domingo, 12 de febrero de 2017

Así se escribió "La sonrisa etrusca"

Nono, Nona, Abuelo, Abuela... ¡La Abuelidad!

Algunas personas tenemos la suerte de guardar entre nuestras memorias, la de abuelos cariñosos que jugaron con nosotros y fueron nuestros cómplices en una etapa de nuestra infancia (otros con más suerte incluso en etapas de la juventud o del ser adulto).  

A mí lo de tener abuelo vivo me duró hasta los 10 años y abuela hasta los 16, guardo dulces memorias de ambos, tanto de su carácter recio de personas que crecieron sin los refinamientos de las ciudades, como de su cariño por el mero hecho de ser familia y para el caso concreto, el de haber sido ellos mis abuelitos y yo su nieta al menos en el rol... El papá de mi mamá se llamaba Humberto y murió a los 38 años en 1957, mi mami tenía 7 años apenas. Con el tiempo, mi abuela se volvió a casar y así es como a pesar de la tragedia familiar de los años 50, puedo decir que abuelo sí tuve: Don Pablo (1889-1983) y la niña Eusebia (1924-1990), mi abuelito y mi abuelita por parte de mamá.

A los abuelos paternos no los llegué a conocer, mi abuelo Genaro murió a finales de los años 20 y mi abuela en los años 50, pero de ella heredé el nombre completo (incluso hasta el primer apellido), según dicen, también la mirada y el genio, pero a mí me gusta más pensar que de la "niña Mary" he sacado, al menos en parte, su arte en la cocina. Doy gracias a la vida por esos hombres y mujeres de mi estirpe y por el regalo de poder ahora contar con ellos como referentes en mi vida. 

Ya sabemos que 'en la viña del Señor hay de todo' como se suele decir, personas buenas y personas muy malas para desempeñar los distintos roles que se nos van proponiendo a lo largo de los años: madres, padres, tíos, abuelos, hijos; hay de todo, pero en febrero de 2017 el libro de Sampedro nos invita a pensar en los abuelos buenos, esos que se convierten a la "abuelidad" cual fieles devotos de una religión. 

Considero que a veces es imposible siquiera imaginar, como seres lejanos a ese estado de vida, la transformación que sucede en el corazón de las personas cuando, a partir del nacimiento de un nuevo ser, se convierten en abuelos o abuelas y su comportamiento les parece extraño a sus parientes y allegados e, incluso tal vez, a ellos mismos. 

Para ellos y ellas, "il nono o la nona" como se diría en la lengua de Bruno y Brunettino, un saludo en este febrero que nos ha conectado con su recuerdo. 

A veces cuando leo un libro que me gusta tanto como "La sonrisa etrusca" suelo preguntarme cómo se habrán creado los personajes y la historia, por eso me pareció bien bonito cuando encontré este artículo en el que José Luis Sampedro se refiere a la inspiración que lo llevó a escribir esa novela. Aquí se los dejo.

La semilla de ¡La sonrisa etrusca'
José Luis Sampedro

¿Qué me impulsó a escribir La sonrisa etrusca? Sin duda mi nieto. Lo digo siempre: ese libro no lo escribí yo, fue mi nieto quien, desde su cuna, me lo iba dictando al oído. Mi pluma solo fue un instrumento a su servicio.

Por haberlo contado en numerosas ocasiones, no podré evitar ser reiterativo, pero ya que me lo preguntan, espero no defraudar.

Me hallaba de visita en casa de mi hija en Estrasburgo, una de esas nobles capitales humanistas. Desde mi cuarto, veía el edificio neoclásico de la Universidad, coronado por las estatuas de sus maestros: Lessing, Herder, Schleiermacher y, entre ellas, la de Goethe.

Una noche el sonido de un gemido me despertó y me hizo acudir a la alcobita del niño. La nevada caída durante el día reflejaba el resplandor lunar y el de las farolas callejeras derramando por el ventanal una líquida claridad mágica. Me acerqué a la cuna. Todo era silencio. ¿Habría yo soñado aquel gemido? Ya iba a retirarme cuando el niño me retuvo abriendo sus ojos, redondos y misteriosos como pozos oscuros. Le cogí en brazos y envolví nuestros cuerpos en una manta, acunándole suavemente. Pero tardó en dormirse y, al paso de los minutos, iba el niño pesando en mis brazos, entrándose en ellos y haciéndome suyo al hacerse mío. Eso fue todo: evadirme con él del reloj y de los mapas, contemplar su carita aún no surcada por los afanes y los días, respirar su olor lácteo y frutal, acoger la elástica firmeza del cuerpecito, flotar juntos en la noche transfigurada. Eso fue todo. Y ese «todo», un milagro.

Aquella noche tuve suerte. La vida me dio clarividencia y el niño se me hizo futuro germinando en mis brazos, dispuesto a colmarse de gentes y experiencias, pasiones y secretos. Me vi ya muerto, pero recordado en él. Me deleité en ser viejo porque así paladeaba mejor aquel instante inmortal. Me hice simple cuna de su puro existir, sentí como carne mía la suya en mis brazos. Éxtasis del monje a quien se le fueron cien años escuchando un momento al ruiseñor.

Al día siguiente, rota la magia, la vida volvió a ser trivial, pero la semilla estaba echada y no tardó en germinar: afloró la idea de un cuento. Pero como la ocasión no llegó hasta el verano de 1983, para entonces ya había crecido hasta ser una novela.

Ya solo me faltaba acertar con el lenguaje exigido por esa historia de milagros cotidianos. El más sencillo, es decir, el más difícil. Lo intenté varias veces hasta que el 1 de noviembre de 1983, a mi habitual hora de la madrugada, al releer los primeros folios, creí lograrlo. Lo demás fue artesanía que concluí al final del verano. El resultado: una novela humilde donde importa la ternura, la comprensión de la vida a través del soplo vital de un nieto.

La sonrisa etrusca, por el símbolo de las terracotas etruscas en cuya sonrisa resplandece la vital sabiduría de la carne.



Sarcófago de los esposos, necrópolis de Cerveteri, finales del siglo VI a. C. 
(Museo Nacional Etrusco de Villa Giulia).

