miércoles, 28 de diciembre de 2016

¡Feliz décimo aniversario club!

¡Feliz décimo aniversario al Club de la Buena Estrella!



Amigos del Club de la Buena Estrella, con mucho orgullo, alegría y enorme satisfacción celebramos este día nuestro Décimo Aniversario.

Hace diez años decidimos -en una conversación informal-, iniciar esta aventura de leer individualmente y comentar en grupo los libros que más nos interesaban. En ese momento no alcanzamos a visualizar lo importante que sería este club en nuestras vidas y en las vidas de otras personas que se nos han sumado durante estos diez años. Sin embargo, al ver hacia atrás y hacer una remembranza de las páginas de los 126 libros leídos, de las personas que nos han acompañado en las lecturas, de los autores que hemos conocido y saludado, de los lugares que nos han albergado y de los centenares de reuniones, comentarios y anécdotas que tenemos; no podemos más que reconocer que fue una de las mejores decisiones que tomamos y de las que más satisfacción hemos obtenido.

Nos agrada sentir que hemos aportado un modesto pero incesante esfuerzo en el fomento de la lectura en nuestro país, y que ahora más que nunca estamos preparados para multiplicar estos esfuerzos gracias a nuestro Método CBE que durante esta década hemos creado, modelado y afinado para beneficio de más y más personas que quieran iniciar y administrar sus propios clubes de lectura.

Queremos dejar constancia de nuestro agradecimiento a todos los miembros del club con los que nos reunimos cada jueves y a los que alguna vez nos acompañaron en todo este tiempo, a los que nos acompañan en la distancia, a los que nos acompañan virtualmente, a los escritores que nos han concedido algún conversatorio, saludo o presentación de libro, a los amigos de otros clubes que nos animan a seguir adelante, a los amigos y familiares que nos han apoyado y que nos han dado el impulso para crecer y a todos los lectores de este blog que nos siguen y nos comentan. Muchas gracias.

Nos estamos preparando para celebrar una ceremonia de aniversario durante los primeros meses del próximo año, pero no queríamos dejar pasar este día sin hacer una mención del aniversario.

Feliz cumpleaños al Club de la Buena Estrella y ¡felices lecturas!

domingo, 18 de diciembre de 2016

La venda, un cuento de fútbol sobre padres e hijos


Y por amor a la memoria llevo sobre mi cara la cara de mi padre. Yehuda Amijai

Me salí por un momento de la cancha y le pedí a Chema que me ajustara el vendaje de la rodilla. Mi padre me había dado aquella venda la noche anterior, igual que Mister Miyagi (Pat Morita) le había dado su cinta a Daniel Larusso (Ralph Macchio) en Karate Kid. "Te va a ayudar con esa rodilla cuica que tenés", me dijo. "Lástima que no puedo ir a verlos jugar, a esa hora tengo que ir por el jefe Mixco al aeropuerto".

Mi viejo, Humberto Andino, a quien aún tengo la bendición de tener conmigo, tenía 50 años en aquel tiempo. Ahora Beto tiene 70. Tras perder a su madre a la edad de 12, dejó su natal San Miguel a los 16 y se estableció en San Salvador. Tiempo después conoció a mi madre, con quien ya han vivido juntos y felices por más de 46 años. Quien escribe estas lineas tiene el privilegio de ser el primero de sus dos hijos, su copia, como dicen los que nos conocen. Soy muy afortunado al poder decir que mi padre ha estado conmigo en cada momento importante de mi vida. Tengo presente cómo nos contuvo a mi hermana y a mí en un mismo abrazo cuando murió mi abuelo, su padre, poco después del mundial del 78. Recuerdo el sacrificio y la devoción con que siempre nos conseguía los materiales y útiles para nuestras tareas en la escuela. Nunca olvidaré cómo nos consoló un día de abril de 1985, cuando dejamos a mi madre en el hospital para una delicada cirugía, ni cuánto lloró a mi abuela materna (quien siempre lo trató como a sus propios hijos) cuando ella partió en 1986. Tengo impresa en el corazón su expresión emocionada el día de mi graduación en 1989, y más marcada aún su emotiva oración y su mirada de vidrio al despedirme junto a mi madre y mi hermana, cuando no hace mucho entré al quirófano con muy poca sangre en las venas y con muy escasas posibilidades de verlos de nuevo. Mi padre siempre ha sido una fuente de consuelo y un bálsamo curativo para los que le rodean.

