lunes, 11 de julio de 2022

Viñetas de una biografía: La cabeza de Orfeo y una tierna muerte.


Viñetas de una biografía:

 La cabeza de Orfeo y los sueños tiernos de mi muerte

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Orfeo en Brief Lives, The Sandman 


Debo el retorno a los cómics... y la verdad no esperaba volver a no ser por ellos. 

Madrugadas atrás, alargué el brazo hasta la librera para buscar algo, lo que fuera que me quitara de encima las pesadas letras de los libros 'serios' que leía, que ya se sentían igual que mosquitos en noche acalorada y sin ventilador. Después de un rato en el estira y encoge terminé por elegir The Sandman: fables and reflections, arco seis de esta icónica serie de Neil Gaiman. Compuesto por historias autoconclusivas en las que Gaiman recorre los tiempo de César Augusto hasta fantasías épicas al estilo de las Las Mil y una Noche encontré, en la historia dedicada al mundo griego, la imagen olvidada de la cabeza Orfeo, que, curiosamente, en las ultimas semanas, como símbolo de algo, se ha apropiado de mi cabeza; así que me quiero obligar a creer que desde el principio eso era lo que buscaba…

En la genealogía de Gaiman dentro de The Sandman, que admirablemente sigue con historicidad la construcción de su particular mitología, Orfeo es el primer hijo de Morfeo y de Calíope; Morfeo, llamado Oneiros en esta coordenada de realidad, es Sueño, el antihéroe de The Sandman. No quiero extenderme en la historia o en el mismo Orfeo pues considero que no es el lugar para desenvolver un símbolo como este que lleva, en alguna parte, un nudo violento de mi intimidad; me limitaré a decir que: al cierre de la historia, Orfeo, en una especie de un cima existencial, desmembrado a causa de las Bacantes - cosa contraria al mito pues se da por entendido que Orfeo muere a causa de las Ménades - termina a orillas del mar… su cabeza yace a orillas del mar. 

    Morfeo se presenta, se dirige a su hijo, y este le solicita un último acto de paternidad y misericordia: “Por favor. Padre. Ayúdame. Ayúdame a morir”, y de pronto escucho ese mismo lamento en otra voz, Eli, Eli… 

Ampliar imagen: el juego central de las viñetas es al que hago referencia. 
Fables and Reflections, The Sandman (1991-1993)


Lo de Orfeo no es un morir cualquiera. Orfeo, sin brazos, sin música, sin cuerpo, sin amor, ha sido transformado en una criatura de mirada y voz que le pide a su padre ser sumergido en el la ceguera, el silencio y olvido; sin eso, sin muerte, Orfeo no tiene más que consciencia de sufrimiento, reiterado y vertiginoso recuerdo de perdidas y tristezas. Sin muerte, la vida de Orfeo es ver, una y otra vez, como la nube huérfana sobre el mar azul e indiferente recrea a Eurídice que desaparece a las puertas del infierno... y eso, para él, es la muerte que ni termina de llegar y que tampoco acaba.

Orfeo, no es más grande que un niño de pecho, le pide a su padre, el señor de los sueños, el acto tierno de una muerte. Morfeo, el padre, inquebrantable, con mirada fija y el semblante por siempre tenso, se niega a su hijo con: “Tu vida es tuya Orfeo. Tu muerte también. Siempre y para siempre tuya”. 

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Dan Clowes, My Suicide, Eightball (1992).
Contraria a la opinión de los que dicen conocerme, Clowes me hace sentir bastante normal.


De chico fantaseaba tanto con la posibilidad de morir siempre y cuando Dios o la muerte estuvieran dispuestos a cumplirme una tan sola condición: una vez que estuviera muerto, yo, hecho fantasmagoría, tendría la posibilidad de pasearme en la funeraria para ver de cerca, muy de cerca, no solo los pechos de las mujeres y olfatear sus cuellos, sino que también inspeccionaría las caras largas de los presentes; juzgaría con mucho astucia el grosor específico de cada una de sus lágrimas y me detendría a escuchar las murmuraciones entre amigos y familiares para saber que es lo que hablaban acerca de mí, de mi muerte. Todo eso, pensaba, lo quería para descubrir el secreto de lo que mi muerte es para los otros y una vez descubierto el significado, tomaría mi espectralidad, satisfecho, quizá feliz, y me largaría allá dónde van los fantasmas… fue hasta toparme con My Suicide de Dan Clowes que reflexione que esta idea, posiblemente, es un tanto común, y que desear morir, de igual forma, también puede ser algo igual de común...


Dan Clowes, My Suicide, 20th Century Eightball (2011).
En mi fantasía, mi fantasma era más una imagen similar a la mía, un poco 'vaporosa' pero aún así muy idéntica, sospecho que lo pensaba en estos términos por dos motivos: 1. O para mantener intacta alguna especie de experiencia física que me permitiera no solo ver y oler los pechos de las mujeres sino también para poder tocarlos o 2. para sostener que quien estaba muerto en efecto era yo; conociéndome diré que lo hacía por las dos aunque estuviera más al tanto de una (je).


