viernes, 25 de octubre de 2019

Series CBE: Viñetas de una biografía (I)



Maloso anda suelto

La Navidad en la granja (1994 o 1996)
Página digitalizada del cuento, la encontré disponible en internet.
 Mi copia la perdí, y el audio casete está en alguna parte de la casa que no lo pude encontrar.
El audio se encuentra en el siguiente link de YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=Wz87VHE-R2w
Recomiendo leer uno que otro de los comentarios del video.


La Navidad en la granja de Pollo Campero fue publicado en 1994, pero la referencia de un Nelson Leal en YouTube, quien menciona haber colaborado con la grabación de la historia, asegura que fue en 1996. Intente verificar el dato con Pollo Campero a través de Twitter, pero no contestaron. Aún y la imprecisión, estamos de acuerdo de que el libro y el audio salieron a inicios de los noventa, y es, hasta la fecha, un icono de las navidades de una generación que ha de cumplir la condición de ser, por nombrarla de alguna forma, de clase media. Esa generación fue la que nació en la agudeza del conflicto armado, y fue testigo inconsciente, mientras comía leche ácida de tetas alborotadas, de la apertura de un mundo dictado en la firma de los Acuerdos de Paz. En mi caso, la poca leche materna que pude tomar venía del seno de una vecina y el resto era leche en polvo. Leche artificial y fraudulenta; mi mamá, por miedo y angustia, no podía producirla. Sea como fuera la leche, me encontraba dentro de los afortunados. Siempre hubo algo que comer.  


Mi mamá, yo, y al fondo mi abuelo.
Foto tomada en Noviembre de 1989, días después de la Ofensiva.

Esa generación, que es la mía, estábamos, en todo sentido fuera de la historia, en nada podíamos pronunciar y pronunciarnos sobre los últimos eventos histórico-político de El Salvador, pero sería un error acusarnos ignorantes, porque aún y afuera de la historia formal, algo sabíamos. La crisis no nos llegó en forma de historicidad y teoría política, no hubo argumentación racional sobre ello, la crisis nos llegó oculta, diseminada, sutil y efectiva, mucho más aterradora: nos llegó en forma de ‘Cuento de Hadas’. G.K Chesterton denomina a este proceso, en su libro Ortodoxia (1908), como la filosofía de la ‘nursery’. 

Las cosas en las cuales más creía entonces, las cosas en las cuales más creo ahora, son los llamados ‘cuentos de hadas’. Me parecen ser las cosas más razonables. No son fantasías; comparadas con ellos, otras cosas son las fantásticas (…) Pero aquí me ocupo de demostrar que la ética y la filosofía vienen, alimentándose con cuentos de hadas. Si me ocupara de ellos detalladamente podría mencionar mucho nobles y saludables principios que de ellos provienen. Allí está la caballeresca lección de Juan el Gigante, según la cual se debe de matar a los gigantes porque son gigantescos. Es un motín valiente contra la soberbia (…) Allí está la Bella y la Bestia, según la cual una cosa debe ser amada antes de ser amable. Allí ésta la terrible lección de la Bella Durmiente, que nos dice cómo la criatura humana al nacer fue regalada con toda clase de bendiciones, y, no obstante, maldecida con la muerte; y cómo a veces la muerte, puede dulcificarse hasta ser un sueño. Pero no me ocupo de los estatutos aislados del país de los elfos, sino del espíritu de su ley en conjunto; su ley que aprendí antes de saber hablar y recordaré cuando no pueda escribir 

Ortodoxia, Ed.Porrúa, G.K Chesterton, p.30.

El cuento del Pollo Campero ofreció espectáculos en instituciones educativas en los noventas, y sigue siendo hasta el momento una referencia para mi generación, una señal de ‘aquellos diciembres’ que con sus parsimoniosos vientos lograron hacer que en los hogares brotara una calidez y luz incandescente, como si las estrellas de cartón, mal pintadas con brillantina, montadas en los rascuaches pinos de plástico, realmente marcaran en las salas y cocheras, el lugar de nacimiento de Jesucristo. La Navidad en la granja, funcionó como uno de los puntos de contraste para determinar la efectividad de una Navidad, ya que a partir del año dos mil, para mi generación, las navidades comenzaron a deteriorarse junto con la economía – la dolarización – y a la aparente apacibilidad social –la aparición de las ‘maras’ –. Los acuerdos de paz generaron en la consciencia salvadoreña, casi por una década, lo mejor del kantismo: una ‘ilusión trascendental’. 
           
La historia del pollito, el evidente héroe del restaurante, lugar que fue durante años de juventud el antro dominical de mi mamá y sus dos hermanos, se desenvuelve con sencillez. La granja se encuentra lidiando con los preparativos de la fiesta navideña, donde todos los animales, incluso el más aversivo – la culebra –, aportan algo para construir el nacimiento del hijo de Dios. En esa población animal reside un principio de universalidad, todos se encuentran congregados bajo el propósito de construir el tiempo de paz; ya que la paz, es la virtud esperada por todos en la granja, un estribillo permanente en todo el cuento. Quiero hacer notar que en el cuento se ha mutilado el evangelio, debido a que hay una sustracción del mensaje radical cristiano, por ello, hay un interés desmedido en la historia por la preservación de la armonía. 
             El villano de La Navidad en la granja, más escabroso que el Grinch de Dr. Seuss, es Maloso el jabalí. La maldad del personaje de Dr. Seuss es incapaz de robar el corazón mismo de la navidad. Al final del cuento, cuando Villa-Quien celebra la navidad en la plena unidad, el delito del Grinch aparece como acción liberadora, ya que en lugar de haber robado la navidad le ha devuelto el sentido de la misma. El Grinch es un protector de lo sagrado, no veo problemas en llamarlo ‘profeta’. Maloso por su parte es una abominación, su presencia es en todos los sentidos el fin de las cosas. Durante la primera parte del cuento, el jabalí se encarga de acosar a la granja, y con sus jadeos y el sonido de sus pasos crea una histeria en los animales demasiada cercana a un canon literario de terror. Recuerdo que todas las veces que leí el cuento, escuchando de forma simultánea el audio, la angustia y el horror se apoderaba de mí. La idea de una maldad acechando a las afueras de la dulzura del hogar, es la que hace en la gente – de clase media –  ver en peligro la vida segura y rutinaria, un obstáculo para alcanzar y preservar la razonable felicidad. El fenómeno de Maloso, es una experiencia de ansiedad y horror que marcó un estatuto político de mi generación. Jamás la apacibilidad, pereza, ocio y armonía tuvo mayores efectos que en mi generación; que recibió toda virtud en forma de sobras de una historia que no habíamos enfrentado, recibimos todo eso por herencia, y por lo tanto se desconoce su valor. La maldad está ahí afuera; “el diablo anda como león rugiente buscando a quien devorar. ¿Entendés lo que eso quiere decir?” era una de las tantas frases marcadas de mi abuelo, en las noches que me obligaba a memorizar la Biblia. 



How the Grinch Stole Christmas, Dr. Seuss.
Your Favorite Seuss, Random House, 2004.

Las descripciones de Maloso son las del salvaje, el que anda en las montañas, el que se hace sentir por su aroma, y que es la figura de perdición de los pueblos. Sin caer en una pésima politización del cuento, la caracterización del jabalí es, sino la misma, una cercana a la que ha orbitado en la figura del guerrillero: aún presente en el imaginario colectivo. La última vez que enfrente esta imagen fue con la figura de Mario Belloso, el ‘Maloso’ que disparó contra policías. 



Mario Belloso, condenado a 56 años de cárcel por la muerte de dos policías en el 2006;
Yo cursaba Bachillerato, tenía al menos 16 años.



En el lugar donde estudiaba, junto con mis compañeros, grabamos un video recreando este episodio.
El video, grabado con la pequeña cámara de un móvil Motorola, lo he logrado conservar.
Aquí el link  https://www.youtube.com/watch?v=e-vnwsjs7V4

Mi abuelo me contaba que, en los días previos a la ofensiva final, en noviembre de 1989, grupos guerrilleros y batallones del ejército se disputaban la ‘loma’ donde he vivido hasta hoy en día. Parte de la loma que ahora se hace llamar Pasaje Méjico en Mejicanos, es el espacio hechizo que alguna vez fue conocido como lotificación Gutiérrez. Semi urbano, semi rural, esa loma, sin falta, es una complicación para la definición clasista. Sobre la loma – desde mi ventana puede verse – hay un tanque de agua, y ese tanque se convirtió en el objetivo militar durante el tiempo de la guerra. El control del terreno que se podría obtener con la captura del tanque era formidable, quien lo tuviera tenía garantizado una visión panorámica de Mejicanos y de todo San Salvador; nada más acertado que esa frase que suelo mencionar cada vez que alguien ve por la ventana de mi habitación: “Increíble, ¿vea?”. 
          Según los datos de mi familia, el ejército tenía la posesión del tanque antes de la Ofensiva. La guerrilla quería hacerse de el a toda costa, por lo que hubo arremetidas recurrentes en la zona. Los dos bandos ocuparon como trinchera la fila de casitas donde personas y mi familia pretendían hacer una comunidad. Los disparos atravesaban las casas de un lado a otro, en muchas ocasiones mi madre tuvo que resguardarse en la esquina de su habitación, cargándome en sus brazos, protegidos por la espuma y el alambre de un colchón barato; y ahora que pienso esto, ¿acaso importaba que me diera leche? 