Ya con la venda ajustada, pedí autorización al árbitro para reingresar al juego, mientras veía con preocupación a ese equipo de azul, perdido y desencajado como Adán un día de las madres. Recuperarnos de ese gol tempranero nos tomó casi todo el primer tiempo. Habíamos salido a la cancha con muchas ilusiones de ganar aquel partido que nos pondría en la semifinal del torneo, y en el primer minuto ya perdíamos 1x0. ¿Has visto la expresión de un niño cuando se le cae al suelo el dulce que apenas acaba de desenvolver? Pues no importa si se tiene 20, 30 o 50 años, siempre que se juega al fútbol se vuelve a vivir cada emoción o decepción igual que un niño.

Durante la siguiente media hora prácticamente no tocamos la pelota. Desconcertados, nerviosos y erráticos, no lográbamos contener al equipo rival, que dicho sea de paso ya nos había goleado en la primera ronda del torneo, algunos meses atrás. "Somos sus tatas", parecía decir la expresión de satisfacción y confianza en su superioridad que mostraban aquellos jugadores de rojo, a los que nosotros solo atinábamos a seguir de un lado a otro del campo, igual que un toro frustrado y agotado. Solo los aciertos del gordo Pepe, nuestro portero, impidieron que recibiéramos más goles en aquel primer tiempo para el olvido. El malestar y el enojo que imperaba entre los azules se evidenciaba en cada reclamo airado que nos hacíamos unos a otros. Ese era un sentimiento que yo conocía bien. Lo recuerdo de un partidito entre amigos en El Cafetalón, cuando yo era un muchacho rebelde de apenas 16 años. Ese día no me había salido nada y yo estaba enfurecido conmigo y con todos. Mi padre estaba en el mismo equipo y me había señalado los errores que estaba cometiendo, y en una penosa respuesta que todavía recuerdo con pesar, le dije que no estaba jugando para recibir regaños y me salí de la cancha. Al domingo siguiente, decidí que jugaría en el equipo contrario al de mi viejo. Anoté un gol pero perdimos el partido. Camino a casa me revolvió el pelo (una fiel copia del suyo) y me dijo con tono animado: "Jugaste bien, de verdad que preferiría no tenerte en contra". Por supuesto que nunca más lo hice.

En el entretiempo, Chema volvió a colocarme la venda en la rodilla, pero esta vez descubrió el broche que la afianzaba mucho mejor, enorme diferencia. El juego se reinició, pero nuestra reacción llegó hasta bien entrado el segundo tiempo, cuando volvimos a creer en nosotros (en el fútbol, como en la vida, todo se resume a credos). Y entonces, con más ganas que recursos y con más voluntad que técnica, comenzamos a llegar al área contraria cada vez con más frecuencia y peligro. El empate que se nos había negado hasta el minuto 86, se presentó en una jugada muy batallada. Después de varios tiros, atajadas, rebotes y forcejeos, el último remate de Chente se estrelló en el costado del portero de los rojos y se coló bajo su cuerpo, siguiendo su trayectoria hacia el marco, sin fuerza, despacito, con suspenso...pero con suficiencia. Era gol. Cada una, la voluntad y la fortuna, habían aportado su propia cuota.