Visto desde aquí, a no mucho de llegar a los treinta y tres años, pienso que ese deseo de morir se sostenía por una desesperante angustia de saber, con claridad, quién era, quien fui.

Estas fantasías no se limitaban a la construcción mental del escenario fúnebre, para que este tuviera sentido yo tenía que, antes que nada, pensar en el momento previo de la muerte: enfermedades, casi siempre de tipo terminal, pero sin la perdida de consciencia, o ser yo quien se daba la muerte; esa dos eran mis alternativas favoritas, ¿por qué? Tanto mi fantasma en la funeraria y el suicido dejan al descubierto un proceso inalterable: yo, Alex Escobar Blanco, quiero ser testigo de la muerte, quiero ser testigo consciente de mi propia muerte, quiero saber que soy yo quien muere y no alguien o algo más. Revivir esto mientras escribo no solo me permiten ver la fuerza que estas fantasías siguen ejerciendo en mí como una variante más de ese principio de muerte que embarra todo cuanto hago ( ¿o qué? ¿nunca me han escuchado hablar?). Pero yendo más acá, las fantasías me vuelcan en preguntas como: ¿en qué posición estoy junto a este asunto de la muerte ahora? ¿Acaso me sentía culpable en el fantaseo de mi propia muerte? Y si fuera así, ¿culpable de qué? ¿Soy cobarde por pensar en mi propia muerte? ¿Puede un niño ser cobarde al pensar que estaba en la capacidad de morir por su propia cuenta? 

En las tardes solía acercarme a la cocina, en el azulejo manchado de puntos negros se hacían nueve rombos de luz por efecto del sol y las protecciones del vidrio, de las gavetas de la alacena sacaba un enorme cuchillo de mango negro e imagina que si lo movía cerca de la luz que entraba por la ventana, destellaría un copo de luz como estrella navideña o el ojo de Morfeo dentro de los cómics. Llevaba el cuchillo cerca de uno de los brazos, compara la longitud de uno con el otro y aprovecha a anticipar el dolor que el metal haría en mí, y yo, en ese preciso momento, no tenía miedo absolutamente de nada, repito: yo no le tenía miedo a la idea de cortarme los brazos o meterme el cuchillo en el pecho, no tenía miedo ni de morir y tampoco miedo de vivir… pienso que mi muerte la veía como un mas allá de la vida y del dolor. 

He realizado estas entradas, las pasadas viñetas de una biografía, movido por un principio vital, es decir, a través de imágenes he logrado, medianamente, hacer un recorrido de mi vida. La manera en que he escrito la mayoría de entradas están cargadas de una sensación de estatismo, de terminación; escribo asumiendo en que cada vuelta al pasado, a través de la memoria, proyecto el futuro como una dimensión acabada: escribir una biografía, estoy convencido, es como una forma de morir, de dar por cerrado el tiempo, que, entre más reflexiono e indago, es en principio algo indeterminado. De Aristóteles, San Agustín, hasta Proust y Heidegger habría mucho qué hablar al respecto, pero tal y como he pretendido, tal y como me tiendo con cada bit que simula una blanca hoja de papel y una pluma que se ha vuelto digital (a dos manos y seis dedos) quiero hablar de esto que hoy sigo siendo.

    La primeras nociones de muerte, y puedo estar equivocado, me vinieron con la fabulosa colección de Editorial Planeta Deagostini, de no sé cuantos volúmenes, de Dinosaurios. Una revista que llegó al país no sé si por supermercados o librerías o si esta era mensual o quincenal, pero se convirtió en uno de los obsequios más significativos de mi niñez. Recuerdo ver a mi mamá sobre la calle de mi infancia, una Comala en el corazón secreto de Mejicanos, intentando resguardar detrás de su cuerpo un paquete. Caminaba con la mirada aguzada en las reacciones de mis ojos detrás de las enormes gafas de carey con las que inicie esto de ser un cuatro ojos. Miraba su rostro, ella se topaba con el mío y cuando la pequeña rata que era se le escurría alrededor del cuerpo para dar con el paquete ella hacía uso de lo que ahora a mí me sobra… se aprovecha de su notoria altura llevándose el paquete a lo más alto que da su brazo. Lo que me enternece en este preciso instante que escribo, es el pensar que si ese gesto pasara cualquier día de estos, tengo la seguridad de que mi mamá buscaría la manera de mantener el paquete lejos de mí entre sus manos en lo alto. 

Ella entraba a la casa y me entregaba la revista. 