Este es el punto de partida de la novela: la descripción de esta escultura y como le conmueve al 'viejo'

Personalmente creo que cualquier persona es capaz de conmoverse y admirarse con algo que, por alguna razón a veces ni siquiera consciente, le toca profundamente, un pájaro con sus colores, un cielo azul profundo, un amanecer de colores intensos, una palabra, un gesto, una estatua que casi parece que habla... Creo que a veces las personas confundimos "sensibilidad con conocimiento", pero yo creo que José Luis Sampedro nos ha querido mostrar en esta novela que la sensibilidad de los seres humanos es un verdadero pozo sin fondo, que la capacidad para conmovernos y la profundidad del alma humana es algo más allá de las teorías y los prejuicios y que las razones para que nuestro corazón vibre ante algo son tantas y tan variadas, como la cantidad de seres humanos que hay en el mundo, para el caso me vienen a la memoria las palabras de 'El Principito' de Antoine Saint Exupery: 

"Solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos"  



Un José Luis Sampedro -ya abuelo- en su vuelta al patio de la escuela donde estudió más de 70 años atrás, como él lo solía decir: "en el Tanger de los años 20", donde jugaban niños de 3 religiones distintas, con tradiciones culturales diversas, que compraban en el chalet del recreo con 3 monedas diferentes, pero que compartían juntos una infancia común sin reservas, ni prejuicios, en lo que él consideraba fue, lo mejor de su educación. 

miércoles, 8 de febrero de 2017

Sampedro, una mirada y un cariño cercano

En la primera reunión para comentar el libro de este mes, aparte de conocer un poco a José Luis Sampedro según mucho de lo que se puede encontrar en distintas biografías, leí para la concurrencia un escrito de mi amiga María José que como ya les había contado, fue quien "me lo presentó" hace algunos años y quién además tuvo la dicha de conocerle en persona.  

Aquí se los comparto por si quieren echarle un vistazo, para mí ha sido un regalo invaluable que me ha hecho sentirla muy cerca en este mes, tal como si las dos fuésemos las responsables de contarles quién fue este hombre tan gran señor... 

Escrito de María José Morales Viamonte en enero de 2017 para el Club de la Buena Estrella, previo a la lectura del libro "La Sonrisa Etrusca", febrero de 2017.

"Mi" Sampedro literario y humano

Javier era un año mayor que yo pero, antes de matricularse en la Facultad de Económicas de la Complutense, estuvo dos años en la Escuela de Ingenieros Aeronáuticos de la Politécnica. Por eso cuando, al morir mi padre, cambié la Universidad de Sarrico en Bilbao por la Complutense, yo estaba en segundo y él en primero. Yo iba por las mañanas y él iba por las tardes. Coincidimos en la Biblioteca de la Facultad al finalizar las clases por los exámenes finales. Allí nos conocimos y hasta ya.

Ese curso Javier había tenido como profesor de Estructura Económica al catedrático José Luis Sampedro, y no paraba de hablar de él. Era catedrático desde casi quince años, aunque se fue por un periodo de dos o tres años a una Universidad inglesa como gesto solidario con otros dos catedráticos, los profesores Tierno Galván y Aranguren, que habían sido relegados por absurdos motivos políticos.

Al comenzar el curso siguiente, los dos íbamos ya por la tarde, Javier me trajo un día un libro que había comprado al finalizar el curso anterior, por la única razón de que el autor era su estimado profesor. El libro era “Congreso en Estocolmo” y fue el origen de mi absoluta rendición ante Sampedro. No parecía posible que el mismo estructuralista que había traducido el Samuelson (la Biblia, la Torah y el Corán en una sola pieza para los economistas de la época), fuese capaz de escribir algo tan sutil, tan tierno, tan humano, tan vital. Karin fue la primera de las protagonistas que me maravilló conocer en la descripción de su autor. Karin, la estudiante sueca que enamora al profesor Miguel Espejo y comparte conmigo su devoción por la palabra “cariño”.

Sus personajes femeninos me enamoran, son fuertes, independientes aunque sean esclavas, tiernas, dueñas de sí mismas, erotizantes, enamoradas, mujeres que hacen que muera por parecerme un poco a ellas.

Y las estaba escribiendo y describiendo, haciéndolas vivir en su imaginación y creándolas de forma física con sus palabras, un hombre adulto y en alguna de ellas casi anciano.

Puedes conocerlas, además de en El Congreso, en “El río que nos lleva” (Paula y Shannon el americano compartiendo por unos días la vida de los gancheros en el río Tajo); “La vieja sirena” (esa Irenia/Glauca sirena poderosa que enamora a todo el que la mira en una recreación histórica libre y sensual como pocas); “El Real sitio” (Malvina, Julia, Don Alonso y, en un arco del otro espacio/tiempo Marta, Janos. El mismo lugar, distintos episodios históricos, cruces atemporales e intemporales…); y un salto más difícil todavía (como se decía en el circo cuando era niña). “El amante lesbiano”, (una vida contada después de la muerte en donde asistimos a la evolución del personaje que comienza siendo Mario y termina siendo Miriam y convertida en amante de una mujer, Farida, pero no desde el género masculino, que aparentemente es el suyo, sino desde el auténtico, que es el femenino. Como dijo el autor “La vida... ¡tantos mueren sin probarla!”).

Callo mi opinión sobre La sonrisa etrusca; no quiero evitaros ninguno de los momentos que vais a vivir leyéndola. Solo puedo decir que es uno de los cuatro o cinco libros que más he regalado a lo largo de mi vida.

Esa es una brevísima introducción en “mi” Sampedro literario, pero el literario es una más brevísima parte aún del Sampedro ser humano.

Recuerdo una entrevista en la tele, hace mucho, mucho tiempo. Hablaban de la sociedad actual y las sociedades que él ha ido viendo evolucionar. Jose Luis recuerda que cuando cumplió los 18 años, su abuelo le regaló su reloj de bolsillo, que había heredado de su padre y había llevado durante más de 50 años. Él lo usó durante algo más de 40 años y contó con pena que un día, en el año 79, dejó ese reloj en un cajón en casa de sus padres, pero, cuando después intentó recuperarlo, había desaparecido. Nunca había vuelto a encontrarlo y lo lamentaba porque le hubiese gustado dárselo a alguna de sus hijas para que lo siguiese usando. ¡Funcionaba tan bien! lo decía con pena porque si no se hubiese perdido no hubiese tenido que comprarse otro. No lograba entender la necesidad actual de comprar tantas cosas innecesarias y arrinconar cosas que pueden funcionar perfectamente.

