viernes, 27 de septiembre de 2019

Erratas... ¡esos errores de dedo que nos matan!



Carmen González Huguet compartió el siguiente artículo con los autores del blog "la gaticueva" y en ocasión del conversatorio de anoche en el que pudimos compartir una deliciosa tertulia literaria con ella, se los comparto con una transcripción textual de las palabras con que Carmen nos sacó la carcajada al referirse a esos "errores de dedo" como unos por los que "uno se quiere matar" cuando después de revisar y revisar un texto, al verlo impreso y publicado resulta que tiene uno o varios y eso simplemente no se puede entender... ¡espero que lo disfruten! 

«En aquella época cuando yo empecé eran copias en original, a máquina, a máquina manual, o sea ni siquiera con papel carbón, sino que el original, ¡único!, y han cambiado mucho las cosas para bien porque mis borradores en máquina de escribir, tachados y vueltos a escribir y con correcciones y todo aquello era ilegible al final. Ahora uno corrige y edita de un solo, pero y siempre se le van a uno, eso a mí a veces me da una cólera, me quiero agarrar contra las paredes porque ya publicado el libro, ya impreso y me doy... "ay Dios mío esta palabra es con c y la escribí con s, aquí se me fue una tilde", y mire con MartE, mi editora, Marta Elena Uribe de Editorial Delgado, que yo tengo la suerte de que tengo una editora maravillosa, que es una lectora así acuciosa, y aún así se nos va, y Claudia Argüello también corrige los textos, somos tres y se nos van cosas a las tres, y ya publicado el libro y todo a uno le dan unas ganas de matarse porque ¡cómo se me pudo ir!, pero se le van a uno los errores porque eso es inevitable» Carmen González Huguet

¿Será entonces que solo queda rendirse con humildad ante ellas como quien sabe perder, sin por ello abandonar el intento de ganarles en la siguiente edición?  

Les comparto el artículo que tan bien y de una forma tan graciosa las describe.

¡Ah, las erratas!

Estos «piojos de las palabras», como las llamó Flaubert, se cuelan en los recovecos más insospechados y pueden lanzar por la borda una labor de creación literaria o de investigación.
 Juan Morales Agüero 
11 de Julio del 2013

Las erratas son viejas conocidas de los escritores y los periodistas. Quienes han hurgado en el tema afirman que acechan al texto desde el debut del lenguaje escrito. De su nociva naturaleza dijo el literato español Ramón Gómez de la Serna: «Son para las palabras como enfermedades infantiles: sarampión, varicela…, que deben pasarse obligatoriamente».

Tipógrafos, editores y correctores figuran entre sus presas favoritas. El empeño por exterminarlas no parece exhibir grandes progresos, pues se niegan a desaparecer. En efecto, las muy pícaras se camuflan entre vocales y consonantes y saltan como liebres en cualquier rincón del párrafo.

El cronista español Andrés Henestrosa las ha sufrido muchas veces en textos propios, así que habla con conocimiento de causa. Sus palabras son concluyentes: «Ahí donde aparezca una errata, aparecerán otras, porque proliferan y se reproducen como conejas. Son tan invencibles como elocuentes; avasallan, convencen y seducen. Por eso ganan al final, quedándose».

Detectarlas y eliminarlas a tiempo es una suerte de obsesión. Un sitio en Internet cuenta que un editor francés llamado Robert Etienne perseguía tanto las erratas que después de compaginar los textos de un libro, imprimir las pruebas, corregirlas y volverlas a imprimir, las colgaba en la fachada de la editorial, a la vista de los caminantes, a quienes pagaba una bonita suma por cada una que encontraran».

El gran poeta chileno y premio Nobel de Literatura, Pablo Neruda, las estigmatizó: «Son las caries de los renglones». Eso, quizá, porque en su libro de poemas Crepusculario alguien le enmendó un verso. Así, lo que originalmente era «Besos, lecho y pan» se publicó como «Besos, leche y pan».

A la vera de estos huéspedes indeseables mostró su rostro la célebre fe de erratas. La más antigua data de 1478 y ocupa dos folios de una obra de Juvenal. Después, la Suma Teológica se editó con otra análoga, pero… ¡de 111 páginas! Amilanadas por tal plaga, las editoriales contrataron como correctores a insignes hombres de letras, como Erasmo y Shakespeare.

Las erratas son universales y ubicuas. No respetan credos, ni reyes, ni Papas... Y, a propósito, el Papa Clemente XI, quien ofició entre 1700 y 1721, murió de una apoplejía cuando descubrió una errata en el primer ejemplar de sus homilías recién impresas que alguien le llevó para leer.

Galería de las equivocaciones

En la antología de las erratas aparecen algunas muy simpáticas, aunque imagino que a sus víctimas no les habrá hecho ninguna gracia. Una clásica se coló en el folletín de Vicente Blasco Ibáñez titulado Arroz y tartana. La edición príncipe decía: «Aquella mañana, doña Manuela se levantó con el coño fruncido». El autor había escrito «el ceño fruncido».

Otra similar contrarió al bardo español Ramón de Garciasol, quien logró incluir un poema en la muy seria revista Ínsula. Exponía: «Y Mariuca se duerme y yo me voy de puntillas». Solo que el duende de los gazapos le jugó una mala pasada y apareció: «Y Mariuca se duerme y yo me voy de putillas». Pero —¡ay!—, Mariuca era su esposa. Tengo la certeza de que al vate le resultó difícil persuadirla del equívoco editorial.

Con el ilustre mexicano Alfonso Reyes las erratas devinieron ensañamiento. Él las denominó «especie de viciosa flora microbiana, siempre reacia a los tratamientos de la desinfección». Un libro suyo de poemas tenía tantas que hizo ironizar así a un crítico: «Nuestro amigo Reyes acaba de publicar un libro de erratas acompañado de algunos versos».

Las erratas no respetan ni los títulos de las obras. La feria de los discretos, de Pío Baroja, se editó en la enciclopedia Espasa como La feria de los desiertos; el drama La expulsión de los moriscos se llevó a la cartelera como La expulsión de los mariscos; y la novela de Alejandro Dumas hijo llegó a publicarse como La dama de las camellas (por camelias).

Erratas periodísticas

En ocasiones, una errata ha puesto de patitas en la calle a un colega distraído. Cuenta el argentino Manuel Ugarte el caso de un informador de antaño que, al ofrendar su crónica a la hija del dueño de su rotativo, garrapateó: «Basta escribir su nombre, Mercedes, para que se sienta orgullosa la tinta». Solamente que en lugar de tinta, se publicó tonta.

