sábado, 1 de octubre de 2016

Cuentos para leer al anochecer. Historias de fantasmas. Charles Dickens

"Hay grandes hombres que hacen a todos los demás sentirse pequeños. Pero la verdadera grandeza consiste en hacer que todos se sientan grandes."
Charles Dickens.

Buenas tardes amigos del Club de la Buena Estrella. Por muchos motivos ajenos a nuestra voluntad, nos atrasamos en postear las fichas de los dos libros seleccionados para leer en el mes de octubre, en nuestra viñeta Terror/Suspenso. Así que nos hemos dado a la tarea de ponernos al día con esto. 

Llegamos por fin a la lectura de "Cuentos para leer al anochecer. Historias de fantasmas", del autor inglés Charles Dickens, que hoy por hoy, es el autor más leído en nuestro club. Como era de esperarse, esta lectura nos dejó como siempre muy satisfechos, ante la certeza de haber leído a uno de los grandes en la literatura universal. Y es que Dickens no solo explora temas atemporales, sino también lo hace con la elegancia y buen gusto que hacen de la lectura un verdadero deleite.


Cuentos para leer al anochecer. Historias de fantasmas,
es una propuesta de Marina Sandoval


SINOPSIS

Charles Dickens estuvo interesado durante toda su vida por los fenómenos misteriosos. Su natural inclinación hacia el drama y lo macabro hicieron de él un extraordinario escritor de cuentos de fantasmas. Para leer al anochecer presenta trece de sus más célebres y espeluznantes historias de fantasmas —«El fantasma en la habitación de la desposada», «El juicio por asesinato», «El guardavías», «Fantasmas de Navidad», «El Capitán Asesino y el pacto con el Diablo», «La visita del señor Testador» o «La casa encantada», entre otras—, en una nueva traducción al castellano. Villanos que mueren ahorcados, mujeres misteriosas que encargan retratos desde el más allá, marinos desaparecidos que hacen visitas inesperadas a los vivos, viajeros victorianos que se encuentran con siniestros niños en oscuros caserones… Puro talento gótico. 


FICHA DEL LIBRO

Viñeta:                    Terror | Suspenso

Libro:                      Cuentos para leer al anochecer.
                                Historias de fantasmas.

Autor:                     Charles Dickens

Nacionalidad:         Inglés

Año:                        1998

Total de páginas:     236

Editorial:                 IMPEDIMENTA

ISBN:                      9788493760106



DIVISIÓN DE LECTURAS

Jueves 6 de octubre de 2016
Jueves 13 de octubre de 2016
Biografía del autor
Hasta el final del libro
50% del libro
100%

EL AUTOR

Charles John Huffan Dickens. 
Nació en Portsmouth, Inglaterra el 7 de febrero de 1812, y murió el 9 de junio de 1870. Su principal género literarios fue la novela, pero también escribió cuentos.

Fue un famoso novelista inglés y uno de los más conocidos de la literatura universal, quien supo manejar con maestría el género narrativo, el humor, el sentimiento trágico de la vida, la ironía, con una aguda y álgida  crítica social así como las descripciones de gentes y lugares, tanto reales como imaginarios.

Pasó su infancia en Londres y en Kent, lugares descritos frecuentemente en sus obras. Abandonó su escuela y se vio obligado a trabajar desde muy chico, al ser encarcelado su padre por deudas. La mayor parte de su formación la hizo como autodidacta, y su novela "David Copperfield" (1850) es en parte autobiográfica y trasunta sus sentimientos al respecto. A partir de 1827 comenzó a prepararse para trabajar como reportero, en una publicación de un tío, The Mirror of Parliament, y para el periódico liberal The Morning Chronicle.

Aprendió taquigrafía y, poco a poco, consiguió ganarse la vida con lo que escribía; empezó redactando crónicas de tribunales para acceder, más tarde, a un puesto de periodista parlamentario y, finalmente, bajo el seudónimo de Boz, publicó una serie de artículos inspirados en la vida cotidiana de Londres (Esbozos por Boz).

La publicación por entregas de prácticamente todas sus novelas creó una relación especial con su público, sobre el cual llegó a ejercer una importante influencia, y en sus novelas se pronunció de manera más o menos directa sobre los asuntos de su tiempo.

En estos años, evolucionó desde un estilo ligero a la actitud socialmente comprometida de Oliver Twist. Charles Dickens era una personalidad muy reconocida y sus novelas fueron muy populares durante su vida. Su vida familiar fue azarosa, con varios fracasos matrimoniales y muchos hijos.

Murió el 9 de junio de 1870 y sus restos fueron sepultados en la abadía de Westminster.

Obras

Papeles póstumos del Club Pickwick, 1836 - 1837
Oliver Twist, 1837 - 1839
Nicholas Nickleby, 1838 - 1839
La tienda de antigüedades, 1840 - 1841
Barnaby Rudge, 1841
Cuento de Navidad, 1843
Martin Chuzzlewit, 1843 - 1844
Dombey e hijo, 1846 - 1848
David Copperfield, 1849 - 1850
Casa desolada, 1852 - 1853
Tiempos difíciles, 1854
La pequeña Dorrit, 1855 - 1857
Historia de dos ciudades, 1859
Grandes esperanzas, 1860 - 1861
Nuestro común amigo, 1864 - 1865
El guardavía, 1866

sábado, 17 de septiembre de 2016

Los escritores de septiembre



Como todo septiembre, mes de la patria, el libro programado en el Club de la Buena Estrella es de un salvadoreño. Este año leeremos dos, pero como vamos a la mitad del mes, recién terminamos el primero: "La sirvienta y el luchador" de Horacio Castellanos Moya. No pude asistir a la última reunión para hablar de este libro y fue una lástima porque me hubiera gustado comentar sobre él. Solo puedo decir que a mí sí me gustó; el principio es nauseabundo, uno de los que más asco me ha dado, es muy crudo (creo que tengo problemas con mis gustos, el de Llorente también me pareció bueno aunque es perturbador), pero es entretenido y se lee bastante rápido. En particular me pareció genial el hecho que mencionara justo los dos colegios donde estudié (se que es una ridiculez, pero eso me hace sentirlo más cercano) aunque fuera solo porque "iban pasando cerca". Sí, lo reconozco, se le pasa la mano con las coincidencias, llega un punto en que es demasiado inverosímil que todos los personajes estén conectados y que todo pase en dos días, pero igual me sigue gustando, no es lo mejor que he leído, pero esta muy lejos de ser lo peor; del 1 al 10 le doy 7.5. 