Sé que es una pequeña tontería, pero no es fácil resumirlo. Es demasiado grande, aunque estoy segura de que le horrorizaría que alguien le definiese así. Al igual que en el caso de La sonrisa etrusca solo puedo contar que no soy una persona de muchos “iconos”. Por supuesto que muchas personas han influido en mi evolución personal, gente a la que he admirado de más cerca o más lejos, de la que he aprendido y a la que he tratado de “imitar”, personas con las que he ido creciendo. Pero, si me preguntáis quienes han sido a lo largo de mi vida más propia y cercana mis grandes referentes, no creo que pueda contar más allá de ocho o diez personas. Lo que no tengo duda es que una de ellas es José Luis Sampedro.

La suerte que tenemos es que hoy es bien fácil tener al alcance del teclado y la pantalla la vida, los escritos, las ideas y las opiniones de los grandes hombres y mujeres. No tenemos pretexto para dejarnos engañar. Debemos y podemos indignarnos.









Con la María Jo. y mi hermana en nuestro reencuentro después de 10 años, Madrid 2016

viernes, 3 de febrero de 2017

Una historia de Ángela Pinto 1-5



Amigos del Club de la Buena Estrella, espero que estén disfrutando de las lecturas programadas para 2017.

Me voy a permitir hacer un paréntesis en el nutrido intercambio sobre el autor de febrero, para enmendar una penosa omisión que tuve durante la lectura de diciembre. Si recuerdan, Miguel Ángel nos encomendó hacer una entrada sobre alguna anécdota que quisiéramos compartir sobre nuestro padre, y yo recibí de nuestra amiga Ángela Pinto un hermoso escrito que por diversos motivos no había podido postear hasta este día. Confío en que ella me sabrá perdonar esta demora.

Se los he transcrito tal y como me los envió, dividido en 5 partes, y con minúsculos cambios obligados por el hecho de que el español no es su lengua materna. 

Espero que lo disfruten tanto como yo.

1

Todo empezó en el día y la hora en que se me ocurrió nacer, en un lugar y en un período de muy poca y ambigua calma.

El país estaba saliendo de una guerra terrible donde todo el mundo estaba involucrado: los de raza especial contra los otros, que por ansia de poder o ignorancia se dejaron arrastrar y se llevaron a miles de jóvenes soldados a combatir y a morir por algo que no tenían muy claro y a lo que, de todos modos, había que obedecer.

Las grandes extensiones de tierra eran para algunos privilegiados, en contra, los pequeños braceros iban de un fundo a otro trabajando de sol a sol y ganando tan poco, que nunca les alcanzaba para mantener a su familia, así que mis padres tuvieron que ir a trabajar en campos ajenos, dejándonos solas en la casa, a mí y a mi hermana mayor, de apenas un año más que yo.

Un día se realizó la reforma agraria, yo misma acompañé a mi padre con la esperanza, dijo mi madre, de que pudiéramos tener algo de suerte en el sorteo y lograr un terrenito decente, donde se pudiera llegar sin mucha dificultad, que no tuviera demasiadas piedras y se pudiera empezar a cultivar lo necesario para sustentar a la familia, que de cuatro miembros había crecido a seis.

Yo tenía que haber sido varón, según mi padre. Su primer hijo se murió a los tres añitos, él nunca pudo olvidar ese gran dolor, todos los días iba al cementerio como si de esa manera hubiera podido devolverlo a la vida, y mientras el pequeño dejaba este mundo, en la misma cama, nacía mi hermana mayor, rubiecita, con los pómulos rosados, los ojos verdes, bien redondita y linda; así que cuando un año y medio después nací yo, mi padre quedó tan desilusionado que ni se preocupó por buscarme nombre, en fin, simplemente me tocaba por tradición llevar el nombre de su padre y, por ser niña, de su madre. Además era tan pequeña y frágil que bastaría el diminutivo Lina... y así fue.

Después del sorteo, -ya tenía yo más o menos ocho años-, la emoción de tener un terreno propio se esfumó de inmediato cuando mis padres fueron a ver cómo era y donde quedaba.

Con una carreta tirada por una mula, llegaron al límite de una inmensa propiedad bien cultivada, con incontables hileras de viñedos pero sin calles y sin manera de bajar, así que tuvieron que caminar largos trechos, cargando bultos con algo de pan y sobras del día anterior, para conocer exactamente cuál pedazo les habían  asignado, ya que en esas laderas iban a haber al menos cinco propietarios diferentes.

2

Tuvieron que atravesar un pequeño bosque de pinos, muy lindo, que daba una agradable frescura, pero por lo demás inútil para cultivar. Avanzaron un kilómetro más y allí estaba...  una tierra sin nada, sin plantas, sin agua, con muchas piedras, grandes canales, había que sacarle espacio para cultivar trigo, sembrar viñedos, excavar un pozo y seguir comiendo pan duro mientras todo eso se hacía realidad.

Vita y Paolo empezaron a recoger piedras gruesas, sólidas, pesadas; cavaron hoyo profundo que debía servir de pozo y depósito de agua, y marcaron una canaleta por donde debía bajar el agua de lluvia desde las tierras de arriba hasta el pozo, de lo contrario, el agua se iría como siempre hacia abajo, hasta la gravina y se perdería a través de kilómetros hasta llegar al mar.

Al hombre le tocaba procurarse las estacas de uva, así que mi padre se fue escogiendo las mejores en los terrenos de familiares y amigos para sembrar uva blanca para comer y uva negra para vino.