Pero aún no podíamos celebrar, el empate no bastaba. Habíamos iniciado aquel torneo recibiendo humillantes goleadas y, después de mucho trabajo y sacrificio para encontrar el equipo base, sintonizarnos en una misma idea de juego y ponernos en forma (que así funcionan los equipos de burócratas y oficinistas de 30 años cuando se animan a jugar de nuevo después de varios años de ocio y sedentarismo), ahora estábamos apenas a un gol de meternos entre los mejores cuatro equipos del campeonato.

Los rojos percibieron que adelantaríamos filas para irnos con todo sobre su marco en los pocos minutos que quedaban, y con mucha idea enviaron un par de pelotazos largos que dejaron a su centro-delantero mano a mano con nuestro portero. Pero esa noche, una vez superado el error garrafal del primer minuto, el gordo Pepe se había convertido en un gigante imbatible. "¡Aquino es mi apellido!", gritaba el gordo levantándose del suelo con la pelota atenazada entre los guantes. "¡Y aquí no!", remachaba negando con el dedo índice.

Se cumplía el minuto 90 y Chema gritó desde la zona técnica que había que mandar la pelota de una vez hasta el área rival. El gordo Pepe levantó la vista y despejó buscando al negro Méndez, que se había desmarcado bien a unos 30 metros de la portería contraria. El negro controló el balón y enfiló hacia el área grande, cuando un defensa rojo que volvía se lo llevó puesto en una jugada bastante malintencionada. 

Al escuchar el pito arbitral, recordé a mi padre en sus tiempos de jugador, pidiendo la pelota cada vez que había que cobrar un tiro libre directo. Mi papá sabía patear el balón con una potencia intimidante o con un efecto impecable, según el caso. Tal fue la cantidad y calidad de goles que marcó de ambas maneras, que en mis sueños infantiles yo no aspiraba a pegarle a la pelota como Zico, Platini, Maradona o el Mágico González, sino como mi viejo. Y mi viejo trató de enseñarme. En innumerables lecciones y prácticas en las canchas de El Cafetalón en mi natal Santa Tecla, me mostró la técnica, el impulso, la inclinación del cuerpo, el punto exacto donde se debe golpear el balón y el momento justo para sacar el pie después de haberlo dirigido. La mayoría de las veces yo no lo conseguía, y él (a veces con entusiasmo y otras con menos paciencia) siempre me animaba a intentarlo de nuevo. Pero cuando a veces los planetas se alineaban y todos los ingredientes antes mencionados se combinaban para dar a luz un tiro perfecto que pasaba por sobre los obstáculos y bajaba a tiempo de meterse en el marco, su sonrisa orgullosa era la mejor recompensa que yo podía recibir.

Ese hombre de origen humilde, todo sacrificio y lucha, siempre animoso y lleno de fe, me ha enseñado las cosas más importantes y valiosas. Dicen que el juego es un ensayo de la vida, y mi padre ha abrazado su familia, su trabajo, sus credos y sus metas, con la misma pasión e intensidad con que siempre se entregó en la cancha. 

Volví de mi arrobamiento y sin pronunciar palabra fui por la pelota y la puse en el punto de la falta, a unos 25 metros del marco. "¡Vamos chele, pegale vos!", gritó el gordo Pepe. Todavía dolorido por el golpe recibido, el negro Méndez, eterno encargado de cobrar las faltas, asintió con un gesto.

Acomodé la pelota y antes de incorporarme volví a apretar la venda en mi rodilla. Ya erguido observé a los jugadores en la barrera y la posición del portero. Retrocedí dos pasos y respiré hondo para aplomarme. "Dale", pensé, "así como te enseñó el viejo". Recuerdo que di esos dos pasos y le entré a la pelota con un sentido del tiempo que nunca volví a experimentar. Vi al extremo izquierdo de la barrera saltar sin alcanzarla y al portero quedarse parado, observando incrédulo cómo la pelota bajaba hasta entrar en el ángulo. "¡Gol, gol! ¡¡¡Golazo!!!", escuché detrás mio mientras me caía en la espalda el equipo entero hecho un racimo. A lo lejos oí como el árbitro daba el pitazo final. Habíamos ganado en la última jugada del partido.