Gracias al club he tenido la oportunidad de conocer escritores salvadoreños, algo que yo no consumía como lectora individual y todos los que he leído sin excepción me han gustado, unos más que otros, pero es muy grato darme cuenta cuanto talento hay en nuestro país, algo que nos cuesta reconocer o mejor dicho algo de lo que yo no tenía conciencia y que ahora con propiedad puedo afirmar que sí hay, pero además, con la novela de Castellanos Moya caí en cuenta (soy medio lenta para captar las cosas) que no solo hay buenos escritores, sino que hay una gran variedad; que no solo existen poetas, escritores de la guerra o un género en particular, el país cuenta con suficiente talento para: generar una novela negra que recrea los tugurios más bajos de México como "Los héroes tienen sueño", presentar un pueblito de Guatemala con unos personajes psicológicamente complicados como la "Noy" y Andrew de "Corazón Ladino", plasmar mediante las fichas de la lotería, una historia de encuentros y desencuentros en medio de montañas y las bombas de la guerra como lo hace "Camino de hormigas", producir un libro capaz de hacernos ver a San Salvador como una especie de "Tierra del Nunca Jamás"  dónde los niños pueden volar, caminar en el mar y llegar desde el otro lado del océano en un barquito de vela para atender a la invitación de una nota en una botella como el bellísimo "La habitación al fondo de la casa", enfrentar al lector con una tragedia que nos recuerda una historia sangrienta, que al margen del bando en el que creamos o incluso si no creemos en ninguno, no podemos negar que es nuestra como lo hace el libro "Noviembre" o hacer sentir la incomodidad, el asco y la repugnancia que produce "La sirvienta y el luchador"; y si no sigo con la lista es por mi desconocimiento, pero estoy segura que deben haber muchos más. 

En mis años de primaria me enseñaron escritores salvadoreños, en especial poetas, pero los veía muy lejanos, como ese bisabuelo que murió antes que uno naciera y que no cabe la menor duda que existió pero solo se conoce mediante una foto que al verla no produce mayor sentimiento, debe ser que la edad no era la indicada para apreciar la importancia y el talento de esas figuras, en bachillerato no recuerdo que haya habido mucha literatura salvadoreña (fue una lástima porque con la excelente maestra de Letras que tuve, hubiera sido un deleite), y por una dejadez de mi parte al no investigar, pasé mucho tiempo pensando que El Salvador "tuvo buenos poetas" y que todos los demás países "tienen buenos escritores" o por lo menos famosospero ahora gracias al club se que no es así, se que México puede tener a Octavio Paz, Nicaragua a Gioconda Belli, China a Mo Yan y un largo etc. pero nosotros tenemos a Menjívar Ochoa, Yolanda Consuegra, Huezo Mixco, Jorge Galán y al controversial y hasta incómodo Castellanos Moya y otro largo etc. también, y que muchos de los salvadoreños son tan buenos y hasta mejores que los escritores de otros países. 

Una vez que asistí a ver una obra en el teatro, una de las actrices contó una anécdota, dijo que su hija estaba en primaria y le pidió una hoja volante dónde anunciaban la obra en la que ella actuaba en ese momento para llevarla al colegio, cuando ella le preguntó para qué la quería, la niña le respondió que para enseñársela a sus compañeros, porque un niño le dijo: "en El Salvador no hay actrices" y ella muy molesta le respondió: "sí hay, mi mamá es actriz y es salvadoreña" y quería mostrar la hoja volante para señalar el nombre de su mamá y que le creyeran, eso la hizo sentir llena de orgullo; pues ahora cuando alguien diga "en El Salvador no hay escritores"  responderé parecido a esa niña y diré: "sí hay, yo he leído varios y gracias al club le he estrechado la mano a más de uno", le mostraré un brochure o el blog del Club de la Buena Estrella señalándolos con nombre y apellido y eso me dará más orgullo de ser salvadoreña que los desfiles del 15 de septiembre. 

viernes, 9 de septiembre de 2016

Un Vikingo en las arenas de la lucha libre de El Salvador


En la reunión del Club del día de ayer me enteré, que El Vikingo es un personaje real de la lucha libre nacional. De hecho, a veintitrés años de haberse retirado, es considerado una "leyenda" para algunos conocedores, o seguidores de los años setenta. Sobra decir que mis conocimientos sobre el tema son casi nulos. Y digo casi, porque el papá de una de mis compañeras del colegio era luchador, y ella eventualmente nos lo presumía enseñándonos algunas fotos de él en sus tiempos de juventud, haciendo alguna pose de campeonato. Es decir, que dada mi ignorancia sobre el tema, quedé agradablemente impresionada al saber que nuestro protagonista del libro de septiembre está basado en un luchador que realmente existió, y que fue alabado en algunas arenas de Centro y Sur América, aunque por supuesto hay que aclarar que no es biográfico.

Luego me puse a investigar y descubrí que la lucha libre fue muy popular en nuestro país y tuvo su época de oro a mediados de los años 60 hasta a finales de la década de los 70, gracias a la popularidad de los luchadores mexicanos como El Santo, Blue Demon, Huracán Ramírez, El Médico Asesino, Cavernario Galindo, Dr. Wagner, Black Shadow, el Rayo de Jalisco, Mil Máscaras, Gory Guerrero, etc.

Las películas y popularidad de los luchadores El Santo y Blue Demon, héroes populares mexicanos que luchaban contra toda clase de enemigos infernales y diabólicos, hicieron que muchos compatriotas nuestros, admiradores de éstos dos personajes, se interesaran en aprender el oficio de luchador profesional; no solamente para practicar un deporte viril, sino, como medio de obtener un medio de ingreso adicional a su trabajo u oficio.

Y fue así como empezaron a surgir los primeros luchadores nacionales como El Olímpico, Kali Valdez (bautizado como El Gladiador Cuzcatleco), el Sordomudo Cruz (Sordomudo de verdad), El Diablo Rojo, El Gran Chema, el Chato Monterrosa, La Sombra, El Apache (famoso torturador de la SIC que fuera ajusticiado por un comando urbano de la guerrilla), El Águila Migueleña (que muriera haciendo la ruleta rusa con el Apache), el Campesino (que usaba las botas 7 leguas de la ADOC), Zas primero, Panchito Cortéz, el Cerrajero, el Búfalo, el Leñador, el Comanche Lima, el Rayo Hondureño, el Bucanero, la Araña Negra, Jon Gil Dong, el Vikingo (nuestro protagonista en cuestión), Súper Muñeco, y muchísimos más. Las primeras luchas profesionales fueron realizadas en el antiguo Gimnasio Nacional, que quedaba sobre la segunda calle oriente. Al ser demolido éste, fueron trasladadas al viejo Cine Popular conocido como “El Pulgoso”, (hoy cine Libertad, también ya abandonado), y alcanzó su clímax en la Arena Metropolitana de la Calle Concepción, en el barrio del mismo nombre.

La popularidad de la lucha libre en El Salvador subió a su más alto nivel cuando la fábrica de calzado ADOC patrocinó la transmisión de los eventos de lucha desde la Arena Metropolitana los sábados por la noche, cuyo locutor principal fue Don Miguelito Álvarez, conocido como “el Decano” de los comentaristas deportivos.