Dinosaurios, Planeta Deagostini, (1993-1998)



El volumen era casi que 25 páginas de un compendio visual de una de las pasiones infantiles por excelencia. La primer revista de Dinosaurios correspondía al Tiranosaurios Rex, el cual nunca fue mi favorito. Algo en el limitado tamaño de su extremidades superiores me parecía ridículo. Mi fascinación venía, sobretodo, por los Triceraptos y los acorazados, ellos me resultaban más complejos… aunque los datos editoriales han sido un tanto complicados hasta este momento de la entrada, a lo mejor se deba a que no estoy tan interesado a pequeñas lecciones de historia ‘comiquera’, puedo escribir que el lanzamiento de Planeta Deagostini de su enciclopedia de Dinosaurios se debe, supongo, a que ellos también fueron los encargado de imprimir Tierra de Dinosaurios en 1993 de Marvel a través de su sello Forum; el cómic fue producido por Lanning, Gascoine y White en una época que Spielberg capturó la imaginación con algo hasta el momento imposible, pero si habló de esto me llevaría a hablar de Gertie, la primera ‘ánimación’ de un dinosaurio hecha por uno de los precursores del cómic: Winsor McCay, tendría que hablar de la razón por la que Batman, en tiempos más entretenidos, guarda en la baticueva un dinosaurio o por que mi hermano vio 93 veces, en VHS, la película de Spielberg o por que me primer deseo profesional era el de la paleontología en su sentido más puro o la primera conexión auténtica con la psicología de Jung o el resentimiento, el primero quizá, el resentimiento consciente, de un regalo que jamás me dieron hasta casi veintitantos años después: un huevo de dinosaurio.

Tanto la Dinosaurios y Tierra de Dinosaurios estaban hechos a la sombra de Jurassic Park. 


Tierra de Dinosaurios
,
Forum Cómics por Planeta Deagostini (1993).

Gertie, Winsor McCay (1914).



Interior de la Baticueva, no tengo las referencias del recorte pero no es una noción moderna que Batman tenga tantas babosadas. En la siguiente hay una que data a un período inicial, igual de ridículo como lo es de feliz. El dinosaurio se encuentra al lado superior derecho, debajo del título.




Pero el momento estelar, el contacto con la muerte, al menos para los intereses que trabajo aquí, no viene por las recreaciones y ambientaciones del supuesto hábitat y modo de vida de los dinosaurios, cosa que supondría un exceso de fe digno de cualquier metafísica - pero claro, le llaman ciencia y todo parece verdad -: al final del libro existía un pequeño espacio de dos o tres páginas dedicado a un sección en la que retrataban algún personaje prominente de la paleontología por medio del cómic; esto, como es de suponer, llevaba a exponer toda aquella fantasía de los dinosaurios de las primeras páginas en su forma real de contacto con nosotros, me refiero a presentarlos en-su-tiempo-nuestro, cuya forma es la del fósil.

    La impresión de un cadáver, de lo muerto-con-forma, la obtuve de los fósiles de los dinosaurios. 



Dinosaurios, Planeta de Deagostini. 
No he querido rastrear al fascículo al que pertenece esta historia, pero sí estoy seguro de que tiene dos partes, está entre las primeras diez publicaciones y que era de mis favoritas. 


Que pudiera recrearse una forma con los huesos, que la muerte estuviera supeditada a la vida en algún sentido y que esta intervención simulara una vitalidad sin la necesidad de vida, fue el primer contacto con la muerte y un contacto singular… y también puedo escribir que este oficio que se ejerce sobre el fósil es la misma insistencia de mi parte de volverme un fantasma una vez muerto. 

Habrá sido esta contemplación la que me llevó, sin darme cuenta, a la idea de qué una vida solo se captura en la muerte, pero ha sido tan radical que se volvió extensiva a muchos campos. El proceso de apocalipisización es efectivo aquí y digo que el amor se captura en la muerte, el sexo se captura en la muerte - igual que algún personaje de Bataille -, la creación en la muerte y así, la vida se captura en la muerte porque una y otra son tan mías, siempre y para siempre. Mi infancia dotó de muerte las cosas y esta muerte, es, para mi, la forma de revitalizar o más bien de dimensionar la fuerza de estos campos que florecen en la vida. 

    Fui un niño dulce, al menos eso dicen, pero solo yo puedo decir que hubo algo en mí entre el gris, el horror y la tristeza que nunca demostraron su causa y siempre presente (¿recuerdan aquella entrevista que hice en Una entrevista a Briony Tallis y la experiencia del volcán al centro de la alfombra y el fin del mundo y el inmisericorde Dios que era y que ríe? ¿y ustedes creen que eso es un juego de infancia?) 

    Muchas de las fotografías de mi niñez sacadas por una tía con un astuto ojo para lo inesperado, capturaron esta viñeta de la tristeza y melancolía, de los gris sin fundamento… no hace mucho, fue mi madre revisando los álbumes que reparó en ello:

 - No entiendo porque en varias fotos salís así... - Me dice sujetando la fotografía entre sus manos mojadas. Acaba de lavar unas uvas.

-¿Cómo? - Acerco mi cabeza a la foto y tomó del plato algunas uvas para mí. 