No sé cuanto tiempo pasó antes de que se removieran todas las capas del cerro humano que me ahogaba. Cuando finalmente pude pararme, dirigí la mirada a la grada donde celebraban jubilosas las familias de nuestro equipo. Ahí estaban los hermanos, las esposas, los hijos y...¿qué hace ahí el jefe de mi viejo? Y entonces me encontré con la mirada orgullosa y emocionada de mi padre. Había vuelto temprano del aeropuerto y le había comentado del partido a su jefe, quien le dijo que pasaran por la cancha para ver aunque fuera los últimos minutos. Mi padre había llegado justo a tiempo de atestiguar cómo, aplicando sus enseñanzas y siendo un poquito como él, yo había alcanzado la que sería la mayor "hazaña" deportiva de mi vida.

Recogí la venda que me habían destartalado en la buruca y comencé a trotar hacia las gradas para encontrarme con mi viejo. En esos metros volví a ser el niño que corre a participarle a su padre su más reciente logro. Al encontrarnos, ninguno de los dos pudo hablar. En momentos así, un abrazo es la mejor palabra. Lo que acababa de ocurrir no era solo un gol de último minuto en un partido de corte dramático, ni tan solo un sufrido pase a semifinales. Era la demostración palpable de que los padres se repiten en sus hijos, que somos cabo y resumen de nuestros padres y abuelos, y que hay momentos fugaces que pueden volverse eternos.

Junto a nosotros, el gordo Pepe también apretujaba en un emotivo abrazo a su hijo de 7 años, su admirador número uno. Mi papá y yo nos sonreímos con complicidad al ver la enternecedora escena.

—¿Me regalás la venda? 
¡Por supuesto, quedatela, es del equipo Andino!

Siempre, mi viejo querido...siempre estaremos en el mismo equipo.

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Con la publicación de este relato cumplo la tarea de escribir un post sobre mi padre, una asignación de Miguel Ángel Meléndez, en el marco de la lectura del libro que él propuso para el Club de la Buena Estrella: El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince. Gracias Mike, por propiciar la oportunidad de revivir y plasmar este recuerdo entrañable.


sábado, 17 de diciembre de 2016

Sobre mi papá




Los mundiales de fútbol empezaron en 1930, en Uruguay, el primer país en organizar uno, y además el primero en ganar la Jules Rimet como se llamaba la copa original, la de oro, la que ganó Pelé tres veces, convirtiendo a Brasil en 1970 en el primer país en tener tres copas del mundo, sobrepasando a Italia, país con el que, hasta ese momento, estaba empatado en mundiales ganados; esa tercera copa la ganó en México, que en 1986 se convirtió en el primer país en organizar dos veces el Mundial. Todo eso y más sobre los mundiales de fútbol lo sabia yo a los 8 años, ¿raro en una niña?, para otros tal vez, pero no cuando tu papá ama de manera desenfrenada el fútbol, y quizá por eso elegí iniciar la tarea que Mike nos encomendó de este modo, recordando una de sus más grandes pasiones, porque de todos los temas en la vida se que ese era su favorito.

Mi papá se llamaba José Napoleón Miranda Arévalo, si viviera tendría 75 años, pero murió hace exactamente 21, un 17 de diciembre, cuando él tenía 54 y yo 17.