En un par de años ya hubo una hectárea sembrada de plantitas que crecían, así como varios árboles de fruta: cada cinco filas de uva había un par de arbolitos de higos o peras. De las trece hectáreas de tierra solo siete u ocho eran los terrenos buenos para sembrar, constituidos por tres colinas separadas por enormes y profundos canales. Además, en los meses invernales era imposible tener algo, todo se helaba, la tierra solo se preparaba con arados y caballos y solo años más adelante, con tractor. Ya en marzo sembraban trigo y maíz, girasoles, papas de azúcar, y todo lo que pudiera dar esa tierra, incluyendo todas las legumbres, alcachofas, papas y verduras que podían servir para alimentar a la familia, pero eso sería muchos años después, cuando el plan de la reforma agraria siguió y empezaron a construir casas blancas, cómodas y muy funcionales para cada fundo y para que cada familia pudiera vivir en los terrenos asignados.

Volviendo atrás, a los seis meses de haber nacido yo, mi madre se dio cuenta de estar nuevamente embarazada y decidió dejar de darme pecho, por lo que me puse mal ya que no podía digerir la leche de vaca.

Para empeorar las cosas, cuando yo tenía apenas dos años, mi hermana me dio un vaso de leche cruda que por poco me despacha al otro mundo, una hemorragia imparable me dejó débil, frágil, más de lo que era, solo unas hierbas especiales de una amiga de mi madre la pudo parar.

3

Como si fuera poco, una noche me caí de la cama, donde dormía con mi hermana mayor. Era de hierro, alta, sin baranda, sin protección alguna, así que me caí una noche y, según lo que contaba mi madre, solo después de tanto pelear, mi padre le puso una barra para que no me cayera más.

Mis padres se iban a trabajar todo el día en campos ajenos, para tener algo de dinero y comprar lo indispensable y nosotras dos con mi hermana nos quedábamos solas en ese cuarto. 

Un día llegó un señor, amigo de mi padre a buscarlo, teníamos tal vez cuatro o cinco años. En la noche, al regreso de la faena, mi padre buscó el dinero que tenía en su chaqueta y no encontró nada. Al entrar, mi madre nos vio a las dos niñas amarradas a la máquina de coser. Le costó mucho hacerle entender a mi padre que era imposible que nosotras hubiéramos tomado ese dinero y al final se descubrió quién fue el responsable. Eso nos dejó un sabor amargo y una sensación dolorosa aún después de tantos años, imagino a nivel profundo.

Así pasaron nuestros primeros años. Mi hermana mayor me llevaba siempre de la mano, a casa de una tía a unos cien metros más abajo. Yo la miraba preparar albóndigas de carne para su familia y veía a mi madre siempre cansada en la noche después de una larga jornada de trabajo y sin ganas de cocinar, ya que había que encender el fuego en la chimenea para preparar algo y darnos comida caliente, mientras mi padre volvía tarde, incapaz de darnos las buenas noches o de arroparnos así como me di cuenta más adelante, hacían muchos papás… ¿por qué el nuestro era así?

4

En esa región, los miércoles de cada semana en la plaza principal había mercado. Allí se podía encontrar de todo: verduras de la estación, frutas, todo tipo de ropa, para la casa, de vestir, íntima, zapatos, ollas y sartenes, cafeteras originales o de imitación; sin faltar frutas secas como: almendras, nueces, latas de todo tipo, galletas, en fin, un sinnúmero de cosas a buen precio.

Mi madre estaba enamorada de uno de esos jóvenes que iban de un pueblo a otro para ofrecer sus productos: se habían jurado casarse, pero había que esperar un tiempo, así que mi madre esperó y esperó hasta que las amigas le dijeron que, o se casaba o se quedaría vistiendo santos. Fue por eso que decidió casarse con otro joven, guapo en su uniforme militar, de familia campesina, con varios hermanos varones y que acababa de regresar de una campaña en un país lejano, caliente, donde la pobre gente vivía en chozas de paja y se cubrían con sábanas.

Los jóvenes esposos fueron a vivir con mis abuelos, mi madre era la más joven y no tenía hijos, por lo que le tocó trabajar en casa más de lo que quería, así que decidieron alquilar un cuarto arriba de varias escaleras, sin agua ni baño y allí nacieron los primeros hijos.

El temple de Vita era increíble, fuerte, trabajadora, con ganas de tener una casa nueva en los modernos edificios que estaban construyendo cerca de la estación ferroviaria, así que empezó a ahorrar y por poco se le va todo por el aire ya que la amenaza de otra guerra se estaba llevando al marido de vuelta al servicio de la patria. Se fue Paolo hasta el norte del país, donde tenía que reunirse con los demás hombres, pero por cobardía o por meras ganas de vivir una vida normal, en un arranque de ira, se subió a la bicicleta y se regresó pedaleando por más de mil kilómetros y varios días a su pueblo natal, a su joven esposa, a sus amigos y a sus juegos de póquer.

5

Claro que gracias a ese arrebato de confusión, puedo contar ahora la historia, en efecto, muchos de esos jóvenes que fueron a la campaña de la Unión Soviética murieron congelados antes de llegar a esos sitios fríos e inhóspitos.

También tengo que decir que tampoco me salvó la medicina tradicional o alópata, pues en aquel entonces no había medicina alternativa o complementaria, ni hipnosis; solo algún conocimiento de hierbas y plantas, que a través de los siglos han sido estudiadas y usadas en la producción de pastillas, tabletas, etc. Por lo que es casi un milagro que esté viva todavía.

Veamos, quedé chiquita, no crecía mucho, no comía bien y muchas veces casi no comía. Recuerdo que eso no me gustaba, eso otro me hacía daño o no me apetecía y mi padre se enojaba y terminaba por no comer nada, aunque mi madre se esforzaba para pasarme pescadito frito por debajo de la mesa y la hora de la comida se había transformado en una tortura, así que crecí algo delgadita de pierna, es más, decían que tenía las piernas torcidas y esa fue mi continua y eterna preocupación. Ya de adulta cuando pasábamos por la avenida principal los muchachos hacían apreciaciones sobre las piernas de las chicas que iban adelante y eso me quedaba como una puñalada todas las veces.

