martes, 28 de febrero de 2017

José Luis Sampedro, notas biográficas

Y llegamos al final de febrero, al final del mes en que bajo la viñeta "Amor" y de la mano de un abuelo italiano, hablamos del amor en el Club de la Buena Estrella.

Quiero darles las gracias primero por haber votado por mi propuesta y segundo por haberse animado a leer el libro, gracias también por haber compartido tantas cosas de sus pensamientos, sentimientos y anécdotas familiares en este mes. Para mí ha sido una alegría muy grande poder compartir con ustedes un libro tan querido y que nos haya hecho ir más que a un sitio de emociones como en sube y baja, hacia ese sitio donde los recuerdos afloran ya sea para reír, para sentir nostalgia, rabia o incluso para llorar.

En el último día del mes les dejo los datos biográficos de Sampedro (muchos de ellos los conocimos en la primera reunión del mes).

Resumir 96 años sería difícil tratándose de cualquier vida. Resumir 96 años sobre una tan completa y diversa como la de José Luis Sampedro es una tarea para expertos.

Por mi parte, sintiéndome una simple mortal que se maravilla con cada cosa que va conociendo de una persona con tanta luz y que a la vez se siente privilegiada por estar viva y tener como referente a personas que se interesan -aún en estos tiempos- más por el ser que por el tener y viven en consecuencia, para que quede registrada aquí en el blog del Club de la Buena Estrella, me he tomado la libertad de elegir algunos acontecimientos de la vida de José Luis Sampedro y que le marcaron, como él mismo lo diría, de forma "perenne y definitiva" desde la más corta infancia hasta su muerte el 8 de abril de 2013. 

Agradezco la oportunidad de haber sido moderadora de su libro "La sonrisa etrusca" en este febrero de 2017 y espero que en el futuro sigamos teniendo grandes encuentros y ¡felices lecturas!

  
"José Luis Sampedro (JLS) es economista de formación por casualidad (era la única carrera que se estudiaba por la tarde), ha sido catedrático de Estructura Económica, senador y asesor del Banco Exterior, y es académico de la Real.

Empezó a escribir de forma perseverante a los 20 años, pero hasta los 64 no fue admitido en lo que él llama “la órbita literaria” o “la nómina oficial de escritores”. Sus primeras novelas, del 37, no vieron la luz hasta el 92 (55 años de espera). Mientras, publicaba novelas, piezas dramáticas y ensayos, cada nueve años, aproximadamente, sin mayor pena ni gloria, sin esperarla tal vez."

Palabras de Olga de Lucas, su compañera hasta el fin, 
en una entrevista concedida al periódico El Mundo en enero de 2004 

José Luis Sampedro
96 años en breve


Barcelona 1917
Nace en Barcelona. La variedad de influencias que recibe serán fundamentales en su obra: su padre nació en La Habana, su abuelo en Manila, su madre en Argelia y su abuela en Lugano, Suiza italiana.

Tánger 1918-1924 
Traslado familiar a Tánger. "Aunque bajo la soberanía del sultán, estaba administrada por varios países y tenía un estatuto internacional, con una población de origen muy variado".
Allí residirá hasta los 13 años. "El más antiguo de mis recuerdos data del patio de recreo del colegio del Sagrado Corazón, regido por padres franciscanos". En Tánger nacieron sus hermanos Carlos y Carmen.

La infancia de Sampedro se desarrolló, pues, en la “zona internacional de Tánger”, un protectorado ejercido por varios países. Él mismo afirmó en su libro El río que nos lleva que “el haber pasado mi infancia en Tánger ha sido para mí un inmenso regalo del destino, perenne en mis raíces y marcándome definitivamente”. Destacaba el carácter internacional de la ciudad con una gran diversidad de personas, culturas y religiones, lo que le enseñó a respetar y comprender “lo diferente”, a educarse en la tolerancia.

“Aquel Tánger de los años veinte, donde transcurrió mi infancia, era ciudad internacional, en la que convivían en igualdad todos los países”.






Aranjuez, un lugar mágico 1924
Cuando  tenía 13 años a su padre, que era el director del hospital español en Tánger, lo trasladaron a Aranjuez (Madrid). Según sus propias palabras, un lugar mágico que él ha descrito con profusión en algunas de sus novelas, y donde vivió su adolescencia.   
Afirmó hasta su muerte que en ese tiempo nació su deseo de ser escritor y no tanto por lo que hubiése escrito en aquella época, sino por los libros que descubrió y que le dejaron fascinado como el de la escritora sueca Selma Lagerlöf, La saga de Gösta Berling. «Me dejó tan impresionado, que Gösta Berlin, el protagonista, y sus amigos, que eran los Caballeros de Ekeby, sustituyeron para mí por bastante tiempo a D’Artagnan y los tres mosqueteros».       

En palabras de Olga de Lucas: "Él siempre dijo que el hombre nació en Barcelona, pero que el escritor nació en Arajuez.  Aranjuez él lo definía como su paraíso de Edén. Aunque al principio lo pasó un poco mal porque al llegar allá añoraba la población multiétnica de Tánger"




La guerra civil 1936-1939
Llega la guerra. Sampedro es un hijo de la derecha educado ("en casa se leía el ABC") y, por entonces, entiende que el socialismo implicaba ¡anarquía! Es movilizado por el Ejército republicano. Después se incorpora al llamado Ejército nacional. Pasa la guerra en Melilla, Cataluña, Guadalajara y Huete (Cuenca). Estas convulsiones las calma con la escritura de poesía. "Lo más grato en esos momentos fue encontrarme con mi padre (...), desengañado con los acontecimientos con más fundamento que yo mismo". 


Madrid 1940
Funcionario de Aduanas en Melilla. Pide traslado a Madrid, donde realiza sus estudios de Ciencias Económicas, consiguiendo la Licenciatura con Premio Extraordinario en 1947. Al acabar la guerra, escribe su primera novela, La estatua de Adolfo Espejo que no será publicada hasta 1994.

1944
Comienza a estudiar Económicas. Boda con Isabel Pellicer.


1946
Nace su hija Isabel.


1947
Termina la carrera y es nombrado profesor encargado. Escribe "La sombra de los días".


1948
Entra en el Servicio de Estudios del Banco Exterior de España. Escribe su primera obra de teatro "La paloma de cartón".


Economista 1951
Asesor del Ministro de Comercio. Escribe sus dos primeras obras de economía: "Principios prácticos de localización industrial" y "Efectos de la unidad económica europea".