Le tenía miedo a leer "El olvido que seremos", porque es un libro dedicado a un padre que está muerto y lo leeríamos en diciembre, esa mezcla pintaba muy explosiva para mí, y en cierto grado lo ha sido, en la primera parte donde Héctor Abad Faciolince describe a su padre desde la mirada de un niño encontré muchas cosas en común: mi papá era alcahueta (aunque no tanto como el Dr. Abad por que mi papá tenía su genio), amaba a sus hijos (más que al fútbol) y, al igual que al autor, mi papá me sacó del kínder simplemente porque yo no quería ir; pero hay dos cosas que por alguna razón son mis principales recuerdos: el primero es el terremoto del 86, no se si porque estaba pequeña o porque me sorprendió en la calle, pero nunca he vuelto a sentir algo tan fuerte, iba del colegio a mi casa y de repente todo se empezó a mover con violencia, vi los árboles sacudirse de tal manera que parecía que eran de hule y las copas casi tocaban las aceras, todo terminó muy rápido, pero el susto solo fue momentáneo, de repente caí en la cuenta que estaba con mi papá, él me fue a traer puntualmente a la salida del colegio (como lo hizo toda su vida), por eso a la hora del terremoto estaba junto a él y eso me dio tranquilidad, como dice en el libro "yo sentía que a mí nada me podría pasar si estaba con mi papá". El segundo es cuando me llevaba al "Mundo feliz", la que me cuidaba y siempre iba conmigo a todos lados era mi mamá, pero por alguna razón a este lugar no iba, éramos mi papá y yo solos en los juegos y por eso hasta la fecha pasar por ahí hace que siempre lo recuerde; el año pasado no pude evitar sentirme mal (llorar pues, las cosas como son) cuando supe que lo cerrarían y cuando vi que lo estaban remodelando para poner un MD (se atreverían a vender zapatos feos en el lugar donde mi papá y yo jugábamos), creo que sentí la misma indignación que sintió don Héctor Abad cuando las capillas de la Universidad eran convertidas en laboratorios. 

Cuando Mike en la primera reunión nos dijo que hiciéramos un post sobre el padre, la idea me encantó, pensé que la tendría fácil pero no ha sido así, al tratar de escribirlo me di cuenta que 17 años apenas alcanzan para unas pocas líneas, y creo entender cuando el autor dice que su libro es una carta para una sombra, en mi caso, siempre me he sentido estafada porque al igual que el escritor yo también "creo que tuve demasiado padre", pero fue por poco tiempo, tan poco que no me alcanzó para tener mayores conflictos con él, y no me gustaría que este post de la impresión de una hija que no ve en su padre ningún defecto porque no es así, como dije antes mi papá tenía bastante mal genio, pasaba muy poco en la casa y deben haber muchas cosas buenas y malas que no conocí, por eso tuve que rellenar esta entrada con datos de los mundiales y muchas frases del libro, porque los recuerdos se me quedan cortos, tanto que cada vez voy encontrando más partes del libro que ya no puedo entender, cuando fui a la Universidad, tuve mi primer trabajo y un montón de cosas más, él ya no estaba y no puedo sentir la misma empatía. Con quién tengo una larga historia realmente es con mi mamá pero esa es otra historia.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Comentario personal a propósito de mi papá



Mi papá se llama Ángel Hernán Pineda Gil. Tiene casi 74 años (en este mes los cumplirá) y como toda hija enamorada de su padre, estoy segura de que es el mejor papá del mundo. Soy la menor de 4 hijas de su primer matrimonio, así que durante casi 18 años reiné como la “tiernita” o la hija más mimada, precisamente por ser la última.

¿Por qué estoy compartiendo estos detalles de mi vida? Bueno, porque Miguel Ángel Meléndez, quien ha recomendado el libro de este mes, “El olvido que seremos” de Héctor Abad Faciolince, nos ha pedido que escribamos una entrada dedicada a nuestro papá. En la reunión pasada, distinto de lo que hacemos siempre en la primera reunión dedicada al libro del mes, que es leer la biografía del autor, Mike hizo el ejercicio de que cada uno contara cuál ha sido la situación más incómoda o la más triste que nos ha tocado vivir con nuestro papá.