Burda representación del Pasaje Méjico, de Noviembre de 1989.
Los dos bloques negros, que simulan dos casitas, siguen siendo las líneas de casas que conforman el final del pasaje, donde actualmente residen trece familias; la gran mayoría de ellas se instalaron en la lotificación Gutierrez, años antes del conflicto armado.

Estos ataques, que para el 11 de noviembre culminaron en un bombardeo masivo en la parte más elevada de la loma, mantenía a la gente del vecindario al borde del nerviosismo con cualquier sonido. Cuando alguien escuchaba algún metal o al tropel de guerrilleros que venía levantando tierra y revolviendo el lodo, gritaba: “¡Hay vienen los guerrilleros!¡Corran!¡Corran!”. En La Navidad en la granja, los animales gritan despavoridos con cada sonido a las afueras de la granja: “¡Corran que Maloso anda suelto!”; incluso, el audio del cuento contiene un tema exclusivo para esta desesperación. Los efectos de la historia ilustrada son reales. Crecí en el aún polvoroso Pasaje Méjico, con la idea de que la armonía y la paz son una cosa frágil y siempre asediada; idea que no la considero errónea, pero sí incompleta. 
            El cuento del pollito termina cuando él decide hacer un llamado a la reconciliación con Maloso, movido por un principio ontológico: la bondad innata de todos los seres. Es decir, que pollito sabe que Maloso en el fondo es bueno, que es, en su defecto, igual que él. Cuando el jabalí es interpelado, él confiesa que su deseo es el mismo deseo que el de los animales de la granja: construir la paz. Todos admiten esta justificación y la paz se construye. Imagino que mi generación, pero al menos en mi caso creí durante mucho tiempo que las oposiciones eran producto de un ‘malentendido’. La idea del ‘Mal’ y el ‘Enemigo’ eran efecto de una simple distorsión. Por fortuna, la realidad puede ser mucho más afilada que una distorsión. La tendencia a evitar la discordia, la mediación y el consenso, cosa que aún se puede notar en mí, se puede llegar a convertir en – ocupando la prosa de William Blake – la capa de la cobardía. La tendencia reconciliadora puede ser síntoma de la incapacidad de sacrificar una aparente paz, y evita el acto de denunciar lo que está mal; y, en el fondo, podría decirse que hay una miopía para indicar, tajantemente, que es lo bueno y que es lo malo, lo correcto y lo incorrecto. Mucha de mi apatía socio-política tiene una base en esto. El cuento del pollito demuestra que el hambre de paz puede llevarnos por caminos fáciles, torpes, como lo es asumir que el Otro en esencia es similar solo porque desea lo mismo. Lo que el pollito no ha sido capaz de notar – su voz en el audio me sigue causando incomodidad –, en un uso marxista y freudiano de la ‘forma es el fondo’ – es ser capaz de entender la naturaleza del método de Maloso para obtener la paz. Ni que pollito bien, ni que Maloso mal, lo esencial aquí es que hay una diferencia que se niega. 
             En este sentido, la historia del pollito, es parte de un baluarte – construido desde la filosofía de ‘nursery’ –  del que se desprendió la respuesta que di al proceso de mi propia historización, cosa a la que todos estamos sometidos; es decir, que, de los cuentos, las imágenes, del terror a Maloso surgió esa manera singular de tomar lugar en el mundo, como sujeto dotado de individualidad y sentido. La dinámica que busco explicar con lo anterior, es que como personas estamos obligados a responder a ese llamado – sacado del Blog Lecturas de Watchmen – “¿Qué es lo que el Señor quiere de mí?”. Bob Dylan ya lo dijo: “Well, it may be the devil or it may the Lord. But you´re gonna have to serve somebody.


Maloso el jabalí
Ilustración digitalizada del video de YouTube.

jueves, 24 de octubre de 2019

Series CBE: "Y sin embargo se mueve" (Capítulo 11)



Buenos Aires, 1965

Los empleados cambiaron el gesto artificial de buena voluntad y su sonrisa pérfida y perturbadora se volvió dureza, duda y repulsión, al quedarles claro que yo me dirigía a la mesa donde estaba la silla de la pata negra. Procuré demostrar indiferencia, no podían hacerme nada, en ese momento yo era el rostro de la ley.

La mesa era como todas, sin nada que la distinguiera de cualquiera de las otras, excepto por la pata que delataba su singularidad. Me senté pensando en lo que había dicho Oliva, que Chiclana se sentaba ahí y, a los días, venía Iberra y hacía lo mismo. Confiar en las palabras del descabellado Oliva, ciego y nervioso, no me parecía una opción inteligente, pero no tenía más que sus palabras y, confiando en ellas, terminé por pensar que si a los ojos de los demás se notaba que ambos hombres tenían iguales comportamientos, sería tan solo porque nadie más se sentaba en ese sitio, que la mesa una vez abandonada por Chiclana aguardaba al tal Iberra que ‘hacía lo mismo’.

¿Pero qué es 'hacer lo mismo'?, ¿sentarse? y luego ¿qué? ¡ah sí! la bebida. Un licor, un cafecito… como ya estaba sentando no perdía nada con imitar el ritual de esos dos hombres, de modo que le pedí al mozo que limpiaba las copas en el bar que me trajera un café, así repetía el rito y terminaba de despertar. El tipo lo sirvió de muy mala gana y al llegar a la mesa me lo ofreció para que yo lo tomara. Vi la taza en su mano y estuve a punto de agarrarla, pero en ese momento él se mandó una cagada: me insistió.

— Andá, ¿qué no ves que tengo cosas que hacer? — dijo viendo a sus otros compañeros que se habían congelado observando la escena. 

Lo miré sin decir nada, tenía que llevar la situación con sumo cuidado. Esa insistencia en la omisión de su responsabilidad no solo no cuadraba con mi paciencia, sino que muy probablemente significaba otra cosa. 

— ¿La tomás o no? ¿tan difícil es? —se mostró irritado. 
— Difícil, sí —le respondí, y miré a otro lado, esperando a que pusiera la taza en la mesa. 
— ¿No la tomás? ¡Ah bueno! —dio un paso atrás y buscó la mesa del bar— Entonces la dejo aquí para que la tomés vos mismo. 
— Mirá pibe —le dije con hastío—, esto es un café y yo te pedí uno. No dármelo es como si un doctor le negara la atención a alguien que padece una enfermedad. Y ojo, que los representantes de la ley también podemos comportarnos como unos malditos enfermos. ¿No te movés? Quizá lo hagás si agrego algo de plomo en tu dieta. La cosa es así: yo te digo rana y vos saltás, ¿entendés? Y si te pido un café, vos me lo servís y me preguntás amablemente ¿con agua o con soda señor?, ¿o lo prefiere con leche?, ¿con cuantas de azúcar? ¿Estamos? Entonces vas por ese puto café y lo ponés justo aquí, en la mesa, ¡ahora mismo, la concha de tu madre! 

El color abandonó el rostro del sorete, que con temblores y sin soltar la mirada del cañón que tenía apuntándole, me sirvió el café en la mesa. Cuando la pulcra porcelana hizo sus ruidos característicos al contacto con la superficie, algo me golpeó la pierna. Creí que la mesa se había quebrado. Metí las manos y me encontré con un compartimiento abierto que había hecho caer al suelo muchas cartas, decenas de cartas, unas firmadas por Chiclana, de nombre Jacinto y otras tantas con la rúbrica de un tal Ñato Iberra. 

Al salir del café con todos los sobres, todavía debí bancarme un duelo desigual e injusto de miradas: todos los empleados me veían inmóviles mientras yo intentaba recordar cada uno de sus rostros. Afuera ya habían comenzado a limpiar, a lo mejor el forense ya había llegado y la escena se había recolectado y fijado. Entonces un patrullero se acercó para confirmarme lo que ya sabía, pero me dijo algo que definitivamente no me esperaba. 

— No hemos encontrado el tercer cuerpo, señor. Hemos revisado más de quince cuadras y no hay nada.
— ¿Qué me querés decir? — le dije confundido — ¿que una veintena de hombres no ha sido capaz de encontrar señales de sangre por ninguna parte? 
— La única sangre que hay es esta, la que ha quedado aquí donde estaban los muertos… es como si hubieran peleado apenas en este trocito de espacio... y yo sé que eso es imposible, señor — dijo leyendo mi expresión incrédula — ¡ni siquiera las hormigas pelean en espacios tan reducidos!

