sábado, 20 de febrero de 2021

Narraciones CBE: Kudesh Nu Zin




Kudesh Nu Zin


¿Dónde estás que ni siquiera… Abrí los ojos. A pesar de las dificultades que tenía para recordar y de sentirme, por decirlo de alguna manera, hombre de tiempo, el mundo nunca había lucido tan descolorido. El bosque, el césped, el cielo, el reino de la vida era cenizas y polvo; solo quedaba esperar que alguien soplara sobre él para que cada cosa encontrara su fin. Un pesado murmullo se balanceaba entre las ramas enfermas de los árboles, así que no era el viento el que las sacudía de esa manera. Busqué angustiosamente a mi alrededor algo o alguien que me pudiera explicar donde me encontraba, pero a parte de mí, y de arbustos y troncos cansados, no había más que penumbra. Me sorprendió la idea de querer encontrar auxilio en el cielo, pero al verlo desprovisto de ese color y brillo que alguna vez resultó pesado para mis ojos, el cielo se había convertido en un espacio hueco; no tenía sentido rezar, ni siquiera lo tenía el imaginarme a un Dios. Pensé que el mundo no era más que el viejo cuero de un carnero con el que alguien terminó de ensamblar un tambor; su sonido no solo sería disonante, sería espantoso.

La salinidad que venía con el viento mordió mi rostro y también reveló la poca distancia que había desde mi desorientación hasta el mar; por cada paso, el sonido de las olas rompiendo en la playa, las ráfagas de viento encontrando lugar entre el agua y arena, el ambiente se poblaba con la densidad del mismo murmullo que me sobrecogió al inicio. Ahora creía escuchar una voz, pálida, una voz que luchaba por no extinguirse, ¿Dónde estás que ni siquiera en los laberintos del sueño te puedo encontrar? El mensaje que descifré de la murmuración y la soledad que agobiaba el mundo me arrastró a ideas de miseria y muerte; sentí que mis huesos estaban desnudos y mi corazón frío. 

Hundido cada vez más en ese reino de horas muertas al fin encontré la arena y la playa. Anduve por ella sin sentido de la velocidad y la contemplación hasta que una mujer apareció. Llevaba en la cabeza, enredado con el espeso cabello negro, yardas de seda blanca que recordaban a la aurora de un faraón. Su piel era tal como la tierra humedecida y buena… dispuesta a regalar frutos, a dar de todo aquello que el páramo en el que me encontraba ya no podía brindar. Sus ojos blancos no me permitían hurgar en su interior, más ella lo podía saber todo de mí. ¿Dónde estás que ni siquiera en los laberintos del sueño te puedo encontrar? La mujer no emitió ni palabra o sonido, pero su solo semblante era un texto que guardaba las leyes de lo ominoso. Señaló con su mano adelante, en la playa, en donde solo creí que podía encontrar la vastedad del cansancio. 

Vi un muelle cuyas dimensiones a la distancia pretendían alcanzar el centro del océano. En ese mismo momento me percaté que no había horizonte, que no existía división entre lo de arriba y lo debajo; el cielo se ahogó en el mar y el mar cayó sobre el cielo. Una oscuridad mortal estaba en movimiento, era el sol y sus vestigios. Me volví para preguntarle a la mujer porque me enseñaba tales cosas pero a mi lado no encontré más que arena que de alguna manera devoró mi sombra. No tuve alternativa, no existía camino que no fuera el que me llevará hasta el muelle.

Para alcanzar el muelle subí por un sendero en el que grises árboles se quebraban. Ni los troncos pudieron con el peso de lo muerto. Las hojas cubrían la arena que guardaba piedras blancas que me hicieron creer que caminaba sobre los huesos de mis hermanos muertos. Cuando al fin pude alcanzar la altura encontré a la mujer esperando por mí; mi presencia a penas le hizo parpadear. El muelle había sido hecho por madera negra y débil… el mar los hacía crujir aún con su más dócil movimiento. El muelle desprendía una ligera aroma a descomposición, y desde ahí, donde alguna vez hubo horizonte solo estaba la boca de un abismo que lo comería todo. 

Inquieto… angustiado, le exigí una respuesta a la mujer, necesitaba una palabra que me acariciara y me dejará retornar del vértigo al que su silencio y el mar me estaban llevando. Una vez más la mujer solo señaló, y esta vez, como si hubiese estado oculto a mis ojos por un manto de hechicería o mera ignorancia, en la orilla de la altura en la que nos encontrábamos, estaban dos fortalezas de piedra; ella no desapareció, pero dirigió su rostro al abismo que amenazaba con tragar esa última porción de mundo que aún me dejaba vivir. ¿Donde estás que ni siquiera en los laberintos del sueño te puedo encontrar?