Pasaron los años, empezamos a ir a la escuela con mi hermana mayor y mis padres seguían trabajando en campos ajenos y ganando para pagar la nueva casa de tres cuartos, cocina y baño, en el primer piso de esos nuevos edificios que se estaban construyendo cerca de la estación ferroviaria. El cuarto de mis padres tenía un balcón y yo sembraba geranios y claveles en macetas. El cuarto grande era el comedor con cortinas blancas lámpara de cristal, y lo usábamos porque allí estaba la máquina de coser ya que en realidad comíamos en la cocina. Nosotros dormíamos en la entrada, en camas dobladas como sofá, hasta que mi madre compró una salita nueva donde nadie se sentaba porque era para las visitas, que naturalmente nunca venían puesto que mis padres pasaban trabajando y nosotros, cuatro hijos, nos cuidábamos unos a otros. Bueno, en realidad, crecíamos como plantas.

jueves, 2 de febrero de 2017

La Sonrisa Etrusca, José Luis Sampedro

La vida... ¡Tantos mueren sin probarla!

José Luis Sampedro

Querido Club de la Buena Estrella, después de un mes deleitándonos con el libro de enero, por la programación y también por las veces en que les he mencionado en estos días que “ya casi, ya casi”, ha llegado el momento de leer y comentar a José Luis Sampedro quien según su biografía fue un escritor, humanista y economista español que abogó por una economía «más humana, más solidaria, capaz de contribuir a desarrollar la dignidad de los pueblos». 

En 2010 el Consejo de Ministros le otorgó la Orden de las Artes y las Letras de España por «su sobresaliente trayectoria literaria y por su pensamiento comprometido con los problemas de su tiempo» y en 2011 se le concedió el Premio Nacional de las Letras Españolas.

En paralelo a su actividad profesional como economista, publica diversas novelas y tras su jubilación continuó dedicado a escribir, consiguiendo grandes éxitos con obras como Octubre, octubre, La sonrisa etrusca o La vieja sirena. Sus éxitos literarios coinciden con la trágica noticia de la muerte de su esposa, Isabel Pellicer, en 1986.

Sampedro falleció un 8 de abril dejando una multitud de anotaciones y textos inéditos, escribió hasta el final. Dos de sus últimos proyectos, Los Ríos y Sala de espera, ven ahora la luz por decisión de su compañera y legataria, Olga Lucas, quien explica que dejará “aparcadas” las obras inconclusas iniciadas en “un pasado remoto” pero se ocupará de los inéditos del final de su vida. “Es decir de aquellos de los que tengo seguridad y conocimiento directo acerca de sus intenciones”, afirma en el prólogo del libro.

Madrid 12 JUN 2013 - 09:01 
Orfandad. Añoranza. Ausencia. Tal fue anoche la estela de sentimientos que recorrió los ánimos de centenares de personas reunidas en el Ateneo de Madrid para evocar al escritor, pensador y maestro recientemente fallecido a los 96  años, José Luis Sampedro. Su figura y su obra cobraron vida al calor de un puñado de relatos signados por el afecto, que fluyó sereno pero incontenible a través de 12 intervenciones de un abanico de personas con él relacionadas. Panelistas y asistentes crearon en torno a José Luis Sampedro un “cielo de cariño”, como anunciara Iñaki Gabilondo en su breve parlamento.




LA SONRISA ETRUSCA (1985)

Es su novela publicada en 1985.  En 2001, el diario español El Mundo, la incluyó en su lista de las 100 mejores novelas en español del siglo XX.



La sonrisa etrusca es una recomendación de María Ofelia Zúniga Platero

DATOS DEL LIBRO

Viñeta:                        Febrero / Amor
Título:                         La sonrisa etrusca
Autor:                         José Luis Sampedro
País:                            España
Nº de páginas:              320
Año de publicación:      1985
Idioma original:            Castellano
Género:                        Novela
Editorial:                      Alfaguara
ISBN:                            9788497591638


SINOPSIS

El nacimiento del único nieto de José Luis Sampedro le sirvió de inspiración para escribir esta gran novela. Publicada en 1985, narra la historia de un viejo campesino calabrés que llega a casa de su hijo en Milán para hacerse una revisión médica por un cáncer. Allí descubre su último amor, una criatura en la que volcar toda su ternura: su nieto Brunettino. El escritor ofrece en este relato, tierno y lúcido, un conocimiento profundo del alma humana. 

La crítica ha dicho esto: 

«Está escrita con una ternura y una lucidez aunadas que reflejan perfectamente la experiencia cenital de su protagonista.»
Leopoldo Azancot, ABC 

José Luis Sampedro ha dicho esto:  

"La sonrisa etrusca fue el primer libro de lo que podríamos llamar éxito. A partir de ahí, sí se puede decir que soy un escritor con éxito de ventas relativo. Quiero decir que sí, que mis libros se venden, no me puedo quejar, pero tampoco soy de esos que venden sus libros por millones. Durante las décadas en que ni era conocido ni vivía de la literatura nunca trabajé buscando fama, gloria y mucho menos para ganar dinero o llamar la atención de los críticos. Trabajaba para explorarme a mí mismo, para explorar a los demás y para quedarme satisfecho con lo que yo descubría. Lo he resumido alguna vez con la expresión “ser arqueólogo de uno mismo”, “hacerse a sí mismo" "Escribo con una pasión enorme", dice también José Luis Sampedro. "La pasión de expresarme. En el libro no hay trucos literarios. Está escrito con la máxima sencillez que he podido alcanzar".

En 2011, tras 26 años de su primera edición, Las sonrisa etrusca fue llevada al teatro y José Luis Sampedro que en ese entonces tenía 94 años colaboró con los realizadores.  

DIVISIÓN DE LECTURAS

Jueves 2 de febrero de 2017
Jueves 9 de febrero de 2017
Jueves 16 de febrero de 2017
Jueves 23 de febrero de 2017
Prólogo
Biografía del autor
Capítulo 2
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Capítulo 20
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Capítulo 40
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Capítulo 60
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EL AUTOR

Según ABC.es, intentar definir a un hombre como José Luis Sampedro con adjetivos como escritor, académico de la RAE, humanista, economista, filósofo, pensador... sería menguar un legado.  Pero vamos a intentar que este breve recorrido biográfico nos hable de los datos más objetivos e indiscutibles:  

Nació el 1 de febrero de 1917 en Barcelona. La variada procedencia geográfica y cultural de su familia supuso una influencia fundamental en su obra, ya que su padre había nacido en La Habana, su abuelo en Manila, su madre en Argelia y su abuela en Lugano, Suiza italiana. La familia se trasladó a Tánger (Marruecos) cuando el escritor contaba con tan solo cinco años y medio, y permaneció en tierras africanas hasta los trece.