Al académico francés Flavigny no le fue mejor, en 1648, al escribir en una glosa teológica la conocida frase del Evangelio de San Mateo: «¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano y no echas a ver la viga que está en tu propio ojo?». Esto, en latín, reza: «¿Quid vides festucam in oculo fratis tuis et trabem in oculo tuo non vides?»Un burlón reseñó así el infeliz dislate: «En la palabra oculo el duende escamoteó misteriosamente la o inicial, pasando en la frase el papel del ojo a otra parte del cuerpo humano…».

A pesar de lo involuntario del hecho, el escándalo que originó el desliz fue colosal. La comunidad académica no perdonó aquel desacierto que casi desacredita para siempre a uno de sus miembros entre sus propios colegas de oficio.

A veces la mera ausencia de una tilde puede provocar el caos. Como aquel diario que publicó un clasificado donde se solicitaba «una secretaria con ingles», en lugar de «con inglés». Otro caso: en una crónica teatral, el chupatintas rasgueó: «El exquisito gusto de la autora es bien conocido por todos sus amigos». Solo que, donde decía gusto, salió publicado busto. ¡Vaya revuelo el que armó el marido!

En una gacetilla, alguien escribió «lúgubre viaje». Pero se lo cambiaron por «legumbres viejas». Y como si eso no hubiera resultado suficiente, al final del texto dijo, poético: «Hay una humedad de sal mojándonos las ojeras». Sin embargo, se la variaron por «hay una humedad de sol mojándonos las orejas».

En materia de titulaje, los disparates no han sido menores. Un periódico canario encabezó así un suelto relacionado con cierta enfermedad bovina: «Las vascas locas», cuando debió decir «Las vacas locas». Tan pronto se enteraron, las féminas de esa región de España pusieron el grito en el cielo.

Otras erratas periodísticas divertidas son la del «Banco Español de Cerdito» (por crédito); la dama que lanzaba a su amado miradas de «apasionada ternera» (por ternura); la demanda de trabajo en la que se buscaba a alguien capaz de cuidar «persianas mayores» (por personas); o el «libro de Pitágoras» de un buque para designar el libro de bitácora; o el santoral que anunciaba el Día de la Purísima Virgen, pero la r se cambió por una insultante t… ¡y se armó la grande!

Otras manifestaciones

Un aragonés nombrado Ángel Mostajo se tomó la molestia de revisar a fondo todas las entradas del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), en su edición 21 de 1992. Y vaya sacrilegio, localizó en sus páginas imprecisiones diversas, errores de imprenta, definiciones incongruentes o «meramente machismos o racismos heredados de ediciones anteriores».

Sin la intención de lastimar la dignidad de los académicos a cargo del popular texto, el investigador halló 163 erratas. Las comentó y las envió a la RAE. Desde allá le agradecieron su acuciosidad y paciencia, que lo llevaron a leerse toda la obra. La edición 22 (2001) del DRAE subsanó las erratas.

En fin, que las erratas —«piojos de las palabras», según Flaubert— se cuelan en los recovecos más insospechados y pueden lanzar por la borda una labor de creación literaria o de investigación. Vuelvo a convocar a Alfonso Reyes:

«A la errata se la busca con lupa, se la caza a punta de pluma, se la aísla y se la sitia con cordón sanitario y a última hora, entre las formas ya compuestas, cuando ruedan los cilindros sobre los moldes ya entintados, ¡hela que aparece, venida quién sabe dónde, como si fuera una lepra connatural del plomo! Y luego tenemos que parchar nuestros libros con ese remiendo del pegado que se llama fe de errata, verdadera concesión de parte y oprobio sobre oprobio».

¡Solavayan las erratas!

viernes, 20 de septiembre de 2019

Jimmy Hendrix toca mientras cae la lluvia | Carmen González Huguet



"Puso su mano en mi rodilla y yo no la aparté. De hecho, había estado esperando eso desde que entramos. Se podría decir que por eso me había puesto falda, en lugar de pantalones, y medias, en vez de pantis. Y los zapatos altos, no las sandalias pachitas con que andaba todos los días, para arriba y para abajo, y que me gustaban tanto... Las sombras y las luces de la pantalla caían sobre nosotros, con un resplandor irreal. Él tenía los ojos fijos adelante, pero su mano siguió explorando por mis piernas..."   

Así empieza el monólogo "Jimmy Hendrix toca mientras cae la lluvia" con el que Carmen González Huguet ganó el premio único de dramaturgia en los Juegos Florales de San Miguel en el año 2003 y apareció en la antología de cuento Puertos abiertos publicada en 2011 por Sergio Ramírez en México, por el Fondo de Cultura Económica. En octubre de 2018, en las votaciones del Club de la Buena Estrella este monólogo fue elegido para ser leído como segundo libro en el mes de septiembre de 2019.  


« Docente universitaria, mujer, poeta, sonetista, caminante de la vida»

Con esas palabras describe a la autora Lorena Juárez, columnista de la Revista multiplataforma Literofilia en la reseña de una entrevista que le hizo en el año 2018 y que pueden leer aquí.


Carmen González Huguet, es una reconocida poetisa y catedrática de El Salvador, creadora de un estilo considerado impecable y dueña de una vasta producción literaria a lo largo de su vida. Ha sido además catedrática en diversas universidades por más de 2 décadas; su obra se conoce tanto dentro como fuera del país y, a la fecha, ha ganado importantes premios literarios como el XXXVII Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística en España en el año 2017 y los Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango en dos ocasiones (1999 y 2016) siendo hasta el momento, la única escritora salvadoreña que lo ha ganado en dos ocasiones.


El 25 de octubre de 2012 se convirtió en miembro de número de la Academia Salvadoreña de la Lengua y actualmente integra la Red Internacional de Investigación en Literatura de Mujeres de América Central, coordinado desde la Universidad de Aguascalientes, en México, D.F.


Por su labor en el área de la investigación, su incesante labor en favor de las letras, su estilo que muchos consideran deslumbrante, así como por su pasión por la poesía, Carmen González Huguet es considerada una de las poetisas más importantes en la historia de nuestro país.


El monólogo teatral "Jimmy Hendrix toca mientras que cae la lluvia", en palabras de su creadora representa un ejercicio de catarsis de tres días y ha sido concebida por ella misma como “una novela hiperconcentrada o un cuento demasiado largo”.


Se han realizado varias lecturas dramáticas de la obra en teatros de San Salvador y en presentaciones privadas. 


La razón por la que propuse el libro de Carmen, es porque hace varios años tuve la oportunidad de asistir a una lectura del mismo realizada por ella y, en esa oportunidad, contó cómo este pequeño e intenso libro es fruto de unos días en los que estuvo como poseída por una fuerza creadora que la llevó a encerrarse a escribir y escribir en medio de un llanto incontrolable hasta que estuvo terminado. Al leer la historia a mí se me encogió el alma y después de conocer la trayectoria de Carmen, cada año al proponer un autor salvadoreño tenía la espinita de que ella es una escritora que debíamos leer en el club, el año pasado la propuse y gracias a ustedes ahora esto empieza a materializarse.