Le dije que se dejaran de joder y mejor hicieran bien su trabajo, que siguieran buscando hasta encontrar algo nuevo y solo entonces me llamaran a la comisaría. 

Lo único seguro hasta ese momento es que habían dos muertos y una extremidad superior. Un cuerpo sin brazo quién sabe donde, ningún documento de identidad, un testigo ciego que había aportado dos nombres, un café sospechoso como el orto, muchas cartas y todo Buenos Aires con la noticia en la boca, entre la empanada y el mate, de una horrorosa masacre en la ciudad. Al llegar me esperaba el "bagarto" Feola, la burocracia bruta, el hambre de respuesta de cualquier tipo, la ofensa pasada por la ineficiencia presente y la fecha de caducidad. Decidí guardarme lo de las cartas solo para mí, prefería profundizar más en el asunto hasta entregar algo de utilidad, así que bajé la cabeza y acepté todo con un 'si señor'. Había que dejar las rencillas para otro momento. 

Los archivos de Buenos Aires indicaban que no había ningún Jacinto Chiclana. Jamás nacido, jamás asentado, jamás pagado o jamás endeudado, Jacinto Chiclana era un nombre vacío. Pero en el caso de Roberto Iberra, la búsqueda del nombre arrojó numerosos resultados. Sin embargo, no había nada en los documentos de Iberra que no hubiera en los de un hombre cualquiera, en lo que respecta a la dignidad del archivo y el antecedente. El mayor descubrimiento en su caso era su apodo, el ‘Ñato’, lo que encajaba perfecto con la firma de las cartas. Roberto ‘Ñato’ Iberra era el menor de dos hermanos de Villa Turdera, al sur de Buenos Aires. Había una larga lista de domicilios, compras y créditos que podían servir para construir un perfil de él y quizá ayudarme a entender cómo un nombre en apariencia tan normal había terminado en semejante insania con otro que ni siquiera existe. Garrido se ofreció para ir a Turdera y averiguar algo del tal ‘Ñato’. 

La llegada del forense no me dejó inspeccionar las cartas, que era lo que más me interesaba abordar en ese momento. Meroveo Sosa tenía una impresionante carrera de más de cuarenta y cinco años, que hacían de él nuestra mejor opción para leer los cuerpos muertos. 

— ¿Tenés tiempo Isidro? — me dijo el doctor Sosa. 
— ¿Tenés algo de los muertos? — le respondí con una sonrisa. El tipo me agradaba y tenía para él algo de simpatía aun en esa hora de tensión. 
— Che, demasiadas cosas te tengo... o mejor dicho, demasiado fiambre y quilombo. 
— A ver, dale, sentate y contame. 
— Tengo problemas para explicarlo bien, pero ahí te va. Los cuerpos tienen varias cortadas, ¿viste? Pues la causa de muerte del que estaba tendido fue la hemorragia en el costado y no la estocada en el ojo. El otro murió por la puñalada en la espalda, que le perforó directamente el corazón, se lo desinfló. Pero aunque sepamos eso, algo no está bien con los cuerpos. 
— Dejate de misterios y hablá claro. 
— El tiempo — dijo Meroveo Sosa, con evidente incomodidad y quizá hasta con algo de vergüenza —, el tiempo no está bien. Te puedo asegurar que dos de las lesiones son de las cuatro y tanto de la mañana; la del ojo y la de la espalda. Las demás son de otro tiempo. 
— Bueno, querrás decir de más temprano, se habrá hecho larga la riña entre esos perros — le dije, solo para rellenar el silencio y el gesto de indecisión que el doctor tenía en el rostro. 
— No che, sé muy bien lo que quiero decir. La herida del costado, por ejemplo, no es de este tiempo, no es de 1965. Y mirá que he realizado el análisis dos veces. Todo apunta a que es una herida de entre 1945 o 1950. Pero además hay otra herida que, no sé cómo decirte, pero es como que nunca hubiera pasado... aunque la veas ahí supurando. 
— No entiendo Sosa — le dije frunciendo el ceño y negando con la cabeza de forma reiterada. 
— Que aunque en el cuerpo hay una herida de la que brota la sangre, ahí donde están todos los indicadores de un corte, el análisis del tejido no lanza ninguna edad biológica, el valor final es cero ¿entendés? ¡Cero! No existe, aun cuando lo estoy viendo ahí, no tiene edad, es como si no hubiese nacido. Y esto que te acabo de decir aplica para otras heridas por todo el fiambre. Perdoname por el disparate que estás a punto de escuchar, pero las pruebas demuestran que los dos cuerpos se han venido muriendo en diferentes tiempos. Hay heridas que tendrían que estar podridas pero aquí se ven recientes, como si fueran de ahora, rojas y vivas; mientras todo lo demás me dice que es tejido muerto. Y lo que es peor... presentan heridas tan viejas que superan por mucho las edades que estos dos parecen tener. 
— ¿Y el brazo? — me atreví a preguntar. 
— Es imposible, una cosa de locos. La zona donde se dio la mutilación es de un tiempo cero, igual que en algunas de las heridas. La puñalada en la espalda es reciente, pero el cuchillo está tan oxidado que la herida se ha infectado, no solo con sus bacterias y virus, sino con su tiempo. Adentro, en la profundidad de la carne, la edad es de decenas de años. No hay forma de precisar. Quizá un antropólogo pueda decirte más que yo sobre eso. Este asunto me supera, no puedo escribir esta pelotudez en un informe, ¡no puedo! Sería el peor final posible para mi carrera, ¿qué hago? ¡Decime che!

Me disponía a contestarle al angustiado Sosa cuando sonó el teléfono. Garrido me llamaba desde Villa Turdera.


Capítulo 10     |     Capítulo 12

lunes, 21 de octubre de 2019

Series CBE: "Y sin embargo se mueve" (Capítulo 10)



Buenos Aires, 1965 

El caso me llegó como todos, fue la suerte de mi turno. Mi superior, el “bagarto” Feola, me hizo saber que ese día me tocaba a mí y no a Garrido. Todos se largaron tan pronto llegó la hora y, al verme solo, aseguré la puerta del departamento y comencé quitándome los zapatos para tener la suficiente comodidad de pensar en cómo mataría las horas de esa noche. Llevo nueve años en este negocio, y en ese tiempo he aprendido que en Buenos Aires los muertos no llegan por estadística, así que el de guardia puede dudar más de la gravedad o el amor de su mujer, que del hecho de que en la noche de turno no se tiene que estar pendiente de nada. Con esa actitud pasé mi jornada nocturna, satisfecho de que terminaría sin sorpresas, hasta que a las cuatro y tanto de la mañana, la muerte llamó. Cuando sonó el teléfono maldije mil veces al asesino hijo de su puta madre que no pudo esperar una hora y media más, y así todo habría sido problema de cualquier otro idiota. 

La llamada salió de ‘Los Angelitos’, el café en la esquina de Rincón y Rivadavia. El de comunicaciones me dijo que el tipo que había llamado a la estación le había gritado, por lo que asumió que la cosa acababa de suceder y eso convertiría al gritón en un testigo en potencia. Eso es un alivio, visto que un testigo significa más de la mitad del caso resuelto. “Pejete”, el de comunicaciones, me dijo antes de cortar: “Che, el tipo dice que solo aparecieron”. La llamada la había realizado el portero o cuidador. 

Con un solo muerto cualquiera termina hastiado, pero dos, tres o cualquier plural, causa terror. Me tuve que acomodar la ropa y hasta me llevé la bufanda para taparme la boca. Tenía miedo de que cualquier alma me notara el fastidio de estar ahí, últimamente habían estado denunciando mi mala actitud en el manejo de escenas de asesinato. ¡Nueve años son! Creo que tengo el legítimo derecho de quejarme todo lo que quiera. Salí de la estación y avisé a dos patrulleros para que llegaran a asegurar la zona. Había que hacer todo antes de las cinco, ya que faltaba poco para que los pobres diablos madrugadores salieran de sus casas para ir a trabajar. 

De camino pensaba en lo débiles que se han vuelto los hombres de este tiempo. No digo que uno deba sentarse a comer frente al muerto o reírse con él. Lo menos que uno debería hacer es entregar un poco de respeto, porque se está encontrando con algo que no es natural. Que la gente coma y ría lo que quiera cuando el abuelo quede tullido en el camastro es bastante normal, pero cuando hay un homicidio lo mejor que se puede hacer es guardar silencio y no calentar el ambiente con dramas; ya suficiente drama hay con un hombre asesinado. 

La cosa comenzó a volverse extraña cuando vi que no me iba a ser fácil llegar al lugar. Dios sabrá cómo, pero todo Buenos Aires se había congregado en la esquina de ‘Los Angelitos’. Los patrulleros, al menos, habían acordonado el área a tiempo, pero estaba claro que entre más gente se fuera amontonando tendríamos que traer más policías para repeler a los mequetrefes. Dejé el coche a una cuadra, era imposible avanzar y opté por caminar. En el camino tuve que repartir varios codazos y alguna piña, estaba fastidiado. Cuando noté la cinta de aislamiento, me subí la bufanda a la boca y vi la muerte. 