1955-1958
Catedrático de Estructura Económica, puesto que ocupará hasta 1969. Compagina esta actividad con la de economista en el Banco Exterior, donde se ocupa de crear un servicio de estudios. Continúa en el banco como asesor hasta 1969, alcanzando el nivel de subdirector general. Escribe "Un sitio para vivir" (teatro). Publica "Realidad económica y análisis estructural" y "El futuro europeo de España".


Novelista

1961
Publica "El río que nos lleva".


1965-66
Publica "Perfiles económicos de las regiones españolas" y "Las fuerzas económicas de nuestro tiempo". Al ser expulsados de la universidad los profesores Aranguren y Tierno Galván, se une a ellos, junto con otros profesores, para crear el Centro de Estudios e Investigaciones (CEISA) que sería cerrado por el Gobierno tres años después.


1968
Es designado "Ann Howard Shaw Lecturer" en la universidad norteamericana "Bryn Mawr College".


Profesor emigrante

1969-70
Ante las deportaciones de catedráticos de la Universidad de Madrid, decide aceptar un puesto de "Visiting Professor" en las universidades inglesas de Salford y Liverpool. A su vuelta pide la excedencia en la Universidad de Madrid y publica "El caballo desnudo", una sátira que le permitirá desahogar sus frustraciones ante la situación del país.


1971-1975
Regresa al Ministerio de Hacienda como asesor económico de la Dirección General de Aduanas. Imparte cursos en la Escuela Diplomática, el Instituto de Estudios Fiscales y en la Universidad Autónoma de Barcelona. Durante este periodo escribe "Conciencia del subdesarrollo" y "La inflación en versión completa".


1976
Vuelve al Banco Exterior como economista asesor.


Político

1977
Senador por designación real en las primeras Cortes democráticas. Vicepresidente de la Fundación Banco Exterior.


1980
Nace Miguel, su único nieto, el cual inspirará su obra más leída, "La sonrisa etrusca".


1981
Publica "Octubre, octubre", una extensa novela que le había ocupado veinte años de trabajo, y que él mismo ha calificado como "su testamento vital".


1984
Retorna a la Dirección General de Aduanas, donde le llega la jubilación.


Reconocimiento literario

1985
Publica "La sonrisa etrusca", la novela que le proporciona una popularidad absoluta.


1986
El apogeo, sin embargo, coincide con la trágica noticia de la muerte de su esposa.


1990
Elegido miembro de la Real Academia Española. Su heterodoxo discurso de ingreso, "Desde la frontera" tiene mucho que ver con el tema de su obra "La vieja sirena", publicada ese mismo año, que es un canto a la vida, al amor y a la tolerancia.


1992-1995
En 1993 publica "Real Sitio", una declaración de amor a la ciudad que despertó su vocación literaria. Cierra así una trilogía llamada "Los círculos del tiempo", junto con "Octubre, octubre" y "La vieja sirena". Tras una grave enfermedad cardíaca sufrida durante una estancia en Nueva York, en la que estuvo al borde de la muerte, publica el relato "Monte Sinaí" donde narra su experiencia en un hospital neoyorquino.


1996-2001
Su novela más reciente, "El amante lesbiano" publicada en el año 2000, acapara la atención de la crítica que la considera un grito contra todas las formas de opresión de las diversas opciones sexuales desde la libertad alcanzada a los 83 años.


En la sala de espera

Tras "El amante lesbiano", José Luis Sampedro, también se instaló en la sala de espera de su cardiólogo. Afortunadamente, la espera es larga y muy bien aprovechada: le ha dado tiempo a volverse a casar, a doctorarse nuevamente, esta vez Honoris Causa por la Universidad de Sevilla, a seguir impartiendo conferencias y a publicar los siguientes títulos:

2002
El mercado y la globalización. Un ensayo divulgativo ilustrado por Sequeiros acerca de los mecanismo del mercado y la mal llamada Globalización.


2003
Los mongoles en Bagdad. Un grito contra la tecnobarbarie de la guerra de Irak.


2005
Escribir es vivir (en colaboración con Olga Lucas). Un ciclo de conferencias sobre su obra impartidas por él y convertidas en autobiografía narrada por Olga Lucas.


2006
Conversaciones con Carlos Taibo sobre política, mercado y convivencia. Como su mismo título indica, un ensayo divulgativo acerca de temas de actualidad en forma de diálogo con el profesor Carlos Taibo.


2006
La senda del drago. Novela fruto de su preocupación por la preservación de la naturaleza frente a la codicia y de su amor por la isla de Tenerife.


2008
La Ciencia y la Vida,  con Valentín Fuster y Olga Lucas. Conversaciones con el cardiólogo Dr. Fuster sobre la salud y el papel del individuo en nuestra sociedad recogidas por Olga Lucas en un libro inclasificable de clara intención divulgativa.


2008
La balada del agua. Un diálogo entre los cuatro elementos escrito para la Tribuna del Agua de la Exposición de Zaragoza.


2009
Economía humanista, algo más que cifras. Artículos de economía desde 1947 recopilados por Olga Lucas, seleccionados y prologados por Carlos Berzosa.
2003
Se casa en Alhama de Aragón (Zaragoza) con la escritora, poetisa y traductora Olga Lucas. Desde hacía tiempo pasaba parte del año en Tenerife, una tierra cuyos símbolos, el drago y el Teide, le sirvieron para componer La senda del drago.  

2011
Ejerció su humanismo crítico acerca de la decadencia moral y social de occidente, del neoliberalismo y las brutalidades del capitalismo. En referencia a esto, puso su grano de arena en las protestas en España de mayo de 2011 escribiendo el prólogo a la edición española del libro ¡Indignaos!, de Stéphane Hessel.  

8 de abril de 2013
Falleció en Madrid, a los 96 años de edad.

Distinciones

2005 recibió, entre otras distinciones, la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes (2005), la Medalla de Honor de la Universidad Complutense (2008), el Premio Internacional Menéndez Pelayo (2010) por sus «múltiples aportaciones al pensamiento humano», la Orden de las Artes y las Letras de España (2010) por «su sobresaliente trayectoria literaria y por su pensamiento comprometido con los problemas de su tiempo», el Premio Nacional de las Letras (2011) y el Premio Escritor Gallego Universal (2012).


Fue doctor honoris causa por las universidades de Sevilla y Alcalá, profesor visitante en las universidades inglesas de Salford y Liverpool y Ann Howard Shaw Lecturer en la universidad norteamericana Bryn Mawr College. En 1977 fue nombrado senador por designación real, llegando a ser presidente de la Comisión de Medio Ambiente del Senado.

