viernes, 26 de julio de 2013

Resumen de El mito de Sísifo

En el Club de La Buena Estrella creemos que libros como El mito de Sísifo, más allá del valor de su contenido y de la profundidad de sus temas, son de gran ayuda para pulir nuestra capacidad de análisis, mejorar nuestra lectura comprensiva, enriquecer nuestro vocabulario y acrecentar nuestros conocimientos de cultura general. Es seguro que algunos de sus argumentos harán surgir dudas e inquietudes, y es perfectamente comprensible que la manera en que Albert Camus aborda estos temas de naturaleza existencial nos resulte a veces confusa e intrincada. No olvidemos que sus ensayos filosóficos y novelas existenciales "despeinaron" las ideas de toda una generación y le valieron un Premio Nobel de Literatura en 1957.

Sin embargo, no dudo que habrán captado muy bien los temas en que Camus se centra: la sensibilidad y la noción del absurdo, el suicidio, el sentido de la existencia y la libertad absurda. El razonamiento absurdo es, sin dudarlo, el eje principal de su ensayo. Camus no es un existencialista en el sentido más puro. Sin embargo, todas sus reflexiones y su filosofía del absurdo parten de temas existenciales. No tiene reparo en indicarnos que su ensayo no es una elucubración propia. Antes bien, menciona que la sensibilidad del absurdo está dispersa en muchos pensadores del siglo, a los que cita permanentemente en su obra. Sin embargo, aclara que su generación no ha conocido con propiedad una filosofía del absurdo. Es interesante que Camus aborde su ensayo con una premisa revolucionaria: No llega al absurdo como se desprende un veredicto después del juicio. Por el contrario, toma el absurdo como su punto de partida. Camus es, en consecuencia, el filósofo del absurdo.

El razonamiento absurdo
Para desarrollar su análisis, Camus cuestiona fundamentalmente si vale la pena vivir la vida. Establece que encontrar una razón para vivir es equivalente a encontrar una razón para morir. Concluye que para la mayoría de los hombres, la verdad no es una razón de peso para sacrificar la vida, y ejemplifica que Galileo abjuró de una verdad científica porque esa verdad no valía la hoguera. Se desprende entonces que las cosas obtienen su importancia en función de a qué actos nos obligan. No parece, ademas, que el suicidio será la salida que todo individuo buscará en una situación desesperada. Según Camus, el suicidio es un mal interior antes que un mal social.

Camus pasa a mencionar que el ser humano tiene la necesidad compulsiva de racionalizar, entender y explicar todo. En su análisis identifica dos formas de pensamiento, la de Perogrullo y la de don Quijote. El mítico personaje de Perogrullo se va a la evidencia excesiva, casi ridícula, como cuando uno dice “está lloviendo”. Don Quijote va al lirismo extremo, la imaginación,  el sueño, la fantasía, la utopía. Según Camus, el ejercicio de la razón oscila entre las verdades de Perogrullo y las abstracciones quijotescas. La combinación de ambas da el equilibrio entre evidencia y fantasía, entre conocimiento y emoción. 

Hay 3 posturas que el hombre puede adoptar con respecto al absurdo:

  1. El suicidio como salida. La fatal confesión de que la vida nos ha superado, que no la entendemos, que no la podemos explicar y que concluimos que no vale la pena vivirla.
  2. La evasión, ya sea por abrazar los placeres hedonistas como distracción de la realidad, o por cifrar toda esperanza en el ejercicio de la fe en credos religiosos. En el primer caso, se ignora o se niega el absurdo, se soslaya la muerte, se evita traer estos temas a colación. En el segundo caso se explica el absurdo con dogmas: Donde el hombre ya no es capaz de encontrar explicación empieza el concepto de Dios. Ese es el famoso "salto" del que hablan, entre otros, Leon Chestov y Soren Kierkegaard, ambos pensadores citados por Camus.
  3. La tercera postura es la aceptación y la vivencia del absurdo. Aceptar el absurdo, renunciar a buscar explicación y vivir la vida con la independencia, la autodeterminación y la significancia individual que se desprenden del supuesto de que esto es todo cuanto hay, de que no hay Dios ni vida futura en otro tiempo y lugar, pero sin jamás perder de vista que, a pesar de todo, la vida vale la pena vivirla.
¿Cómo llega el hombre a esa encrucijada? La sensibilidad o el sentimiento del absurdo es el proceso gradual de toma de conciencia del paso de tiempo y sus nefastas consecuencias para nosotros: deterioro, envejecimiento y muerte. Ese mismo proceso ocurre durante los años y años de rutina repetitiva, mismos que anteceden a la noción del absurdo, el despertar del hombre, el momento en que tomamos plena conciencia de la futilidad y fugacidad de la existencia, de que el mundo y la vida superan por mucho nuestra capacidad de razonamiento, entendimiento y comprensión.