Una de las fortalezas superaba la altura de esos hombres que cuenta la historia tenían la fuerza para arrancar la raíz de una montaña. Estaba hecha de tal manera que en cada pared de su forma rectangular habían aberturas largas y estrechas en las que fácilmente podía haberme colado. La roca con la que esculpieron la fortaleza sufría de la misma suerte de los colores del mundo; era una fortaleza que su solo presencia provoca agonía. En la superficie de la piedra era notoria la mancha de una plaga… Fuera hongo o pudrición, la mancha era de color púrpura. Lo corrosivo y la mujer eran lo único que tenía verdadera vida en el lugar. 

Al pie de la torre encontré un grabado de letras y símbolos. Eran dos líneas que según preví eran dos mensajes. El primero estaba escrito en una lengua de la que no me atrevo a inferir y el otro, un mensaje cuyo misterio me excede. Pero ambas sacudieron mis entrañas, y lo siguen haciendo cada vez que remembro su orden. El primer de los mensajes dictaba: Kudesh Nu Zin, y el segundo: Aquí el Dios y Allá el Sueño. ¿Dónde estás que ni siquiera en los laberintos del sueño te puedo encontrar?

La certeza encontró voz en aquel declive de la existencia, me dijo que la semblanza de la piedra era para contener a un Dios, que las heridas en la roca fueron labradas para avistar su monstruosidad. Antes de que la voz se desvaneciera, está gritó que si yo no era capaz de adorar a ese Dios encerrado en la piedra al menos podría huir de su horror. De pronto, la consciencia que tenía sobre mí, de mis manos, la temperatura, mis pies… todo en mí, me pareció un pesaroso pecado. Una mácula que ofendió a un Ser de blancura, y deseé, ardientemente, que soplarán sobre el mundo y sobre mí, pues había entendido que por más que buscará la muerte no la encontraría… la tristeza me asfixió al pensar que la muerte había muerto ya. 

La mujer seguía de cara a la oscuridad, y estoy seguro que algo en los pilares del universo gruñó en ese momento.

Junto a la fortaleza del Dios se encontraba la segunda de las formas. Roca sobre roca, como dientes apretados queriendo quebrarse entre si; era una fortaleza de lo inamovible. Nada podía gobernar esa severidad, ni el tiempo, ni el poder o lo infinito. Era la arquitectura de lo divino. De diseño circular, la fortaleza había sido coronada con un domo… pero al tocarla, me di cuenta que el granito no era más que sal. Busqué a la base algún mensaje, más no encontré otra cosa que rastros de humedad. En la fortaleza blanca había una puerta, no dudé y me introduje en ella. Pequeños azulejos de colores relucían en su paredes, y a veces, entre uno y otro, recuerdo que habían  símbolos dislocados de toda doctrina o de adivinación. ¿Dónde estás que ni siquiera en los laberintos del sueño te puedo encontrar? El lugar, su cierre, su altura, todo en ello me resultó la habitación de un Dios noble… pero un dios por ahora perdido y quizá desde siempre ausente. 

Cuando abandoné el templo me percaté de que un nuevo silencio se instauró en la tierra. La mujer que estaba en el muelle escuchó mis pasos en la arena, y al verme me llamó con su mano. Temí que la madera no pudiera con mi peso, pero a pesar de sus chillidos y su flaqueza el muelle no cedió. Entre más nos acercamos al final de la armazón, la boca de la oscuridad hacía que yo revelará mis secretos… y por ello sentí una enorme vergüenza. Tenía miedo de mirar a la mujer, pero cuando escuché, como un salmo de viejos emperadores o un oración de paganos, las palabras Kudesh Nu Zin, fue entonces que la vi. 

Ella apuntaba con su dedo al sórdido mar. Por la agitación del agua creí que se debía a la llegada de una inminente tormenta que antecede el final de lo inmortal; pero entre la espuma y las altas agua apareció una esfera dorada, un sol pequeño y nuevo navegando en la turbulencia. Agucé la vista hasta sus límites, y noté que no solo era una esfera la que venía en la turbulencia; pirámides y obeliscos, seres alados y bestias heráldicas brillaban como oro recién pulido… todos eran objetos que adornaban la altura de torres, capiteles, emblemas de grandes mansiones y una citadela que apareció en la Ciudad que surgió en el mar. 

Hasta el muelle venían fragancias que se apoderaban de mi cuerpo, y mi corazón fácilmente lo entregué. Alegría y calor, risas y fiesta, cuánto gozo alguna vez pudo haber en la vida ahora provenía de esa Ciudad hecha de mármol negro; sus  fustes habían sido ornamentados con piedras de colores y en su base jónicas alcanzaba a ver símbolos dorados como los que guardaba el templo hecho de sal. En uno de los risos de la que parecía ser la construcción más grande de la citadela, vi cuatro figuras de oro y plata en un fondo púrpura como la corrosión de la piedra del Dios cruel. Una de las figuras era similar al templo circular y su domo, la otra era la jaula de piedra, junto a ellas se encontraba una figura humana y a la par de esta estaba una forma alta que parecía vestir un manto hecho de andrajos; el oro en ella era el único que se encontraba sucio de todo lo inmaculado.