Pensé de manera clara, puntual, sin dudas, que eso que estaba ahí era imposible. Era falso. Era una locura. Había dos cuerpos enfrente del restaurante, uno estaba en el suelo con un cuchillo clavado en el ojo, y el otro estaba encima de este, sosteniendo el cuchillo con tal firmeza que parecía que aún estuviera metiendo el aguijón. Los cuerpos estaban rígidos, petrificados, coloreados con sangre, los dos con los pelos engrasados de la sangre más roja que ha de correr en las más oscuras entrañas del organismo. Parecían muñecos de cera escarlata, poco les faltaba para prender un fósforo y encender la mecha, para sentir el aroma que despedían. Como si no fuera suficiente, el tipo que estaba encima del otro, tenía en su espalda un cuchillo que fácilmente hubiera relacionado como el arma del que estaba tirado en el suelo, pero el cuchillo aún estaba sostenido por una mano, y esta, a su vez, de un brazo... de un brazo que había sido arrancado de un cuerpo. Y para volver todavía más pasmoso y espantoso el asunto, los dos cuerpos, en sentido técnico, estaban completos. Así que habían tres muertos, dos tirados frente a mis ojos, y uno perdido, sin brazo, en alguna calle de Buenos Aires. 

Los refuerzos llegaron y mandé a hacer una inspección perimetral para localizar el otro cuerpo que no debía estar muy lejos de ahí. 

Entre más tiempo miraba a los muertos menos podía creerlo, sucedía lo contrario a lo que uno espera en este trabajo. Los cuerpos quedan desparramados, flojos, como trajes maltrechos, se les ve livianos... pero estos parecían de piedra. Ninguno de los policías se había atrevido a empezar a trabajar el lugar, me habían esperado los muy pelotudos, y sinceramente yo tampoco quería hacerlo. Busqué como hacer larga mi intervención mientras ponía a otros patrulleros a revisar el lugar. Luego ordené que llamaran al departamento para que "el bagarto" Feola enviara a la gente indicada para analizar la escena. Me enfoque en el cuerpo perdido y el brazo mutilado, así como en hablar con el que había hecho la llamada. Él era la única salida del atolladero que se estaba formando. 

Entré al café, que estaba abierto aunque no brindaban servicio. Los empleados se encontraban limpiando el lugar. Siempre me ha parecido increíble cómo la gente puede seguir con su vida de forma tan frívola, cuando afuera del lugar ha aparecido algo tan monstruoso. Pregunté por el portero del local, y me dijeron que estaba en una habitación cercana a la bodega donde guardan lo inútil. Me fui a buscarlo y percibí extrañado cómo la gente que limpiaba, pulía y ponía los manteles en la mesa, me miraba, saludaba y sonreía como que si yo anduviera en una visita de cortesía. Sentí escalofríos.

Llegué a la habitación, una cosa muy mersa, un chiquero. El tipo se encontraba guardando sus cosas en una maleta en la total oscuridad. Al percibir que yo estaba en el umbral, habló sin mirarme. 

— Déjeme en paz. 
— ¿Usted fue quien hizo la llamada? — intenté hacerme el tonto y me saqué de los bolsillos un papel con su nombre – ¿Es usted Ignaciano Oliva? — pregunté mientras me buscaba unos cigarros para hacerlo fumar la paz. 
— Déjeme por favor, ¡fue un error, todo fue un error! — seguía guardando sus cosas y el cuerpo le temblaba. 
— ¿Qué fue un error, Ignaciano? 
— Solo apareció, ¿me entiende? 
— No le entiendo, Ignaciano. Ande, cálmese, fume conmigo y explíqueme. Usted no se ha metido en ningún problema. 
— No puedo, me tengo que ir. No puedo, déjeme — le salieron las palabras con tal angustia que terminó con mi paciencia. Lo tomé del cuello y lo giré para verlo y que me viera. Me encontré con que el tipo tenía los ojos grises. 
— ¡La que me parió! ¿Sos ciego? ¡Sos un ciego inútil! A ver, explicame, ¿cómo es que viste lo que hay allá afuera? — estaba cerca de dejarle cinco dedos marcados en la nariz, cuando el tipo empezó a llorar. 
— No señor, ¡me estoy quedando ciego después de ver eso! 
— ¿Qué acaso es una enfermedad familiar?, ¿padecés de algo? 
— No señor, me está pasando esto después de lo que vi, ¿me entiende? Vi eso ahí... — ¿Pero qué es eso?, ¿qué viste hombre? ¡Decime! 
— Lo que está allá afuera, lo vi aparecer, así como lo escucha. Apareció del aire, de la nada. ¡Pura hechicería, pura diablura! ¡Dios nos ayude! 

Sabía que era inútil continuar con el interrogatorio, el tipo se venía quebrando de a poco y no le faltaba mucho para cagarse ahí mismo, en ese basurero. Me aparté y cuando le había dado la espalda, buscando el calor y un poco de decencia en el restaurante, escuché que Ignaciano Oliva gritó: 

— El que tiene clavado el cuchillo en la espalda… es el señor Jacinto Chiclana. El otro es Roberto Iberra. 

Ignaciano ‘lloricas’ Oliva me contó lo poco que sabía de ese Chiclana. Cliente del restaurante desde hace años, un hombre alto, de ceño regio y de pocas sonrisas, era conocido por todos. Dejaba buena propina, comía poco, bebía poco, hablaba poco. Nunca había tenido problemas ni con la cuenta ni con nadie en ‘Los Angelitos’. Llegaba con regularidad, pero era una norma verlo cada miércoles al cierre del local, junto con otros hombres que según sabía mantenían una reunión privada. El dueño de ‘Los Angelitos’, tenía un acuerdo con estos tipos, y todo el personal trabajaba los miércoles con indicaciones de dejar el lugar listo para la reunión, con algunas botellas de alcohol y bocadillos, y desaparecer lo más rápido posible; en el caso de él, debía de encerrarse en su covacha y salir de ahí hasta la una de la madrugada para verificar que la puerta del local estuviera cerrada y quedarse haciendo la guardia, velando que nadie se acercara. 

Nada sabía ‘Lloricas’ de esa reunión, pero estaba seguro que las últimas veces que vio a Chiclana pasaron cosas que le resultan confusas. No está seguro del orden en el que sucedieron los acontecimientos e incluso tiene la sospecha que pudiera estar confundiendo eventos de distintos años, pero sabe que miraba a este Chiclana entrar al lugar, sentarse en una pequeña mesita frente al bar, tomarse un cafecito, dejar las monedas y largarse. Dice que a los días aparecía el otro hombre, Iberra, y hacía casi lo mismo, solo que este pedía algo de licor, se fumaba algo y se largaba. Dijo también que la única persona con la que se le miraba hablar a Chiclana, era con un mesero que estaba mal de la redonda, un tal Careno. Este Careno, cuenta Oliva, desapareció sin rastros. Además asegura que la última persona a la que Careno había atendido era este Iberra, el otro hombre que se sentaba en la mesita frente al bar. 

Ignaciano parece estar más afectado de otras cosas que de los ojos, cosa que tendría que estar relacionada con la edad, ya que no sabía si Careno realmente desapareció del todo. Tiene la idea de que después de varios días de perdido, lo vio hablando con Chiclana, y luego cree estar seguro de que son más de quince años los que tiene de no verlo; y antes de decirme eso me había prometido que la desaparición sucedió unos meses atrás. Después de esa charla decidí descartar al viejo del caso, definitivamente sería un problema. Antes de dejarlo ir, me dijo cuál era la mesa donde se sentaban esos dos tipos. 

— Una de las sillas tiene una pata negra. Esa es la mesa.


Capítulo 9     |     Capítulo 11

viernes, 18 de octubre de 2019

Series CBE: Viñetas de una biografía (Intro)

Viñeta (del francés: vignette)
Recuadro que contiene uno de los dibujos de la serie que forma una historieta o cómic / Dibujo humorístico de una publicación acompañado, normalmente, de un texto breve / Dibujo que se pone como adorno al comienzo y al final de los capítulos de los libros o como orla de una página.
Si nos propusiéramos a escribir acerca de nosotros mismos, lo más probable es que terminemos encontrando decenas de líneas. Una biografía es el rastreo limitado y unidireccional sobre todas las líneas, cuyo resultado es un espectro notablemente definido, lo suficiente para confundirlo con el modelo,  y con el mínimo poder de robar, a quien lo encare, la más elemental de las simpatías. 