2012
Homenaje de la Universidad Complutense de Madrid, donde primero fue alumno y luego catedrático de economía por décadas, titulada: La escritura que nos lleva.

Es una exposición que la Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla realizó en junio de 2012 (meses antes de su muerte), para conocer la vida y obras del en ese momento último Premio Nacional de las Letras Españolas, y además de hacerlo de su propia mano. Y es que pese a que solo unos pocos privilegiados tuvieron la oportunidad de recorrer la muestra junto al autor y escuchar sus explicaciones y comentarios, la exposición permitió conocer a través de sus propios manuscritos, correcciones y comentarios impresos, cómo Sampedro ha trabajado en sus obras literarias, desde sus primeros escritos de 1935, sus obras teatrales de juventud o sus primeros cuentos hasta su Cuarteto para un solista, publicado el pasado año, pasando por supuesto por sus obras de plenitud como La sonrisa etrusca, Octubre, octubre, La vieja sirena o El amante lesbiano.

Así los visitantes conocieron los folios mecanografiados de las cuatro versiones de Octubre, octubre los que apilados medían 126 centímetros, y comprobaron, por ejemplo, cómo Sampedro creaba una biografía completa para cada uno de los personajes que aparecen en sus libros, por intrascendente que sea su papel, ya que "solo sabiendo lo que han vivido antes puedo saber cómo reaccionarán cuando entran en mis obras". También vieron las mil y una correcciones que de su puño y letra se añaden a los originales mecanografiados, o cómo ha conservado las cartas que sus lectores le han enviado. O incluso las fotografías, recortes de periódicos o utensilios que le han inspirado.

La exposición no es el único regalo que la organización de la II Semana Complutense de las Letras ha hecho a Sampedro. Una edición no venal de 300 ejemplares, titulada José Luis Sampedro en mil y una lenguas, en la que tres fragmentos de textos del autor son traducidos a 40 lenguas, es otro regalo maravilloso.

Portadas

 Novelas














Historias/novela cortas















Teatro












No ficción
 





















































Biografía/ Memorias
















Otros géneros
























2017
Homenajes en su centenario
El 2 de febrero, Penguin Random House quizo homenajear a José Luis Sampedro en el centenario de su nacimiento recuperando el texto "La balada del agua" obsequiándoselo a sus fieles lectores. Un hermoso texto sobre la naturaleza y el ser humano. (Información sobre el texto aquí).

«Destruir el mundo en que vivimos es destruir la casa en que habitamos», solía decir José Luis Sampedro. Y es que la preocupación por los problemas medioambientales y la sostenibilidad del planeta fue constante a lo largo de toda su vida y de su obra.
Para la celebración de su centenario se organizó también la muestra bibliográfica "Las lecturas de José Luis Sampedro: Amo los libros pero no me gusta coleccionarlos", que se puede visitar hasta el 16 de abril en la antesala del Salón de Lectura.

Asimismo se celebró una lectura pública de sus escritos, en la que los participantes elegieron algún fragmento de no más de 280 palabras que les haya impactado especialmente de la obra de Sampedro.

Distintos institutos y bibliotecas municipales llevaron también a cabo homenajes y conferencias sobre su figura, destacando la dilatada labor docente que desarrolló y su cercanía con los alumnos.
 


José Luis Sampedro, 
nuestro escritor del mes en febrero de 2017

martes, 14 de febrero de 2017

Toda una vida, José Luis Sampedro | Olga Lucas

"Enamorarse es amar las coincidencias, y amar, enamorarse de las diferencias"
Jorge Bucay – Silvia Salinas, Amarse con los ojos abiertos, 2002


En este 14 de febrero, fecha que da sustento a todo un mes relacionado al tema del amor y la amistad y que es la razón por la cual bajo la viñeta "Amor" en el Club leemos siempre un libro referente al tema, les comparto esta entrevista a José Luis Sampedro y Olga Lucas, su compañera hasta el final de sus días, en la que a dos voces nos cuentan cómo se conocieron y cómo empezó su historia.


 
Extractos de una entrevista para el periódico El Mundo (ES) publicada en enero de 2004 
P/Elena Pita, fotografía de Chema Conesa

Utiliza José Luis Sampedro (Barcelona, 1917) una imagen de campo para ilustrar su andar con la poeta Olga Lucas (Toulouse, 1947). Le llama la “teoría de los bueyes: ¿nunca has visto dos bueyes tirando de un carro? Van los dos casi tumbados el uno contra el otro, formando una especie de pirámide. Pues así es como andamos nosotros: yo me apoyo en ella, y ella, en mí”.

Bueyes. “No sé otros escritores”, dice Olga, “pero a nosotros nos va muy bien compartir, tal vez porque somos normalitos. A José Luis se le suponen los defectos de los escritores, las rarezas, pero él se ha ganado el pan con otros trabajos, no se ha pasado la vida en el café Gijón (un ejemplo) llorando sus desgracias o celebrando sus éxitos. No, él se levantaba tempranito a escribir, no ha ido por ahí de artista”.
 
Tiene Olga Lucas al hablar un notable acento que ni los expertos en fonética aciertan a ubicar, entre francés sureño y magiar, o puede incluso confundirse con checo, porque tomen nota de sus lenguas progresivas: castellano materno a la vez que francés, luego habló checo y húngaro, y ruso en las escuelas; con 15 años era intérprete oficial del Gobierno de Budapest, y es capaz de traducir literatura de los cuatro idiomas al castellano. 

Imagínenlo paciente, con esa cara que se le pone cuando calla y escucha, apretando sus labios finos en una sonrisa sempiterna y tierna, cargada de sabiduría. ¿Fue ese silencio, que los dos tan bien conocen, decisivo para la complicidad que les une? “Yo no diría que el factor que nos unió inicialmente fuera literario, no: fue simplemente humano”, dice él. “Creo que yo le interesaba más como persona que como escritor, pero una vez creado el deseo de aproximación, la comunidad por la literatura se revela muy importante. Si Olga fuera una mujer que no leyera, por ejemplo, a mí me faltaría comunicación. Compartirlo es un factor muy positivo”.
 
De cómo sucedieron los hechos hay varias versiones, todas del año 1997. La de Olga es la oficial. Y, cuente, cuente, le pido. “¡Pero si no hago más que hablar yo!”. Olga Lucas se enamoró de José Luis Sampedro en la televisión, en un programa de hace al menos 25 años, en blanco y negro, sintió que era el hombre de su vida y tuvo pena de que no fuera real, sino un ser de aquella “órbita literaria” que salía en la tele. “Pero yo tengo la cabeza bien amueblada, no hice ninguna tontería de esas como escribirle, acercarme a él o... No, nada. Lo mantuve en mi mente como un amor imposible, un referente como lo han sido también Saramago o Benedetti, entrañables”.