Supe que la ciudad cargaba en su esplendor la historia en la que me encontraba envuelto; el Dios noble y su templo, el Dios cruel y su torre, y yo que era la insignificancia… Se apoderó de mí el pavor pues lo único distinto a mi experiencia era  la figura de ese ser en la cornisa que se cubría de andrajos amarillos. Yo estaba convencido de que junto a mí aguardaba la mujer en su silencio y la blancura de sus ojos, pero no tuve el valor de volver mi mirada y comprobarlo. De pronto solo escuché una voz nueva que me hizo caer en desesperación, era la misma voz que creí el murmullo del mar y del mundo desde el principio… y ahora la siento hablar a mi oído… ¿Dónde estabas que ni siquiera en el laberinto del sueño te podía encontrar?  

La seda blanca con la que viste la mujer se ha echado a perder, pues ahora me parece amarilla. 

Series CBE: La Montaña Donde Ascienden Las Luces (X)





Dentro de la casa del ‘Santo’: acerca de las costumbres del señor de la casa. Estrategia de Maximiliano Ravidabia para abandonar el recinto y de cómo Tristán Medina-Sidonia dejó la compañía.


Erguidas con el esplendor de la palabra son las columnas de piedra recubiertas de oro. Desde cualquier distancia que se contemple la residencia brilla como promesa del paraíso en la tierra. Llegados a la puerta, el visitante se encuentra frente a grabados de pirámides y resplandecientes escudos de los que yo desconozco origen y significado. En oposición a la luminosidad exterior,  en el recinto gobierna la total oscuridad; al interior hay que ayudarse con candelabros que poco permiten el reconocimiento de los detalles y el acabado de la gran estancia.

Fuimos despojados de nuestro calzado a la entrada, así como de los fierros y de otra carga. Guijarro era quien dirigía a nuestro grupo al salón principal. Cuando nuestro guía estaba convencido de que nadie más podía escucharlo, me habló de su señor y de que recientemente había promulgado su deseo de ser llamado 'santo' por todos los que le visitaban.

Este hombre, el ‘santo’, se dejó escuchar en la reverberación del lugar; demandaba nuestra pronta llegada a su presencia. 

    Apreciamos nuevas luces en la oscuridad, ya que se habían apiñado velas en un sólo sector. La luz de estas velas se reflejaba sobre los adornos de plata y se acrecentaba en las estructuras de oro que servían de atrio para el ‘santo’ quién nos recibió con una sonrisa maliciosa en medio de humos que despertaron el recuerdo de viajes a pueblos cercanos al desierto de Gobi. 

El señor de la casa nos esperaba sentado en una silla que se asemejaba a la ocupada por los pontífices de Nuestra Iglesia. Vestía totalmente de blanco en unas ropas de extrañas costumbres a los pueblos ya conocidos. En su cuello llevaba un adminículo rojo que se extiende hasta la cintura. En su cabeza había un sombrero cuya forma era totalmente novedosa, y sus barbas tampoco eran las utilizadas en tierras cristianas o musulmanas. El señor del lugar levantó su brillante cetro y dio un salto para darnos la bienvenida. Descendió de su altar y nos recibió entre abrazos y besos a los que nos confesamos comedidos.

Guijarro estaba obligado a servir como ejemplo para nosotros. Se arrodilló y puso su frente en el suelo, profiriendo con esos movimientos un exceso de reverencia. Con tales actos habíamos sido invitados a seguirle, pero antes que uno de los nuestros llevará a cabo el saludo a la manera de Guijarro hice gesto con mis manos para detener la imitación y mostré a los hombres hasta donde debía llegar la cortesía. Las risas del que se llamaba así mismo ‘santo’ se opacaron, el silencio se apoderó de su casa y quedó al descubierto la crueldad que su falsa alegría trataban de cubrir. Mantuvimos la postura cortesana y esperamos que fuera la palabra del ‘santo’ la que nos permitiera la incorporación a la normalidad. La espera no fue larga, ya que él recuperó esa vulgaridad de un gozo falso. El ‘santo’ nos invitó a su mesa a disfrutar de manjares, a refrescarnos con su vino, y complacernos con sus deleites

Fuimos llevados a la instancia donde había que tomar lugar en la mesa. Advertí a los nuestros, con discreción, que no se probara comida o bebida. No era yo participe de doctrinas que argumentan que la comida y la bebida es maligna, ya Nuestro Señor desmintió esto; pero si era partícipe en ira, de no unirme a mesa donde abunda pecado, soberbia y sacrilegio.

La mesa estaba servida con exquisitas carnes, frutos apetitosos y abundancia de bebida. Yo pedí al señor de la casa que solo se nos brindara agua y alimentos de origen vegetal sin preparación. La treta, inspirada en el libro de Daniel, dejaría al descubierto nuestro rechazo a los favores del señor. Con esta humillación buscaba su desprecio y expulsión del recinto; de esa manera salvaríamos nuestra alma y quizá la vida. 