Así, cada uno fue comentando una historia embarazosa o triste con su padre hasta el punto de que a algunos se les escaparon unas lágrimas. Fue un ejercicio atípico pero muy emotivo y bonito. Y es que este libro es un homenaje a un papá excepcional y, por tanto, una reivindicación a la paternidad,  que dicho sea de paso, en la mayoría de libros, esta suele quedar mal parada, ya que a los padres los describen como los malos de la película, los que están ausentes, los serios, los abusivos o incluso los hoscos y violentos. Hemos leído muchas historias de madres y, en ocasiones, me ha quedado la sensación de que la maternidad está sobrevalorada. Hay muchos padres geniales, lindos, enamorados de sus hijos. Así que es bueno que la literatura también los ponga en relieve.

Mike también nos preguntó sí somos hijos de mamá o hijos de papá. En el sentido de si somos más apegados a la una o al otro. Yo no tuve la menor vacilación en responderle que soy hija de papá. Me identifico muchísimo con la frase del libro que dice “mi papá es para mí, lo que para mis amigos es su mamá”.  Y es que desde que yo recuerdo, siempre he sido más apegada a él, desde las cosas más pequeñas como caminar a su lado agarrada de su mano, hasta ir a él por cualquier circunstancia donde necesito ser escuchada, abrazada  o solicitar un apoyo más específico. Mi papi siempre ha estado ahí para lo que sea. Igual como le ocurrió a Héctor con su padre, el mío me acepta completa. Con mis errores, con mis defectos, con mi particular forma de ser y con mis mejores lados. Nunca me critica, ni me juzga y deja que tome mis propias decisiones aunque él no esté de acuerdo. 

Siempre nos ha dicho que a los hijos “hay que irles dando pita”, así que dependiendo de la edad que hemos tenido, así ha sido el trato y también las permisividades. Hoy por hoy, en mis cuarenta, somos amigos, nos contamos la vida sin tapujos, nos decimos chistes subidos de tono, a veces nos emborrachamos, y hasta hacemos chiste de las equivocaciones de uno y de otro. Uno siempre se está riendo si está cerca de mi papá, porque él siempre está de buen humor y hace que todo parezca divertido. Es un gran papá, un hombre maravilloso y un excelente compañero. A él le debo mi afición por la lectura, porque tiene la gran cualidad de contar las historias que lee con una pasión tal, que a uno le quedan unas ganas enormes por leer lo mismo. 

No me alcanzaría este post ni otro medio para contar cada una de las situaciones que han hecho que tengamos una relación tan bonita como la que tenemos. Pero pienso que como toda relación de familia, se ha ido fortaleciendo no solo porque él se ha esforzado permanentemente por proveernos un clima familiar relajado y cordial, sino también en la medida en que hemos tenido que afrontar circunstancias difíciles, penosas y algunas de ellas muy tristes; que nos han dejado en evidencia que en cualquier circunstancia contamos uno con el otro y que siempre vamos a ser incondicionales.

Alguien dijo en la reunión que la descripción del papá de Héctor le había parecido exagerada y demasiado llena de halagos y zalamerías. A mí no me lo pareció en lo absoluto. Porque cada historia que él cuenta en el libro, yo la comparo con alguna situación con mi papá sino igual, muy parecida o semejante. 

Así que le doy las gracias a Dios por haberme dado un padre tan bueno, a mi papá por haber decidido dedicarse a sus hijos de la manera que lo ha hecho hasta hoy, a Mike por permitirme compartirles estos sentimientos y a ustedes por leer todo esto.

Abrazos amigos.

lunes, 5 de diciembre de 2016

El olvido que seremos, Héctor Abad Faciolince

"La memoria es un espejo opaco y vuelto añicos, o, mejor dicho, está hecho de intemporales conchas de recuerdos desperdigadas sobre una playa de olvidos"
Héctor Abad Faciolince

Amigos del Club de la Buena Estrella, hemos llegado al último libro programado para ese año: El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince que resultó ganador en la viñeta "Libre". También hemos llegado a un mes muy especial para nosotros ya que es el mes de nuestro Décimo Aniversario de fundación. Nos agrada leer un libro tan emotivo en el marco de estas celebraciones.