Sabido es que el autor de La sonrisa etrusca visita todos los años las Termas Pallarés, en Alhama de Aragón, “sólo falté el año en que mi mujer murió”. Y hete aquí que Olga Lucas, casualmente, también visitaba el balneario, con un grupo de amigas, también todos los años, pero éstas en temporada baja: nunca habían coincidido. Hasta que un año, el 1997, principios de septiembre, por circunstancias de la vida las amigas adelantaron su cita con las aguas sulfurosas, y el escritor la retrasó. Así que cuando ella llega a Pallarés, ella siempre renegando de los viejos pobladores de aquella casa, diciendo ay si estuviera aquí (el ilustre) Sampedro otra cosa sería, ella llega y las amigas: ¿tú no querías ver a Sampedro en el balneario? Pues ahí lo tienes.

Pasaban los días y en aquella tertulia de viejas amigas se estableció una especie de apuesta, a ver si Olga se atrevía a hablarle, a ver, pero él se presentaba en los lugares comunes parapetado detrás de un libro; no sería ella, de educación tan prusiana, quien se atreviera a romper la paz del escritor. Si así iba, parapetado, sería que nada quería del resto. (“Y mientras, yo en la higuera, claro”, intromisión de JLS en el relato de la versión oficial). 

Pero una noche, sí, una noche ella llegó la primera a la antesala de la cena, en aquellos salones de techo altísimo, oscuros, solitarios, y él, el segundo, enfundado en su libro. Entonces Olga musitó: “Voy a cambiarme de lugar para no darle la espalda, ya que somos aquí los dos únicos habitantes”. Y él, inmediatamente, “no, no, el que se cambia de sitio soy yo”. Cerró el libro y se pusieron a hablar. La invitó a cenar, pero ella declinó, tenía cita con sus amigas. Quedaron en verse la noche siguiente, y la siguiente más, y pasearon, tomaron café, conversaron; fueron solo tres días, pero cuando Olga regresó a su casa de Valencia ya tenía una carta y un ramo de flores esperándola. Era el comienzo de algo grande. 

Y la otra, ¿la otra versión? Sampedro ha tejido una de esas fantasías que tanto le gustan, y cuenta que “todo fue una operación de estrategia. Ella y sus amigas se pasean por el balneario con walkie-talkies: águila negra llamando a nube verde, la pieza sale del hotel y se acerca al parque; tortuga a delfín azul, ahora se sienta frente al lago... Al final, ella se hace la encontradiza”. Y aquello se convierte en un cuento de hadas: al cabo de un año de viajes, teléfonos, visitas, “la cosa se fue estrechando y decidimos vivir juntos”.

Coincidiendo con la jubilación anticipada de Olga, funcionaria hasta entonces de la Generalitat valenciana, porque tiene una minusvalía invisible del 70%, que nadie podría adivinar, bajo ese aspecto saludable de matrona polaca, su aire ario, tez blanca, enorme estructura, pelo y ojos ceniza. “No se ve pero estamos muy fastidiados”, dice él. “Así que juntos lo llevamos mejor, estupendamente”. Bueyes.  


Usos o manías del escritor, como la de no utilizar el ordenador, “porque la facilidad de corregir que da perjudica el estilo, que cuanto menos correcto y menos bello, más personal es”, dice Sampedro. “Mi valor primario es la autenticidad, detrás de esas líneas hay un ser humano. Para mí es fundamental creerme lo que escribo, que no es lo que vivo sino al revés: yo invento una vida en el papel y me identifico con ella. He sido partisano en Calabria, y lesbiano, y sirena: uno es todos los personajes que inventa”. También Olga escribe primordialmente a mano, “porque a la velocidad de la mano me expreso mejor”. 

¿Y los lugares de trabajo, también los comparten?. JLS: “Tenemos sillas diferentes”. Olga: “El problema es que somos muy nómadas, cuando nos juntamos, como los papeles de los dos no cabían en una sola casa, nos quedamos con las dos, para vivir a medias entre Madrid y Valencia. Y encima ahora hemos decidido pasar los inviernos en Tenerife, porque él se pone malito de tanto frío que hace. Y a lo que íbamos: juntarse con un escritor es la mejor manera de dejar de escribir. Yo siempre dije que nunca me casaría ni con un escritor, ni con un político, ni con un académico, y aquí me tienes: con los tres en uno. 

Dicen quienes han leído y opinado sobre la poética de Olga Lucas que tiene esta escritora un sentido erótico extraordinario que se vislumbra en sus versos íntimos, De andar por casa, como titula uno de sus poemarios; que se vislumbra y contagia. “Deseable que lo tenga”, dice Sampedro: “porque quien no lo tiene está perdido”. Y ella: “Tú barres para casa”.   

En este momento preciso, la escritora se levanta y se ausenta unos minutos. Aprovecha él para hablar con más franqueza aún, evitándole tal vez ese rubor del que ella ha huido, dejándonos a solas: “Yo no me esperaba esta suerte a mis años. Cuando enviudé, quedé reventado. Me fui recuperando con el nieto (como el partisano de La sonrisa etrusca), con la hija, con la casa nueva, porque tuve que mudarme, no lo soportaba; pero llevaba una vida muy vegetativa. Encontrar a alguien como Olga era impensable, y fue decisivo, fundamental: una suerte tremenda, espero que también para ella. Yo no hubiera escrito mis tres últimos libros sin Olga, a ella se los debo”. Y en esto, que ella entra, cargada de más fuerza: “¿Lo ves?, lo que yo te decía, ¿tú crees que merece la pena sacrificar esto por unas chuminadas? (de nuevo, referencia a sus poemas)”.   

Comparten una vida austera, tal es el espíritu que les une, desnuda de los lujos que pudieran permitirse con sus ingresos. El único, confiesan, alquilar un coche con chófer de vez en cuando, cuando no encuentran la fuerza de subirse a un tren o un avión. Los bueyes. Una Navidad, cuentan divertidos, quisieron jugar a ser ricos por cinco días, y allá que se fueron a un lugar que conocían, un hotel, maravilloso. Pero el hotel lo habían reconvertido, haciéndolo de “superlujo”. Total: que se sintieron incómodos y volvieron antes de tiempo, ni cinco días lo soportaron. Vida la suya presidida por una máxima existencial a su modo: “Siento, luego existo”. 

