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Sebastiana suspira mientras sus ojos centenarios intentan adivinar el paisaje montañoso que rodea la cabaña. Atrás quedaron los días en que la animosa viejita solía sentarse frente al cerco a dar cuenta de una impresionante guacalada de mangos y jocotes, mientras contemplaba las pinceladas multicolores del sol que muere cada tarde detrás de los cerros.Han pasado setenta y cinco años desde que vivió en Honduras por unos pocos meses, cuando se casó...