 Escribir acerca de mí, sería elegir una entre varias líneas; una biológica, una posmoderna, una psicoanalítica, una pagana – que resulta ser de mis favoritas –, una romántica, una innecesaria, una sexual  – de todas, la menos atractiva –, una egocéntrica, una cristiana – que se parece mucho a la pagana –, en fin, muchas; al igual que en todo humano. Lo que debería de quedar claro, es que al escoger una línea, no puede haber tal cosa como el ‘purismo’, no existe en una biografía, ni en la más puntillosa, el sentimiento de exclusividad de perspectiva. En algún punto, la línea elegida tendrá que conectarse con otra línea, al mismo tiempo y en el mismo nivel. Por eso, una biografía, más que un retrato, parece un mapa de metro: sucede debajo de las fachadas, y aunque se extienda en todo el territorio, jamás lo puede abarcar. Una vida, el territorio, siempre es demasiado. 

 Mi objetivo con este post – y los que vendrán – es recorrer una línea como ejercicio autobiográfico, que más que aludir a una vanidad, busca anudarse al brote de curiosidad del Club de la Buena Estrella. El año 2020, por vez primera, contará con una viñeta exclusiva para Novela Gráfica, y la línea que quiero circular es la línea de la representación, de lo visual, de la imagen, esa ruta que nos lleva al trastornador mundo de los cómics; porque, después de leer tantos cómics, puedo estar seguro de las palabras del psiquiatra Fredric Wertham: “Los cómics jodieron mi cabeza; pero fue para mejor”.

 Este ejercicio no es original, al menos Umberto Eco no me permite presumir de ello. La misteriosa llama de la reina Loana (2004, Ed. De Bolsillo 2017) tiene el objetivo de reconstruir la identidad a partir del entretenimiento, la cultura de masas y los medios masivos. Yambo, el héroe de Eco, se mira afectado por las secuelas de un accidente, donde la memoria es la que ha quedado comprometida. El tipo solo encuentra una verdadera cura para sus problemas de memoria, que son problemas de identidad, en, literalmente, el 'baúl de los recuerdos'. Todos aquellos objetos que durante su historia personal han servido para desbordar una porción de alegría, misterio o conocimiento, se convierten en las únicas pistas de Yambo para recordar quién es él. La novela está plagada de ilustraciones, fotografías y recortes, producciones mediáticas que se encuentran poseídas por los fantasmas afectivos y diáfanos del personaje de Eco. Curiosamente, el catálogo de representaciones de la novela inicia con un cómic; el eje sobre el cual Yambo, corriendo la suerte de confundirse entre detective, historiador y arqueólogo, inicia la reconstrucción de su identidad. 

 El cómic con el Eco inicia ese proceso es uno de Disney: Il Tesoro di Clarabella (Gottfredson & Osborne, 1935). Este 'paquin' hace que Yambo, reaccione con lo siguiente: “Hojeé deprisa el álbum y fui a tiro hecho a las viñetas correspondientes. Pero era como si no tuviera ganas de leer lo que estaba escrito en los bocadillos, como si estuvieran escritos en otra lengua o las letras se hubieran apelotonado. Más bien, recité de memoria” (p.83). Yambo, al encontrarse con los dibujos del cómic reproduce la narración solo y a partir de la imagen, dejando al descubierto una carga psicologíca entre él y la historieta. En el comic, Mickey – o Topolino, y de llamarlo así, procuren tener las manos a la ‘italiana’ – intenta sacar de aprietos a la desesperada Clarabella que tiene que pagar la hipoteca – esto de la hipoteca no lo dice la novela –, y que está a punto de contraer matrimonio con el desagradable Eli Squick (villano y rival del ratón, quien realmente me agrada). Squick posee información sobre una herencia de Clarabella, otorgada por su abuelo, un tipo - aunque es una vaca - beneficiado por la 'fiebre de oro', y Topolino (léase en italiano y usando las manos) se da cuenta de esta marufiada; se hace del permiso de Clarabella y de la ayuda de Horacio para encontrar el tesoro. La historia se resuelve al mejor y clásico estilo Disney, y la memoria de Yambo se embarca en su propia ruta; recordar los detalles de la historia, son efectos de una memoria que se activa por la carga afectiva que hay sobre la palabra que hay sobre el cómic. Esto último lo expongo en esa sucesión, porque es el mismo Eco el que define el milagro en Yambo por efecto del nombre Clarabella, y yo, defino el milagro por efecto del nombre en la portada del amuleto de infancia: el cómic. 

“Ésta no es la memoria semántica. Ésta es memoria autobiográfica. ¡Estás recordando algo que te impresionó de niño! Y te lo ha evocado esta portada” (p.84)
La misteriosa llama de la reina Loana

Así como la novela de Eco, existen otros proyectos mucho más complejos, y de gran prestigio, en esto de hacer historia de una identidad con la ayuda de los cómics o la cultura de masas. Aun así, no me ahuevo, el ejercicio es válido; y creo, en lo que respecta a la idea de la historia personal, es necesario. 

Flex Mentallo 
portada de la novela completa (compuesta por cuatro números)
Uno de esos posibles proyectos es la novela gráfica, publicada en 1996 por la editorial VERTIGO (DC comics): Flex Mentallo, del caótico Grant Morrison, ilustrado por Frank Quitely. Flex Mentallo tiene todo de ridículo como de íntimo, ya que detrás de la travesía de un héroe – inspirado en Charles Atlas –  que tiene la capacidad de modificar el espacio-tiempo con la ayuda del ‘Misterio del Músculo’ – desactivando bombas o volviéndose inmune en cada flexión de sus tendones –, el corazón del cómic es una evocación autobiográfica de Morrison sobre el valor de los tebeos, no solo como artilugio de melancolías infantiles sino como puerta emancipadora, es decir una herramienta que tiene todo de social, filosófico y de religioso, materia dura que permite articular puntos de inflexión en la vida del sujeto que pueden provocar cambios reales en su entorno.

Flex Mentallo, número 1o.
haciendo uso de 'Misterio del Músculo'
En Flex Mentallo aparece un personaje que juega las de secundario, pero que se apropia de la escena en la medida que queda al descubierto que su voz, es la médula que sostiene la ficción total de la historia. El tipo, un drogadicto que después de ingerir LSD simula hablar por teléfono en un callejón, esperando el fin del mundo, reza:

“Es divertido. Todo sobre lo que puedo pensar es sobre ser un niño. Todas esas memorias. Cómics. Comics en todas partes. Puedo olerlos. En la habitación. ¿Alguna vez leíste comics? …. No. Comics americanos. Comics densos. MANDOO el Misterioso, ese era el favorito de mi tío. Algo de material ocultista (estas referencias son biográficas de Morrison). Recuerdo aquella historia que había ¿Cómo era? ‘Colapso en el Núcleo’. ¡Joder!¡Me hizo cagarme de miedo! Es divertido cómo eso es lo que queda al final. ¿No? Todo el estúpido material. Ni ‘Guerra y Paz’, ni ‘James Joyce’. Los Superhéroes. ‘Resplandor. Bandera Ardiente. Lord Limbo… Agente dorado. Nombres totalmente asombrosos… quiero decir cuándo piensas en ello… son como arquetipos, ascienden desde las profundidades. Esas cosas. ¿Cómo puedes decir que ese material es estúpido?”.

Charles Atlas (1892 -1972)
Este angustioso soliloquio, contiene una carga de verdad, al menos, en lo que yo puedo considerar como tal. Al final de todas las cosas, en ese sentido que refiere a las paradojas, aporías y sin sentidos con las que está armada la vida, las grandes obras, las pesadas filosofías se esfuman, y quedan, en esa oscuridad, las figuras arcaicas de las viejas cosas que le dieron formas a esa mirada y lenguaje con el que encaramos al mundo. Los cómics, según Morrison, son el espejo de esas figuras primarias, y sin temor las califica de arquetípicas; porque en el fondo, de todos estos superhombres residen ideas y como ideas son modelos, y como modelos preceden a todo lo demás. Los cómics son las reminiscencias del origen de todas las cosas. Justamente es en este platonismo moderno en el cual encuentro el fundamento para decir que los cómics, esas revistas ridículas, con personajes igual de absurdos, pueden ser un camino para construirse como sujeto y un método para hacer biografía. En su defecto: escribir mi biografía.

*

Intentaré regirme por una cronología, aunque muy probablemente ello solo me durara unas cuantas entradas. El proceso tendrá que regirse por la imagen, y no por el tiempo. Procuraré presentar y apoyarme en imágenes de un archivo personal, que me permitan ilustrar el ejercicio. El resultado que espero de esta praxis es doble: que la novela gráfica adquiera un nuevo estatuto en el arduo compromiso del trabajo de leer de los miembros del CBE, y que me permita poner en orden unos veintitantos años de imágenes y palabras, no para justificarme, sino para dejar marcados los pasos en uno de los tantos caminos que la vida ocupa.

Página del cuento ilustrado La Navidad en la granja. 
En el centro 'Maloso' el Jabalí.
 Ese camino empezó en diciembre 1994, y yo a penas alcanzaba los cuatro años de edad. El mundo comenzó a volverse interesante, cuando una noche, en el Pollo Campero de la Metrópolis en Mejicanos, recibí La Navidad en la granja. Fue ahí donde mi cabeza se empezó a joder.





lunes, 7 de octubre de 2019

Otra vuelta de tuerca, Henry James

«La historia está escrita. Está encerrada con llave en un cajón, de donde no ha salido hace años.» 