En 1946 se casó con Isabel Pellicer, y al año siguiente nació su hija Isabel.  En 1977 fue elegido senador por designación real en las primeras Cortes democráticas y vicepresidente de la Fundación Banco Exterior. Poco después nació Miguel, su único nieto, el cual inspiró su obra más leída, «La sonrisa etrusca» (1985). Un año después murió su mujer.

En 1990 fue nombrado miembro de la Real Academia Española, donde su heterodoxo discurso de ingreso, Desde la frontera, tiene mucho que ver con el tema de su obra La vieja sirena, publicada ese mismo año, considerada un canto a la vida, al amor y a la tolerancia. 

Ese discurso hoy, 27 años después, sigue tan vigente como entonces por eso queremos compartir en este acercamiento al autor y su obra algunos pasajes del mismo y si quieren leer el discurso completo pueden hacerlo desde aquí.


http://www.rae.es/sites/default/files/Discurso_Ingreso_Jose_Luis_Sampedro.pdf

Las primeras fronteras vitales. “Lejos de caminar sin rumbo, la frontera siempre fue mi norte”, dice Sampedro al comienzo. Porque ya desde su primera infancia en Tánger, y después en Aranjuez, fue forjando esa íntima esencia fronteriza y a sentirse escritor, a caballo de una realidad cotidiana y un mundo mítico. “Entonces ignoraba que me estaba empezando a poseer ya la adicción a lo fronterizo”, aseguraba, aunque desde la guerra civil, decía, “he detectado fronteras por todas partes, aunque muchas no reciban ese nombre”.

"Curiosamente, la primera frontera que recuerdo surgió allí donde no parecía tener razón de ser. Aquel Tánger de los años veinte, donde transcurrió mi infancia, era ciudad internacional, en la que convivían en igualdad todos los países. Los chicos llegábamos al colegio con diversas lenguas maternas, comprábamos golosinas con monedas diferentes, celebrábamos varias fiestas nacionales e incluso nuestro descanso semanal se repartía entre los días sagrados de tres religiones."


Para finalizar anotamos que como muestra de una vida que no se cansaba de vivir, Jose Luis Sampedro se casó en el año 2003 con la escritora, poetisa y traductora Olga Lucas y compartió con ella hasta su último día. En la madrugada del domingo 8 de abril de 2013, tranquilo y sereno, porque no le teníamiedo a la muerte -como contó posteriormente su viuda-, murió a los 96 años y como no podía ser de otra manera, murió el hombre y nació una leyenda que sigue siendo estudiada y recordada en las aulas, en foros académicos, en espacios de cultura y por supuesto en el corazón y la memoria de sus lectores.

 



miércoles, 1 de febrero de 2017

La sonrisa etrusca, una novela de amor


Llegó febrero y con él, el turno de leer un libro sobre el amor en el Club de la Buena Estrella. Para 2017 leer sobre el amor significará conocer a un escritor del que nunca se ha leído en los 10 años de existencia del club y él nos contará una historia que habla sobre el amor en estado puro.

Hace 11 años viviendo en la ciudad de Lima en Perú conocí a la María José, mi amiga de Madrid como muchos la conocen. Vivimos en la misma casa durante un tiempo, nos hicimos amigas, compartimos muchas cosas y entre ellas una maravillosa que es nuestro gusto por la lectura. Cuando la María Jo. llegó a aquella casa del distrito de Santa Anita donde yo vivía ya desde hacía un par de meses, de primera mano no parecía que fuésemos a tener muchas cosas en común, pasó el tiempo y los corazones se abrieron, pasó más tiempo y ella además del corazón nos abrió su biblioteca y yo, como no podía ser de otra manera, me metí de cabeza. Allí descubrí verdaderas joyas escritas tanto por escritores que ya conocía, como por otros que eran nuevos, al menos para mí. 

Saramago, Kapuscinski, Almudena Grandes, Matilde Asensi, entre otros, y un día llegó el turno de conocer a José Luis Sampedro a través de su libro "La Sonrisa Etrusca". Otro libro bueno, pero no un escritor más. Resulta que la María Jo. conocía en persona a Sampedro y que su marido incluso ¡fue su alumno en la Universidad Complutense de Madrid!! Así que fue mi suerte que antes de conocerle por su escritura, le conocí por las anécdotas que en aquel momento ella me pudo contar de la forma natural con que se habla de alguien a quién se admira y se le tiene cariño, de esa manera antes de empezar a leer yo ya sabía que me estaba enfrentando a la escritura de un gran señor, que aparte era también un gran humanista, un gran economista y, como lo supe después, un gran escritor y un grandioso ser humano que se bebió esa vida que le duró 96 años tal como él lo decía ¡resistiendo y aprendiendo!

«Tengo 94 años y me considero un aprendiz de mí mismo. Todavía aprendo a ser quien soy. Y me moriré sin haber acabado, pero he hecho todo lo posible: hazte quien eres y hazlo fervorosamente. Y hazlo entregado a eso y en solidaridad con los demás, porque sin ellos no somos nadie. Sin doblegarte, sin hundirte, sin ceder, sin creer los inventos de los que quieren explotarte. ¡No te rindas! Trata de vivir en armonía con la naturaleza a la que perteneces.»

En estos días pensando en que se acercaba febrero y que ya llegaba el tiempo de leer a Sampedro en el club, le pedí a la María Jo. que me ayudara para poder presentarlo como es debido, y ella muy amablemente buscando tiempo donde no había, desde Madrid nos hizo una compilación de artículos con los que se puede tener una idea de quién era aquel hombre de mente brillante y alma generosa, que siendo uno de los "más grandes economistas" como dicen de él los entendidos en la materia, se abandonó también a su pasión por las letras y creó personajes inolvidables que viven vidas de ficción a menudo en el mundo conocido, mientras -en la vida real- él luchaba desde el poder de las palabras para que el mundo en el que habitamos fuera uno más digno de vivirse. 