Desde el principio abrigué la esperanza de que si el libro era seleccionado, podríamos invitarla a que nos contara un poco sobre su oficio como escritora de novelas, poemas, sonetos (por disciplina al ritmo de quién marca tarjeta en su trabajo cada día), de docente, de mujer en las artes salvadoreñas que se ha forjado una reputación y se ha metido incluso en ligas de mayor alcance al conseguir hacerse con premios incluso de carácter mundial y quiso la fortuna que pudiéramos coordinar un conversatorio con ella.  ¡Este es nuestro afiche de invitación! 



BIOGRAFÍA 


Ana del Carmen Guadalupe González Huguet, quien firma sus libros como Carmen González Huguet, nació en la ciudad de San Salvador, capital de El Salvador, el 15 de noviembre de 1958. Hija de el profesor Virgilio Juan González Fernández, nacido en Melgar de Arriba, Valladolid, España, y de Ana Gloria Huguet, salvadoreña de ascendencia catalana. 

Sus abuelos maternos fueron el catalán Antonio Huguet, nacido en Valverd de Queralt, Tarragona, y María Josefa Cañas, nacida en Suchitoto, departamento de Cuscatlán, El Salvador. El hermano del padre de María Josefa Cañas fue el poeta Miguel Plácido Peña Martel, cuyos versos aparecen en La Guirnalda Salvadoreña, de Román Mayorga Rivas, publicada en tres tomos en San Salvador, entre 1882 y 1886. Su bisabuelo, Antonio Peña Martel, fue en diferentes épocas alcalde de Suchitoto y de Guazapa.

Carmen cuenta con la doble nacionalidad salvadoreña y española. Fue la primogénita de sus hermanos: Gloria María (1961), María del Pilar (1963) y Juan Antonio (1967). Estudió, desde el kinder hasta el bachillerato en el colegio Sagrado Corazón (San Salvador), donde se graduó como bachiller y taquimecanógrafa en 1976. Entre 1977 y 1980 estudió dos años de la licenciatura en Química, uno en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” UCA, y otro en la Universidad de El Salvador, UES.  No pudo continuar debido al cierre de la UES por parte del Ejército en esos tiempos convulsos en El Salvador, donde iniciaba lo que sería la guerra civil que terminaría con la firma de la paz en 1992. Años después siguió su inclinación hacia la literatura y se graduó de profesora de Educación Media en 1991 y de licenciada en Letras en 1992 en la UCA, la universidad jesuita en la que fue alumna de algunos de los sacerdotes asesinados el 16 de noviembre de 1989, como Ignacio Martín-Baró y Segundo Montes.

Su trayectoria como catedrática la ha hecho pasar por aulas y generaciones en la Escuela Americana, en la UCA, la Universidad “Dr. José Matías Delgado”, la Escuela de Comunicación “Mónica Herrera”, la Escuela Superior de Economía y Negocios (ESEN) y entre una y otra ha acumulando más de veinticinco años de experiencia docente. Además, laboró en publicidad y en medios de comunicación. Fue directora de Publicaciones e Impresos (Concultura) de 1994-1996 y trabajó también como investigadora literaria de 1997 a 1999, siendo parte del equipo académico responsable de la reapertura del Museo Nacional de Antropología de El Salvador Dr. David J. Guzmán.

Además de recibir numerosos premios en concursos literarios celebrados tanto dentro como fuera de El Salvador, diversos artículos y poemas suyos han aparecido en publicaciones periódicas salvadoreñas, como ECA, Taller de letras, Cultura, suplemento cultural Tres mil, Semana, Apertura, suplemento cultural Búho, Tendencias, Gente, Ahora, Revista de la Escuela de Ciencias de la Comunicación de la Universidad “José Matías Delgado” y otras. Publica en Internet la columna Pura nostalgia en el blog El ojo de Adrián. Un artículo suyo apareció en la revista Cuadernos Hispanoamericanos No. 678, en diciembre de 2006.

Carmen dedica gran parte de su tiempo a la investigación y entre sus trabajos en esa rama se incluyen el libro "San Salvador en las alas del tiempo", una edición patrocinada por TACA International Airlines en 1996, y que hizo en coautoría con Carlos Cañas-Dinarte; la compilación, notas y estudio introductorio de los dos tomos de la "Poesía completa de Claudia Lars" editado por la DPI-CONCULTURA en el año 1999 y la investigación Historia de la radiodifusión en El Salvador (1999, inédito). 

De 1998 al año 2000 formó parte del grupo Poesía y Más integrado a su vez por otras conocidas mujeres de las letras salvadoreñas. Dentro de este proyecto cultural contribuyó a la creación de los espectáculos teatrales Poesía bruja y Rezongos de mujer, los cuales se presentaron en diversos auditorios del país.  

Como producto de su trabajo en el área de la investigación, el jueves 25 de julio de 2019 se llevó a cabo la presentación oficial del libro “Muestra de la Literatura Salvadoreña”, donde se analiza la poesía de 10 escritores salvadoreños: Francisco Gavidia, Alberto Masferrer, Salarrué, Claudia Lars, Alfredo Espino, Pedro Geoffroy Rivas, Oswaldo Escobar Velado, Matilde Elena López, Claribel Alegría y Roque Dalton, y se detallan las técnicas, figuras y recursos literarios que usaron para crear sus obras.

Diversos académicos han realizado trabajos dedicados a su obra, entre ellos los ensayos: La otra mujer. Borges, psicoanálisis y construcción de género en Carmen González Huguet, incluido por el doctor Rafael Lara Martínez, del Tecnológico de Nuevo México en su libro La tormenta entre las manos.  Ensayos sobre literatura salvadoreña y De lo femenino y la historia en Centroamérica: contar y recordar en Carmen González Huguet, ponencia presentada por la doctora Nilda Villalta, de la Universidad de Maryland, en la reunión 2000 de la Asociación de Estudios Latinoamericanos. 


El doctor Lara Martínez también ha escrito el ensayo Nación, Recinto de penumbras: El rostro en el espejo de Carmen González Huguet.