- Triste. Pareces un niño triste y no entiendo por qué - Y ambos comemos las uvas bien redondas y moradas en silencio.  

Por ahora remarcaré este cierre con una pregunta, y tengo la confianza que los cómics me traigan aquí, nuevamente, para continuar: ¿Qué se puede esperar de alguien que tiene por eje de cada cosa la muerte? 


S/F, posiblemente tenía unos 6 o 7 años.
Hasta la fecha, hay días, muchos, en los que me ausento y sumo, sin un argumento aparente, en una tristeza como si fuera un remolino que termina en un estanque de agua espesa y negra, una cosa muy dantesca... y veces recuerdo, con cierta lástima, a aquel verso de Rilke: Pero, dentro, en su interior, ¿quién le defendería; quién le rescataría del torrente de su origen allí?


... de las gavetas de la alacena sacaba un enorme cuchillo de mango negro e imagina que si lo movía cerca de la luz que entraba por la ventana, destellaría un copo de luz como estrella navideña o el ojo de Morfeo dentro de los cómics.


a.e.-



lunes, 13 de junio de 2022

La amiga estupenda por Elena Ferrante

 "El reto para quien escribe es llenar la distancia entre lo que vives y lo que cuentas, sentir físicamente el impacto de la narración, acercar el pasado de las personas a las que hemos querido, de las vidas ajenas tal como las hemos observado... Una historia, para tener forma, tiene que cruzar muchas barreras. A menudo, empezamos a escribir demasiado pronto, y las páginas aún están frías. Solo cuando la historia se acopla a nosotros como un guante, ha llegado el momento de contarla."

Elena Ferrante


Una amiga no nos cambia, pero sus cambios se unen discretamente a los nuestros 
en un continuo y recíproco esfuerzo de adaptación. 
Elena Ferrante


La amiga estupenda

Junio de 2022 

Club de la Buena Estrella

Una recomendación de Loida Pineda


SINOPSIS

Se trata del primer libro de la tetralogía Dos amigas que tiene como telón de fondo la ciudad de Nápoles a mediados del siglo pasado y como protagonistas a Nanú y Lila, dos jóvenes mujeres que están aprendiendo a gobernar su vida en un entorno donde la astucia, antes que la inteligencia, es el ingrediente de todas las salsas. La relación a menudo tempestuosa entre Lila y Nanú tiene a su alrededor un coro de voces que dan cuerpo a su historia y nos muestran la realidad de un barrio pobre, habitado por gente humilde que acata sin más la ley del más fuerte, pero La amiga estupenda es mucho más que un trabajo de realismo social: lo que aquí tenemos son unos personajes de carne y hueso, que intrigan al lector y nos deslumbran por la fuerza y la urgencia de sus emociones.

Correspondiente a la viñeta "Literatura italiana", el libro La amiga estupenda (Traducción del título "L'amica geniale") de Elena Ferrante, nos conduce por las calles de un barrio pobre de la ciudad de Napoles en los años sucesivos a la segunda postguerra del siglo XX.   

La trama de transcurre mientras Lenù (Elena Greco) y Lila (Raffaella Cerullo) -vecinas desde los 6 años-, crecen, tejen sueños y enfrentan desafíos que anteceden (y propician) el curso que tomará la vida de cada una en medio de un vaivén de emociones y contradicciones propias de la adolescencia y de la vida en un contexto social determinado y determinante.

En las barriadas pobres vale más ser listo que ser brillante, en eso radica a veces la supervivencia. Lenù y Lila nos lo recuerdan en medio del espacio social en el que van creciendo y en el que convierten su amistad en un amuleto para la supervivencia, donde lo común las une y lo diferente las sostiene en medio de un camino que se recorre entre la admiración y el antagonismo en un tiempo a mediados de un siglo donde cambiaron muchas cosas, entre ellas la manera de ser mujer y de enfrentar los desafíos del mundo.  

El amor mutuo por la lectura y la escritura es el eje alrededor del cual giran los aconteceres de esta historia que nos hace recordar que las relaciones interpersonales se mueven entre la oscuridad y la pureza a la vez, que entre el negro y el blanco existen muchos tonos de azul y que sobre esa premisa se recorren trayectos al lado de personas dejando huellas y permitiendo que nos toquen el corazón.  

Es imposible leer este libro sin recordar nuestro propio camino de amistades compartidas, casi tan imposible como evitar rendirse a la pluma de esta escritora acaso “geniale” que desde los primeros párrafos del libro nos hace saber que tenemos ante nosotros un libro estupendo.