Cada vez que escucho una entrevista a José Luis Sampedro, pienso que seres humanos como él dejan muy alto el listón en lo que a vivir respecta y por eso, en esta breve introducción a su biografía quiero dejarles un pequeño vídeo donde él mismo nos hace una invitación a honrar la vida, y nos ofrezco el regalo de no imaginar una voz para leer esta historia escrita de una forma sencilla o como lo diría el mismo Sampedro algún día "sin trucos literarios, con la máxima sencillez que he podido alcanzar".

La novela nos habla de un viejo partisano calabrés que viaja a Milán para ver al médico y descubre a su nieto, y a través de él vuelve a vivir.

Será que al final se trata de que si bien envejece el cuerpo, no pasa igual con el alma, y a la hora de sentir, al enamorarnos, siempre es igual sin importar si es el primer amor o el último de nuestra vida, lo cierto es que el mundo se detiene, los sonidos callan y el mundo entero cambia cuando se reconocen por fin, dos almas enamoradas.

¡Felices lecturas querido club!


martes, 31 de enero de 2017

La noche de la Usina, comentario personal

A mi gusto, por mucho, el mejor Premio Alfaguara.
¡Qué gran libro La noche de la Usina! ¡Qué buen inicio de año para nuestro club de lectura!

Ya lo dijo Stephanie en un post anterior: Cuando reunidos en la primera sesión del año en el Club de la Buena Estrella, me llegó el turno de expresar mi valoración sobre La noche de la Usina, lo primero que dije fue que "a mi gusto, este es, por mucho, el mejor Premio Alfaguara que he leído hasta hoy".

Y es que creo que La noche de la Usina abunda en elementos agradables al lector. Es un relato cautivador, de lectura fluida, ritmo trepidante, imágenes claras y amenos diálogos coloquiales del argentino provincial, donde un variopinto grupo de personajes que me parecen conocidos del propio barrio, sencillos, consistentes, entrañables algunos, profundamente humanos todos, nos contagian primero con su iniciativa solidaria malograda por un par de estafadores, para luego engancharnos en una desquiciada cruzada reivindicativa con mínimas posibilidades de éxito. Y uno quiere que tengan éxito.

Es destacable el magistral hilo conductor con que el autor nos lleva a presenciar la historia. Para ese propósito, Eduardo Sacheri se sirve de la figura de un narrador omnisciente, acaso una extensión del genial Arístides Lombardero, el peculiar maestro de ceremonias y contador de historias del circo itinerante que aparece, nombrado al menos, tan solo en el prólogo. Esa interesante voz narrativa que va muy a su ritmo y a su manera, que no está para complacer "caprichos de burguesitos", se alterna cada tanto con esas conversaciones dotadas de tanta sencillez y naturalidad, salpicadas unas veces con hilaridad, otras con sentimiento, pero siempre con mucho tino y propiedad.

Eduardo Sacheri ha probado ser un experto en el terreno de las historias de reivindicación, que no necesariamente de venganza o de vendetta. Quizá si de revancha, dicho en un sentido más bien deportivo. Esas sempiternas metáforas de fútbol en los relatos del argentino, del juego como un ensayo de la vida, nos hacen creer que alguna vez  una manga de tipos comunes y corrientes en un disfuncional trabuco de barrio, puede ganar un juego, o ya de perdida, meter tan siquiera el gol de la honra. Para los eternos coleros y perdedores, perder luchando es casi poético. Empero, ganar alguna vez en la vida, es casi como tocar el cielo con las manos.

El marco histórico de La noche de la Usina
El corralito financiero de diciembre de 2001 es el telón de fondo de la historia en mención, pero el autor no aborda el asunto desde una óptica meramente financiera, como tampoco plantea un análisis de la realidad social, política y económica de la Argentina de inicios del nuevo milenio. Antes bien, el acontecimiento y los antecedentes que desembocaron en él, son vistos desde la perspectiva de unos cuantos tipos comunes, de un pueblo imaginario que pudiera ser cualquier pueblo real en la Argentina de esos días, donde una prolongada recesión, un elevado déficit fiscal, un alto grado de endeudamiento del estado y una terrible política económica basada en una ilusoria paridad de la moneda local frente al dólar, condujeron a la quiebra de muchas empresas incapaces de competir con los precios de los productos importados, y a la consecuente pérdida de empleos. El corralito fue la medida resultante impuesta por el estado para contener la fuga masiva de dinero de los bancos, una manera de evitar el colapso de un sistema ya muy maltrecho.

Pues bien, todas esas cosas son contadas por Sacheri de una manera más simple, más desde la óptica del pueblo, describiendo cómo una fuente de empleo tras otra se van extinguiendo y dejando a la gente sin trabajo ni oportunidades, dando cuenta de cómo algunos se embarcan en pequeños negocios familiares que no cuajan y que al final los dejan sumidos en una crisis aún peor.

Es ahí, en medio de esa crisis en que todo apunta a que "el país se va a la mierda", donde aparece esa manga de viejos locos y macanudos, con una idea solidaria parida durante la cena entre amigos de la última noche del año 2000.

—¿Y no hay manera de hacer algo? —pregunta Silvia.
Se hace un silencio largo. [...]
—El campo —dice Fontana, después de una pausa—. Eso va a quedar.
—¿En qué sentido?
—Cuando se vaya todo a la mierda, Silvia. El campo va a quedar.

No pasa mucho tiempo antes de que las reflexiones y divagaciones de Fontana desemboquen en el proyecto planteado por Fermín Perlassi:

—Ponemos una acopiadora de granos, les damos a los chacareros la posibilidad de almacenar, ¿entendés? Almacenan en nuestros silos, eligen cuándo vender, cuando mejor son los precios. ¿Me seguís?
—Supongamos que te sigo.
—Después, si la cosa prospera, uno lo puede armar mejor. Venderles a los productores las semillas, los agroquímicos, los fertilizantes. Pero ojo: como una cooperativa. Quiero decir, no para ganar plata.
—¿Y para qué lo haríamos?
—Mirá —Perlassi se lanza a enumerar sus razones con una seguridad que demuestra que lo tiene largamente madurado—. Lo armamos para la gente que tiene poco campo, ¿me seguís? Para que no tengan que arrendarle la tierra a un pool. Lo hacen ellos. Acopian con nosotros...