Una vez dictada mi petición, el ‘santo’ lanzó una mirada furtiva sobre mí, interrogó mi temple para revelar el secreto que guardaban mis palabras. Su rostro siniestro desapareció, y una vez vuelto a la algarabía hizo saber a Guijarro que debía sacarnos de la casa debido a que tenía asuntos que atender y que lamentaba haberlo olvidado. Solicitó a través de su siervo la disculpa por la falta de hospitalidad, y le ordenó que nos llevará al exterior para que pudiésemos continuar nuestro viaje.

Alivio fue la respiración de la compañía mientras dejamos nuestros asientos, hasta que su voz nuevamente llenó el lugar. El señor de la casa solicitó que Tristán Medina-Sidonia tomara asiento en el lugar de honor, ya que este, pobre en espíritu, tomó los alimentos de la mesa del ‘santo’. Aunque hubiera habido manera de apelar a Tristán, este no dudo en hacer suya la invitación. Nosotros en pie, yendo a la luz que nos llamaba desde afuera de esa abominable gruta, vimos como el marinero se sentó junto al usurpador y aceptó que la servidumbre llenará su copa. 

Abandonamos el recinto y aquí nos enfrentamos al resto del camino con uno menos.




lunes, 1 de febrero de 2021

Yo robot | Isaac Asimov


Tres leyes de la robótica | Isaac Asimov | Yo robot - 1950

Primera ley: Un robot no hará daño a un ser humano ni, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño. Segunda ley: Un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entren en conflicto con la primera ley. Tercera ley:  Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley.


En el año 2019, buscando qué libro proponer para la recientemente inaugurada viñeta de "Ciencia ficción" leí algo que puso toda mi atención sobre el libro que nos convoca en el mes de febrero, no ganó en esa oportunidad, pero sí al año siguiente y no he encontrado una mejor manera de empezar esta entrada que con esa introducción:


"Yo Robot de Isaac Asimov es digamos un gran prólogo para adentrarse a las historias venideras, para comprender las leyes de la robótica y familiarizarse con la robopsicología, un término creado por el propio Asimov para entender a los robots dentro de su imaginación." 


Los robots de Isaac Asimov son máquinas capaces de llevar a cabo muy diversas tareas, y que a menudo se plantean a sí mismos problemas de 'conducta humana'. Pero estas cuestiones se resuelven en Yo, Robot en el ámbito de las tres leyes fundamentales de la robótica, concebidas por Asimov, y que no dejan de proponer extraordinarias paradojas que a veces se explican por errores de funcionamiento y otras por la creciente complejidad de los 'programas'. Las paradojas que se plantean en estos relatos futuristas no son solo ingeniosos ejercicios intelectuales sino sobre todo una indagación sobre la situación del ser humano actual en relación con los avances tecnológicos y con la experiencia del tiempo: ¿qué diferencia hay entre un robot inteligente y un ser humano?, ¿puede el creador de un robot predecir su comportamiento?, ¿debe la lógica determinar lo que es mejor para la humanidad? 

Como lo señalaba cuando propuse este libro, se considera "un clásico entre los clásicos de la ciencia ficción" y de él se dice que además de ser un libro fantástico, tiene diálogos inteligentes y un tono de humor chispeante que lo hace incluso divertido.

Sinopsis

Publicada por primera vez en 1950, cuando la electrónica digital estaba en su infancia, Yo, robot resultó ciertamente visionaria y tendría una influencia enorme no solo en toda la ciencia ficción posterior, sino incluso en la propia ciencia de la robótica. Aquí formuló Issac Asomov por primera vez las tres leyes fundamentales de la robótica, de las que se valdría para plantear interrogantes que se adentran en el campo de la ética y de la psicología: ¿qué diferencia hay entre un robot inteligente y un ser humano?, ¿puede el creador de un robot predecir su comportamiento?, ¿debe la lógica determinar lo que es mejor para la humanidad? A través de una serie de historias conectadas entre sí por el personaje de la robopsicóloga Susan Calvin, en las que aparecen todo tipo de máquinas inteligentes - robots que leen el pensamiento, robots que se vuelven locos, robots con sentido del humor o robots políticos-, Asimov inventa unos robots cada vez más perfectos, que llegan a convertirse en un desafío para sus creadores.

Espero que este libro nos guste a quienes lo vamos a leer por primera vez, y que quienes ya lo conocen puedan compartirnos su experiencia y hagamos de cada una de las 4 reuniones del mes un verdadero espacio desde donde nos podamos conectar con la viñeta y con el libro para que, como siempre, leer en grupo nos deje una experiencia muy distinta a la que tendríamos si leemos un libro en solitario (siempre buena, pero ¡ya sabemos que a nosotros lo que nos gusta es hablar del libro con personas que también lo están leyendo!).