Suele suceder que las decoraciones se derrumban. Levantarse, tomar el tranvía, cuatro horas de oficina o de fábrica, la comida, el tranvía, cuatro horas de trabajo, la comida, el sueño y lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado con el mismo ritmo, es una ruta que se sigue fácilmente la mayor parte del tiempo. Solo que un día, el “porqué” y todo se alza y todo comienza con esa lasitud teñida de asombro...
Asimismo, y durante todos los días de una vida sin brillo, el tiempo nos lleva. Pero siempre llega un momento en que hay que llevarlo. Vivimos del porvenir: “mañana”, “más tarde”, “cuando tengas una posición”, “con el tiempo comprenderás”. Estas inconsecuencias son admirables, pues, al fin y al cabo, se trata de morir. Llega, no obstante, un día en que el hombre hace constar o dice que tiene treinta años. Así afirma su juventud. Pero, al mismo tiempo, se sitúa en relación con el tiempo. Ocupa en él su lugar. Reconoce que se halla en cierto momento de una curva que confiesa que debe recorrer. Pertenece al tiempo, y con ese horror que se apodera, reconoce en él a su peor enemigo. El mañana, anhelaba un mañana, cuando todo él debía rechazarlo. Esa rebelión de la carne, esto es lo absurdo.

Es evidente, entonces, que cuando Camus habla de los muros absurdos, alude al tiempo y la rutina, a los decorados con que construimos la realidad a la que nos circunscribimos y limitamos. Cuando llegan la lasitud y el hartazgo, la frustración y el sinsentido; el despertar del absurdo derrumba los decorados y nos deja frente a la realidad desnuda: La vida no tiene sentido, la vida es absurda.

El suicidio filosófico
Es llamativo que Camus use la metáfora de “el salto” para identificar el momento en que dos de los pensadores que cita, Kierkegaard y Husserl, dan paso a algo eterno e inexplicable con la razón humana, pero a la vez, en ese acto niegan el absurdo e intentan explicarlo.

Según Chestov, donde la razón se queda corta, entra el concepto de Dios. Según Camus, Chestov reemplaza la frase correcta: “Miren, he aquí el absurdo” y en su lugar dice: “Miren, he aquí Dios”.

Husserl y los fenomenólogos, en cambio, dan a cada cosa un sentido propio y esencial, que a la vez explica el todo. No hay nada más, no se debe buscar significado, solo se describe sin explicar. Eso pareciera encajar en el absurdo. Sin embargo, en cuanto Husserl reconoce algo de celestial y eterno en las cosas de este mundo material y les concede “esencias extratemporales”, una esencia privilegiada que se nutre de la esencia de cada única cosa, pasa a conferir a la razón un alcance mucho mayor del que le es permisivo. La razón tiene límites, pero Husserl se los remueve al postular que esa esencia privilegiada da sentido a cada esencia menor o relativa.

En ambos casos se da el suicidio filosófico, “el salto”. Kierkegaard y Chestov humillan la razón y dan el salto a Dios. Husserl hace triunfar la razón y le atribuye el poder de explicarlo todo. Ese es también un salto por cuanto la razón no puede explicar las cosas con nada que vaya más allá de este mundo y de esta existencia. En los dos análisis planteados el absurdo derrota al hombre y este salta a una forma insostenible de explicación y esperanza.

La libertad absurda
Lo contrario del salto o suicidio filosófico es la libertad absurda. Si al contemplar el absurdo, en lugar de buscar explicarlo (saltar), buscamos asumirlo, aceptarlo y vivirlo, entonces encontramos la libertad absurda.