Lila y Nanú compran un ejemplar de Mujercitas, un ejemplar propio. Lila ya lo conocía, lo había leído y quería tenerlo para devorarlo una vez tras otra. En cuanto fueron propietarias del libro, explica Lenù, comenzaron a verse en el patio para leerlo unas veces en silencio y otras, en voz alta, pero siempre una junto a la otra. La lectura de Mujercitas les duró meses, lo leyeron tantas veces que el ejemplar terminó rompiéndose, desgajado como una mandarina, perdió el lomo y comenzaron a salírsele los hilos hasta su total fragmentación.
Pero, al fin y al cabo, era suyo, el primer libro que poseyeron. 
Seguramente sea en ese momento exacto cuando las dos niñas que eran entonces se hicieron amigas. 
Sin esa lectura conjunta de Mujercitas
no habría saga, se hubieran ido cada una por su lado.”  
Elena Ferrante


Elena Ferrante

Escritura y anonimato

El seudónimo Elena Ferrante se presentó en las librerías italianas en 1992, pero fue en 2012 cuando se empezó a hablar de lo que se conoce como el fenómeno Ferrante con la publicación de la primera novela de su tetralogía Dos amigas, que rápidamente se convirtió en un éxito de ventas internacional.

Al momento de hablar de sus personajes aparece una certeza que puede comprobarse en sus ficciones en las que no hay malos o buenos, extremos observados con una vara moral. 

Dos amigas

La tetralogía Dos amigas, protagonizada por Lila y Lenù dentro de un universo napolitano en el que la autora se hace cargo de la época, de los conflictos de cada período y de las decisiones de dos mujeres que desafían a su clase para proyectar destinos diferentes -fundamentalmente- a los de sus madres.

Sobre sus personajes dice "Se me antojan falsos cuando muestran una nítida coherencia; me enamoro de ellos cuando dicen una cosa y hacen lo contrario".

Y en una reflexión acerca de cómo trabajó a esas dos protagonistas de las novelas encontramos una definición acerca de lo que es para Ferrante escribir.

"La escritura es, en definitiva, una jaula en la que nos metemos enseguida, desde la primera línea que escribimos", el desafío consiste en aprender a utilizar con libertad la jaula en la que nos encontramos encerradas. Se trata de una dolorosa contradicción: ¿cómo utilizar con libertad una jaula, ya sea esta un género literario sólido o costumbres expresivas consolidadas o incluso la lengua misma, el dialecto".

Para Elena Ferrante, el dialecto es casi un tema recurrente: confiesa que escrito siempre le resultó artificial y lo borró, desistió de incorporarlo, en cambio lo transformó en un italiano con entonación napolitana. A su oído le resultaba una traición esa transcripción. De esos detalles se van construyendo los personajes de sus libros, hombres y mujeres que están dispuestos a pagar costos por moverse en el mundo, que están atravesados por la violencia pero también la saltan, se la apropian y se vuelven a parar ante sus posibilidades.

Las mujeres sin duda son las que pagan los costos más altos: en muchos casos es la locura las que las define, las victimiza y las expulsa de esa vida en sociedad en la que la maternidad no es un rol dado, establecido y adaptable para todas por igual. Están las que se entregan al cuidado -las menos-, las que aun amando a sus hijos deciden alejarse o priorizar caminos personales en los que ellos no entran, aunque sea por un tiempo.

La escritora dice que el relato de la escritura de esas protagonistas es "el hilo que mantiene unido todo el encuentro-desencuentro de las dos amigas y con él, la ficción del mundo, de la época en la que ellas actúan". (Fuente: Télám)

Anonimato

No son pocos los autores a lo largo de la historia que, por distintas razones, han recurrido a un seudónimo para dar a conocer sus obras. 

El diácono anglicano Charles Lutwidge Dodgson, firmó “Alicia en el país de las maravillas” (1865), su obra más conocida, como Lewis Carrol. Lo hizo porque quería separar su vida privada de la literaria, lo mismo que George Orwell, que adoptó su seudónimo para no avergonzar a sus padres.  A veces el éxito ha enmascarado el nombre real de muchos autores. Que J.K Rowling firmase con nombre de hombre una novela para adultos en 2013, solo tuvo que ver con intentar huir de la fama. Entonces fue Robert Galbraith.

A propósito de este punto, encontré algo que ella dijo en una de las pocas entrevistas (vía correo electrónico) que ha concedido.

“Un lector debe establecer con un texto una relación de confianza. La atención mediática que está totalmente fundada en dar cuerpo y voz a la estrella del momento ha acostumbrado a los lectores a la idea que cuenta más el contacto con la miserable existencia del productor de las obras que con la obra misma. Escaparse de esta forma, se desvía de la confianza, la daña. De otra parte, no siento que pueda comunicarme de otro modo sino es escribiendo. El hecho de no aparecer no sirve para procurarme lectores, sino para escribir en libertad”. 

Elena Ferrante

Esa respuesta tan auténtica me hizo reflexionar sobre mi propio hacer como lectora, como buena militante de este club, estoy acostumbrada a conocer de antemano al autor o autora de la obra que leo y agradezco el tiempo que en el club dedicamos para escudriñar biografías intentando descubrir detalles y -por qué no- algún desliz de los autores que leemos, al esfuerzo por conseguir organizar conversatorios y la oportunidad de hacer alguna pregunta o hacernos de un autógrafo en el ejemplar que hemos leído y todo eso siempre me ha parecido bueno, emocionante y a la vez un auténtico plus al mero placer de leer.