Para lograr leer el libro en un mes, a continuación se propone la siguiente división de lecturas. 



Biografía

ISAAC ASIMOV 1920-1992


Isaac Asimov nació el 2 de enero de 1920 en Petrovichi, Rusia, en el seno de una familia judía.  Hijo de Judah Asimov (1896-1969) y Anna Rachel Berman Asimov (1895-1973), recibió el nombre de Isaac por su abuelo materno, Isaac Berman, y fue el mayor de tres hermanos. A la edad de tres años se trasladó junto a su familia a Estados Unidos.

Desde niño mostró dotes para los estudios y la ciencia. En 1926, su padre compró una confitería, donde además se vendía prensa y revistas de ciencia ficción, artículos que despertaron su interés por la lectura, y posteriormente por la escritura.

Fue un lector prodigioso. Aprendió a leer él solo. En la primera semana ya se sabía todos los libros del curso, devoró 26 veces los Papeles póstumos del Club Pickwick, desde los seis años (cuando comenzó a devorar en bibliotecas) a los 18 (cuando vendió su primer relato por $64.00 dólares) dedicó a la lectura casi todo el tiempo de que dispuso.

A los nueve años comenzó a trabajar en las sucesivas tiendas de caramelos familiares (aunque allí se convirtió en un fanático lector de folletines). Su primera obra, Hermanitos, la escribió con 14 años. Trataba sobre su hermano pequeño, en clave de humor. Fue publicada en la revista de la escuela.

Isaac Asimov comenzó sus estudios en 1925 en la escuela pública de Nueva York, continuó en East New York Junior High School donde se graduó en junio de 1930, entrando con diez años en la Boys High School, donde obtuvo el graduado en 1935. Asistió a la Universidad de Columbia donde, en 1939, se graduó en Química.

Isaac Asimov fue uno de los más célebres cultivadores de la ciencia ficción y un gran divulgador cuya escritura abarca también la Mitología, la Historia, la Ciencia, Shakespeare o la Biblia.

En 1937 comenzó a escribir seriamente, momento en el que apareció un cuento titulado Tirabuzón Cósmico. Su segunda historia fue Polizón, publicada en noviembre de 1939 con el nombre La amenaza de Calixto.

En tres años escribió 31 relatos, quizá reseñar que Razón fue el primero sobre robots positrónicos, con sus personajes de George Powell y Mike Donovan, y el siguiente fue Embustero en 1940, donde aparece la doctora Susan Calvin. En mayo del 42 publicó La Fundación. En 1950 por fin apareció su primera novela: Un guijarro en el cielo.

Comenzó a dar conferencias y a escribir entre siete y ocho libros al año, tanto novelas, como libros de química, historia y otras disciplinas, consiguiendo varios premios, entre ellos el premio Hugo en 1966 a la mejor serie de Ciencia Ficción por la Serie de la Fundación. En 1973, consiguió de nuevo este premio al igual que el Nebula.

Entre sus muchas obras destacan: Anochecer y El Hombre del Bicentenario Premio Hugo y Nebula en 1977 a la mejor novela corta y Los límites de la Fundación premios Hugo y Nebula de 1983 a la mejor novela. Además consiguió el Premio James el T. Grady de la Sociedad Química americana. En 1965, tenía catorce doctorados honoris causa por diferentes universidades.

Además de sus novelas de ciencia ficción, se dedicó a escribir sobre temas históricos como La formación de Inglaterra o Los griegos, fantásticos como Viaje alucinante o Azazel, infantiles como la serie de Norby, El robot o Lucky Star, junto con una abundante obra de difusión científica, Adelantos de la ciencia, El reino de los números, Alpha Centauri, La estrella más cercana, y otros.

Isaac Asimov se casó dos veces, la primera con Gertrude Blugerman el 26 de julio de 1942, con la que tuvo dos hijos, David y Robin, se separaron en 1970, y se casó posteriormente con Janet Opal Jeppson.

Su muerte sucede el 6 de abril de 1992 en Nueva York de un fallo cardíaco y una insuficiencia renal, a los 72 años después de haber publicado más de 500 obras, fue incinerado y su viuda reveló posteriormente que el autor falleció a consecuencia del sida que contrajo tras serle practicada una transfusión de sangre contaminada después de someterse a una intervención de cirugía cardíaca.

Finalizo trayendo un dato que me pareció cuando menos curioso, se sabe que Asimov sufría algunas fobias como por ejemplo tenía miedo a volar. Solamente voló dos veces en su vida. Además sufría de claustrofobia, no podía estar en espacios pequeños y cerrados.

Su producción bibliográfica fue amplia, a continuación les comparto un enlace donde pueden conocerla con detalle si es de su interés.

https://www.acta.es/medios/articulos/biografias_y_personajes/015071.pdf

 


Fuentes:  

  • Wikipedia
  • Casa del libro
  • Adictos a los libros 


 

 

 

 

 


sábado, 30 de enero de 2021

Series CBE: La Montaña Donde Ascienden Las Luces (IX)







Recibimiento de la compañía y de cómo Maximiliano Ravidabia conoce el secreto de la tierra extraña. Una casa en el centro del pueblo.


