Mi papá se llama Ángel Hernán Pineda Gil. Tiene casi 74 años (en este mes los cumplirá) y como toda hija enamorada de su padre, estoy segura de que es el mejor papá del mundo. Soy la menor de 4 hijas de su primer matrimonio, así que durante casi 18 años reiné como la “tiernita” o la hija más mimada, precisamente por ser la última.
¿Por qué estoy compartiendo estos detalles de mi vida? Bueno, porque Miguel Ángel Meléndez, quien ha recomendado el libro de este mes, “El olvido que seremos” de Héctor Abad Faciolince, nos ha pedido que escribamos una entrada dedicada a nuestro papá. En la reunión pasada, distinto de lo que hacemos siempre en la primera reunión dedicada al libro del mes, que es leer la biografía del autor, Mike hizo el ejercicio de que cada uno contara cuál ha sido la situación más incómoda o la más triste que nos ha tocado vivir con nuestro papá.
Así, cada uno fue comentando una historia embarazosa o triste con su padre hasta el punto de que a algunos se les escaparon unas lágrimas. Fue un ejercicio atípico pero muy emotivo y bonito. Y es que este libro es un homenaje a un papá excepcional y, por tanto, una reivindicación a la paternidad, que dicho sea de paso, en la mayoría de libros, esta suele quedar mal parada, ya que a los padres los describen como los malos de la película, los que están ausentes, los serios, los abusivos o incluso los hoscos y violentos. Hemos leído muchas historias de madres y, en ocasiones, me ha quedado la sensación de que la maternidad está sobrevalorada. Hay muchos padres geniales, lindos, enamorados de sus hijos. Así que es bueno que la literatura también los ponga en relieve.
Mike también nos preguntó sí somos hijos de mamá o hijos de papá. En el sentido de si somos más apegados a la una o al otro. Yo no tuve la menor vacilación en responderle que soy hija de papá. Me identifico muchísimo con la frase del libro que dice “mi papá es para mí, lo que para mis amigos es su mamá”. Y es que desde que yo recuerdo, siempre he sido más apegada a él, desde las cosas más pequeñas como caminar a su lado agarrada de su mano, hasta ir a él por cualquier circunstancia donde necesito ser escuchada, abrazada o solicitar un apoyo más específico. Mi papi siempre ha estado ahí para lo que sea. Igual como le ocurrió a Héctor con su padre, el mío me acepta completa. Con mis errores, con mis defectos, con mi particular forma de ser y con mis mejores lados. Nunca me critica, ni me juzga y deja que tome mis propias decisiones aunque él no esté de acuerdo.
Siempre nos ha dicho que a los hijos “hay que irles dando pita”, así que dependiendo de la edad que hemos tenido, así ha sido el trato y también las permisividades. Hoy por hoy, en mis cuarenta, somos amigos, nos contamos la vida sin tapujos, nos decimos chistes subidos de tono, a veces nos emborrachamos, y hasta hacemos chiste de las equivocaciones de uno y de otro. Uno siempre se está riendo si está cerca de mi papá, porque él siempre está de buen humor y hace que todo parezca divertido. Es un gran papá, un hombre maravilloso y un excelente compañero. A él le debo mi afición por la lectura, porque tiene la gran cualidad de contar las historias que lee con una pasión tal, que a uno le quedan unas ganas enormes por leer lo mismo.
No me alcanzaría este post ni otro medio para contar cada una de las situaciones que han hecho que tengamos una relación tan bonita como la que tenemos. Pero pienso que como toda relación de familia, se ha ido fortaleciendo no solo porque él se ha esforzado permanentemente por proveernos un clima familiar relajado y cordial, sino también en la medida en que hemos tenido que afrontar circunstancias difíciles, penosas y algunas de ellas muy tristes; que nos han dejado en evidencia que en cualquier circunstancia contamos uno con el otro y que siempre vamos a ser incondicionales.
Alguien dijo en la reunión que la descripción del papá de Héctor le había parecido exagerada y demasiado llena de halagos y zalamerías. A mí no me lo pareció en lo absoluto. Porque cada historia que él cuenta en el libro, yo la comparo con alguna situación con mi papá sino igual, muy parecida o semejante.
Así que le doy las gracias a Dios por haberme dado un padre tan bueno, a mi papá por haber decidido dedicarse a sus hijos de la manera que lo ha hecho hasta hoy, a Mike por permitirme compartirles estos sentimientos y a ustedes por leer todo esto.
Abrazos amigos.