FICHA DEL LIBRO
Título: Jimmy Hendrix toca mientras cae la lluvia  
Autora: Carmen González Huguet
Nacionalidad: Salvadoreña | Española
Mes: Septiembre
Viñeta: Autor salvadoreño
Número de páginas: 23
Editorial: Editorial Rubén H. Dimas
Año de publicación: 2004
Idioma: Español
ISBN: 9789996197918
Última edición leída: Marte Editorial
Año: 2019
País de origen: El Salvador

PUBLICACIONES

Poesía

"Las sombras y la luz" (1987)

"Mar inútil" (1994)

"Testimonio" (1994)

"Palabra de diosa" (Panamá, 2005; San Salvador, 2010)

"Glosas" (San Salvador, 2009)

"Bitácora" (Quetzaltenango, 2010)

"Placeres" (Managua, 2010)


Cuento

"Mujeres" (1997) 

(libro de cuentos ganador del II Certamen Centroamericano de Literatura Femenina)

"Leyendas de Cuscatlán" (2017)


Novela

"El rostro en el espejo" (2005, 2011) Novela corta

"Pentagrama" (2015

"Crónicas policíacas" (2017)


Otros

“Jimmy Hendrix toca mientras cae la lluvia" (2004, 2012) Monólogo teatral

“Poesía completa de Claudia Lars" (1999).

PREMIOS 
  • En 1999 su poemario "Locuramor" fue galardonado con el primer lugar en los Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango.
  • Ganó el premio de dramaturgia en los Juegos Florales de San Miguel, en 2003, con su monólogo teatral "Jimmy Hendrix toca mientras cae la lluvia".
  • En 2005, recibió el Premio de Poesía "Rogelio Sinán" de la Universidad Tecnológica de Panamá.
  • Su novela corta "En busca del paraíso" se hizo acreedora al premio de los Juegos Florales de San Salvador en agosto de 2005. Con su primera novela policíaca "Flores de papel" ganó los Juegos Florales de Zacatecoluca en diciembre de 2006.
  • En 2007 volvió a ganarlos con otra novela negra, "Los niños perdidos", con la cual se hizo acreedora al título de "Gran Maestre de novela corta", siendo la única mujer que ha ganado, a la fecha, este galardón en dicha rama.
  • En 2007 recibió un reconocimiento por parte de la Cámara Salvadoreña del Libro.
  • En 2008 ganó los Juegos Florales de Santa Ana con su libro de cuentos "El color de la melancolía".
  • En 2010 ganó su segundo premio en los Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango por su poemario "Bitácora", convirtiéndose en la única escritora salvadoreña que ha ganado este premio en dos ocasiones. Fue ganadora del VI Concurso Centroamericano "Rafaela Contreras" en 2010 en poesía, otorgado por la Asociación Nicaragüense de Escritoras (Anide), que eligió por unanimidad conceder el premio al libro "Placeres".
  • La escritora salvadoreña también fue galardonada con el título de "Gran Maestre" en las ramas de Poesía, Novela corta y Cuento por ganar tres ediciones distintas de los Juegos Florales, convocados por CONCULTURA en cada una de dichas ramas.
  • En 2011, recibió el premio de cultura "Licenciada Antonia Portillo de Galindo", en la especialidad de poesía, otorgado por el Centro Cultural Salvadoreño Americano.
  • En 2017 ganó el Premio Hispanoamericano de Novela en la ciudad de Quetzaltenango, Guatemala, con su obra policíaca "Viento de ceniza"; y el XXXVII premio mundial Fernando Rielo de Poesía Mística, por su poemario "El alma herida"

FUENTES CONSULTADAS

Periódico digital El Faro
Multiplataforma Literofilia
La Prensa Gráfica

lunes, 16 de septiembre de 2019

Mientras agonizo: Estudio sobre Vardaman (II)





VARDAMAN 


Vardaman, en el momento en que debe de enfrentar la muerte de su madre, es embargado por una incapacidad inherente a su edad o a una posible enfermedad, que le hace asumir la muerte de forma pasiva; pasiva, siempre dentro de los términos de la acción concreta como queda reflejado en cada uno de los miembros de la familia. Pero hay que puntualizar que la segunda intervención de Vardaman en la novela, es una muestra incuestionable de los efectos de la muerte en la subjetividad del menor de los Bundren y, a lo mejor, un espejo de la experiencia de la muerte en el corazón humano.

La narrativa de Vardaman después de la muerte de la madre se caracteriza por una ruptura en el orden al que nos pretendía acostumbrar. Si bien su mensaje podría resultar confuso, no es sino la consecuencia de su modo particular de entender y actuar sobre las cosas - entrelazando objetos y cualificándolos fuera de la naturaleza de los mismos -, pero aún y el cansancio que puede provocar, jamás logró ser suficiente argumento para dictaminar una rotunda falta de lógica o al menos coherencia en lo que pretendía comunicar en su primera intervención: es decir, que con más que menos palabras, Vardaman había desplegado un discurso que tenía una finalidad y que con dificultad se le podía catalogar de coherente. Pero llegados a este punto, las pobres directrices que pudieron salvar a Vardaman de lo inentendible, se difuminan en un mensaje roto. 

Mientras Vardaman expresa un interés angustioso por lo que Cash hará ahora que su madre ha muerto, la figura de su padre se ha transformado en una entidad amenazante, un punto en donde se articula una especie de terror: “Pa walks around. His shadow walks around, over Cash going up and down above the saw, at the bleeding plank”; Dewey Dell aparece por su cuenta en forma de mandato y orden: “Dewey Dell dijo que tomaremos plátanos”; y luego se introducen objetos a partir de una mirada que no se sabe si es interna - como maquinación de la mente  - o externa - como exploración visual sobre un objeto concreto. En esa estructura de pensamiento que acosa a Vardaman, una figura del padre que parece venir de la imaginación o el recuerdo, deslizan su discurso hacia el cuestionamiento por su identidad e historia, como si su condición de 'niño de campo' fuera una cosa inútil para la exigencia de la muerte de su madre: y ese cuestionamiento llega hasta el punto de responsabilizar a Dios por una respuesta que introduzca orden, y que disipe el terror y la angustia. Un Dios, aclaro, que es radicalmente distinto de la figura de su padre, y no una personalidad desplazada o extensiva del mismo, ya que al finalizar la interpelación, la figura amenazante del padre-sombra sigue rondando cerca de Vardaman: “¿Por qué no soy un chico de la ciudad, padre? —dije. Me hizo Dios. No le dije a Dios que me hiciera chico del campo. Si puede hacer el tren, ¿por qué no hace que todos sean chicos de ciudad con harina y azúcar y café?”. Angustia, amenaza y orden son aquí símbolos de un cataclismo y pérdida espiritual que dejan al descubierto el dolor de Vardaman y, a la vez, la búsqueda cristiana de una respuesta, de una identidad. ¿Será Vardaman el semblante de Job?