Fuimos visitados en laudes por una comitiva conformada por tres hombres. Estos fueron dirigidos hacia nosotros por la mujer que nos acogió en el establo. La mujer hizo una señal que invitaba a reconocer en los caballeros la idoneidad para intercambiar palabra. Puestos nosotros en pie, me acerqué a esos hombres junto a Froilán Puigdorfila como escolta. Aguardé a que ellos iniciaran los cortejos para así asegurar mis actos, procurando que en ellos no hubiera rastro de ofensa, descortesía u otros agravios; que son muchos y propios del trato humano.

La ceremonia llegó con la misma costumbre de los cortesanos de nuestras tierras. Respondimos junto al escolta con las mismas maneras, pero con recato de humor. El señor que presidía la comisión se presentó como Guijarro, sin raíz en casa alguna. No indagué sobre estos asuntos por respeto.

La compañía fue invitada a salir del establo, y una vez abandonada la cuadra vimos hombres, mujeres y niños que hacían sus labores y juegos diarios sin que nuestra presencia fuera motivo de interrupción. Caminamos siguiendo la dirección de uno de los miembros del comité. Guijarro me invitó a caminar a su lado. 

En su compañía, Guijarro me brindó información sobre nuestro paradero, así como explicación de cómo el hado nos arrastró a estos lares. Fui instruido en la historia del lugar, en su política, su tradición, y fueron resueltas las dudas que yo permute frente al Cristo negro. De acontecer la lectura de este cuaderno por ojos ajenos, habrá de notar el lector que no existe en mí la intención de brindar detalles de navegación, localización o de cualquier tipo sobre este lugar. Esto no responde a ninguna intención mezquina de mi parte por negar a mis compañeros, o a quien se encuentre con este escrito, el goce del saber y la oportunidad de dirigir viaje a estas tierras. La mudez que guardo sobre este país es mi respuesta a la petición de Guijarro, anfitrión y representante de los intereses de este pueblo.

Guijarro, quien funge labor amplia en las tareas de administración del pueblo, me advirtió de su señor, de sus excentricidades, sus pecados y encanto. 

Alcanzamos el centro del pueblo dejando atrás la humildad de los hogares de sus habitantes. Ahí nos encontramos con una irrupción de lo que esperábamos sería una urbanización cualquiera. Se sabe que las casas de la nobleza tienden a instalarse apartadas y por encima del resto; muestra de su perpetuo dominio. La casa de este hombre a la que nos dirigimos era hasta diez veces más grande que la de sus vecinos y se encontraba en el centro de la ciudad, y toda la compañía es testigo de que en dicha casa hay rasgos del trabajo y el arte que labró nuestras catedrales; que en ellas son testimonio del credo y devoción a nuestro Dios. En esta casa, que es casa de hombre, sólo queda en manifiesto la aspiración del pecador de llegar a ser como un dios. En este dictamen no existe duda ni error. En esa opulencia yacía oculta la pudrición del pecado. Indiqué a los hombres, antes de cruzar las puertas de esa casa, que no abandonaran la fe. 



Próximo Capítulo 

Dentro de la casa del ‘Santo’: acerca de las costumbres del señor de la casa. Estrategia de Maximiliano Ravidabia para abandonar el recinto y de cómo Tristán Medina-Sidonia dejó la compañía.

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jueves, 14 de enero de 2021

Series CBE: La Montaña Donde Ascienden Las Luces (VIII)



La familiaridad del pueblo. La importancia de la discreción y una noche en el establo con los gritos de espanto.


El pueblo estaba frente a nosotros. Nadie hizo nada sin mi disposición; no hubo movimientos leves, ni esos movimientos que no responden a las demandas de la voluntad. El pueblo se figuró como resguardo de escasa población, la que vimos caminar sobre sus senderos, reposar en la plaza y entoldar con su alegría o tristeza los espacios cerca de las puertas de sus casas. Habían ignorado nuestra presencia hasta que una señora nos llamó desde el pozo en el cual sacaba agua, y ella nos ofreció de beber. 

En este lugar la lengua era como la nuestra; aunque variaba sonido al hablar, y que habían palabras que no conocíamos significado, este fácil se desvelaba. Obvie introductorias con la señora y en ella no hubo sorpresa o curiosidad por nuestra presencia o identidad. 