Con la llegada de octubre, los estrenos de los nuevos thrillers en el cine, el resurgimiento de las viejas películas de horror en las plataformas de streaming, y las fiestas de disfraces que todavía prosperan entre quienes se resisten a permitir que las ofertas de navidad se anticipen incluso al día de brujas; en el Club de la Buena Estrella también nos ponemos alusivos y nos preparamos para un nuevo reto literario: nuestra viñeta de Terror / Suspenso. 

Otra vuelta de tuerca de Henry James, el libro en cuya lectura nos ocuparemos a lo largo del mes, resultó elegido en las votaciones del pasado noviembre con un total de 61 estrellas, imponiéndose con ello en medio de un interesante abanico de propuestas entre las que se encontraba El exorcista de William Peter Blatty, Devoradores de cadáveres de Michael Crichton, Pasiones Griegas de Roberto Ampuero Espinoza, Cuentos Reunidos de Amparo Dávila, La Feria de las Tinieblas de Ray Bradbury, El gran dios Pan de Arthur Machen y Rey de Picas de Joyce Carol Oates.

Al dar un vistazo a esas propuestas y a la obra ganadora, llama la atención el comportamiento de la viñeta, ya que en años anteriores ha sido más habitual que como grupo nos decantemos por la lectura de historias de suspenso del tipo de Diez negritos de Agatha Christie, La ventana indiscreta y otros relatos de Cornell Woolrich, El espía que surgió del frío de John Le Carré, Seven de Anthony Bruno o En las montañas de la locura de H.P. Lovecraft. El caso es que muy pocas veces en los registros del club hemos tenido ocasión de leer terror puro y duro.

¿Por qué se leen las historias de terror? Quizá la manera más llana de verlo es a causa de la curiosidad que inspira lo desconocido y lo sobrenatural, aunada a la emoción primitiva que provoca la tensión y los sobresaltos del proceso.  No faltará quién lo interprete como una forma de asidero existencial, poniendo la ficción al servicio de las teorías que proponen que hay vida después de la muerte o que hay seres ajenos a este plano de existencia de todos conocido. Finalmente, habrá otros que probablemente lo asuman como una forma de rebeldía en contraposición a nuevas formas de juicios de Salem, siendo que corren tiempos en los que proliferan y se radicalizan posturas conservadoras poco tolerantes.

SINOPSIS

Otra vuelta de tuerca es un hito insoslayable en la historia de la literatura universal. Henry James consigue trazar una imponente novela de suspense en la que lo natural y lo fantasmagórico se confunden en el misterio. Protagonizada por una joven institutriz al cuidado de dos niños en una mansión victoriana, a lo largo de la narración intervienen presencias y personajes tal vez sobrenaturales. La anterior institutriz y el sirviente murieron en extrañas circunstancias. 

¿Cuál es el secreto que se oculta entre los muros de la mansión? Este crescendo de intriga, sostenido y desasosegante, se abre con el prefacio que el propio Henry James le dedicó en la edición estadounidense de sus obras, publicadas en veinticuatro volúmenes entre 1907 y 1909. Cierran la novela un epílogo a cargo de David Bromwich, que proporciona nuevas claves de lectura, y una cronología jamesiana. 

Perfecta en su sencillez, “Otra vuelta de tuerca” no es solo es una de las historias de fantasmas más célebres y leídas desde que se publicara en 1898, sino uno de los mejores relatos de la historia de la literatura. Sin embargo, el motivo de este favor unánime y continuado reside no tanto en la anécdota que le sirve de base, sino en la suprema habilidad con que Henry James (1843-1916), sirviéndose de un equilibrio perfecto entre lo que se dice, lo que no se dice y lo que se sugiere, levanta de la nada una historia que va dejando al lector sin asideros y creando en él el horror más inquietante: aquel que va dentro del ser humano y lo acompaña desde el origen de los tiempos.

«La historia está escrita. Está encerrada con llave en un cajón, de donde no ha salido hace años.»

Quedan cordialmente invitados a leer con nosotros Otra vuelta de tuerca de Henry James, ¡feliz lectura!

FICHA DEL LIBRO


METAS DE LECTURA


EL AUTOR

Henry James por John Singer Sargent.

Escritor estadounidense. Nació el 15 de abril de 1843 en el seno de una acomodada familia de origen irlandés en la ciudad de Nueva York (Estados Unidos). Hermano menor del filósofo William James.

Cursó estudios en Nueva York, Londres, París y Ginebra. Conoció a autores como Zola, Maupassant o Iván Turguenev. Inició la carrera de derecho en la Universidad de Harvard, al tiempo que empezaba a publicar relatos en distintas revistas estadounidenses.

En 1875 se radica en Inglaterra. Cuando cumplió veinte años comenzó a publicar cuentos y artículos en revistas de Estados Unidos. Su trabajo se caracteriza por su ritmo lento y la descripción sutil de los personajes. En sus primeras obras manifiesta el impacto que la cultura europea causó en los americanos que viajaban o vivían en el viejo continente. Entre sus escritos destacan: Roderick Hudson (1876), El americano (1877), Daisy Miller (1879) y Retrato de una dama (1881). Después exploró los tipos y costumbres del carácter inglés, como en La musa trágica (1890), Los despojos de Poynton (1897) y La edad ingrata (1899). En sus últimas tres grandes novelas, Las alas de la paloma (1902), Los embajadores (1903) y La copa dorada (1904), vuelve al esquema del contraste entre las sociedades europea y americana.

Alguna de sus obras se han adaptado al cine, William Wyler  realizó La heredera, adaptación de la novela Washington Square, Jack Clayton dirigió Suspense, y James Ivory Las bostonianas y La copa dorada.

Adquirió la nacionalidad británica un año antes de su muerte. Henry James falleció el 28 de febrero de 1916, en su casa de campo de Rye, Sussex.

REFERENCIAS

https://www.buscabiografias.com


domingo, 29 de septiembre de 2019

Series CBE: Y sin embargo se mueve (Capítulo 9)



Buenos Aires, 1956

Lo que ha dado alcance a ese movimiento, imperceptible y delicado de lo que parecía estático, ha sido la fugacidad. La escena es más un tornado que arranca las raíces de la vieja montaña, que el viento del norte que fracasa en su tentativa de quebrar los delgados árboles del jardín inglés. El hombre, viejo y silencioso, que yace en la biblioteca apoyado, quizás innecesariamente sobre su bastón, no puede ver, al menos no como suelen hacerlo el resto de los ojos, el momento en que la ráfaga violenta ahuyenta al monumento que es semblante de muerte. El viejo del bastón, cuyos ojos grises guardan el secreto de los sentidos, estuvo a punto de morir por el filo de un cuchillo que se alzaba como espada guerrera por sobre todas la cosas creadas, pensadas y olvidadas que merodeaban la tarde bonaerense.

Esa turbulencia se hizo lo que mejor podía hacerse: un hombre. Un hombre que salió de la nada, sin rastros de portal, sin señales de una ruptura en el entorno, sin quebraduras o rasguños sobre el tejido de lo que siempre se ha creído el fondo del teatro de la vida, a la que muchos llaman ilusión y sueño. Un hombre con cuchillo, esa estatua de penitencia ha sucumbido bajo el hombre que emergió del caos, y este accidente ha hecho que el viejo del bastón, que ya comienza a abandonar el lugar, resguarde por unos cuantos instantes, sean días, meses o siglos, el poco espacio que utiliza.

Nadie más ha podido presenciar el salvajismo que se da al interior de la biblioteca, donde la luz crepuscular poco a poco comienza a abandonar los estantes con los libros empolvados, advirtiendo la llegada de una pesada oscuridad. Son dos hombres los que pelean, mientras el viejo con su bastón anda y escucha los gemidos y la glosolalia que son propias del aparato humano. En la escaramuza no hay nada de animal, hay todo de hombres, hay todo de dioses, hay todo de muerte. La mucha niebla, ese fango blanco sobre la carne del ojo, no es obstáculo para que el hombre del bastón sepa de qué se trata el alboroto, que alguna vez fue murmullo en el ensueño y ahora es certeza punzante. Está seguro de que los jadeos vienen de la boca de un hombre que no esperaba conocer tan pronto, que cuando lo hizo este hombre lo cuestionó, y habrán sido sus respuestas o la falta de ellas las que hicieron que sacara de debajo de sus ropas el fierro que hace un momento alzó como instrumento de muerte. El otro hombre, al que se le escucha balbucear, es el hombre que surgió del ilocalizable punto de donde emerge la imaginación, un lugar casi inexistente para el resto de las cosas.