Al subir la popularidad de las veladas de lucha libre, los promotores empezaron a contratar luchadores de otros países para que vinieran a nuestro país. Fue así como pasaron por los encordelados de la Metropolitana luchadores como Tonina Jackson, el Médico Asesino, Mil Máscaras, Frankenstein, los Hermanos Muerte, Cavernario Galindo, Gory Guerrero, Bobby Galeano, León Kirilenko, mejor conocido como el Ruso Loco, el Perro Aguayo y también muchos luchadores suramericanos; entre ellos, el más sobresaliente de todos, el luchador The Tempest, que con sus golpes de karate y sus ágiles llaves y lances aéreos, se ganó la simpatía y la admiración de la fanaticada.

Casi siempre las luchas eran a ganar dos de tres caídas. Eran combates individuales, pero también había relevos australianos, dos contra dos, tres contra tres y peleas sin límite de tiempo. Las peleas más emocionantes eran donde los luchadores apostaban su máscara o su cabellera para humillar al oponente. Algunos tal vez recuerdan haber visto cortar la cabellera del quizás mejor luchador rudo nacional de todas las épocas, y el más odiado, el temido Bucanero, así como también la de Kali Valdez. 

El árbitro de lucha más famoso de entonces fue el Tío Tigre Cardoza, también odiado por los seguidores de los luchadores técnicos, porque siempre le daba ventaja a los rudos. Tío Tigre también se hizo después luchador rudo. 

Muchos años después, nos llegó por televisión “Titanes en el Ring”, programa producido en Argentina, pero más que lucha libre era un programa infantil. Los Titanes en el Ring hicieron una gira por toda América y visitaron El Salvador haciendo su presentación en El Poliedro. Entre sus luchadores más famosos estaban: Martín Karadagián, La Momia Blanca, La Momia Negra, El Armenio Ararat, TPS, Caballero Rojo, Yolanka, Ulises el griego, Pepino el payaso, D’artagnan, Don Quijote y Sancho Panza, el Coreano Sun, Mercenario Joe, y un personaje, que no era luchador, pero que era parte del show, la Viuda de las flores rojas.

La lucha norteamericana actual de la WWF es una copia de la lucha libre mexicana, y sus mejores exponentes como Hulk Hogan, The Rock, The Undertaker, no son mejores que los luchadores mexicanos. 

La lucha libre, más que un deporte, es un espectáculo, y a pesar de que casi todo es coreografía, no por eso deja de ser peligroso, y los peleadores se golpean de verdad. Muchos han muerto por una mala caída, y otros sufrieron quebraduras y marcas de por vida.

Cuando la concurrencia a la Arena Metropolitana decayó, surgieron otras como la Arena Rivera Escalante del Barrio Santa Anita, que trataron de darle continuidad a la afición por la lucha. Pero la guerra, el surgimiento de otras formas populares de entretenimiento y otros deportes, hicieron que estas arenas también cerraran sus puertas.

Últimamente nuevos promotores, así como también viejos y nuevos luchadores nacionales han empezado a montar veladas de lucha libre en la Casa del Artista Nacional. Ojalá que les vaya bien.

Por de pronto, solo podemos recordar cuando a la cuenta de tres segundos, el luchador técnico ponía “espaldas planas” al odiado rudo con llaves, candados y lances espectaculares como la doble Nelson, la quebradora, la de a caballo, piquetes a los ojos, la desnucadora, patadas voladoras, tijeretas y el salto mortal desde la tercera cuerda.

RECORTE Y ENTREVISTA

Y además, encontré este recorte y esta entrevista que le hicieron al Vikingo...



Ustedes que saben, ¿quién se nos habrá escapado en esta mini reseña?


Fuentes: 
- Memoriasguanacas.blogspot.com
- Youtube
- Luchalibreguatemala.wordpress.com

jueves, 8 de septiembre de 2016

Feria de libros usados




Buenos días amigos, espero que estén muy bien.

Como ustedes saben, el Club de la Buena Estrella tiene dentro de sus iniciativas, hacer una plataforma virtual en la que todos nuestros procesos estén automatizados, pero además, que otros clubes de lectura puedan utilizar nuestro Método CBE para la administración de sus grupos. Por tal motivo, hicimos el año pasado una rifa para la recaudación del primer 50% de anticipo que ya se les entregó a la empresa que lo está diseñando.

Ahora, ya casi llegamos a la fecha en que debemos entregarles a ellos la otra mitad del desembolso. Para tales efectos, estamos organizando una venta de libros usados, para lo cual volvemos a solicitarles su valiosa colaboración por si tienen algunos ejemplares de libros que consideran que ya no van a leer, que tienen repetidos, que les ocupan espacio, o que simplemente nos quieran donar para esta actividad. Haremos un inventario detallado de los libros que nos donen, para luego pasarles las cuentas. Me pueden escribir a clubdelabuenaestrella@gmail.com

Más adelante les daremos detalles de dónde lo llevaríamos a cabo y la fecha y hora.

Muchísimas gracias anticipadas por apoyar como siempre nuestras iniciativas.

¡Saludos! y ¡felices lecturas!

lunes, 5 de septiembre de 2016

La sirvienta y el luchador, Horacio Castellanos Moya


«Me parece que hay dos tipos de escritores: los visuales y los auditivos. Yo me ubicaría en este segundo grupo, donde lo más importante es el tono, el ritmo y la intensidad de la voz narrativa, la estructura y la velocidad de la prosa, antes que la capacidad para describir espacios o caracteres. No me siento a escribir si no he escuchado e interiorizado la voz que cuenta, ya sea en primera o en tercera persona. Y la voz que cuenta al principio es apenas una intuición, luego un balbuceo con destello, y en seguida un tono y un ritmo precisos. Una vez que esa prosa comienza a andar, la acción y la aventura tienen que cabalgar sobre ella». 
Horacio Castellanos Moya

Amigos del Club de la Buena Estrella:

Como les anticipamos en el post del libro "El sueño de Mariana" de Jorge Galán, este mes de septiembre está reservado a dos escritores salvadoreños y por tanto tendremos dos lecturas. La segunda de ellas se trata de "La sirvienta y el luchador" del escritor también salvadoreño Horacio Castellanos Moya. Como tuvimos un pequeño inconveniente en adquirir el libro de Galán, vamos a comenzar con el de Castellanos Moya, y lo leeremos a partir de ahora hasta el día 16 de septiembre cuando comentaremos el final.

Esperamos que  nos acompañen en ambas lecturas.

La sirvienta y el luchador es una propuesta de Roberto Rivas

SINOPSIS

La historia de esta novela se centra en El Vikingo, un viejo ex luchador profesional que quiere demostrar a sus superiores en la policía que sigue siendo un tipo duro capaz de cumplir todos los encargos, sale con otros compañeros con la misión de llevar a los calabozos del Palacio Negro a unos jóvenes sospechosos. Al día siguiente, una criada, María Elena, acude a servir por primera vez a casa del nieto recién casado de su antiguo patrón, y se encuentra con que no hay nadie para recibirla. Tras preguntar a los vecinos y recibir llamadas cada vez más alarmadas de la familia, María Elena intuye que la desaparición de Albertico y Brita encubre algo muy grave. 