Hay aún otro componente fundamental en las vidas de estos dos escritores que también comparten sin haberlo querido, porque les fue dado por la suerte de su nacimiento, cosmopolita, trotamundos. En el caso de Olga, “un desarraigo”. En el de José Luis, “un multiarraigo” 

Una de las más bellas cosas entre las bellísimas cosas que JLS regala a sus lectores son esas novelas “como cartas de amor, como un mensaje de socorro”. ¿A quién le escribe, José Luis Sampedro? “Algunos libros están dedicados con nombres y apellidos. Otros son como mensajes de náufrago lanzados al mar dentro de una botella”. ¿Y Olga Lucas, a quién le escribe? “A quien me quiera oír; bueno, ahora le escribo a él, siempre”. 

Las últimas obras publicadas de J. L. Sampedro y Olga Lucas son “El río que nos lleva” (Destino) y “Cuentos para ciegos” (Instituto de Estudios Modernistas).

Y para el tema que atañe a esta fecha, creo con esto basta... Pero si alguien quiere leer la entrevista completa, puede hacerlo aquí.




domingo, 12 de febrero de 2017

Así se escribió "La sonrisa etrusca"

Nono, Nona, Abuelo, Abuela... ¡La Abuelidad!

Algunas personas tenemos la suerte de guardar entre nuestras memorias, la de abuelos cariñosos que jugaron con nosotros y fueron nuestros cómplices en una etapa de nuestra infancia (otros con más suerte incluso en etapas de la juventud o del ser adulto).  

A mí lo de tener abuelo vivo me duró hasta los 10 años y abuela hasta los 16, guardo dulces memorias de ambos, tanto de su carácter recio de personas que crecieron sin los refinamientos de las ciudades, como de su cariño por el mero hecho de ser familia y para el caso concreto, el de haber sido ellos mis abuelitos y yo su nieta al menos en el rol... El papá de mi mamá se llamaba Humberto y murió a los 38 años en 1957, mi mami tenía 7 años apenas. Con el tiempo, mi abuela se volvió a casar y así es como a pesar de la tragedia familiar de los años 50, puedo decir que abuelo sí tuve: Don Pablo (1889-1983) y la niña Eusebia (1924-1990), mi abuelito y mi abuelita por parte de mamá.

A los abuelos paternos no los llegué a conocer, mi abuelo Genaro murió a finales de los años 20 y mi abuela en los años 50, pero de ella heredé el nombre completo (incluso hasta el primer apellido), según dicen, también la mirada y el genio, pero a mí me gusta más pensar que de la "niña Mary" he sacado, al menos en parte, su arte en la cocina. Doy gracias a la vida por esos hombres y mujeres de mi estirpe y por el regalo de poder ahora contar con ellos como referentes en mi vida. 

Ya sabemos que 'en la viña del Señor hay de todo' como se suele decir, personas buenas y personas muy malas para desempeñar los distintos roles que se nos van proponiendo a lo largo de los años: madres, padres, tíos, abuelos, hijos; hay de todo, pero en febrero de 2017 el libro de Sampedro nos invita a pensar en los abuelos buenos, esos que se convierten a la "abuelidad" cual fieles devotos de una religión. 

Considero que a veces es imposible siquiera imaginar, como seres lejanos a ese estado de vida, la transformación que sucede en el corazón de las personas cuando, a partir del nacimiento de un nuevo ser, se convierten en abuelos o abuelas y su comportamiento les parece extraño a sus parientes y allegados e, incluso tal vez, a ellos mismos. 

Para ellos y ellas, "il nono o la nona" como se diría en la lengua de Bruno y Brunettino, un saludo en este febrero que nos ha conectado con su recuerdo. 

A veces cuando leo un libro que me gusta tanto como "La sonrisa etrusca" suelo preguntarme cómo se habrán creado los personajes y la historia, por eso me pareció bien bonito cuando encontré este artículo en el que José Luis Sampedro se refiere a la inspiración que lo llevó a escribir esa novela. Aquí se los dejo.

La semilla de ¡La sonrisa etrusca'
José Luis Sampedro

¿Qué me impulsó a escribir La sonrisa etrusca? Sin duda mi nieto. Lo digo siempre: ese libro no lo escribí yo, fue mi nieto quien, desde su cuna, me lo iba dictando al oído. Mi pluma solo fue un instrumento a su servicio.

Por haberlo contado en numerosas ocasiones, no podré evitar ser reiterativo, pero ya que me lo preguntan, espero no defraudar.

Me hallaba de visita en casa de mi hija en Estrasburgo, una de esas nobles capitales humanistas. Desde mi cuarto, veía el edificio neoclásico de la Universidad, coronado por las estatuas de sus maestros: Lessing, Herder, Schleiermacher y, entre ellas, la de Goethe.

Una noche el sonido de un gemido me despertó y me hizo acudir a la alcobita del niño. La nevada caída durante el día reflejaba el resplandor lunar y el de las farolas callejeras derramando por el ventanal una líquida claridad mágica. Me acerqué a la cuna. Todo era silencio. ¿Habría yo soñado aquel gemido? Ya iba a retirarme cuando el niño me retuvo abriendo sus ojos, redondos y misteriosos como pozos oscuros. Le cogí en brazos y envolví nuestros cuerpos en una manta, acunándole suavemente. Pero tardó en dormirse y, al paso de los minutos, iba el niño pesando en mis brazos, entrándose en ellos y haciéndome suyo al hacerse mío. Eso fue todo: evadirme con él del reloj y de los mapas, contemplar su carita aún no surcada por los afanes y los días, respirar su olor lácteo y frutal, acoger la elástica firmeza del cuerpecito, flotar juntos en la noche transfigurada. Eso fue todo. Y ese «todo», un milagro.

Aquella noche tuve suerte. La vida me dio clarividencia y el niño se me hizo futuro germinando en mis brazos, dispuesto a colmarse de gentes y experiencias, pasiones y secretos. Me vi ya muerto, pero recordado en él. Me deleité en ser viejo porque así paladeaba mejor aquel instante inmortal. Me hice simple cuna de su puro existir, sentí como carne mía la suya en mis brazos. Éxtasis del monje a quien se le fueron cien años escuchando un momento al ruiseñor.

Al día siguiente, rota la magia, la vida volvió a ser trivial, pero la semilla estaba echada y no tardó en germinar: afloró la idea de un cuento. Pero como la ocasión no llegó hasta el verano de 1983, para entonces ya había crecido hasta ser una novela.