Vivir una experiencia, un destino, es aceptarlo plenamente. Ahora bien, no se vivirá ese destino, sabiendo que es absurdo, si no se hace todo para mantener ante uno mismo ese absurdo puesto de manifiesto por la conciencia. Negar uno de los términos de la oposición de que vive es eludirlo. Abolir la rebelión consciente es eludir el problema...Vivir es hacer que viva lo absurdo. Hacerlo vivir es ante todo contemplarlo. Al contrario de Eurídice, lo absurdo no muere sino cuando se le da la espalda. Una de las posiciones filosóficas coherente es la rebelión. Es una confrontación perpetua del hombre con su propia oscuridad. Es exigencia de una transparencia imposible. Vuele a poner al mundo en duda en cada uno de sus segundos… No es aspiración, pues carece de esperanza. Esta rebelión es la seguridad de un destino aplastante, menos la resignación que debería acompañarla…Esta rebelión da precio a su vida… y esa rebelión al día testimonia su única verdad, que es el desafío. Esta es la primera consecuencia.

El hombre absurdo
El que acepta vivir el absurdo sin explicarlo ni saltar, es el hombre absurdo. Asume que esto es todo, que no hay salida ni esperanza. Y lo asume con valentía. Esta vida en la que niega los dioses y es dueño de sus actos es todo lo que tiene, pero vale la pena vivirla, agotarse en el afán de agotarla. 

Camus ubica en esta categoría al Don Juan, al actor y al conquistador.

El donjuanismo

Es un grave error tratar de ver en Don Juan a un hombre que se alimenta con el Eclesiastés. Pues para él no es vanidad sino la esperanza en otra vida. Lo prueba, puesto que la juega contra el cielo mismo. No le pertenece el pesar por el deseo perdido en el goce, ese lugar común de la impotencia. Eso está bien en Fausto, quien cree en Dios lo bastante para venderse al diablo… Fausto reclamaba los bienes de este mundo: el desdichado sólo tenía que tender la mano... 

Don Juan no amaba a una sola mujer, aunque pudiera decirse que al momento de tenerla, la amaba con todo su ser. No era que la anterior ya no le gustara, era más bien que ya quería otra, y eso no es lo mismo. Don Juan se extingue en la forma menos egoísta de “amor”, más “generosa”, la que no conlleva propiedad, exclusividad o anulación. No significa que Don Juan despreciara la devoción de un hombre por una única mujer, aunque viera en eso una cosa de santos y no de hombres. El caso es que Don Juan no teme castigo ni consecuencia. No aspira a otra vida por cuanto vive en esta todo cuanto puede.

La comedia
Camus admira al actor porque recorre en tres horas su nacimiento, esplendor, ocaso y muerte: el ciclo que le tomará al espectador toda una vida. Para cuando el actor muere en el último acto del absurdo que representó tantas veces en las tablas, ya ha muerto mil veces. Porque el actor ha elegido vivir muchas vidas y no una sola, incluso llegando a anular la suya propia. No hay mucha diferencia entre él y los personajes que representa, por cuanto los vive, los siente y los cree, se mimetiza. Eso no es más absurdo que la vida, donde él es apenas uno que también morirá.

`El espectáculo – dice Hamlet – es la trampa donde atraparé la conciencia del rey´. Atrapar está bien dicho, pues la conciencia va rápidamente o se repliega. Hay que cazarla al vuelo, en ese lugar apenas sensible donde echa sobre sí misma una mirada fugitiva. Al hombre cotidiano no le gusta retrasarse. Todo lo apremia, por el contrario. Pero, al mismo tiempo, nada le interesa más que él mismo, sobre todo lo que podría ser. De ahí su afición al teatro, al espectáculo, donde se le proponen tantos destinos cuya poesía percibe sin sufrir su amargura. En eso, por lo menos, se reconoce al hombre inconsciente, que continúa apresurándose hacia no se sabe qué esperanza. El hombre absurdo comienza donde aquél termina, donde, dejando de admirar el juego, el espíritu quiere intervenir en él. 

La conquista

Si, el hombre es su propio fin. Y es su único fin. Si quiere ser algo, tiene que serlo en esta vida… Los conquistadores son solamente aquellos hombres que sienten su fuerza lo bastante como para estar seguros de vivir constantemente a esa alturas y con la plena conciencia de su grandeza...