La señora preguntó por nuestra estancia para la noche, y yo pregunté si conocía lugar para el reposo, que a pesar de que eran pocas nuestras formas de pagar eran las suficientes para la más humilde de las hospitalidades. Fuimos llevados a un establo vaciado, y antes de escuchar queja de la boca de la compañía, los amoneste trayendo al recuerdo que el primero de los hombres nació del lodo, y que Dios Hombre abrió los ojos dentro de una caverna. La señora indicó que aquel lugar cumpliría con el calor y reposo que necesitábamos. Una vez reunidos en el establo el grupo me cuestionó por la falta de autoridad en el pueblo para atender la llegada de extraños, y no faltó la oportunidad para el descontento de algunos por mi carencia de anuncio sobre nuestra calidad de hombres de mar; ya que esa podía ser tierra que no conozca la labor y por ello uno sea tratado según corresponde a la condición de excepción. Ignoré la insolencia, me puse la capucha del manto y me quedé dormido. 

Faltando horas para el amanecer, fuimos arrebatados del sueño. Afuera de nuestro recinto escuchamos un sonido que no era proferido por bestia conocida. El animal, en su salvajismo, guarda relación con lo creado, y sin importar la fiereza del sonido de sus fauces este es siempre consonante a Dios. 

En la medida que se acercaba a nosotros, el sonido atroz jamás volvía igual en la repetición. Habiendo fe, unos fueron llamados a la oración y otros al filo de sus hierros. No ordené acción, más que silencio y espera. Llegado el grito afuera del establo y esperando que las puertas fueran abiertas con violencia, un rotundo cambio se dio en el avance del aullido. Cuando más cerca se debía de encontrar la fuente de los gritos es cuando los escuchamos lejos de nosotros. Los hombres comenzaron a hablar sobre lo sucedido y les hice callar. La mañana sería tiempo prudente, bajo la protección de la luz, para dar resolución de cosas que solo son de la oscuridad. 

En lo que faltaba de noche, nadie recuperó el sueño. 



Próximo Capítulo 

Recibimiento de la compañía y de cómo Maximiliano Ravidabia conoce el secreto de la tierra extraña. Una casa en el centro del pueblo.


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viernes, 8 de enero de 2021

Series CBE: La Montaña Donde Ascienden Las Luces (VII)


 ¡Amel Cachís es mi nombre! 

¿Cómo te llamas tú, 

caminante de luz, 

de pequeño bigote? 

o ¿cómo te conocen, 

princesa Andaluz, 

de rostro de ejote? 

Sean bienvenidos Ejotes y Bigotes, a esta fantasmagoría que carga las agonías de Maximiliano Ravidabia. ¿Habrán notado que nuestro héroe es un arrugado? Pues lleva años en el mundo... Durante varios días Ravidabia se dedicó a la Santa Inquisición de su España. Muchos vieron en él, aparte de su temple, y en contra de toda calvicie, al sucesor de Tomás Torquemada. Persiguió a Judeoconversos como yo persigo las carnes de vuestra... Siempre eficiente, metódico y ejemplar, Maximiliano Ravidabia pudo alcanzar la grandeza eclesial, pero algo sucedido y de la Inquisición el pobre se arrepintió. ¡Merengues y Coronas! Mucho se me ha salido de esta boca floja... no me despido sin antes decirles, que Maximiliano andará de mantos grises pero no es un hermano Franciscano. ¡Hagan sus apuestas, tienten al misterio, escriban al final de esta aventurilla vuestra suposición! ¡Quién podrá decirlo! ¡Seguro estoy que entre ustedes mejores sesos hay que los de Guillermo de Baskerville! 

Besitos a vuestras madres, pellizcos a vuestros padres, y dulces sueños para mí; y recordad, los diablillos andan sueltos.

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La persecución del diablo y sus descubrimientos anatómicos. Sobre las luces que eran para alumbrar a un pueblo.


La inmunda criatura huía con ligereza. En el desplazamiento me percaté de la semejanza de su tamaño con el de un niño. El diablillo no contaba con cola, ni pelo sobre el cuerpo, y puede decirse que era parecido a un cerdo, pero esto tampoco era certero ya que lo vi erguido y vi que con sus manos realizaba el gesto y el rostro de la burla. Si esta criatura era partícipe de la risa, tenía que ser parte de las mismas pasiones de los hijos de los hombres.

Entre más densa la noche más me adentraba al bosque siguiendo a la malévola criatura. Detuve la marcha en la medida que mi cólera disminuyó. Creció en mí el temor de verme alejado de los míos y de verme cerca de lo aún desconocido.

El cese de la carrera me permitió apreciar el rastro que dejaba el animal del averno que terminó por indicar su naturaleza no espiritual. Según Paracelso, al no ser una criatura de la naturaleza del hombre, ni del espíritu, es parte de la naturaleza que goza tanto de la carne así como del espíritu. El vestigio de su paso por el bosque es un polvo que, por su color y consistencia, ha de recordarnos a la ceniza que dejan los troncos cuando los hornos son apagados. Esta ceniza queda plasmada como mapa del camino recorrido por la inmundicia, a quien escuché reír. 