Sin embargo, sobre Elena Ferrante no solo nosotros, sino todo el universo que la lee tiene que conformarse hasta el momento con la especulación que en ciertos aspectos llega a ser más bien una adivinación misteriosa e intrigante respecto a prácticamente todos los aspectos sobre quién es, qué edad tiene, se ha casado, cuántas veces, es madre, no lo es, tiene familia, hermanas, hermano, pero no sabemos nada, solo puras ataduras de cabos. Por ejemplo, se especula que es napolitana, que es madre, se llegó a pensar que incluso no es una mujer, o que no es una sola persona sino tal vez una pareja que escribe a dos manos, etc. 

Si nos ponemos a buscar un poco en Internet sobre la identidad de Elena Ferrante, podemos encontrar el trayecto de una verdadera cacería, el interés por saber quién se escondía detrás del seudónimo y la presión sobre sus editores, Sandro Ferri y Sandra Ozola, para que lo desvelaran ha llegado a límites de locura: detectives, periodistas, exposición de cuentas bancarias, hackeo de redes sociales, creo que si vamos más allá probablemente habrá consultas con adivinos, preguntas a las cartas del tarot, estudio de los astros en el firmamento, y quien sabe qué cosas más, todo para evitar que una personas que decide ser anónima lo consiga, después de todo vivimos los tiempos donde la exposición pública es prácticamente una forma de vida y al parecer el anonimato se considera una especie de traición.

Al respecto, varios nombres salieron a la luz a lo largo de los años, el más pujante es el de Anita Raja, la directora de la serie Azzurri que había publicado L'amore molesto, pero también se sospecha de Goffredo Fofi, consultor, traductor y amigo íntimo de los editores Sandro Ferri y Sandra Ozzola. Otros recurrentes son Domenico Starnone, marido de Raja, Fabrizia Ramondino y Michele Prisco.

El periodista italiano Claudio Gatti inició una investigación para descubrir quién era en realidad Elena Ferrante llegando en 2016 incluso a publicar un reportaje sobre las cuentas de la editorial E/O para demostrar que la traductora italiana Anita Raja era la misma persona que Ferrante. Esa información llegó a ser confirmada desde el perfil de Twitter de Anita Raja, aunque después se supo que había sido el periodista Tommaso Debenedetti, conocido por publicar entrevistas falsas con famosos, quien la había suplantado en la red social. Ni la editorial ni la propia Anita Raja han confirmado al sol de hoy nunca estas afirmaciones.

Personalmente pienso que dedicar más tiempo a especular sobre el misterio de la identidad privada de Elena Ferrante que a conocer su obra, me aleja del objetivo de la misma autora al escribir y por tanto, no voy a hacer conclusiones respecto a si es esta u otra persona, no daré por sentada ninguna de las teorías, no voy a asumir que sí es tal persona, más allá del hecho de que sí creo que se trata de una mujer, fuera de eso, el asunto de quién es Elena Ferrante para mí, queda cerrado. 

“Si mañana me dijeran que Elena Ferrante es un hombre o que Elena Ferrante es un grupo de personas, me sentiría perdida, pensaría que quizá no soy tan buena lectora si no he podido leer entre líneas, ver engaño. Pensaría que hay algo misógino y perverso en la idea de encerrar la literatura en un seudónimo femenino cuando tantas, tantísimas veces a lo largo de la historia las mujeres han tenido que esconderse para escribir. Y al mismo tiempo, poco me importa la identidad de Ferrante porque sus libros estarán siempre conmigo, y Lenù y Lila están tan dentro de mí como la Jo March de Louisa May Alcott, la Elizabeth Bennett de Jane Austen o la Andrea de Laforet, todas ellas “chicas raras” como yo.” 

Carmen G. de la Cueva, Periodista, escritora y editora. 

Ficha técnica de LA AMIGA ESTUPENDA


Estos son algunos de sus libros publicados.  Además hay literatura infantil y artículos.

·       En los márgenes

2022  

2020  

·       La invención ocasional

2019  

·       La hija oscura

2018  

·       La frantumaglia

2017  

·       La niña perdida

2015  

·       Las deudas del cuerpo

2014  

·       La amiga estupenda

2012  

·       Un mal nombre

2012  

·       Crónicas del desamor

2011 (2015)  

·       Los días del abandono

2004 (2018)  

·       El amor molesto

            1992 

   

BIBLIOGRAFÍA

Lecturalia 

El País

Télám 

Wikipedia 

Revista 

Librújula 

Revista CTXT 

Como una colaboración con mi amiga Loida he preparado esta entrada, aunque ella fue quien propuso y modera el libro. Esta es una publicación de María Ofelia Zúniga, con la revisión de Loida Pineda y con mucho cariño para los miembros del Club de la Buena Estrella. 