Necesita echar mano de un viejo conocido suyo en la policía, del que recuerda que trabajó vigilando a su patrón y que la había cortejado a ella. En sus inocentes pesquisas, María Elena presencia salvajes detenciones y es testigo de los altercados de grupos subversivos, entre cuyos encapuchados reconoce fugazmente a alguien familiar. Su preocupación se tornará angustia en cuanto se pregunte también por el paradero de su hija y de su nieto.

FICHA DEL LIBRO

Viñeta:                    Autor salvadoreño
Libro:                      La sirvienta y el luchador
Autor:                     Horacio Castellanos Moya
Nacionalidad:         Salvadoreño
Año:                        2014
Total de páginas:     367
Editorial:                 Tusquets
Series:                     Coleccion Andanzas (Book 750)
Idioma original:      Castellano
ISBN:                      978-6074212501











DIVISIÓN DE LECTURAS

Jueves 8 de septiembre de 2016
Viernes 16 de septiembre de 2016
Biografía del autor | 
Primera y Segunda Parte del libro
Tercera y Cuarta parte
Final del libro
Pág. 57 del PDF
Pág. 118 del PDF

RESEÑA 

Pueden leer una reseña que Miguel Huezo Mixco le hizo al libro en el periódico digital Contrapunto aquí.

SOBRE EL AUTOR

Horacio Castellanos Moya nació el 21 de noviembre de 1957, en la ciudad de Tegucigalpa, capital de la república de Honduras. Fue trasladado a San Salvador en los primeros años de su infancia. Vivió en la capital salvadoreña hasta 1979, período en el que tuvo que abandonar también sus estudios de literatura, desarrollados en la Universidad de El Salvador. Tras su salida del país se dio a conocer su antología poética La margarita emocionante, donde compiló trabajos de seis poetas, entre ellos Mario Noel Rodríguez, Miguel Huezo Mixco y él mismo.

Residió durante medio año en Toronto, Canadá, en cuya York University cursó estudios históricos y de áreas comunes. Volvió a su ciudad natal, en cuya Universidad Nacional laboró de marzo a julio de 1980. Establecido en San José (Costa Rica), de agosto de 1980 a septiembre de 1981 se desempeñó como corrector de pruebas en la Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA).

El 18 de septiembre de 1981 llegó a la ciudad de México, donde permaneció por una década y trabajó como redactor en la Agencia Salvadoreña de Prensa (SALPRESS), corresponsal de la revista brasileña Cuadernos del tercer mundo, analista político de la empresa privada ANAFAC y editor de la Agencia Latinoamericana de Servicios Especiales de Información. Entre septiembre de 1986 y enero de 1987 se trasladó de la ciudad de México al pueblo de Tlayacapa (Cuernavaca), donde escribió su primera novela, La diáspora, dedicada a contar las experiencias de los intelectuales salvadoreños exiliados a causa del conflicto armado (1979-1992). Esta obra ganó el Premio Nacional de Novela 1988, patrocinado por la Universidad Centroamericana "José Simeón Cañas". Al finalizar el período bélico salvadoreño (1979-1992), regresó a San Salvador a participar en la fundación del primer medio impreso de la posguerra: el semanario Primera plana (San Salvador, 1995-1996).

Como periodista se ha desempeñado como corresponsal, editor y director de diversos periódicos y revistas en las capitales mexicana y salvadoreña. Sus escritos han sido difundidos por numerosas publicaciones periódicas de Hispanoamérica, entre las que se encuentran el diario La opinión (Los Ángeles, California), las revistas Tendencias y Cultura (San Salvador, El Salvador), el periódico semanal Journal do Pais y Cuadernos del tercer mundo (Río de Janeiro), los diarios El día y Excélsior (México), las revistas Proceso, Casa del tiempo, Plural, Límite sur, Estrategia y La brújula en el bolsillo (México).

Residente por algunos meses en España, después de esa estancia dio a conocer sus obras, entre ellas La diabla en el espejo en 2000, finalista del premio internacional "Rómulo Gallegos", en su edición del año 2001.

Con "El asco" Castellanos Moya logró una repercusión internacional. Es una novela que realiza un homenaje a los personajes de Thomas Bernhard que incluso logró impresionar al traductor al español del escritor austríaco. Se publicó en 1997 y ya lleva siete ediciones en El Salvador, en donde se convirtió en el libro de culto de los últimos años, pasando de mano en mano.

EN 1999 se trasladó a España y desde 2001 residió en la Ciudad de México. Entre 2004 y 2006 vivió en Fráncfort, por la invitación del programa "Cities of Asylum" de dicha ciudad, durante el 2009 fue investigador invitado en la Universidad de Tokio. Actualmente trabaja en la Universidad de Iowa y es un columnista regular para la revista Sampsonia Way Magazine.

Definido por Roberto Bolaño como un "melancólico que escribe como si viviera en el fondo de alguno de los muchos volcanes de su país", El Salvador, Horacio Castellanos Moya es una de las voces más provocadoras y originales de la literatura centroamericana de posguerra. Su obra es una exploración crítica de la temática y retórica de la violencia. La gratuidad del crimen, los abusos de la derecha y de la izquierda, el deterioro de las utopías revolucionarias y el desencanto de los que lucharon por ellas, son algunos de los motivos que aparecen en sus historias, en las que hace gala de un estilo depurado, nervioso y contundente. Un eficaz uso del monólogo y del lenguaje coloquial son dos de los rasgos más característicos de su escritura.


BIBLIOGRAFÍA


Novela

La diáspora (1988)

Baile con serpientes (1996)

El Asco. Thomas Bernhard en San Salvador (1997)

La diabla en el espejo (2000)

El arma en el hombre (2001)

Donde no estén ustedes (2003)

Insensatez (2004)

Desmoronamiento (2006)

Tirana memoria (2008)

La sirvienta y el luchador (2011)

El sueño del retorno (2013)


Cuento

¿Qué signo es usted, niña Berta? (1988)

Perfil de prófugo (1989)

El gran masturbador (1993)

Con la congoja de la pasada tormenta (1995)

El pozo en el pecho (1997)

Indolencia (2004)

Con la congoja de la pasada tormenta. Casi todos los cuentos' (2009)


Poesía

Poemas (1978)

La margarita emocionante (1979)

Ensayo:

Recuento de incertidumbres: cultura y transición en El Salvador (1993)

La metamorfosis del sabueso: ensayos personales y otros textos (2011)


PREMIOS

Premio Nacional de Novela 1988, patrocinado por la Universidad Centroamericana "José Simeón Cañas".


