por vanaglorias, Vernudo Comares fue arrebatado por el salvajismo que Guijarro advirtió.

Anduvimos sin problemas, cumpliendo los tiempos que habíamos pactado para la empresa. El viaje hasta ese momento estuvo lleno de descanso y alegrías, las sombras pasadas habían sido eliminadas del pronto recuerdo. La belleza que guardaba la imagen de las luces ascendiendo en la Montaña era lo único que se movía en nuestras cabezas. Y este fue nuestro pecado, que la Montaña se deslizó a los vicios de la avaricia y la lujuria. 

Era un valle cubierto por enormes nubes que se trenzaban con el cielo naranja, el lucero de plata ya asomaba el rostro. Los caballos se agitaron y su resistencia nos invitó a revisar el lugar. A lo lejos, un fuego fatuo alumbraba la tierra y dibujaba las cataduras de gente que se movían a su alrededor. Habiendo inspeccionado la forma del fuego, a través de la extensa mirada, fueron expuestos los sonidos que venían del  mismo. Entre los hombres se dijo que los sonidos eran la voz del fuego llamando a dioses, cosa que sedujo mi apetito de Mundo. Arrastré con cautela a la compañía hacia donde el fuego danzaba. Aún distantes, se veía a las figuras girar  alrededor del fuego con largas telas de colores. Los sonidos de tambores y flautines me llegaron a declarar que ahí había culto a Pan, pero recordé que esta era tierra extraña y que los dioses, a pesar de sus semejanzas, son diferentes; cada dios es siempre único en relación a los otros y solo Dios es diferente en relación a él mismo.

Vi aquí un hombre con cuernos, sin una mano, y ojos de cabra que se movía cerca del fuego; saltaba y se acercaba a las figuras danzantes buscando ensartar su cuerno en la carne. Mientras más cerca estábamos del culto, otras figuras aparecieron. Vimos gigantes que no eran como los conocidos en nuestra tierra. Vimos diablos con cabellos blancos golpeando el suelo con sus colas. Vimos hombres desnudos que cubrían su rostro detrás de paños oscuros, tomaban fuego que era lanzando al aire con ira. Ordené retroceder y rodear el camino, pero todos los hombres y yo fuimos testigos de una gran fiera que nos cerró el paso. 

Una bestia de pelaje negro y ojos rojos acechaba nuestras espaldas. Lamenté haber cedido a mi curiosidad y mis tendencias paganas, y más lamente  haber desdeñado la prudencia y el consejo de Guijarro. No habiendo opción continuamos en dirección a la ceremonia. Mantuvimos en dominio a los caballos que se negaban a continuar, y solicité que nadie avanzará a galope para evitar que nuestra presencia se convirtiera luego en la imagen enemiga.

Vernudo Comares, poseído por el carácter de su nombre, fue llevado al acto. Su velocidad y destreza en la cabalgadura pusieron en duda su amplia carrera como hombre de mar, pues no me permitieron intervenir en el instante en que desenvainó su cuchillo. Se arrojó al fuego profiriendo gritos que ya habían sido hechos siglos antes: ¡Carthago Delenda Est!

No había avanzado mucho cuando la bestia, que pensamos haber dejado atrás, apareció desde atrás, y tal cazador se abalanzó sobre Vernudo; le arrancó de su montura y lo llevó en su hocico rumbo al fuego. La bestia lo entregó a aquellos seres que bailaron con su muerte. Alcanzamos a ver como nuestro hermano era despojado de sus ropas, y antes que se nos ocurriera hacer algo que evitara su escarmiento, la fiera se posó frente a mí y en el color de sus ojos logré escuchar un mandato que me exigía huir del lugar; que, de no cumplir, no solo nosotros moriríamos en su boca, sino que también morirían nuestros compañeros que aún aguardaban en la playa.

Al no encontrar opción, y con gran rencor hacia mí, avanzamos al mismo ritmo, en silencio, dejando nuestras lágrimas sobre los lomos de los caballos. A punto estuvimos de abandonar el viaje, pero vimos la luna tan grande como un sol, y esta, como si supiera el pesar de nuestra alma, hizo que estrellas llovieran en el cielo. En ese momento recordamos a nuestro hermano y elevamos cantos en su recuerdo.