Ya solo me faltaba acertar con el lenguaje exigido por esa historia de milagros cotidianos. El más sencillo, es decir, el más difícil. Lo intenté varias veces hasta que el 1 de noviembre de 1983, a mi habitual hora de la madrugada, al releer los primeros folios, creí lograrlo. Lo demás fue artesanía que concluí al final del verano. El resultado: una novela humilde donde importa la ternura, la comprensión de la vida a través del soplo vital de un nieto.

La sonrisa etrusca, por el símbolo de las terracotas etruscas en cuya sonrisa resplandece la vital sabiduría de la carne.



Sarcófago de los esposos, necrópolis de Cerveteri, finales del siglo VI a. C. 
(Museo Nacional Etrusco de Villa Giulia).

Este es el punto de partida de la novela: la descripción de esta escultura y como le conmueve al 'viejo'

Personalmente creo que cualquier persona es capaz de conmoverse y admirarse con algo que, por alguna razón a veces ni siquiera consciente, le toca profundamente, un pájaro con sus colores, un cielo azul profundo, un amanecer de colores intensos, una palabra, un gesto, una estatua que casi parece que habla... Creo que a veces las personas confundimos "sensibilidad con conocimiento", pero yo creo que José Luis Sampedro nos ha querido mostrar en esta novela que la sensibilidad de los seres humanos es un verdadero pozo sin fondo, que la capacidad para conmovernos y la profundidad del alma humana es algo más allá de las teorías y los prejuicios y que las razones para que nuestro corazón vibre ante algo son tantas y tan variadas, como la cantidad de seres humanos que hay en el mundo, para el caso me vienen a la memoria las palabras de 'El Principito' de Antoine Saint Exupery: 

"Solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos"  



Un José Luis Sampedro -ya abuelo- en su vuelta al patio de la escuela donde estudió más de 70 años atrás, como él lo solía decir: "en el Tanger de los años 20", donde jugaban niños de 3 religiones distintas, con tradiciones culturales diversas, que compraban en el chalet del recreo con 3 monedas diferentes, pero que compartían juntos una infancia común sin reservas, ni prejuicios, en lo que él consideraba fue, lo mejor de su educación. 

miércoles, 8 de febrero de 2017

Sampedro, una mirada y un cariño cercano

En la primera reunión para comentar el libro de este mes, aparte de conocer un poco a José Luis Sampedro según mucho de lo que se puede encontrar en distintas biografías, leí para la concurrencia un escrito de mi amiga María José que como ya les había contado, fue quien "me lo presentó" hace algunos años y quién además tuvo la dicha de conocerle en persona.  

Aquí se los comparto por si quieren echarle un vistazo, para mí ha sido un regalo invaluable que me ha hecho sentirla muy cerca en este mes, tal como si las dos fuésemos las responsables de contarles quién fue este hombre tan gran señor... 

Escrito de María José Morales Viamonte en enero de 2017 para el Club de la Buena Estrella, previo a la lectura del libro "La Sonrisa Etrusca", febrero de 2017.

"Mi" Sampedro literario y humano

Javier era un año mayor que yo pero, antes de matricularse en la Facultad de Económicas de la Complutense, estuvo dos años en la Escuela de Ingenieros Aeronáuticos de la Politécnica. Por eso cuando, al morir mi padre, cambié la Universidad de Sarrico en Bilbao por la Complutense, yo estaba en segundo y él en primero. Yo iba por las mañanas y él iba por las tardes. Coincidimos en la Biblioteca de la Facultad al finalizar las clases por los exámenes finales. Allí nos conocimos y hasta ya.

Ese curso Javier había tenido como profesor de Estructura Económica al catedrático José Luis Sampedro, y no paraba de hablar de él. Era catedrático desde casi quince años, aunque se fue por un periodo de dos o tres años a una Universidad inglesa como gesto solidario con otros dos catedráticos, los profesores Tierno Galván y Aranguren, que habían sido relegados por absurdos motivos políticos.

Al comenzar el curso siguiente, los dos íbamos ya por la tarde, Javier me trajo un día un libro que había comprado al finalizar el curso anterior, por la única razón de que el autor era su estimado profesor. El libro era “Congreso en Estocolmo” y fue el origen de mi absoluta rendición ante Sampedro. No parecía posible que el mismo estructuralista que había traducido el Samuelson (la Biblia, la Torah y el Corán en una sola pieza para los economistas de la época), fuese capaz de escribir algo tan sutil, tan tierno, tan humano, tan vital. Karin fue la primera de las protagonistas que me maravilló conocer en la descripción de su autor. Karin, la estudiante sueca que enamora al profesor Miguel Espejo y comparte conmigo su devoción por la palabra “cariño”.

Sus personajes femeninos me enamoran, son fuertes, independientes aunque sean esclavas, tiernas, dueñas de sí mismas, erotizantes, enamoradas, mujeres que hacen que muera por parecerme un poco a ellas.

Y las estaba escribiendo y describiendo, haciéndolas vivir en su imaginación y creándolas de forma física con sus palabras, un hombre adulto y en alguna de ellas casi anciano.

Puedes conocerlas, además de en El Congreso, en “El río que nos lleva” (Paula y Shannon el americano compartiendo por unos días la vida de los gancheros en el río Tajo); “La vieja sirena” (esa Irenia/Glauca sirena poderosa que enamora a todo el que la mira en una recreación histórica libre y sensual como pocas); “El Real sitio” (Malvina, Julia, Don Alonso y, en un arco del otro espacio/tiempo Marta, Janos. El mismo lugar, distintos episodios históricos, cruces atemporales e intemporales…); y un salto más difícil todavía (como se decía en el circo cuando era niña). “El amante lesbiano”, (una vida contada después de la muerte en donde asistimos a la evolución del personaje que comienza siendo Mario y termina siendo Miriam y convertida en amante de una mujer, Farida, pero no desde el género masculino, que aparentemente es el suyo, sino desde el auténtico, que es el femenino. Como dijo el autor “La vida... ¡tantos mueren sin probarla!”).

Callo mi opinión sobre La sonrisa etrusca; no quiero evitaros ninguno de los momentos que vais a vivir leyéndola. Solo puedo decir que es uno de los cuatro o cinco libros que más he regalado a lo largo de mi vida.

Esa es una brevísima introducción en “mi” Sampedro literario, pero el literario es una más brevísima parte aún del Sampedro ser humano.