Fuentes: Escritores.org, Amazon.

lunes, 29 de agosto de 2016

Conquistando lectores para Bolaño


Antes que nada, espero que los que ya se animaron a leer "2666" de Roberto Bolaño, lo estén disfrutando; ya que en particular, este tipo me parece un genio literario. Pero bueno, como dice el refrán "Para gustos los colores", es mi apreciación desde mi punto de vista sesgado por mis preferencias. Para los que aún no se animan... Quiero compartirles un ensayo que escribió el susodicho en cuestión. Honestamente, lo leí en un momento complicado y pues, he de decirles que me desternillé de la risa cuando lo acabé.

Sin más preámbulos, se los dejo para que puedan leerlo:

LITERATURA + ENFERMEDAD = ENFERMEDAD

Por ROBERTO BOLAÑO

Para mi amigo el doctor Víctor Vargas, 
hepatólogo

Enfermedad y conferencia
 
Nadie debe extrañarse de que el conferenciante se ande por las ramas. Pongamos el siguiente caso. El conferenciante va a hablar sobre la enfermedad. El teatro se llena con diez personas. Hay una expectación entre los espectadores digna, sin duda, de mejor causa. La conferencia empieza a las siete de la tarde o a las ocho de la noche. Nadie del público ha cenado. Cuando dan las siete (o las ocho, o las nueve) ya están todos allí, sentados en sus asientos, los teléfonos móviles apagados. Da gusto hablar ante personas tan educadas. Sin embargo el conferenciante no aparece y finalmente uno de los organizadores del evento anuncia que no podrá venir debido a que, a última hora, se ha puesto gravemente enfermo.

Enfermedad y estatura 
Vayamos al grano o acerquémonos por un instante a ese grano solitario que el viento o el azar ha dejado justo en medio de una enorme mesa vacía. No hace mucho tiempo, al salir de la consulta de Víctor Vargas, mi médico, una mujer me esperaba junto a la puerta confundida entre los demás pacientes que formaban la cola. Esta mujer era una mujer bajita, quiero decir de corta estatura, cuya cabeza apenas me llegaba a la altura del pecho, digamos unos pocos centímetros por arriba de las tetillas, y eso que llevaba unos tacones portentosos, como no tardé en descubrir. La visita, de más está decirlo, había ido mal, muy mal; mi médico sólo tenía malas noticias. Yo me sentía, no sé, no precisamente mareado, que es lo usual en estos casos, sino más bien como si los demás se hubieran mareado y yo fuera el único que mantenía una especie de calma o una cierta verticalidad. Tenía la impresión de que todos iban a gatas o, como suele decirse, a cuatro patas, mientras yo iba de pie o permanecía sentado, con las piernas cruzadas, que a todos los efectos es lo mismo que estar o ir de pie o mantener la verticalidad. En cualquier caso tampoco puedo decir que me sintiera bien, pues una cosa es mantenerse erguido mientras los demás gatean y otra cosa muy distinta es observar, con algo que a falta de una palabra mejor llamaré ternura o curiosidad o mórbida curiosidad, el gateo indiscriminado y repentino de quienes te rodean. Ternura, melancolía, nostalgia, sensaciones propias de un enamorado más bien cursi, y muy impropias de experimentar en el consultorio externo de un hospital de Barcelona. Por supuesto, si ese hospital hubiera sido un manicomio, tal visión no me habría afectado en lo más mínimo, pues desde muy joven me acostumbré —aunque nunca seguí— al refrán que dice que en el país al que fueres, haz lo que vieres, y lo mejor que uno puede hacer en un manicomio, aparte de mantener un silencio lo más digno posible, es gatear u observar el gateo de los compañeros de desgracia. 


Pero yo no estaba en un manicomio sino en uno de los mejores hospitales públicos de Barcelona, un hospital que conozco bien pues he estado cinco o seis veces internado allí, y hasta entonces no había visto a nadie caminar a cuatro patas, aunque sí había visto a enfermos ponerse amarillos como canarios y había visto a otros que de repente dejaban de respirar, es decir, se morían, algo no inusual en un sitio así; pero a gatas no había visto, todavía, a nadie, por lo que pensé que las palabras de mi médico habían sido mucho más graves de lo que en principio creí, o lo que es lo mismo: que mi estado de salud era francamente malo. Y cuando salí de la consulta y vi a todo el mundo gateando, esta impresión sobre mi propia salud se acentuó y el miedo a punto estuvo de tumbarme y obligarme a gatear a mí también. El motivo de que no lo hiciera fue la presencia de la mujer bajita, que en ese momento se me acercó y dijo su nombre, la doctora X, y luego pronunció el nombre de mi médico, mi querido doctor Vargas, con quien mantengo una relación tipo armador griego millonario, es decir la relación de un hombre casado que ama pero que procura ver lo menos posible a su mujer, y añadió, la doctora X, que estaba al tanto de mi enfermedad o del progreso de mi enfermedad y deseaba incluirme en un trabajo que ella estaba haciendo. Le pregunté educadamente por la naturaleza de ese trabajo. Su respuesta fue vaga. Me explicó que apenas me haría perder media hora de mi tiempo y que se trataba de que yo hiciera algunos tests que tenía preparados. No sé por qué, finalmente le dije que sí, y entonces ella me guió fuera de las consultas externas hasta un ascensor de grandes proporciones, un ascensor en donde había una camilla, vacía, por supuesto, pero ningún camillero, una camilla que subía y que bajaba con el ascensor, como una novia bien proporcionada con —o en el interior de— su novio desproporcionado, pues el ascensor era verdaderamente grande, tanto como para albergar en su interior no sólo una camilla sino dos, y además una silla de ruedas, todas con sus respectivos ocupantes, pero lo más curioso era que en el ascensor no había nadie, salvo la doctora bajita y yo, y justo en ese momento, con la cabeza no sé si más fría o más caliente, me di cuenta de que la doctora bajita no estaba nada mal. 

No bien descubrí esto, me pregunté qué ocurriría si le proponía hacer el amor en el ascensor, cama no nos iba a faltar. Recordé en el acto, como no podía ser menos, a Susan Sarandon disfrazada de monja preguntándole a Sean Penn cómo podía pensar en follar si le quedaban pocos días de vida. El tono de Susan Sarandon, por descontado, es de reproche. No recuerdo, para variar, el título de la película, pero era una buena película, dirigida, creo, por Tim Robbins, que es un buen actor y tal vez un buen director pero que no ha estado jamás en el corredor de la muerte. Follar es lo único que desean los que van a morir. Follar es lo único que desean los que están en las cárceles y en los hospitales. Los impotentes lo único que desean es follar. Los castrados lo único que desean es follar. Los heridos graves, los suicidas, los seguidores irredentos de Heidegger. Incluso Wittgenstein, que es el más grande filósofo del siglo XX, lo único que deseaba era follar. Hasta los muertos, leí en alguna parte, lo único que desean es follar. Es triste tener que admitirlo, pero es así.

