martes, 5 de septiembre de 2017

Una historia de Ángela Pinto, 8



¡Muy buenos días amigos! Con la agradable noticia que nuestra amiga y compañera del club Ángela Pinto nos ha enviado la octava entrega de su relato. Acá se los dejo. ¡Qué lo disfruten!


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8

Hacía frío, mucho más frío que en el tren, en el bus, más que en mi escuela… esas paredes altas, esos cuartos oscuros, no me gustaba nada… no podía salir, correr… no salía tampoco cuando estaba  en mi casa, pero era diferente, ahí tenía que hacer lo que me ordenaba la monja antipática de turno, no podía moverme de allí, tenía que estudiar, hacer las tareas y solo me podía distraer haciendo la tarea de alguna amiga para que subiera de nota… 

Ya el primer año mi familia me mandó dos veces una caja con galletas, dulces típicos de diciembre, jalea etc., el segundo año no recibí nada… mi hermana se escapó con su novio y mi madre no tuvo el apoyo necesario para hacer todo, escribirme, mandarme cosas, ir al correo… me sentí sola, muy sola otra vez… una interna me pidió que le hiciera la tarea de idioma a cambio de un pan con jalea… sacó buena nota… me volvió a pedir el favor y me pareció injusto, le había insistido que estudiara más, así que se lo rechacé 

También una monja me dijo que me iba a pagar a cambio de escribirle cartas a su familia que creía que estaba estudiando, mientras la pobre solo lavaba platos y limpiaba… lo hice una vez, pero me rehusé la segunda, le dije que debía decirle la verdad, no me hizo caso, es más, no pudo perdonarme… 

Dos veces por semana pasaban por ahí estudiantes de un colegio masculino, mi amiga y yo nos quedábamos viéndolos desde la ventana del último piso y saludando, en fin, solo estábamos  las dos y no había ninguna monja para controlarnos… pero el papelito con mi nombre que había tirado cayó abajo, cerca de la cocina… alguien  lo recogió y se lo llevó a la madre superiora que me regañó, me castigó, obligándome a estudiar sola en un cuarto que no daba a la calle. Pasaba el tiempo estudiando, tocando lo poco que podía al pianoforte hasta que ella misma se cansó (su estudio quedaba contiguo) y le pareció un castigo exagerado y me lo quitó, también porque en clase no habría la boca, me quedaba ausente, hacía diseño de columna dórica en la mesa, o cara de un Neandertal… quedaba todo perfecto, pero la señora de la limpieza tenía la orden de limpiar y de borrar todo… 

¡Vaya que me costó acostumbrarme a no salir!, estar encerrada por meses… ¡uff! Al final, sí me dio permiso de ir a un gran almacén donde había de todo. Me daba permiso durante una hora, pero no me quedaba lejos y así me sentí más animada, solo que una vez una amiga me prestó su abrigo y justo ese día vinieron sus padres para sacarla a pasear y no pudieron porqué mi abrigo no le quedaba…   

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