El conquistador reconoce que su tumba puede ser una fosa común, que su muerte puede ocurrir antes de tiempo, que su esfuerzo puede ser en vano si es derrotado. Pero la conquista va más allá de lo geográfico. El hombre conquista sus temores y sus limitaciones, rompe obstáculos y barreras y, aun en la derrota, vence. Esa aceptación de la fatalidad inminente, el riesgo asumido por la consecución de la gloria y el honor, lo de hoy, lo único cierto, es otra característica del hombre absurdo.

La creación absurda
Camus pasa a indicarnos que el ser más absurdo es el creador. Porque el Don Juan, el actor o comediante y el conquistador, solo se nutren de recrear personajes, amores y logros una y otra vez. Pero el creador capta el absurdo y lo copia en su obra. Bien sea por el arte, la imagen, la música o la novela. El creador monta su propio mundo, lo limita para la representación, establece sus muros. ¿Qué hay más absurdo que copiar el absurdo? Por supuesto, Camus habla de buenas y malas muestras de arte, en tanto más cercanas sean al objeto real y concreto que copian, y más se alejen de conferirle algún elemento abstracto, superior o significante. Arte sin salto.

Filosofía y novela

Este tema del suicidio en Dostoievski, es, por lo tanto, un tema absurdo. Anotemos solamente, antes de seguir adelante, que Kirilov rebota en otros personajes que también plantean nuevos temas absurdos. Stravoguin e Iván Karamázov ejercitan en la vida práctica verdades absurdas. A ellos es a quienes libera la muerte de Kirilov. Tratan de ser zares. Stravoguin lleva una vida `irónica´, ya se sabe cuál. Despierta el odio a su alrededor. Y, sin embargo, la palabra‐clave de este personaje se encuentra en su carta de despedida. `No he podido detestar nada´. Es zar en la indiferencia. Iván lo es también al negarse a abdicar los poderes reales del espíritu. A quienes como su hermano, prueban con su vida que hay que humillarse para creer, podría responder que la condición es indigna. Su frase‐clave es el `todo está permitido´, con el matiz de tristeza que conviene. Claro está que, como Nietzsche, el más célebre de los asesinos de Dios, termina en la locura. Pero es un riesgo que hay que correr y ante esos fines trágicos el movimiento esencial del espíritu absurdo consiste en preguntar: ¿Qué demuestra eso? 

Camus considera que la novela es la manera más fiel de crear un mundo. Las demás formas de arte se parecen más al ensayo intelectual. La novela, en cambio, contiene personas, lugares y situaciones, y esa capacidad de darle cuerpos al arte le permite mostrar el absurdo en total plenitud.  

Kirilov
Dostoievski habla en el Diario de un escritor de lo que convino en llamar “el suicidio lógico”: la existencia humana es una perfecta absurdidad para quien no tiene fe en la inmortalidad, y la desesperación obliga al suicidio.

Kirilov, personaje de “Los poseídos”, encarna algo de esto pero va más allá. El desea morir por una idea. Su idea de suicidio superior es una proclama de insubordinación, de terrible libertad. Ningún dios dirige su destino. Kirilov decide su fin y se vuelve Dios. Si Dios no existe Kirilov es Dios, y si Dios no existe Kirilov debe matarse precisamente para ser Dios. Absurdo, pero es lo que debe ser. Si Kirilov está loco, Dostoievski también lo está, pues el personaje es parte del mundo que el autor ha creado.

Nótese que Kirilov toma distancia de Jesús, el Dios Hombre. Cree que Jesús muere en vano, pues no va al paraíso y su tortura es en vano. En ese sentido, Jesús vive y muere por una mentira y eso lo hace el hombre perfecto, pues encarna todo el drama humano, el que ha realizado la condición más absurda. Ya no es Dios-hombre sino Hombre-dios, puesto que su divinidad se limita a este mundo terrenal.

¿Por qué entonces alguien que ve con tal claridad el absurdo decide suicidarse? Kirilov sabe que eso es una contradicción, pero él es la antítesis de Cristo. En lugar de disfrutar de su condición de hombre libre de dioses y esperanzas, quiere mostrar a los demás hombres una vía real y difícil que será el primero en recorrer, a manera de dechado. El suyo será un suicidio pedagógico. Se sacrificará como Cristo, pero aunque se le crucifica no se le engaña. Se sabe un hombre-dios y muere libre, sin esperanza ni porvenir.