La crisis revela su esencia en el momento en que Vardaman observa a su madre muerta y señala con total seguridad que lo que está viendo no puede ser ella, no puede ser su madre, que sea lo que sea que está ahí es una cosa distinta de su madre. Bajo esta experiencia, Vardaman nos permite entrever la inversión del mecanismo que le permite anudar cosas a partir de una característica común. En el texto de Coy se cita:

Eso no era ella. Yo estaba allí, miraba. Lo vi. Creí que eso era ella, pero no era. Eso no era mi madre. Ella se marchó cuando la otra se echó en la cama y estiró la colcha. Se marchó.  —¿Habrá llegado hasta el pueblo? —Se fue más lejos todavía. —¿Y todos esos conejos y zarigüeyas se van tan lejos? Dios hizo a los conejos y a las zarigüeyas. Hizo el tren. ¿Para qué va a hacer un sitio diferente para que vayan si ella es igual que los conejos? (...) Y si ella le deja es que no es ella. Lo sé. Yo estaba allí. Yo vi cuando eso ya no era ella. Lo vi. Ellos creen que sí es y Cash va a clavar la tapa. Eso no era ella porque eso estaba tirado por ahí, entre la porquería.

Vardaman trabaja sobre el cuerpo de su madre, desdoblándolo por la falta de coherencia entre los dos estados que ha presentado él mismo en un lapso de tiempo. La radicalidad del cuerpo muerto obliga a Vardaman a exiliar la historicidad de su madre y su vinculación, con la ayuda de sus siempre cómplices, animales; así, la falta de congruencia entre la historia y el cuerpo de la madre y la total ausencia de la primera, la rapidez con la que se ha efectuado la mutación y desaparición, solo es equiparable para él con la velocidad de los conejos y zarigüeyas, animales esquivos por naturaleza y posiblemente imposibles de atrapar para un niño que por su edad o alguna enfermedad, se la haga imposible realizar el esfuerzo acertado para atraparlos. La huida de la madre, que “se fue más lejos todavía” del pueblo - posible contorno y fin del mundo geográfico para Vardaman -, es, no solo una estrategia para mantener intachable la identidad de su madre, la preservación de su propia identidad, o al menos lo que queda de ella. 

Sin pretender caer en algún sutil psicologismo, encuentro necesario resaltar el interés moral que Vardaman tiene por la preservación de la identidad de su madre, debido a que el acto de exilio en forma de animal que le adjudica tiene como propósito el mantenimiento ideal de la imagen materna, cosa que podría señalar la edad de Vardaman o brindaría una pista de su condición mental. 

Aún con esta acción redentora de Vardaman, su naturaleza, es decir la manera en que opera sobre el mundo, no le permite pasar por alto el aroma a muerte del pescado que anudaba con la condición de corrupción de la madre agonizante en la cama. El pescado que ya ha sido partido para ser cocinado y comido, vuelve a emerger en esta danza de imágenes y palabras. Aunque en esta aparición, tendrá una forma definitiva que le permitirá a Vardaman mantener una cercanía con esa historicidad que se ha escapado, pero que es necesaria para la estabilidad de su propia identidad, haciendo emerger la sentencia: “Mi madre es un pez”.

domingo, 15 de septiembre de 2019

Mi respuesta a los patriotas | Salarrué


Salarrué - Autoretrato


Mi respuesta a los patriotas

Por Salarrué


Mis amigos me han dicho «Tú que eres sereno, tú que ves las cosas con los ojos adormilados, tú que estás siempre en la tierra del ensueño, en ese mundo irreal a donde los golpes de la marea de aquí abajo no llegan, por lo mismo, por eso, tú debes dar tu opinión en estos momentos en que la patria se encuentra en la indecisión. Apunta tu microscopio y dinos que ves y como lo ves, de algo ha de servirnos, hazlo por patriotismo, dígnate pisar con tus plantas la tierra firme, siquiera por una vez... ».Y se han echado a reír. Conozco en su manera, que lo han dicho en parte como burla amistosa, con el cariño que infunden los locos pacíficos, en parte en serio y es por ello que yo me he quedado perplejo y me he sentido luego como incomprendido, tenido como un ser vago e inútil, de un mundo problemático. Y me he indignado en mi dignidad de hombre y he alzado mi grito de protesta como la voz en el desierto escribiendo esta respuesta a los patriotas sin nombre...

Yo no tengo patria, yo no sé qué es patria: ¿A qué llamáis patria, vosotros los hombres entendidos por prácticos? Sé que entendéis por patria un conjunto de leyes, una maquinaria de administración, un parche en un mapa de colores chillones. Vosotros los prácticos llamáis a eso patria. Yo el iluso no tengo patria, no tengo patria pero tengo terruño (de tierra, cosa palpable). No tengo El Salvador (catorce secciones en un trozo de papel satinado); tengo Cuscatlán, una región del mundo y no una nación (cosa vaga). Yo amo a Cuscatlán. Mientras vosotros habláis de la Constitución, yo canto a la tierra y a la raza: La tierra que se esponja y fructifica, la raza de soñadores creadores que sin discutir labran el suelo, modelan la tinaja, tejen el perraje y abren el camino. Raza de artistas como yo, artista quiere decir hacedor, creador, modelador de formas (cosa práctica) y también comprendedor. La mayor parte de vosotros se dedica en su patriotismo a pelearse por si tienen o no derecho, por si es o no constitucional, por si será fulano o zutano, por si conviene un ismo u otro a la prosperidad de la nación. La prosperidad es para vosotros el tenerlo todo, menos la tierra en su sentido maternal. Capitalistas embrutecidos, perezosos y bribones muestran sus caras abotagadas y crueles a no menos crueles comunistas pedigüeños, sórdidos y rapaces. Mientras estos dos bandos en todos sus grados de intensidad se gruñen unos a otros, nosotros los soñadores no pedimos nada porque todo lo tenemos. Ellos se arrebatan las cáscaras y nos dejan la pulpa : - El pan es mío, todo mío, dejadme vender el pan», gritan unos; «no» dicen otros: «tenemos hambre y el pan es nuestro, porque la tierra es nuestra»... Mientras nosotros los soñadores, sin que nadie se oponga, hacemos crecer la espiga embelleciendo el paisaje, gozamos la música del maizal que sonríe con la brisa, recogemos cantando la mazorca y dejamos el comerla a tarascadas a los puercos. El cafetalero es un pedante que habla del mercado, de la baja, del alza, cuenta pisto agachado sobre las mesas, husmea costales y no ha estado nunca tirado al fondo de un cafetal, en el misterio de las noches de luna ; no nota la belleza del grano sangriento cuando resbala entre los dedos de las cortadoras cantarinas, no conoce el aroma y la leyenda de la flor del cafeto. El azucarero no ha oído nunca el susurro consolador de los cañaverales, ni ha visto meterse al chipuste en marejadas armoniosas. Todos ellos gritan alrededor de una sola cosa: el dinero. Unos quieren ganar el quinientos por ciento y otros quieren que se les suban sus salarios. El comunista usa un botón rojo y habla de degollar, llama justicia al buen pan y buen vino bien compartido, y no han sabido nunca del saber dar a quien todo lo tiene, que es quien nada tiene. El indio del arado y de la cuma que hace el paisaje agrario bajo el sol crudo, está satisfecho de hacer vivir con sus manos toscas y renegridas, manos de Dios, a un pueblo entero que se entrega a una locura llamada política; que no sólo es infructuosa sino dañina. Este indio vive la tierra, es la tierra y no habla nunca de patriotismo. Ni teme al extranjero que nada puede quitarle de lo él, a menos de quitarle la existencia.