Recuerdo una entrevista en la tele, hace mucho, mucho tiempo. Hablaban de la sociedad actual y las sociedades que él ha ido viendo evolucionar. Jose Luis recuerda que cuando cumplió los 18 años, su abuelo le regaló su reloj de bolsillo, que había heredado de su padre y había llevado durante más de 50 años. Él lo usó durante algo más de 40 años y contó con pena que un día, en el año 79, dejó ese reloj en un cajón en casa de sus padres, pero, cuando después intentó recuperarlo, había desaparecido. Nunca había vuelto a encontrarlo y lo lamentaba porque le hubiese gustado dárselo a alguna de sus hijas para que lo siguiese usando. ¡Funcionaba tan bien! lo decía con pena porque si no se hubiese perdido no hubiese tenido que comprarse otro. No lograba entender la necesidad actual de comprar tantas cosas innecesarias y arrinconar cosas que pueden funcionar perfectamente.

Sé que es una pequeña tontería, pero no es fácil resumirlo. Es demasiado grande, aunque estoy segura de que le horrorizaría que alguien le definiese así. Al igual que en el caso de La sonrisa etrusca solo puedo contar que no soy una persona de muchos “iconos”. Por supuesto que muchas personas han influido en mi evolución personal, gente a la que he admirado de más cerca o más lejos, de la que he aprendido y a la que he tratado de “imitar”, personas con las que he ido creciendo. Pero, si me preguntáis quienes han sido a lo largo de mi vida más propia y cercana mis grandes referentes, no creo que pueda contar más allá de ocho o diez personas. Lo que no tengo duda es que una de ellas es José Luis Sampedro.

La suerte que tenemos es que hoy es bien fácil tener al alcance del teclado y la pantalla la vida, los escritos, las ideas y las opiniones de los grandes hombres y mujeres. No tenemos pretexto para dejarnos engañar. Debemos y podemos indignarnos.









Con la María Jo. y mi hermana en nuestro reencuentro después de 10 años, Madrid 2016

viernes, 3 de febrero de 2017

Una historia de Ángela Pinto 1-5



Amigos del Club de la Buena Estrella, espero que estén disfrutando de las lecturas programadas para 2017.

Me voy a permitir hacer un paréntesis en el nutrido intercambio sobre el autor de febrero, para enmendar una penosa omisión que tuve durante la lectura de diciembre. Si recuerdan, Miguel Ángel nos encomendó hacer una entrada sobre alguna anécdota que quisiéramos compartir sobre nuestro padre, y yo recibí de nuestra amiga Ángela Pinto un hermoso escrito que por diversos motivos no había podido postear hasta este día. Confío en que ella me sabrá perdonar esta demora.

Se los he transcrito tal y como me los envió, dividido en 5 partes, y con minúsculos cambios obligados por el hecho de que el español no es su lengua materna. 

Espero que lo disfruten tanto como yo.

1

Todo empezó en el día y la hora en que se me ocurrió nacer, en un lugar y en un período de muy poca y ambigua calma.

El país estaba saliendo de una guerra terrible donde todo el mundo estaba involucrado: los de raza especial contra los otros, que por ansia de poder o ignorancia se dejaron arrastrar y se llevaron a miles de jóvenes soldados a combatir y a morir por algo que no tenían muy claro y a lo que, de todos modos, había que obedecer.

Las grandes extensiones de tierra eran para algunos privilegiados, en contra, los pequeños braceros iban de un fundo a otro trabajando de sol a sol y ganando tan poco, que nunca les alcanzaba para mantener a su familia, así que mis padres tuvieron que ir a trabajar en campos ajenos, dejándonos solas en la casa, a mí y a mi hermana mayor, de apenas un año más que yo.

Un día se realizó la reforma agraria, yo misma acompañé a mi padre con la esperanza, dijo mi madre, de que pudiéramos tener algo de suerte en el sorteo y lograr un terrenito decente, donde se pudiera llegar sin mucha dificultad, que no tuviera demasiadas piedras y se pudiera empezar a cultivar lo necesario para sustentar a la familia, que de cuatro miembros había crecido a seis.

Yo tenía que haber sido varón, según mi padre. Su primer hijo se murió a los tres añitos, él nunca pudo olvidar ese gran dolor, todos los días iba al cementerio como si de esa manera hubiera podido devolverlo a la vida, y mientras el pequeño dejaba este mundo, en la misma cama, nacía mi hermana mayor, rubiecita, con los pómulos rosados, los ojos verdes, bien redondita y linda; así que cuando un año y medio después nací yo, mi padre quedó tan desilusionado que ni se preocupó por buscarme nombre, en fin, simplemente me tocaba por tradición llevar el nombre de su padre y, por ser niña, de su madre. Además era tan pequeña y frágil que bastaría el diminutivo Lina... y así fue.

Después del sorteo, -ya tenía yo más o menos ocho años-, la emoción de tener un terreno propio se esfumó de inmediato cuando mis padres fueron a ver cómo era y donde quedaba.

Con una carreta tirada por una mula, llegaron al límite de una inmensa propiedad bien cultivada, con incontables hileras de viñedos pero sin calles y sin manera de bajar, así que tuvieron que caminar largos trechos, cargando bultos con algo de pan y sobras del día anterior, para conocer exactamente cuál pedazo les habían  asignado, ya que en esas laderas iban a haber al menos cinco propietarios diferentes.

2

Tuvieron que atravesar un pequeño bosque de pinos, muy lindo, que daba una agradable frescura, pero por lo demás inútil para cultivar. Avanzaron un kilómetro más y allí estaba...  una tierra sin nada, sin plantas, sin agua, con muchas piedras, grandes canales, había que sacarle espacio para cultivar trigo, sembrar viñedos, excavar un pozo y seguir comiendo pan duro mientras todo eso se hacía realidad.

Vita y Paolo empezaron a recoger piedras gruesas, sólidas, pesadas; cavaron hoyo profundo que debía servir de pozo y depósito de agua, y marcaron una canaleta por donde debía bajar el agua de lluvia desde las tierras de arriba hasta el pozo, de lo contrario, el agua se iría como siempre hacia abajo, hasta la gravina y se perdería a través de kilómetros hasta llegar al mar.

Al hombre le tocaba procurarse las estacas de uva, así que mi padre se fue escogiendo las mejores en los terrenos de familiares y amigos para sembrar uva blanca para comer y uva negra para vino.

En un par de años ya hubo una hectárea sembrada de plantitas que crecían, así como varios árboles de fruta: cada cinco filas de uva había un par de arbolitos de higos o peras. De las trece hectáreas de tierra solo siete u ocho eran los terrenos buenos para sembrar, constituidos por tres colinas separadas por enormes y profundos canales. Además, en los meses invernales era imposible tener algo, todo se helaba, la tierra solo se preparaba con arados y caballos y solo años más adelante, con tractor. Ya en marzo sembraban trigo y maíz, girasoles, papas de azúcar, y todo lo que pudiera dar esa tierra, incluyendo todas las legumbres, alcachofas, papas y verduras que podían servir para alimentar a la familia, pero eso sería muchos años después, cuando el plan de la reforma agraria siguió y empezaron a construir casas blancas, cómodas y muy funcionales para cada fundo y para que cada familia pudiera vivir en los terrenos asignados.