Muchas gracias por leerla. 

sábado, 28 de mayo de 2022

Revolviendo en el baúl del uruguayo Mario Benedetti

Por María Delfina Pirez. 




Quisiera comenzar este post contándoles del libro de Mario Paoletti: “El aguafiestas”, que es la biografía de Mario Benedetti donde salen algunas de las cosas que me parecen de interés para entender su obra. 

Va en fotos tomadas con el celular, el Identikit, que ocupa las primeras páginas del libro. El segundo capítulo son los recuerdos de la infancia y lleva por título: “Los verdes años”.


“Mi padre era un tipo decente, buena gente. Pero también es cierto que en su pasión por lo correcto había un destello de terquedad. Algunas veces uno no sabía si estaba siendo digno o simplemente porfiado. Aunque en esto de los ejemplos morales, yo soy de los que creen que es mejor que sobre y no que falte.”


A Mario Benedetti le habrán de apasionar, andando el tiempo, estas fronteras entre lo excelso y lo no tan excelso. ¿Dónde está el límite entre la dignidad magnífica y la obstinada terquedad? Y aunque no tuviera que ver con su padre, sino con él: ¿en qué momento la prudencia se puede transformar en cobardía?

Su padre había sido estafado, intentó sobreponerse hasta que las deudas eran impagables. Prefirió el debacle económico a llamar a los acreedores y aceptar la quiebra. Las consecuencias de esa decisión fueron catastróficas. Emigrar a la capital, primero a un barrio alejado llamado Colón, de gente obrera, que en la memoria del matrimonio de Matilde y Brenno, sus padres, permanecería eternamente unido al recuerdo ominoso de la estafa tacuaremboense y de sus consecuencias. Para Marito en cambio, Colón habría de ser un lugar que recuerda con cariño y del que escribió: 


“Cuando solo era un niño estupefacto, viví durante años allá en Colón en un casi tugurio de latas. Fue una época más bien miserable. Pero nunca después me sentí tan a salvo, tan al abrigo, como cuando empezaba a dormirme bajo la colcha de retazos y la lluvia poderosa cantaba sobre el techo de zinc”.













Luego de trasladarse a Montevideo e ir superando la crisis económica contando ya con un trabajo seguro, el Sr. Brenno envió a su hijo Mario al Colegio Alemán, ya que tenía una profunda admiración por el espíritu científico de los alemanes. En Mario determinaría una buena parte de sus vocaciones.

Viajaba en tranvía, tomaba el de las 6:15 am., horario para gente estoica, razón por la cual había siempre dos pasajeros, un viejo bajito y honorable, de traje oscuro y barba canosa, que jamás lo miraba y Mario. 


“Parecía arrancado de una foto antigua, tomaba en realidad el tranvía en una esquina del siglo diecinueve, pero vino a ocurrir que por casualidad viajé junto a mi padre y este me dijo señalando al vejestorio: ‘ese es el poeta nacional: Don Juan Zorrilla de San Martin. Nada más ni nada menos’… mire usted lo que son las cosas…”

“Desde entonces el tranvía errante sigue galopando en la niebla de la memoria y en la niebla de Montevideo con un Zorrilla viejo y un Benedetti niño, capítulo 3 y 7 de la historia de la literatura uruguaya, juntos pero solos y sin que Mario pudiese comprender jamás para qué coño habría de necesitar levantarse tan temprano el poeta nacional en ese tramo penúltimo de su cándida gloria”.



Del Colegio Alemán tomaría de los alemanes el gusto por el trabajo bien hecho junto con la virtud/manía de la puntualidad. Aunque en los códigos del colegio, él por no ser alemán, era de segunda categoría. Sufrió discriminaciones odiosas que maduraron en él el odio por toda discriminación. 

Concurrió de los nueve a los 13 años, en 1933, cuando lo obligaron a hacer el saludo de brazo extendido, el saludo nazi. A pesar de la determinación del padre de que debía salir, logró convencerlo de terminar ese año.

Mario confiesa sentir pena por aquel Mario niño. Por aquel Marito niño que tuvo rondas y triciclos, la amistad con el perro de la vecina y el dulce juego con sus trenzas, pero su infancia fue otra cosa: 



“La crueldad dulzona de los mayores, la caída de las primeras máscaras, la vertiginosa temporada del pánico y la vergüenza de sus primeras prácticas masturbatorias, la gallina asesinada por la buena parienta que lo arropaba por la noche, la palabra cáncer. Es también aquella bombita que cuando apagaban la luz, los abrigos se transformaban en hipopótamos o en un enorme toro que lo mira con los ojos de su abuela Pastora, [que había sido bastante tóxica para la familia].”

 

“Mario Benedetti se ha pasado la vida pensando /temiendo que algún día, más tarde o más temprano, tendrá que entrar a saco en su podrida infancia y hacer el inventario de toda esa miseria.”