Enfermedad y Dioniso 

Aunque la verdad de la verdad, la puritita verdad, es que me cuesta mucho admitirlo. Esa explosión seminal, esos cúmulos y cirros que cubren nuestra geografía imaginaria, terminan por entristecer a cualquiera. Follar cuando no se tienen fuerzas para follar puede ser hermoso y hasta épico. Luego puede convertirse en una pesadilla. Sin embargo, no hay más remedio que admitirlo. Miren, por ejemplo, las cárceles de México. Aparece un tipo no precisamente agraciado, chaparro, seboso, panzón, bizco, y que encima es malo y huele mal. Este tipo, cuya sombra se desplaza con una lentitud exasperante por las paredes de la cárcel o por los pasillos interiores de la cárcel, al poco tiempo de estar allí se hace amante de otro tipo, igual de feo pero más fuerte. No ha habido un romance prolongado, un romance lleno de pasos y de estaciones. No ha habido una afinidad electiva tal como la entendía Goethe. Ha sido un amor a primera vista, primario, si ustedes quieren, pero cuya finalidad no difiere mucho de la finalidad buscada por tantas parejas normales o que nos parecen normales. Son novios. Sus galanteos, sus deliquios, son como radiografías. Follan cada noche. A veces se pegan. Otras veces se cuentan sus vidas, como si fueran amigos, aunque en realidad no son amigos sino amantes. Los domingos, incluso, ambos reciben las visitas de sus respectivas mujeres, que son tan feas como ellos. Obviamente ninguno de los dos es lo que llamaríamos un homosexual. Si alguien se lo echara en cara probablemente ellos se enojarían tanto, se sentirían tan ofendidos, que primero violarían brutalmente al ofensor y luego lo asesinarían. Esto es así. Victor Hugo, que según Daudet era capaz de comerse una naranja entera de un solo bocado, prueba máxima de salud, según Daudet, típico gesto de cerdo, según mi mujer, dejó escrito enLos miserables que la gente oscura, la gente atroz, es capaz de experimentar una felicidad oscura, una felicidad atroz. Según creo recordar, pues Los miserables es un libro que leí en México hace muchísimos años y que dejé en México cuando me fui de México para siempre y que no pienso volver a comprar ni a releer, pues no hay que leer ni mucho menos releer los libros de los cuales se hacen películas, y creo que de Los miserables se hizo hasta un musical. Esa gente atroz, como decía, cuya felicidad es atroz, son aquellos rufianes que acogen a Cosette cuando Cosette aún es una niña, y que encarnan a la perfección no sólo el mal y la mezquindad de cierta pequeña burguesía o de aquello que aspira a formar parte de la pequeña burguesía, sino que con el paso del tiempo y los avances del progreso encarnan, a estas alturas de la historia, a casi la totalidad de lo que hoy llamamos clase media, una clase media de izquierda o de derecha, culta o analfabeta, ladrona o de apariencia proba, gente provista de buena salud, gente preocupada en cuidar su buena salud, gente exactamente igual (probablemente menos violenta y menos valiente, más prudente, más discreta) que los dos pistoleros mexicanos que viven su amor encerrados en un penal. 

Dioniso lo ha invadido todo. Está instalado en las iglesias y en las ONG, en el gobierno y en las casas reales, en las oficinas y en los barrios de chabolas. La culpa de todo la tiene Dioniso. El vencedor es Dioniso. Y su antagonista o contrapartida ni siquiera es Apolo, sino don Pijo o doña Siútica o don Cursi o doña Neurona Solitaria, guardaespaldas dispuestos a pasarse al enemigo a la primera detonación sospechosa.

Enfermedad y Apolo 
¿Y dónde diablos está el maricón de Apolo? Apolo está enfermo, grave.

Enfermedad y poesía francesa
La poesía francesa, como bien saben los franceses, es la más alta poesía del siglo XIX y de alguna manera en sus páginas y en sus versos se prefiguran los grandes problemas que iba a afrontar Europa y nuestra cultura occidental durante el siglo XX y que aún están sin resolver. La revolución, la muerte, el aburrimiento y la huida pueden ser esos temas. Esa gran poesía fue escrita por un puñado de poetas y su punto de partida no es Lamartine, ni Hugo, ni Nerval, sino Baudelaire. Digamos que se inicia con Baudelaire, adquiere su máxima tensión con Lautréamont y Rimbaud, y finaliza con Mallarmé. Por supuesto, hay otros poetas notables, como Corbière o Verlaine, y otros que no son desdeñables, como Laforgue o Catulle Mendés o Charles Cros, e incluso alguno no del todo desdeñable como Banville. Pero la verdad es que con Baudelaire, Lautréamont, Rimbaud y Mallarmé ya hay suficiente. Empecemos por el último. Quiero decir, no por el más joven sino por el último en morir, Mallarmé, que se quedó a dos años de conocer el siglo XX. Éste escribe en Brisa Marina:

La carne es triste, ¡ay!, y todo lo he leído.
¡Huir! ¡Huir! Presiento que en lo desconocido
de espuma y cielo, ebrios los pájaros se alejan.
Nada, ni los jardines que los ojos reflejan
sujetará este pecho, náufrago en mar abierta
¡oh, noches!, ni en mi lámpara la claridad desierta
sobre la virgen página que esconde su blancura,
y ni la fresca esposa con el hijo en el seno. 
¡He de partir al fin! Zarpe el barco, y sereno
meza en busca de exóticos climas su arboladura.
Un hastío reseco ya de crueles anhelos
aún suena en el último adiós de los pañuelos.
¡Quién sabe si los mástiles, tempestades buscando,
se doblarán al viento sobre el naufragio, cuando
perdidos floten sin islotes ni derroteros!...
¡Más oye, oh corazón, cantar los marineros!

Un bonito poema. Nabokov le habría aconsejado al traductor no mantener la rima, dar una versión en verso libre, hacer una versión feísta, si Nabokov hubiera conocido al traductor, Alfonso Reyes, que para la cultura occidental poco significa pero que para esa parte de la cultura occidental que es Latinoamérica significa (o debería significar) mucho. ¿Pero qué quiso decir Mallarmé cuando dijo que la carne es triste y que ya había leído todos los libros? ¿Que había leído hasta la saciedad y que había follado hasta la saciedad? ¿Que a partir de determinado momento toda lectura y todo acto carnal se transforman en repetición? ¿Que lo único que quedaba era viajar? ¿Que follar y leer, a la postre, resultaba aburrido, y que viajar era la única salida? Yo creo que Mallarmé está hablando de la enfermedad, del combate que libra la enfermedad contra la salud, dos estados o dos potencias, como queráis, totalitarias; yo creo que Mallarmé está hablando de la enfermedad revestida con los trapos del aburrimiento. La imagen que Mallarmé construye sobre la enfermedad, sin embargo, es, de alguna manera, prístina: habla de la enfermedad como resignación, resignación de vivir o resignación de lo que sea.