El primero de aquellos, lo sabe muy bien el hombre de los ojos grises, es Jacinto Chiclana. El segundo es Ñato Iberra. Ambos hombres, ambos ficciones, ambos enredados como las serpientes que reptan el caduceo de Hermes. Uno de esos hombres ha descubierto el secreto y con ello el dolor, la caída de la ilusión en aquel que ya es una ilusión; pero el hombre del bastón admira esa titánica vitalidad, que es coraje y amor por la verdad, que ha llevado a este cuchillero a bailar al borde de todas las muertes. El viejo que camina sobre la Plaza Dorrego sonríe para sí, porque ha vuelto a confirmar que hasta las ideas son tan fieras, hirientes y duras como lo son la piedra, el acero y el diamante. El otro hombre, el que detuvo el asesinato, también sabe del secreto, pero prefiere preservarlo y serle fiel a la vieja doctrina de ver, oír y para siempre callar. Ambos hombres son imagen del hombre de los ojos grises, son contornos de su rostro, son facciones y muecas de una cara que se enrojece con el sonido de los cuchillos, el calor de las historias y las chispas de dos corazones en llamas.

— ¡No tenías por qué matarlo!, ¡mi hermano nada tenía que ver con lo nuestro! – gritó Ñato Iberra que había sumido el cuchillo en la pierna de Jacinto Chiclana.
— Tu hermano está tan muerto como tú, como yo, como todos. Ese brujo que va ahí... ¡él es la muerte! Matarlo sería la única cosa de vida que podría hacer – dice Jacinto Chiclana, que le ha abierto la cara a Ñato con su cuchillo, como si fuera una delgada hoja de papel.

El hombre del bastón se hace de fuerzas para seguir andando. No tiene miedo a la noche, no le huye al frío, ni mucho menos al destino. En ese momento en que ha logrado dejar atrás la calle Humberto, ha llegado a la terminación de una serie de posibilidades que dicta lo siguiente: la disolución de Chiclana, el ángel de la muerte, será similar o igual a la magia que le trajo a este tiempo y lugar a Iberra. En ese mismo momento, Ñato, el ángel de la vida, que habrá de tener el rostro completamente pintado con su misma sangre, se lanzará sobre el humo dejado por el otro y, olfateando el tiempo que es camino oscuro y confuso, logrará como un perro llegar a 1977, a una calle empolvada de San Juan, para atestar un cuchillazo en la espalda del zorro de Chiclana. Estando los dos espectros heridos, la gente les verá y gritará; y sucederá que aquellos que no les hayan visto, por hechizo de las dos sombras, escucharan los tambores de una mitología perdida que, a veces, sin saber de qué se trata, la han sentido cuando han escuchado en la taberna, allá en los apartamentos miserables del barrio, el sanguinario tango o la torturada guitarra de la milonga. Aquellos que miren a esos dos hombres, arañarse, morderse y acuchillarse, verán en esa masacre el fantasma de un gaucho; escucharán una vieja voz que se libra de las impertinencias de la lengua y sentirán el fulgor de quien solo conoce el desierto, el fuego y la mística del dios bovino. Con ese espectáculo de saliva, sudor y sangre, en lugar de pesadillas tendrán sueños de una tierra que conocieron pero que han olvidado.

Mientras él deja la Vera Peñaloza, la noche por fin se ha posado y la blancura de sus ojos brilla más que el sol que alumbró el rostro de los primeros hombres. Sabrá el viejo que el ángel y el demonio que hace un momento se desangraban en San Juan, se esparcirán tal polvo en el desierto, para aparecer, como ilusiones de una magia vieja, en 1944. En ese tiempo, ahí en Santa Fe, probablemente escucharán la campana de Nuestra Señora de Guadalupe, probablemente la lluvia caerá, probablemente nadie les verá, pero seguro que Jacinto Chiclana, habiendo tirado su cuchillo en una enlodada baldosa, tomará de la cara a Ñato Iberra cuando este le haya hundido el cuchillo en las costillas. Aunque el dolor será punzante, sabe el hombre de los ojos grises que el costado atravesado es ya fortaleza de los hombres; y aquí Jacinto Chiclana hará crujir entre sus manos y el concreto la cara de Ñato Iberra. Saben los ojos del viejo que para Ñato aquello no significa nada, que no hay dolor que pueda quitarle el rostro endemoniado, delirante y sádico que se ríe bajo la lluvia. Jacinto Chiclana, al ver al poseído, se serviría de la culpa y aunque sea por un instante se arrepentirá de la traición cometida al secreto. Pero en el momento en que el demonio le de un zarpazo con sus garras sobre el pecho y le arranque, no solo las ropas que se han ido deshilvanando entre ‘pasos’ y ‘pasos’, sino también la carne caliente; se llenará de garbo y de una furia que exterminará la idea del perdón. Sabe el hombre del bastón, que se detiene y levanta su mirada, que para cualquiera de los dos hombres no hay otro destino que no sea a manos de su adversario.

Jacinto Chiclana, embebido de romana fuerza, de griega precisión y medieval voluntad, sacará de entre sus ropas corroídas otro fierro, uno pequeño, recuerdo del aguijón que torturó al apóstol, que servirá para perforar uno de los ojos de la gárgola. Antes de que haya salido la ensangrentada punta, el único ojo de Ñato Iberra podrá ver como la humedad de Santa Fe se desvanece en vapor, y deseará por un instante haber muerto en la picada del animal. El hombre del bastón sabe que falta poco para llegar al hogar. La recurrencia, la cotidianidad, le dictan que no falta demasiado para tocar la puerta, para entrar a la guarida, que bajo la geometría no es más que la manera de una osamenta, huesos de madera y concreto que lo contienen a él, un alma; y sabrá que en el momento de abrir la puerta esta crujirá por mandato de la costumbre mientras a su vez sonará, en otro lugar y tiempo, el crujir de un brazo desarticulado, el crujir de una mandíbula que cuelga, el firmamento quebrándose el día en que será juzgado el corazón de Ñato Iberra.

La puerta se ha abierto y el anticipado rumor del uso y el deterioro no se ha presentado. Al hombre del bastón le encantaría ver qué ha sido del desdén en la mecánica que ha traicionado las costumbres del oído y del destino. No se molestará en buscar una respuesta en la puerta, ni siquiera con la ayuda de las manos que se han vuelto diestras y acertadas en el arte de ver cosas, ya que la causa está a una distancia inconcebible, imposible. Desde una ignota topografía ha venido reverberando, como la cuerda de la trabajosa guitarra fatigada, un cambio en la sucesión de una lógica predispuesta para todas las cosas, y ese milagro ha permutado el pentagrama del cosmos. El viejo de los ojos grises, apoyado en su bastón, por razones que solo él conoce, suspira la profundidad, la consciencia de la incuestionable conclusión que afirma que el maniqueísmo de hace unos minutos, en las manos de esos dos hombres, es ahora religión de años, de centurias o milenios. Estos han muerto en un giro de lo siempre grande, rebelde y salvaje, el mundo y sus milagros.

La intemporal tragedia desemboca a las afueras de un café, uno muy conocido, uno del que todos hablan, uno que ha sido testigo de miradas, bocados y bocanadas, tragos de licor, de té y de eso... de café, como un faro que atestigua una insólita escultura que adorna de manera violenta y no sin cierto sentido de lo macabro – dirán por ahí, de lo fantasmagórico y lo diabólico – una composición roja, enferma, una efigie terrible de la vida subvertida. En ese exceso de vitalidad erguido en Rincón y Rivadavia, hay, si bien dos cuerpos, también cinco brazos de los cuales dos pares deberían pertenecer a esos hombres que alguna vez se sentaron a disfrutar del calor, de la música, la buena plática o el plácido silencio del café Los Angelitos. Esa aberrante masa de sangre, de manos, de cabezas, de rostros con las formas ocultas en la deformación y la espesura de los fluidos, son Jacinto Chiclana y Ñato Iberra; y un anónimo brazo que podría considerarse tan milagroso como misterioso.

El viejo de los ojos grises, que ya ha alcanzado el lugar donde los olores ejercen su hipnótico poder que llama al descanso, se ha acercado a la mesa, llamado por el aroma del guisado que la noble alma que cuida de la casa le ha dejado para cenar.

El sobre que descansa en la mesa es áspero y el hombre del bastón conoce el papel de inmediato; ya que ese papel tiene una identidad que entiende sin necesidad de la tinta que escribe un nombre en su amarillento color: Fénix.

Jorge Luis Borges se ha dejado caer en cavilaciones gracias al sobre en su mesa y lo sucedido aquella tarde. Ha decidido pasar la noche y la madrugada navegando en ellas, mientras espera que junto con el amanecer llegue también la mujer caritativa que le ayuda en el hogar, quien seguramente se encontrará con un guisado frío e intacto, y un ciego con una carta entre las manos, que sólo Dios sabe qué es aquello que tanto piensa.