Volviendo atrás, a los seis meses de haber nacido yo, mi madre se dio cuenta de estar nuevamente embarazada y decidió dejar de darme pecho, por lo que me puse mal ya que no podía digerir la leche de vaca.

Para empeorar las cosas, cuando yo tenía apenas dos años, mi hermana me dio un vaso de leche cruda que por poco me despacha al otro mundo, una hemorragia imparable me dejó débil, frágil, más de lo que era, solo unas hierbas especiales de una amiga de mi madre la pudo parar.

3

Como si fuera poco, una noche me caí de la cama, donde dormía con mi hermana mayor. Era de hierro, alta, sin baranda, sin protección alguna, así que me caí una noche y, según lo que contaba mi madre, solo después de tanto pelear, mi padre le puso una barra para que no me cayera más.

Mis padres se iban a trabajar todo el día en campos ajenos, para tener algo de dinero y comprar lo indispensable y nosotras dos con mi hermana nos quedábamos solas en ese cuarto. 

Un día llegó un señor, amigo de mi padre a buscarlo, teníamos tal vez cuatro o cinco años. En la noche, al regreso de la faena, mi padre buscó el dinero que tenía en su chaqueta y no encontró nada. Al entrar, mi madre nos vio a las dos niñas amarradas a la máquina de coser. Le costó mucho hacerle entender a mi padre que era imposible que nosotras hubiéramos tomado ese dinero y al final se descubrió quién fue el responsable. Eso nos dejó un sabor amargo y una sensación dolorosa aún después de tantos años, imagino a nivel profundo.

Así pasaron nuestros primeros años. Mi hermana mayor me llevaba siempre de la mano, a casa de una tía a unos cien metros más abajo. Yo la miraba preparar albóndigas de carne para su familia y veía a mi madre siempre cansada en la noche después de una larga jornada de trabajo y sin ganas de cocinar, ya que había que encender el fuego en la chimenea para preparar algo y darnos comida caliente, mientras mi padre volvía tarde, incapaz de darnos las buenas noches o de arroparnos así como me di cuenta más adelante, hacían muchos papás… ¿por qué el nuestro era así?

4

En esa región, los miércoles de cada semana en la plaza principal había mercado. Allí se podía encontrar de todo: verduras de la estación, frutas, todo tipo de ropa, para la casa, de vestir, íntima, zapatos, ollas y sartenes, cafeteras originales o de imitación; sin faltar frutas secas como: almendras, nueces, latas de todo tipo, galletas, en fin, un sinnúmero de cosas a buen precio.

Mi madre estaba enamorada de uno de esos jóvenes que iban de un pueblo a otro para ofrecer sus productos: se habían jurado casarse, pero había que esperar un tiempo, así que mi madre esperó y esperó hasta que las amigas le dijeron que, o se casaba o se quedaría vistiendo santos. Fue por eso que decidió casarse con otro joven, guapo en su uniforme militar, de familia campesina, con varios hermanos varones y que acababa de regresar de una campaña en un país lejano, caliente, donde la pobre gente vivía en chozas de paja y se cubrían con sábanas.

Los jóvenes esposos fueron a vivir con mis abuelos, mi madre era la más joven y no tenía hijos, por lo que le tocó trabajar en casa más de lo que quería, así que decidieron alquilar un cuarto arriba de varias escaleras, sin agua ni baño y allí nacieron los primeros hijos.

El temple de Vita era increíble, fuerte, trabajadora, con ganas de tener una casa nueva en los modernos edificios que estaban construyendo cerca de la estación ferroviaria, así que empezó a ahorrar y por poco se le va todo por el aire ya que la amenaza de otra guerra se estaba llevando al marido de vuelta al servicio de la patria. Se fue Paolo hasta el norte del país, donde tenía que reunirse con los demás hombres, pero por cobardía o por meras ganas de vivir una vida normal, en un arranque de ira, se subió a la bicicleta y se regresó pedaleando por más de mil kilómetros y varios días a su pueblo natal, a su joven esposa, a sus amigos y a sus juegos de póquer.

5

Claro que gracias a ese arrebato de confusión, puedo contar ahora la historia, en efecto, muchos de esos jóvenes que fueron a la campaña de la Unión Soviética murieron congelados antes de llegar a esos sitios fríos e inhóspitos.

También tengo que decir que tampoco me salvó la medicina tradicional o alópata, pues en aquel entonces no había medicina alternativa o complementaria, ni hipnosis; solo algún conocimiento de hierbas y plantas, que a través de los siglos han sido estudiadas y usadas en la producción de pastillas, tabletas, etc. Por lo que es casi un milagro que esté viva todavía.

Veamos, quedé chiquita, no crecía mucho, no comía bien y muchas veces casi no comía. Recuerdo que eso no me gustaba, eso otro me hacía daño o no me apetecía y mi padre se enojaba y terminaba por no comer nada, aunque mi madre se esforzaba para pasarme pescadito frito por debajo de la mesa y la hora de la comida se había transformado en una tortura, así que crecí algo delgadita de pierna, es más, decían que tenía las piernas torcidas y esa fue mi continua y eterna preocupación. Ya de adulta cuando pasábamos por la avenida principal los muchachos hacían apreciaciones sobre las piernas de las chicas que iban adelante y eso me quedaba como una puñalada todas las veces.

Pasaron los años, empezamos a ir a la escuela con mi hermana mayor y mis padres seguían trabajando en campos ajenos y ganando para pagar la nueva casa de tres cuartos, cocina y baño, en el primer piso de esos nuevos edificios que se estaban construyendo cerca de la estación ferroviaria. El cuarto de mis padres tenía un balcón y yo sembraba geranios y claveles en macetas. El cuarto grande era el comedor con cortinas blancas lámpara de cristal, y lo usábamos porque allí estaba la máquina de coser ya que en realidad comíamos en la cocina. Nosotros dormíamos en la entrada, en camas dobladas como sofá, hasta que mi madre compró una salita nueva donde nadie se sentaba porque era para las visitas, que naturalmente nunca venían puesto que mis padres pasaban trabajando y nosotros, cuatro hijos, nos cuidábamos unos a otros. Bueno, en realidad, crecíamos como plantas.