Es decir, está hablando de derrota. Y para revertir la derrota opone vanamente la lectura y el sexo, que sospecho que para mayor gloria de Mallarmé y mayor perplejidad de Madame Mallarmé eran la misma cosa, pues de lo contrario nadie en su sano juicio puede decir que la carne es triste, así, de esa forma taxativa, que enuncia que la carne sólo es triste, que la petit morte, que en realidad no dura ni siquiera un minuto, se extiende a todos los gestos del amor, que como es bien sabido pueden durar horas y horas y hacerse interminables, en fin, que un verso semejante no desentonaría en un poeta español como Campoamor pero sí en la obra y en la biografía de Mallarmé, indisolublemente unidas, salvo en este poema, en este manifiesto cifrado, que sólo Paul Gauguin se tomó al pie de la letra, pues que se sepa Mallarmé no escuchó jamás cantar a los marineros, o si los escuchó no fue, ciertamente, a bordo de un barco con destino incierto. 

Y menos aún se puede afirmar que uno ya ha leído todos los libros, pues incluso aunque los libros se acaben nunca acaba uno de leerlos todos, algo que bien sabía Mallarmé. Los libros son finitos, los encuentros sexuales son finitos, pero el deseo de leer y de follar es infinito, sobrepasa nuestra propia muerte, nuestros miedos, nuestras esperanzas de paz. ¿Y qué le queda a Mallarmé en este ilustre poema, cuando ya no le quedan, según él, ni ganas de leer ni ganas de follar? Pues le queda el viaje, le quedan las ganas de viajar. Y ahí está tal vez la clave del crimen. Porque si Mallarmé llega a decir que lo que queda por hacer es rezar o llorar o volverse loco, tal vez habría conseguido la coartada perfecta. 

Pero en lugar de eso Mallarmé dice que lo único que resta por hacer es viajar, que es como si dijera navegar es necesario, vivir no es necesario, frase que antes sabía citar en latín y que por culpa de las toxinas viajeras de mi hígado también he olvidado, o lo que es lo mismo, Mallarmé opta por el viajero con el torso desnudo, por la libertad que también tiene el torso desnudo, por la vida sencilla (pero no tan sencilla si rascamos un poco) del marinero y del explorador que, a la par que es una afirmación de la vida, también es un juego constante con la muerte y que,en una escala jerárquica, es el primer peldaño de cierto aprendizaje poético. El segundo peldaño es el sexo y el tercero los libros. Lo que convierte la elección mallarmeana en una paradoja o bien en un regreso, en un volver a empezar desde cero. Y llegado a este punto no puedo, antes de volver al ascensor, dejar de pensar en un poema de Baudelaire, el padre de todos, en el que éste habla del viaje, del entusiasmo juvenil del viaje y de la amargura que todo viaje a la postre deja en el viajero, y pienso que tal vez el soneto de Mallarmé es una respuesta al poema de Baudelaire, uno de los más terribles que he leído, el de Baudelaire, un poema enfermo, un poema sin salida, pero acaso el poema más lúcido de todo el siglo XIX.

Enfermedad y viajes 
Viajar enferma. Antiguamente los médicos recomendaban a sus pacientes, sobre todo a los que padecían enfermedades nerviosas, viajar. Los pacientes, que por regla general tenían dinero, obedecían y se embarcaban en largos viajes que duraban meses y en ocasiones años. Los pobres que tenían enfermedades nerviosas no viajaban. Algunos, es de suponer, enloquecían. Pero los que viajaban también enloquecían o, lo que es peor, adquirían nuevas enfermedades conforme cambiaban de ciudades, de climas, de costumbres alimenticias. 

Realmente, es más sano no viajar, es más sano no moverse, no salir nunca de casa, estar bien abrigado en invierno y sólo quitarse la bufanda en verano, es más sano no abrir la boca ni pestañear, es más sano no respirar. Pero lo cierto es que uno respira y viaja. Yo, sin ir más lejos, comencé a viajar desde muy joven, desde los siete u ocho años, aproximadamente. Primero en el camión de mi padre, por carreteras chilenas solitarias que parecían carreteras posnucleares y que me ponían los pelos de punta, luego en trenes y en autobuses, hasta que a los quince años tomé mi primer avión y me fui a vivir a México. A partir de ese momento los viajes fueron constantes. Resultado: enfermedades múltiples. 

De niño, grandes dolores de cabeza que hacían que mis padres se preguntaran si no tendría una enfermedad nerviosa y si no sería conveniente que emprendiera, lo más pronto posible, un largo viaje reparador. De adolescente, insomnio y problemas de índole sexual. De joven, pérdida de dientes que fui dejando, como las miguitas de pan de Hansel y Gretel, en diferentes países; mala alimentación que me provocaba acidez estomacal y luego una gastritis; abuso de la lectura que me obligó a llevar lentes; callos en los pies producto de largas caminatas sin ton ni son; infinidad de gripes y catarros mal curados. Era pobre, vivía en la intemperie y me consideraba un tipo con suerte porque, a fin de cuentas, no había enfermado de nada grave. Abusé del sexo pero nunca contraje una enfermedad venérea. Abusé de la lectura pero nunca quise ser un autor de éxito. Incluso la pérdida de dientes para mí era una especie de homenaje a Gary Snyder, cuya vida de vagabundo zen lo había hecho descuidar su dentadura. Pero todo llega. Los hijos llegan. Los libros llegan. La enfermedad llega. El fin del viaje llega.


Enfermedad y callejón sin salida 
El poema de Baudelaire se llama “El viaje”. El poema es largo y delirante, es decir posee el delirio de la extrema lucidez, y no es éste el momento de leerlo completo. El traductor es el poeta Antonio Martínez Sarrión y sus primeros versos dicen así:

Para el niño, gustoso de mapas y grabados,
Es semejante el mundo a su curiosidad.

El poema, pues, empieza con un niño. El poema de la aventura y del horror, naturalmente, empieza en la mirada pura de un niño. Luego dice:

Un buen día partimos, la cabeza incendiada,
Repleto el corazón de rabia y amargura,
Para continuar, tal las olas, meciendo
Nuestro infinito sobre lo finito del mar:
Felices de dejar la patria infame, unos;
El horror de sus cunas, otros más; no faltando,
Astrólogos ahogados en miradas bellísimas
De una Circe tiránica, letal y perfumada.
Para no ser cambiados en bestias, se emborrachan
De cielos abrasados, de espacio y resplandor,
El hielo que les muerde, los soles que les queman,
La marca de los besos borran con lentitud.
Pero los verdaderos viajeros sólo parten
Por partir; corazones a globos semejantes
A su fatalidad jamás ellos esquivan
Y gritan “¡Adelante!” sin saber bien por qué.