Pero Dostoievski tiene otros planes. En las siguientes entregas del Diario concluye esto: “Si la fe en la inmortalidad le es tan necesaria al ser humano (que sin ella llega a matarse) es porque se trata del estado normal de la humanidad. Siendo así, la inmortalidad del alma humana existe sin duda alguna”. Como se ve, Dostoievski da el salto, y entonces deja sin efecto el suicidio lógico, el sacrificio pedagógico de Kirilov. “Ciertamente, resucitaremos de entre los muertos, volveremos a vernos y nos contaremos alegremente todo lo que ha ocurrido”. Así, Dostoievski entrega la divinidad del hombre en cambio por la felicidad. En consecuencia, el pistoletazo de Kirilov, su sacrificio, queda lejos de la comprensión del mundo. Los hombres siguen fieles a sus esperanzas ciegas en el otro sacrificio, el del hombre-dios que creen Dios-hombre.

La creación sin mañana
La creación del hombre absurdo no tiene mañana. El hombre crea como un acto de rebeldía, en una batalla que está presupuesto a perder. Por eso esculpe en arcilla y trabaja para nada. El hombre absurdo está solo, seguro de sus límites y de su fin próximo. Su obra también lo está.

El último esfuerzo de estos hombres emparentados, creador o conquistador, consiste en saber liberarse también de sus empresas: en llegar a admitir que la obra misma, bien sea conquista, amor o creación, puede no ser; en consumar así la profunda inutilidad de toda su vida individual. Eso mismo le da más facilidad  para la realización de la obra, así como el hecho de que advirtieran lo absurdo de la vida les autorizaba a hundirse en ella con todos los excesos.
Lo que queda  es un destino cuya única salida es fatal. Fuera de esa única fatalidad de la muerte, todo lo demás, goce o dicha, es libertad. Queda un mundo cuyo único amo es el hombre. Lo que le ligaba era la ilusión de otro mundo. No es la fábula divina que divierte y ciega, sino el rostro, el gesto y el drama terrestres en los que se resumen una difícil sabiduría y una pasión sin mañana.

Sísifo
Sabio, prudente, astuto, pícaro, bandido, rebelde e irreverente. Sísifo es el héroe absurdo definitivo. Se rebela contra los dioses, odia la muerte y acepta el absurdo de su existencia. Condenado a trabajo fútil y repetitivo en el inframundo, se pudiera considerar que su destino trágico habría bastado para que diera el perfil del suicida, pero no es el caso. 

Camus reflexiona sobre la tragedia de Sísifo y concluye que su destino sólo es trágico en cuanto toma conciencia. Su momento más lúcido es el retorno, la pausa, el instante del descenso desde la cima hasta la base de la elevación donde deberá iniciar el esfuerzo nuevamente. Sísifo ve de frente el absurdo y lo asume. Esa es su vida. Sin sentido, absurda, sin propósito. Pero el hombre en su rebeldía desprecia su castigo y enfrenta su realidad sin esperanza. Su tragedia es a la vez su victoria. Es lo que hay: Sísifo y la roca. Y el hombre niega a los dioses y empuja la piedra. Crispa el cuerpo y pone la mejilla contra la masa rocosa hasta volverse uno con ella. En ese mundo sin dios, Sísifo no reconoce amo. Mil veces hará el mismo recorrido y eso es lo mismo que encontrar mil maneras de hacerlo. Y hará con empeño un trabajo inútil e intrascendente una y otra vez, el esfuerzo por nada. Con la misma naturalidad con que Gregorio Samsa acepta su metamorfosis, Sísifo contempla su tormento, lo entiende como algo natural y lo desprecia. La vida es absurda pero vale la pena vivirla. Todo está bien. 

Dejo a Sísifo al pie de la montaña. Siempre vuelve a encontrar su carga. Pero Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. Él también juzga que todo está bien. Este universo por siempre sin amo no le parece estéril ni fútil. Cada uno de los granos de esta piedra, cada trozo mineral de esta montaña llena de oscuridad forma por sí solo un mundo. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre.

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