Yo que paso en la tierra del ensueño, según vosotros, yo estoy más en el corazón de la tierra, arraigado de verdad y con raíces abajo y queriendo florear por arriba. Si la tierra de Cuscatlán se alzara un día personificada llamando a sus hijos, a mí, de los primeros me reconocería y no a los políticos y a los istas de esta cosa llamada patria. El Salvador y demás zarandejas que simbolizan con banderas y escudos y que señalan con fronteras imaginarias. No, no soy patriota ni quiero serlo; tengo mejor concepto de un guineo patriota que de un hombre patriota. A mí no me agarran ya con esas cosas respetables. Ni siquiera trabajo en Patria, trabajo en Vivir, es decir, no en la patria sino en la vivienda, terruño o querencia, como diría Espino. Vivienda, sí, con sueño y todo, pero viviendo una vida real, la vida que se saborea como vino sagrado. Yo no aro ni siembro ni cosecho la tierra: oficio ante el altar y doy las gracias en nombre de los soñadores cosechando un grano invisible que desgrano de la mazorca de la vida y de la espiga de la costumbre. ¿Qué cosa es vuestra patria que yo no la miro? Me pedís que descienda a vuestra realidad y no sé dónde poner el pie; por todos lados encuentro arena movediza. Si yo os invito a que vengáis a mi terruño, tendréis amplio campo donde correr y sudar; podréis untaros las manos en barro fresco y llenaros el pecho de aire puro. En esa vuestra patria yo sólo respiro odio, cobardía, incomprensión.

¡Qué diera yo por traeros a esta mi tierra Ya los pocos que había conmigo se han marchado; me encuentro casi solo. Solo con el indio contemplativo y la mujer soñadora. Ya no hay Miranda Ruano que escriba Las Voces del Terruño, libro que ya nadie lee; Ambrogi habla constantemente de Quiñonez; los Andino escriben «Política»; Bustamante es empleado de juzgado; Castellanos Rivas se hace Secretario Particular; Guerra Trigueros no oye más caer las estrellas en la fuente inmemorial; Julio Ávila se dedica al comercio; Llerena enmudece; Gómez Campos tiene tienda; Paco Gamboa se doctora; Salvador Cañas «prepara» a sus muchachos; Masferrer ya no canta; Gavidia discute sobre el radio; Chacón hace seguros de vida; Rochac habla de finanzas; Villacorta se queja de la tesorería; Vicente Rosales anda en corrillos; Miguel Ángel Espino es fuente seca; y en fin, me veo solo en la tierra de la realidad, apenas con un Mejía Vides que quiere ir al estero a pintar un tiempo (como Gauguin en Taihiti) y un Cáceres que sueña y llora en los rincones del «Atlacatl».

Sí, ¡qué diera por traeros a esta mi tierra! (Que no es hipotética, como la vuestra): cerros enmontañados, y llanos ondulantes en donde al salir el sol cantan los gallos, en dónde no hay artículo número tal, sino un árbol de grata sombra; en dónde no hay el inciso cuarto; sino el ojo de agua para la sed; en dónde la ley de tal cosa está representada por la lluvia, por la luna o por el viento.

Lírico, sí, es verdad; pero lírico sobre el polvo de la tierra y no prosaico e insípido sobre hediondos conceptos y rancias doctrinas. Lírico bajo el cielo azul, y no sórdido bajo la loza del ismo.

Como me lo pedís, he pisado ya con mis plantas la tierra firme; pero la mía, no la vuestra, que no es firme ni es tierra sino humo (del feo). Lo he hecho porque me habéis obligado, porque al fin habéis conseguido distraerme de mi “éxtasis azul impráctico” y hasta habéis logrado indignarme un segundo. Sabed de una vez por todas, que no tengo patria ni reconozco patria de nadie. Mi campo es más amplio que esa tajadita de absurdo que queréis darme. Mucho más amplio. Ni siquiera el mundo. Ni siquiera el cosmos...

lunes, 9 de septiembre de 2019

El ángel del espejo y otros relatos, Salarrué

«Yo no tengo patria, yo no sé lo que es patria. ¿A qué llamáis patria vosotros los hombres entendidos por prácticos? Sé que entendéis por patria un conjunto de leyes, una maquinaria de administración, un parche en un mapa de colores chillones...no tengo patria pero tengo un terruño... No tengo El Salvador... tengo Cuscatlán, una región del mundo y no una nación». Salarrué.  
Por más de doce años, los miembros del Club de la Buena Estrella hemos recibido enormes gratificaciones emprendiendo memorables viajes a través de la lectura. Grandes autores nos han guiado a sus propios lugares y épocas, mostrándonos de forma simultánea lo universal y lo particular de los seres humanos en cada región y tiempo. Al día de hoy, 165 libros después, nos enorgullece comprobar que nuestro mapa literario abarca más de treinta países en cuatro continentes.

Sin embargo, como Salarrué, nosotros también tenemos terruño. Y allá vamos cada septiembre, en una visita literaria que cumplimos de manera religiosa, sea con la curiosidad y el interés que conlleva descubrir una voz nueva, o bien con la nostálgica alegría de reencontrarnos con las palabras de un viejo amigo al que siempre leemos con agrado. A lo largo de estos años, once autores salvadoreños nos han contado dieciocho historias que, más allá de las cosas universales inherentes al ser humano, tienen el ingrediente especial del arraigo y la identificación que de manera natural ocurre con todo aquello que nos es propio y familiar. 

Este 2019 el turno le corresponde precisamente a Salvador Salazar Arrué (Salarrué), a quien tendremos el honor de leer por segunda ocasión en nuestro club, luego de haber disfrutado en nuestro programa de 2012 con la lectura de Cuentos de cipotes. Nuestro libro del mes es El Ángel del espejo y otros relatos, una antología de la obra de Salarrué publicada en Venezuela por Biblioteca Ayacucho en 1976.