El viaje que emprenden los tripulantes del poema de Baudelaire en cierto modo se asemeja al viaje de los condenados. Voy a viajar, voy a perderme en territorios desconocidos, a ver qué encuentro, a ver qué pasa. Pero previamente voy a renunciar a todo. O lo que es lo mismo: para viajar de verdad los viajeros no deben tener nada que perder. El viaje, este largo y accidentado viaje del siglo XIX, se asemeja al viaje que hace el enfermo a bordo de una camilla, desde su habitación a la sala de operaciones, donde le aguardan seres con el rostro oculto debajo de pañuelos, como bandidos de la secta de los hashishin. Por cierto, las primeras estampas del viaje no rehúyen ciertas visiones paradisíacas, producto más de la voluntad o de la cultura del viajero que de la realidad:

¡Asombrosos viajeros! ¡Cuántas nobles historias
Leemos en vuestros ojos profundos como el mar!
Mostradnos los estuches de tan ricas memorias

Y también dice: ¿Qué habéis visto? Y el viajero, o ese fantasma que representa a los viajeros, contesta enumerando las estaciones del infierno. El viajero de Baudelaire, evidentemente, no cree que la carne sea triste y que ya haya leído todos los libros, aunque evidentemente sabe que la carne, trofeo y joya de la entropía, es triste y más que triste, y que una vez leído un solo libro, todos los libros están leídos. El viajero de Baudelaire tiene la cabeza incendiada y el corazón repleto de rabia y amargura, es decir, probablemente se trata de un viajero radical y moderno, aunque por supuesto es alguien que razonablemente quiere salvarse, que quiere ver, pero que también quiere salvarse. El viaje, todo el poema, es como un barco o una tumultuosa caravana que se dirige directamente hacia el abismo, pero el viajero, lo intuimos en su asco, en su desesperación y en su desprecio, quiere salvarse. Lo que finalmente encuentra, como Ulises, como el tipo que viaja en una camilla y confunde el cielo raso con el abismo, es su propia imagen:

¡Saber amargo aquel que se obtiene del viaje!
Monótono y pequeño, el mundo, hoy día, ayer,
Mañana, en todo tiempo, nos lanza nuestra imagen:
¡En desiertos de tedio, un oasis de horror!

Y con ese verso, la verdad, ya tenemos más que suficiente. En medio de un desierto de aburrimiento, un oasis de horror. No hay diagnóstico más lúcido para expresar la enfermedad del hombre moderno. Para salir del aburrimiento, para escapar del punto muerto, lo único que tenemos a mano,y no tan a mano, también en esto hay que esforzarse, es el horror, es decir el mal. O vivimos como zombis, como esclavos alimentados con soma, o nos convertimos en esclavizadores, en seres malignos, como el tipo aquel que después de asesinar a su mujer y a sus tres hijos dijo, mientras sudaba a mares, que se sentía extraño, como poseído por algo desconocido, la libertad, y luego dijo que las víctimas se habían merecido lo que les pasó, aunque al cabo de unas horas, más tranquilo, dijo que nadie se merecía una muerte tan cruel y luego añadió que probablemente se había vuelto loco y les pidió a los policías que no le hicieran caso. 

Un oasis siempre es un oasis, sobre todo si uno sale de un desierto de aburrimiento. En un oasis uno puede beber, comer, curarse las heridas, descansar, pero si el oasis es de horror, si sólo existen oasis de horror, el viajero podrá confirmar, esta vez de forma fehaciente, que la carne es triste, que llega un día en que todos los libros están leídos y que viajar es un espejismo. Hoy, todo parece indicar que sólo existen oasis de horror o que la deriva de todo oasis es hacia el horror.

Enfermedad y pruebas 

Y ya es hora de volver a ese ascensor enorme, el ascensor más grande que he visto en mi vida, un ascensor en donde un pastor hubiera podido meter un reducido rebaño de ovejas y un granjero dos vacas locas y un enfermero dos camillas vacías, y en donde yo me debatía, literalmente, entre la posibilidad de pedirle a aquella doctora de corta estatura, casi una muñeca japonesa, que hiciera el amor conmigo o que al menos lo intentáramos, y la posibilidad cierta de echarme a llorar allí mismo, como Alicia en el País de las Maravillas, e inundar el ascensor no de sangre, como en El resplandor de Kubrick, sino de lágrimas. Pero los buenos modales, que nunca están de más y que pocas veces estorban, en ocasiones como ésta son un estorbo, y al poco rato la doctora japonesa y yo estábamos encerrados en un cubículo, con una ventana desde la que se veía la parte de atrás del hospital, haciendo unas pruebas rarísimas, que a mí me parecieron exactamente iguales que las pruebas que aparecen en las páginas de pasatiempos de cualquier periódico dominical. 

Por supuesto, me esmeré mucho en hacerlas bien, como si quisiera demostrarle a ella que mi médico estaba equivocado, vano esfuerzo, pues aunque realizaba las pruebas de forma impecable la pequeña japonesa permanecía impasible, sin dedicarme ni la más mínima sonrisa de aliento. De vez en cuando, mientras ella preparaba una nueva prueba, hablábamos. Le pregunté por las posibilidades de éxito de un trasplante de hígado. Muchas posibilidades, dijo. ¿Qué tanto por ciento?, dije yo. Sesenta pol ciento, dijo ella. Joder, dije yo, es muy poco. En política es mayolía absoluta, dijo ella. 

Una de las pruebas, tal vez la más sencilla, me impresionó mucho. Consistía en mantener durante unos segundos las manos extendidas de forma vertical, vale decir con los dedos hacia arriba, enseñándole a ella las palmas y contemplando yo el dorso. Le pregunté qué demonios significaba ese test. Su respuesta fue que, en un punto más avanzado de mi enfermedad, sería incapaz de mantener los dedos en esa posición. Éstos, inevitablemente, se doblarían hacia ella. Creo que dije: Vaya por Dios. Tal vez me reí. Lo cierto es que a partir de entonces ese test me lo hago cada día, esté donde esté. Pongo las manos delante de mis ojos, con el dorso hacia mí, y observo durante unos segundos mis nudillos, mis uñas, las arrugas que se forman sobre cada falange. El día que los dedos no puedan mantenerse firmes no sé muy bien qué haré, aunque sí sé qué no haré. Mallarmé escribió que un golpe de dados jamás abolirá el azar. Sin embargo, es necesario tirar los dados cada día, así como es necesario realizar el test de los dedos enhiestos cada día.

Enfermedad y Kafka 

Cuenta Canetti en su libro sobre Kafka que el más grande escritor del siglo XX comprendió que los dados estaban tirados y que ya nada le separaba de la escritura el día en que por primera vez escupió sangre. ¿Qué quiero decir cuando digo que ya nada le separaba de su escritura? Sinceramente, no lo sé muy bien. Supongo que quiero decir que Kafka comprendía que los viajes, el sexo y los libros son caminos que no llevan a ninguna parte, y que sin embargo son caminos por los que hay que internarse y perderse para volverse a encontrar o para encontrar algo, lo que sea, un libro, un gesto, un objeto perdido, para encontrar cualquier cosa, tal vez un método, con suerte: lo nuevo, lo que siempre ha estado allí.