El abuelo de Mario, también Brenno, también químico y de yapa, astrónomo, regenteaba en otro departamento (Mercedes) una estancia que era tan grande como el de una provincia belga. Los días en Mercedes fueron dulces y felices y repletos de estímulos literarios, porque en aquella hacienda, hasta solo 50 años antes, todos los trabajos habían sido desempeñados por esclavos africanos. Todavía se conservaban las cavernas donde habían vivido los tigres que utilizaban para atemorizarlos.







Este abuelo italiano que había emigrado a Uruguay siguiendo los pasos de Giuseppe Garibaldi (un aventurero que había contribuido en Italia a su unificación y vino a Montevideo a ponerse al servicio del partido colorado en la guerra grande) relata Benedetti, fue quien más influyó en su formación moral.

En Mercedes también vivía la tía Flaminia, que era muy católica. 


“La tía Flami vivía en el paraíso, en una chacrita cerca del Río Negro, en el que se podía pescar en bote. El tío Danilo, hermano de Flami, se tiraba al agua sin que Mario lo viera y le enganchaba mojarritas en el anzuelo para que se creyera un gran pescador. Entre la casa y el río había muchos y altos arboles y a Mario le encantaba perderse por la orilla del río sabiendo que nadie podría seguir sus pasos. Descubrió que esa soledad le gustaba. Fue esta una de las pocas veces que Mario, animal urbano, pudo escuchar, ver, oler, palpar y gustar de la naturaleza. Le sorprendía que los pájaros se le acercaran tan campantes y pensaba entonces que quizás lo confundían con un arbolito o con un matorral.”
También gozaba con los movimientos de los árboles, al impulso de la brisa, que parecían hacerle cabeceos de complicidad. A veces se apoyaba en alguno de los más viejos y la corteza rugosa le trasmitía una comprensión casi paternal.

“Repasar la corteza de un árbol experimentado -escribirá Mario Benedetti 45 años después, ya en el exilio-, es como acariciar la crin de un caballo que uno monta a diario. Se establece una comunicación muy sobria.” Y llegaba a la extraña conclusión de que al fin de cuentas tal vez no fuera aburrido ser pino o eucaliptus.

La tía Flami se planteó que su sobrino montevideano tenía que tomar la primera comunión. El padre de Mario creía en alguna clase de Dios, pero no soportaba ni a las iglesias ni a los curas. Sopesó las influencias maléficas y benéficas, y al final autorizó: “dale el gusto”. El evento se realizó en una Iglesia de Punta Carretas en el barrio donde vivía Mario. Ahí los curas los domingos se recogían la sotana y jugaban al fútbol con la muchachada del barrio.


La tía Flami se planteó que su sobrino montevideano tenía que tomar la primera comunión. El padre de Mario creía en alguna clase de Dios, pero no soportaba ni a las iglesias ni a los curas. Sopesó las influencias maléficas y benéficas, y al final autorizó: “dale el gusto”. 

El evento se realizó en una Iglesia de Punta Carretas en el barrio donde vivía Mario. Ahí los curas los domingos se recogían la sotana y jugaban al fútbol con la muchachada del barrio.


La comunión fue debut y despedida, de manera que tía Flami insistía en que debía volver. Decidió darle el gusto y confesarse. No se le ocurre nada mejor a Mario que hablar en la confesión del suicidio del presidente Baltasar Brum, que era del partido colorado y el cura le contesta que no mencione a ese hereje que a estas horas debería estar retorciéndose en las llamas del infierno. Enterado el padre de eso, partidario del difunto, no permitió que fuera más a la Iglesia.


La segunda infancia de Mario se arrastró con más pena que gloria, marcada por las lecturas, la falta de amigos y de juegos. Los ñoquis, las milanesas, las empanadas y la pizza. También las albóndigas una preferencia de Mario. 

La comida era una prenda de unión habitual entre los Benedetti. Sobre todo el arroz con azafrán y el dulce de zapallo, que Matilde (la madre) y Brenno su padre, devoraban. Casi todas las reconciliaciones de la pareja habían estado ilustradas por el dulce de zapallo. La venida de su hermano había amainado bastante la crispación doméstica.

El padre murió de cáncer a los 72 años y la madre sobrevivió hasta los 88. Siempre recelosa de los cambios, se pasó sus últimos años sentada para el mismo lado junto a la ventana. Era tan reacia a los cambios que cuando quisieron regalarle una licuadora, dijo: “El día que en esta casa entre una licuadora yo me voy”. Era gran lectora de diarios y revistas, y después te los contaba. Escribió algún que otro poema.

“Un día me mandó uno. Se llamaba: ‘La gota de rocío’, romántico al estilo Becquer. No estaba nada mal. Lo que más le molestaba a mi madre era que el viejo se mantuviera en silencio. Porque ella era del modelo parlanchín y él del modelo callado”.

“Mi padre era un demócrata. En los años 40 cuando llamaron a voluntarios para la Segunda Guerra Mundial, papá y yo nos presentamos para pelear contra los nazis y un día hasta desfilamos”.