Di por terminado mi impulso de seguir a la bestia y esta se detuvo al notar mi renuncia. Me observó y profirió un menosprecio con sus manos. Vi entonces cómo este demonio saltó a la copa de los árboles, y pude vislumbrar una extrañeza en el ya extraño monstruo. La criatura, al estar de pie como lo hacen los hombres, evidenció una torsión en su cuerpo. Y es que el horripilante diablo me miraba estando de frente, pero desde su cintura hasta los pies se encontraba de forma contraria a la naturalidad de la postura. Esta primera impresión pudo ser confirmada en el momento en que la criatura abandonó la rama del árbol por otra, ya que después, él demonio viendo en otra dirección y dándome las espaldas, dejaba que el resto de su cuerpo me mirara de frente.

Continúe con el camino, siempre hacia adelante, confiado en que el buen criterio de la compañía, así como su responsabilidad para conmigo, harían que no se demorarán para unirnos antes de horas más frías y oscuras. No habrá pasado mucho tiempo de estos pasos en solitario cuando escuché mi nombre en boca de los grumetes. De pronto, entre los árboles que habían comenzado a escasear al paso, pude ver luces de un fuego, y entre más avanzaba aquel fuego empezó a verse incrementando. 

Nuño Iñigo y Dante Buelga ya estaban a mi lado con temor que corría por el rostro, y es que vimos que aquellos fuegos eran luces que alumbraban un pueblo. No pude evitar el sobresalto, aquellas viviendas, plazas y locaciones, sin importar su pequeñez, gran similitud guardaban con los pueblos de las tierras en las que yo crecí.



Tomás de Torquemada (1420-1428)




Próximo Capítulo 

La familiaridad del pueblo. La importancia de la discreción y una noche en el establo con los gritos de espanto.


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Como incidió mi madre en mi vida, al estilo de las madres chinas.

Este cuento ha sido escrito por Sonia Sosa, integrante del Club de lectura Arazá, ubicado en El Pinar, Canelones, Ciudad de la Costa, Uruguay.

  

Nació en el 1910 y falleció en el 2008, casi a los 98. Compartió su infancia y adolecencia con 

su hermana melliza, cinco hermanos y seis hermanas. Viviósiempre en el campo pero tuvo 

una activa vida social y capacitación en su domicilio de todas las tareas que le podían ser 

útiles en su vida. En la casa de mi abuelo Eusebio no había distinción de sexos y tanto los 

hombres como las mujeres tenían que aprender a realizar las mismas tareas.

 

A los 20 y poco se casó con un primo hermano y paso a residir muy cerca de su casa paterna. 

El espíritu festivo y la realización de todas las tareas del campo y de la casa las trasmitió a 

mis tres hermanas y hermano. Ella trajinaba por la casa desde muy temprano preparando el 

desayuno y el almuerzo, una vez que éste estaba pronto se bañaba y hacía la “siesta del 

burro” y a las doce en punto había que sentarse a la mesa para almorzar. 

 

Ademas, mantenía una quinta cerca de la cocina, nos hacía la ropa y nos preparaba para ir a  

la  escuela con delantales blancos bien almidonados y una gran moña azul y ella misma nos 

llevaba en auto todos los días a la escuela de Dolores levantando en el camino primos y 

amigos y en el tiempo lindo nos preparaba para ir a pescar al río poniéndose unos 

pantalones “bermudas”y enseñándonos todo sobre las artes de la pesca. 

 

En muchas ocasiones teníamos suerte y nos llevábamos alguna tararira para el horno y algún 

bagre para un guiso. También aprendimos a cortar la leña para la cocina económica, sacar 

agua con roldana de un pozo muy profundo, limpiar la cocina y la casa y nuestra ropa desde 

muy chicas. Arriar los terneros al corral para tener la leche al otro día y muchas veces 

recorrer el campo a caballo para ver si no había algún animal caído como le enseñaron a ella. 

 Aprendimos a coser, a bordar, a tejer y todo lo relacionado a la quinta y el jardín y el buen 

trato y el cuidado con los animales.

 

En la adolescencia nos dio libertad para divertirnos, con una sola condición, que no 

volviéramos embarazadas, la unica referencia al sexo. Nunca nos levantó la voz ni la mano. 

Gozábamos de la mayor libertad y cualquier actividad o emprendimiento que se nos 

ocurriera teníamos campo libre para realizarlo. Estas enseñanzas me permitieron transitar 

por la vida con libertad y seguridad pero también con grandes falencias. No recuerdo un 

beso o un gesto cariñoso de parte de mi madre. En los momentos que necesité su apoyo no 

lo tuve: cuandoestaba estudiando o cuando quise volver al campo ya formada en mi 

profesión, no me lo permitió. Por un tiempo, quizás demasiado largo, viví con esa amargura 

en mi alma. Pero cuando a ella le tocó transitar un largo camino que la fue  alejando del 

mundo real la perdoné pensando en las falencias afectivas y de reconocimiento 

que pudo haber tenido en esa familia tan numerosa y siendo mujer.