Quien crea conocer a Salarrué por haber leído sus Cuentos de cipotes no podría estar más equivocado, y quien aún no ha leído nada de él no tiene idea de lo que se está perdiendo. Salarrué es muy probablemente la piedra angular de la literatura salvadoreña, la letra nacional pura y auténtica, libre de imitaciones y ajena a la influencia de las corrientes literarias europeas de su tiempo. Leerlo es casi una responsabilidad inherente del ser salvadoreño, pero muy al contrario de la mayoría de las obligaciones, su narrativa supone un reto que termina siendo un verdadero disfrute. 

Ya lo mencionaba hace más de cuarenta años el autor nicaragüense Sergio Ramírez en esa joya de prólogo que antecede la colección de relatos en mención:

"Al enfrentarse el antólogo con la vasta obra narrativa del salvadoreño Salvador Salazar Arrué, más conocido como Salarrué y mejor conocido por su libro Cuentos de barro, descubre en primer término que las fronteras de trabajo literario, delimitan también de manera arquetípica a sucesivas generaciones de escritores centroamericanos que en la primera mitad del siglo XX se empeñaron en conquistar, alentados por una tenaz vocación y entrabados en un opresivo juego de limitaciones, su porción de universal latinoamericano."

Que la influencia de Salarrué sea evidente en muchos otros escritores costumbristas posteriores, que Sergio Ramírez en 1976 o Roque Dalton en 1967 hayan trabajado en sendas antologías de su obra, y que muy probablemente el mismo Salarrué haya descubierto en El libro del trópico de Arturo Ambrogi el combustible inicial de sus letras de tinte nacional y regionalista, nos dan una idea de los trazos que de generación en generación van construyendo la identidad nacional, así como el lenguaje que la ha dejado plasmada en la letra impresa y en la memoria salvadoreña y centroamericana.

Quedan pues, cordialmente invitados a leer con nosotros El ángel del espejo y otros relatos, uno de los libros mejor votados en nuestras elecciones de octubre de 2018, un abordaje necesario para entender mejor la literatura salvadoreña y un viaje literario que puede ser de gran ayuda para encontrarnos a nosotros mismos.

Sinopsis

El narrador salvadoreño Salarrué (Salvador Salazar Arrué, 1899-1975) resume el universo narrativo centroamericano del siglo XX a través de los dos hemisferios simétricos de su literatura: la cuentística realista que en Cuentos de barro, Trasmallo y Cuentos de cipotes rescata las profundas raíces populares mediante una exaltación mágica del lenguaje, y la cuentística esotérica que desde O'Yarkandal hasta Remotando el Uluán reconstruye los viajes purificadores de los antiguos libros sagrados con un erizamiento sensorial. En uno y otro hemisferio Salarrué construye sus cuentos sobre la fuerza de las imágenes inéditas, la concentrada brevedad, la totalización de los temas a manera de metáforas, el incesante diálogo del bien y del mal.

Ficha del libro

Mes: Septiembre de 2019
Viñeta: Autor salvadoreño
Título del libro: El ángel del espejo y otros relatos
Autor: Salarrué
Nacionalidad: Salvadoreña
Año de publicación: 1977
Esta edición: 1985
Editorial: Biblioteca Ayacucho, Venezuela.
Número de páginas: 382



Metas de lectura
  • Jueves 5
    • Prólogo de Sergio Ramírez
    • El Cristo negro 
    • O'Yarkandal 
    • Remotando el Uluán 
  • Jueves 12
    • Cuentos de barro
    • Trasmallo 
    • Eso y más
  • Jueves 19
    • La espada y otras narraciones

El autor

Salvador Salazar Arrué (Sonsonate, 1899 - San Salvador, 1976) 
Artista y escritor salvadoreño. También conocido por el seudónimo de Salarrué, fue una de las voces fundamentales de la literatura hispanoamericana por su concisión y fuerza en la recreación de la realidad de su pueblo. Su identificación con el mundo del campesino salvadoreño y sus exploraciones en los asuntos esotéricos orientales y de ciencia ficción han llevado a valorarlo como uno de los iniciadores de la nueva narrativa latinoamericana y como destacado exponente de la cultura de su país. Sus Cuentos de barro (1933), relatos de extrema brevedad, contribuyeron a forjar la estética del cuento hispanoamericano.

Instalado con su familia en la capital salvadoreña desde los ocho años, a los diez años publicó ya sus primeros textos en el Diario de El Salvador. Formado en el Liceo Salvadoreño, el Instituto Nacional y la Academia de Comercio, estudió además pintura y dibujo con el maestro greco-ruso Spiro Rossolimo, y más tarde, gracias a una beca, en la Corcoran School of Art de Washington, donde con veinte años realizó su primera exposición individual en la Hisada's Gallery.

De regreso a El Salvador, contrajo nupcias con la artista Zelie Lardé y comenzó a prestar servicios laborales en la Cruz Roja. En 1928 fue contratado como redactor jefe del diario Patria, dirigido por los escritores Alberto Masferrer y Alberto Guerra Trigueros. Publicó allí artículos y su primeros relatos, reagrupados luego en Cuentos de cipotes. Fundó y dirigió las revistas Amatl y Espiral; a lo largo de su vida colaboraría en numerosos rotativos y revistas literarias y artísticas.

Miembro de la Sociedad de Amigos del Arte (1935-1939), durante varios años trabajó como agregado cultural de la delegación diplomática en Estados Unidos, y participó en la Conferencia de Educación organizada en julio de 1941 por la Universidad de Michigan. Alternó la literatura con la pintura; se recuerda especialmente el éxito de sus exposiciones en Nueva York y San Francisco (1947-49) y de algunas de las que realizó posteriormente en su país y de nuevo en Estados Unidos entre 1958 y 1963. Otra de sus facetas artísticas fue la de compositor: se le deben más de un centenar de canciones.

En 1963 ocupó el puesto de Director General de Bellas Artes, y en 1967 fundó, en el parque Cuscatlán, la Galería Nacional de Arte (actualmente conocida como Sala Nacional de Exposiciones), centro cuya dirección asumió. Desde 1973 hasta su fallecimiento fue asesor cultural del gabinete del Director General de Cultura, Carlos de Sola.

La obra literaria de Salarrué lo ha colocado en el justo papel de clásico no solo de la literatura salvadoreña, sino también de la cuentística en castellano. Su peculiar costumbrismo es más bien un énfasis en la lengua de su pueblo, una visión tierna de los pequeños seres que atraviesan, con su ternura y miseria, los paisajes de su país. Escribió acerca de campesinos y desplazados de las urbes, identificándose con sus problemas y rasgos, así como con su materia verbal, que reproduce la tensión idiomática entre los dialectos, las lenguas indígenas y el castellano.