De los personajes
Nos quedó claro tras la lectura que este es un libro de hombres, donde las figuras masculinas están muy bien delineadas y las femeninas (Silvia, Florencia y Ester Manzi) aparecen muy poco y siempre vistas desde el sesgo y la perspectiva de los hombres de la historia.

Fermín Perlassi es el líder indiscutido de esta improvisada banda, un tipo íntegro, de grandes cualidades, que sabe sacar lo mejor de sus compañeros de equipo. El ex-futbolista es ese típico héroe de pueblo, más admirado por su vocación para ayudar a su comunidad que por sus glorias deportivas pasadas. Perlassi es además un ferviente amante del cine clásico, algo que a la postre se volverá fundamental en la concreción de los planes que lo ocupan en este relato.

Rodrigo Perlassi es un joven de buenos sentimientos, que antepone a todo el hecho de acompañar a su padre en su duelo y en su ulterior proyecto desquiciado. Rodrigo es como el Fermín de 30 años atrás, por lo que al lector no le cuesta ponerse de su lado y esperar que le sonrían la vida y la suerte (y Florencia, por supuesto). Su torpeza ante la mujer que le gusta ha dado pie a interesantes y divertidos comentarios en nuestro club de lectura.

Alfredo Belaunde, el encargado ferroviario, es un capo de la mecánica que aún hace andar un viejo Citroën 2CV. El viejo cascarrabias es tan bueno y confiable como los demás, y acaso el más respetuoso de todos a la hora de escatimar groserías en presencia de Silvia. Belaunde, sin embargo, es también el más provocador cuando se trata de acorralar a Fontana en sus contradictorias inclinaciones políticas y en sus espurias citas de Mijaíl Bakunin.

Atanasio Medina, el viejo loco de palabras ininteligibles que hace su casa en la parte más expuesta a las crecidas del río, que honra como oro su palabra pero le resta todo valor a su firma legal y que le tributa toda clase de cuidos y atenciones al lavador automático que se ganó en una rifa, termina siendo una pieza fundamental en el plan de Perlassi. El lunático veterano de la Primera Compañía del Batallón de Zapadores Pontoneros No 2 de Mendoza, que se ufana de haber salido todo un experto en demoliciones, es el causante de las carcajadas de Rodrigo y Hernán, una vez que estos deciden echar al aire sus expectativas del plan:

—¡Y Medina! ¡Medina! ¡No te olvides, te pido por favor, que estamos intentando dar el golpe del siglo con el viejo Medina!

José y Eladio López son los cándidos obreros todo-terreno del plan, tan incapaces de estar separados como de estar juntos sin pelear. Son dos típicos hermanos en acción sincronizada, con poco seso pero con mucho corazón. Así las matemáticas se les nieguen y los cálculos del trabajo pendiente les salgan disparados, los López están más que dispuestos a realizarlo.

El transportista Francisco Lorgio es un gallego-argentino de valores muy elevados y sentimientos a flor de piel. El tipo se solidariza con la causa desde un principio y no tiene reparo en aportar una fuerte suma de dinero. Lorgio da trabajo a los López y se muestra siempre solidario y tolerante. Tiene, sin embargo, un punto de fallo: No es capaz de ejercer esas cualidades con su hijo Hernán, un tipo rebelde y disoluto que intenta sin éxito congraciarse con su padre.  Francisco Abriga en el fondo una esperanza de que Hernán se redima en esta empresa.

Fortunato Manzi es el empresario visionario, desalmado y carente de ética que sacará provecho de cualquier oportunidad de hacer dinero que se le presente. Manzi adolece además de una traumática incapacidad para aceptar una derrota. Este personaje es probablemente el que mejor pone de manifiesto la enorme capacidad de Sacheri para crear personajes creíbles, sin abusos maniqueos y sin emitir juicios personales sobre ellos. Sacheri solo cuenta, pone las cartas sobre la mesa y deja que el lector decida.

Y para cerrar, porque para mí merece mención aparte, está el personaje de Antonio Fontana. Este es un tipo con altas concentraciones de ironía y sarcasmo, un verdadero as cuando se trata de echar bandos y puteadas. De más está decir que es mi personaje favorito. Ese engendro formado a partes iguales por sus fundamentos anarquistas y su incondicional lealtad al alfonsinismo, es también una suerte de líder, pero a la sombra. Más negativo y amargado que sus "camaradas" en esta historia, Fontana matiza y complementa el liderazgo de Perlassi, y aporta esos divertidos delirios de comando anarquista que él asume con absoluta seriedad. En definitiva, Fontana es leal a las causas en las que cree y a los principios que lo definen. Quiere una vida simple, no tiene ataduras materiales ni le importan demasiado las opiniones de los demás, y por eso se dedica a refaccionar llantas en su garaje cuando se queda sin su empleo de jefe de campamento de vialidad. La mayor parte de las cosas que el libro nos dice de Fontana pasan solo en la cabeza de éste, y muy pocas veces llegan a convertirse en palabras.

Conclusión
Le doy 5 estrellas, así de simple. Siempre sostuve que no le daba más de 4 estrellas a un libro reciente, que me guardaba esa valoración para los clásicos literarios. Pues La noche de la Usina me descompuso los esquemas. Esta es esa clase de libro que uno puede recomendar o regalar sin temor de defraudar. Tiene calidad narrativa, una buena historia, unos personajes magníficamente logrados, una formidable exploración de los comportamientos humanos y un marco histórico que sirve de ancla y referencia con una realidad cercana en el tiempo y en el espacio. Este libro seguramente ofrecerá múltiples elementos de identificación a los lectores de esta generación y de las venideras. ¿No es esa acaso la definición de clásico?

Eduardo Sacheri ha dado en el clavo con este Alfaguara. Ya un par de veces propuse sin éxito algunos de sus libros en el club: "La pregunta de sus ojos" y "Esperándolo a Tito y otros cuentos de fútbol". La democracia, sin embargo, nos llevó por otros rumbos literarios. Qué bueno que esta vez pudimos leerlo como club por ser el último Premio Alfaguara  una lectura pre-asignada para cada mes de enero. Y qué bueno que ha sido del agrado de todos en el grupo, algo que a lo mejor allana el camino para repetir en el futuro las propuestas de lectura anteriormente fallidas.