Capítulo 8          |          Capítulo 10

viernes, 27 de septiembre de 2019

Rana de Mo Yan... una denuncia a la opresión del ser humano



Recuerdo claramente la elección de este libro, aunque no recuerdo muy bien, contra qué libro se fue a segunda vuelta. Sin embargo, recuerdo el "proselitismo político-literario" al que nos sumergió mi querido amigo Henry, en el afán de hacerse acreedor de nuestros votos, para finalmente y como él mismo lo dice "después de un largo embarazo de tres años", desembocar en la elección de "Rana" de Mo Yan, como el libro que nos acompañaría en las lecturas del mes de agosto.

Sin desmeritar las propuestas de mis otros amigos miembros del club, a quienes estimo y admiro muchísimo, y las cuales no dudo, también estarían interesantes, considero, sin temor a equivocarme, que "Rana", fue por mucho, la elección más acertada, pues nos muestra una historia que bien puede considerarse como "una denuncia a la opresión del ser humano".

Hoy, en nuestros tiempos, estamos siendo testigos de muchísimos casos en los que el poder político, sea de la corriente ideológica que sea, se sobrepone sobre la dignidad y se antepone sobre los sentimientos de bien que pueden mover a la humanidad, mismos que pueden llegar a frenar el desarrollo social y económico de nuestros pueblos.

Hoy vemos con pesar, como muchos líderes mundiales, de la talla de los Trump, los Maduros, los Putines (y los menciono en plural, pues no son solo los propios líderes, sino su creciente masa de adeptos) entre  otros que sería cansado nombrar, pisotean los derechos fundamentales de los hombres, basando su actuar en la defensa de teorías e ideologías, muchas veces obsoletas o fracasadas, que riñen a todas luces con la dignidad de los ciudadanos a quienes dicen representar.

En algunos casos, la opresión es mayor, pues la palabra o la decisión de un solo hombre, puede llegar a "pasarse por los arcos del triunfo" los derechos más fundamentales de pueblos y naciones enteras.

Mo Yan nos transporta con su libro a un hecho político social muy parecido a los que suceden en la actualidad, acaecido en la década de los 50, en el que el poder político y el dominio social del entonces régimen comunista, obligó a toda una sociedad a aplicar una ley que prohibía la concepción de un segundo hijo, no importando los métodos a utilizar o que estos riñeran con los principios y valores humanos, éticos y espirituales de aquellos a quienes se obligaba a ejecutar dichas políticas.

Yo particularmente siempre he sido un adepto seguidor y admirador de la literatura de Murakami (como lo muestra mi propuesta de "La chica del calendario" ganadora como libro opcional de diciembre), pero debo aceptar que Mo Yan ha resultado ser para mi, en cuanto a escritores de ascendencia asiática, una agradable sorpresa por su forma de llevarnos a experimentar con un relato que alucina por su realismo, a conocer una cultura como la china, de la cual se admira y se busca copiar hasta lo inimaginable, pero de la cual se desconoce mucho.

Esto hace que, con todos los méritos que puedan existir, Mo Yan pase a convertirse en uno de mis escritores favoritos a partir de este momento. Fue quizá el hecho de que su historia se asemeje muchísimo con nuestra realidad mundial lo que hizo que yo disfrutara este libro, como quizás nunca me imaginé disfrutarlo.

De Mo Yan puedo quizás resaltar que es claramente notoria la influencia que Faulkner ejerce en su forma de escribir. De hecho, leyendo "Rana", fue inevitable remontarme a la lectura de "Santuario" en 2017.

"Rana" nos lleva sin más a analizar  y meditar sobre  la pérdida del sentimiento humano o sobre la impotencia del hombre por ganar espacio ante el poder político dentro de un marco de lucha entre los principios personales y las necesidades del colectivo.

Lo único que se me hizo difícil fue la parte "teatral" del libro, pues yo soy de los que gustan más por la lectura de historias contadas bajo la figura del narrador en primera persona.

Agradezco a Henry su "sinfín de coleteos y cabeceos, tercos, persistentes y perseverantes", gracias a los cuales tuvimos el gusto de leer un  libro lleno de un espíritu de humanismo acogedor y por el cual, coincidimos en que Mo Yan es, sin duda, el escritor que merecía ganar el máximo galardón a las letras.

De hecho, hasta el también ganador del Premio Nobel de Literatura, el japonés Kenzaburo Oé, al ser preguntado sobre su preferencia para el ganador del Nobel, manifestó: "Si pudiera escoger al próximo Premio Nobel de Literatura, este sería Mo Yan".

Reciban mis saludos y mis más grandes deseos de bendiciones y gratas lecturas.



Solaris... un reto de lectura enorme



Hola amigos del club, después de un buen tiempo sin subir mis comentarios acerca de los libros que estamos leyendo este año, aprovecho para comentarles que, muy a pesar de mi ajetreada agenda laboral y familiar, he logrado seguirles la pista a la distancia, en todos los libros que se llevan leídos en este año. Por eso y, a fuerza de ser sincero, con el factor tiempo ejerciendo una fuerte presión sobre mi, he decidido compartir con ustedes mis comentarios acerca de la lectura del libro Solaris de Stanislav Lem.

He de aceptar que el género de la ciencia ficción siempre ha sido uno de mis géneros literarios favoritos, pues a lo largo del tiempo, he disfrutado de la lectura de grandes escritores del género como Ray Bradbury, Julio Verne, Isaac Asimov y H. G. Wells y por eso, cuando Marlon lo propuso como una de las opciones de lectura para el mes de Julio, de entrada generó en mi un fuerte interés por leerlo.

Cuando comencé con su lectura, rápidamente pude llegar a la conclusión de que este, supondría un fuerte reto para mí, pues a pesar de mi gusto por este género, encontrarme con lecturas cargadas de muchos términos científicos, más que centrarse en una trama más específica, siempre me ha supuesto un reto, pues me cuesta adentrarme en su lectura. Sin embargo, para mi sorpresa, Lem hace uso de un método en el que las descripciones de las diversas formas de vida que habitan Solaris, a pesar de ser complejas, resultan necesarias para que nosotros como lectores, podamos comprender de una mejor manera, el sentido que Lem quiso darle a este libro y el mensaje que quiso transmitirnos a través del mismo.

Solaris es definitivamente un ataque certero y preciso a la tendencia del Ser Humano, de luchar en centrar la naturaleza de la vida en sí mismo y, a través de este "personaje", nos muestra que muy a pesar de nuestro creciente conocimiento acerca de los misterios de la naturaleza, aún no llegamos a conocer ni a dominar del todo el Universo. Solaris nos sitúa en un mundo futuro en el que la humanidad ha logrado por mucho traspasar los límites del universo hasta donde había logrado llegar, y por medio de una estación espacial, se dedica a estudiar a nuestro "personaje" que no es más que un planeta que se encuentra completamente cubierto por un océano que posee una naturaleza imposible de comprender para la raza humana.

Me parece que el desarrollo de la obra es correcto, pues logra mezclar con una perfección admirable, los sucesos que se dan entre sus personajes, creando una atmósfera de irrealidad y misterio que nos acompaña a lo largo de la obra, haciéndola mucho más interesante. Me queda a deber un poco, el final, pues no logro comprender como es que Lem, dejó una obra literaria que bien podría catalogarse como una obra maestra de la ciencia ficción, con un final tan poco claro y tan poco concluyente. Hasta parece en ciertas facetas del libro, que Lem no supo como terminar su obra y al final, se decidió por el escenario más insípido de todos. Aún así me parece un libro muy preciso y fluido.

Lem fue capaz de llevarnos a conocer a sus personajes, aún cuando no libera mucha información acerca de los mismos. Se vuelve muy interesante la manera en que los personajes van solucionando los sucesos que les toca vivir de una forma bastante psicológica. Lem no cae en lo rutinario de darnos descripciones fáciles, trilladas o clásicas de los personajes, sino que logra generar en el lector, un interés genuino que poco a poco va llevándonos a conocer a cada personaje, con sus virtudes y sus debilidades, a partir de la forma en la que se desenvuelven dentro de la trama, hasta que llega un momento, en el que se vuelve imposible no identificarse con uno o más de ellos.

Yo en lo particular, me identifique mucho con Kelvin, pues es un personaje que logra equilibrar muy bien, su psique interior con los acontecimientos de su entorno. Me resultó interesante la forma en que desarrolla la relación con su esposa muerta, porque aún cuando es una representación extraída de sus recuerdos, no se trata de un simple fantasma, sino más bien, resulta ser una persona auténtica, real, de carne y hueso, que simplemente desconoce en ese momento su condición fantasmal, pero que siente y piensa como la persona que en algún momento fue estando en vida.

Agradezco a Marlon, por llevarnos con su propuesta a leer uno de los libros más interesantes que yo haya podido leer en años, sobretodo por la originalidad de la historia. Me queda como nuevo reto, investigar un poco más sobre Stanislav Lem y su obra, pues sin duda alguna, algún otro de sus libros, debe ser igual de atractivo e interesante como este.

Hasta pronto queridos amigos.