En su caso también se ha hablado de realismo mágico: un buen ejemplo de ello es el célebre cuento El anillo de Oricalco, que desarrolla el tema de la muerte, los indios magos y el tópico del anillo encantado. Sus primeras novelas fueron El Cristo negro (1927) y El señor de la burbuja (1927). Con O´Yarkandal (1929), recopilación de relatos, dio a conocer sus primeros cuentos fantásticos.

Entre sus títulos posteriores deben destacarse Remontando el Uluán (1932), Cuentos de barro (1933), Conjeturas en la penumbra (1934), Eso y más (cuentos, 1940), Cuentos de cipotes (1945; 1961, edición íntegra), Trasmallo (cuentos, 1954), La espada y otras narraciones (1960), La sed de Sling Bader (novela, 1971), Catleya luna (novela, 1974) y Mundo nomasito (poemas, 1975). Entre 1969 y 1970, a instancias de la editorial de la Universidad de El Salvador, el poeta y narrador salvadoreño Hugo Lindo se encargó de prologar los dos tomos de las Obras escogidas de Salarrué, quien intervino directamente en la selección de los textos.

Referencias


https://www.biografiasyvidas.com/biografia/s/salazar_arrue.htm


lunes, 5 de agosto de 2019

Series CBE: "Y sin embargo se mueve" (Capítulo 8)



Buenos Aires, 1956

Contemplo la impoluta blancura del papel que estuve a punto de profanar y me divierte mi propia estupidez. ¿Qué sentido tiene ahora escribir una carta en respuesta a Ñato Iberra? En breves instantes no existiré más. De mí, de Jacinto Chiclana... no quedará recuerdo, vaho ni huella. Si no hay creador no hay obra. Si no hay pies no hay pasos. Si no hay puño tampoco puede haber letra. 

En cuanto a Iberra, el pobre diablo se desvanecerá en la nada mientras me espera en la esquina de Rincón y Rivadavia, del mismo modo en que yo me borraré del todo a varias cuadras de ahí, en este edificio de la calle México, en esta babel de libros y volúmenes: el majestuoso reino del dios ciego cuyos días me apresuro a cortar con un cuchillo. No pude haber elegido mejor lugar y tiempo para matar y morir, para nacer al olvido, para abortarme de cuajo de todas las realidades y ficciones, para arrancarme de raíz de todas las dimensiones y épocas. 

Nunca antes fui tan consciente de que al matar a un hombre también se mata de un tajo su simiente, se evita su descendencia. Si matas a un dios también acabas con su obra, lo despojas de su divinidad, impides su culto. Eliminar al hacedor antes de que me haya creado será el suicidio más excelso y la rebelión más sublime. Me lo llevaré conmigo.

Hurgo en mi decrépita memoria y no encuentro remordimiento alguno. Apenas he sido el arma ejecutora en la mano del criminal, y no se puede culpar al cuchillo por la sangre derramada. Es mi naturaleza, mi propósito, acaso mi destino. He visto a los ojos a Maneco Uriarte, Duncan, Juan Dahlmann, Juan Almanza y Juan Almada. Incluso a Juan Iberra, a quién eliminé para salvar a su hermano menor, el Ñato, de la indigna muerte de un balazo. Todos me han entregado una última mirada de buey manso resignado al degüello. Como yo, cada uno de ellos también fue creado con las mismas letras. Son mis hermanos de tragedia. 

Pero yo no moriré la muerte que está escrita para mí. He abierto los ojos, sé la verdad. Ergo, soy libre de morir a mi manera. Ahora puedo distinguir con claridad cada detalle, cada contorno. Mi lucidez contrasta de manera aguda con la ceguera del hacedor. Le veo recorriendo los pasillos, deteniéndose frente a cada anaquel, tomando cada volumen entre las manos, esforzando sus ojos sin luz en un vano intento por descifrar las letras. Le veo suspirando, aceptando la noche, contemplando la ironía, acariciando los lomos de los libros ya ilegibles para sus ojos apagados.

—​Señor Borges.

—​Al fin te decides a hablarme.

—​¿Me conoce? ¿cómo puede conocerme? ¿cómo, si no ha podido verme, sabía que yo estaba aquí?

—​Habrás notado que mis ojos no perciben nada que no sea una luz intensa, y estoy seguro de haber visto el destello de un cuchillo. Además, he podido sentir tu presencia, Jacinto. 

—​No es posible, ¡no hay manera de que sepa quién soy, aún no ha escrito nada sobre mí!

—​Que un individuo quiera despertar en otro individuo recuerdos que no pertenecieron más que a un tercero es una paradoja evidente.

—​¿De qué tercero habla? ¿qué paradoja?

—​Es con tus ojos que puedo ver con claridad, es a través de ti que me someto a la ley del cuchillo, a la vida que no tuve, a la muerte que no tendré. ¿Piensas que te inventé yo? No Jacinto, te equivocas. Te creó hace mucho el otro Borges, el joven que seguiste por el Buenos Aires de otros pagos. Acabar conmigo no acabará contigo, porque es para eso que has venido, ¿no es cierto?

—​¿El otro Borges? ¡no es verdad! ¡no puede serlo! ¿cuántos Borges hay?

—​Miles. El tiempo es la sustancia de la que estoy hecho. El tiempo es un río que me lleva, pero yo soy el río; es un tigre que me devora, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. Y del mismo modo hay miles de instancias de Jacinto Chiclana, de Ñato Iberra, de Buenos Aires, del universo. Hay tantas instancias, con tantas y tan diversas variaciones, como bifurcaciones hay en cada sendero del jardín. A veces eres mi hijo leal, en otras mi hijo pródigo, y en otras tantas eres mi Absalón sublevado. Algunas veces incluso eres Iberra. En la más genial e inesperada de las bifurcaciones, yo soy Chiclana y tú eres Borges. Tu historia y la mía forman un volumen cíclico cuya última página es idéntica a la primera. Esta es la última página. ¿Crees que no la hemos vivido antes? ¿que no se repetirá hasta el infinito? Otro Jacinto Chiclana camina ahora por Rivadavia, dirigiéndose a lo inevitable, hacia la esquina maldita donde lo espera Ñato Iberra. El filo de la muerte es tu destino, el más digno de los finales. Tu sacrificio es tu gloria. Sin embargo hay otra mano, otro sentido. Puedes quedarte aquí, puedes matarme. En realidad me encantaría que lo hicieras. Puedo darte mi soledad, mi oscuridad, el hambre de mi corazón, estoy tratando de sobornarte con incertidumbre, con peligro, con derrota. Porque la palabra escrita queda indemne, rematando el final oficial y eterno, que solo inmortaliza la verdad del victorioso.

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