Y es que El olvido que seremos es un libro entrañable, una reconstrucción amorosa, paciente y detallada de un personaje, un homenaje de un hijo para su padre; pero también, es un grito de amor paternal y un recuerdo de una ciudad, una familia y una evocación melancólica de la niñez.  

El olvido que seremos es una recomendación de Miguel Ángel Meléndez.

SINOPSIS

En este libro el autor nos narra la vida, ideología y obra de Héctor Abad Gómez, su padre, quien luchó contra la injusticia social que permitía enfermedades, hambre y muerte en las familias menos favorecidas; alguien que combatió defendiendo cosas tan sencillas pero tan importantes como el agua potable, en vez de médicos elitistas, quienes trataban males que se podrían evitar con simple higiene. Este hombre, de grandes sentimientos y de apariencia ingenua, guerreó también contra la violencia y las formas de poder que utilizaban el miedo para controlar la sociedad. 

Abad Gómez fue alguien que no solo luchó contra lo mencionado anteriormente, sino también contra el mismo pueblo y sus entidades más poderosas, como lo son la iglesia y algunos profesores universitarios, pues lo tachaban con un sin fin de títulos como el de comunista o neoliberalista, ya que en el fondo sabían que él podría lograr mucho si el pueblo lo apoyaba, porque muchos eran conscientes que lo que él hacía era correcto, pero temían más a la violencia y a las amenazas que les impedían actuar, amenazas que no hicieron retroceder al padre del autor, lo que causó su muerte. 

FICHA DEL LIBRO

Viñeta:                    Libre
Libro:                      El olvido que seremos
Autor:                     Héctor Abad Faciolince 
Nacionalidad:         Colombiano
Año:                       2005
Total de páginas:    274
Idioma original:      Castellano
Género:                   Novela
Editorial:                 Planeta (sello) - S.A. Editorial 
ISBN:                      978-958-42-1500-0 









DIVISIÓN DE LAS LECTURAS

Jueves 8 de diciembre de 2016
Jueves 15 de diciembre de 2016
Jueves 22 de diciembre de 2016
Jueves 29 de diciembre de 2016
Biografía del autor.
Hasta el capítulo: Guerras de religión y antídoto ilustrado. (inclusive)

Hasta capítulo: Accidentes de carretera.
(Inclusive)
Final del libro
Vacación de fin
de año
31%
70%
100%


BIOGRAFÍA DEL AUTOR

Héctor Joaquín Abad Faciolince (Medellín, 1 de octubre de 1958), es un escritor y periodista colombiano, mejor conocido por sus libros Angosta, que obtuvo en abril de 2005 en China el premio a la mejor novela extranjera, y El olvido que seremos, sobre la vida y asesinato de su padre Héctor Abad Gómez, por el cual le fue otorgado el premio Casa de América Latina de Portugal como mejor obra latinoamericana y el Premio Wola-Duke en Derechos Humanos. Además ha recibido un Premio Nacional de Cuento, una Beca Nacional de Novela (1994) y dos Premios Simón Bolívar de Periodismo de Opinión (1998 y 2006).

Inició sus estudios de medicina, filosofía y periodismo en su ciudad natal, Medellín. Finalmente estudió lenguas y literaturas modernas en la Universidad de Turín. Se desempeñó como columnista de la revista Semana, hasta abril de 2008 y a partir de mayo de ese mismo año se integró al ahora diario El Espectador como columnista y asesor editorial.

Hijo de Cecilia Faciolince y de Héctor Abad Gómez, médico, profesor universitario y defensor de derechos humanos, quien fue asesinado en Medellín en agosto de 1987. Nació en Medellín, en el departamento de Antioquia, Colombia. Fue el único hombre de una familia con cinco hermanas. Inició sus estudios primarios en el colegio Los Alcazares, dirigido por el Opus Dei en Medellín, que a pesar de la oposición de ideas que tenía su padre frente a la iglesia, se matriculó en este colegio debido a la buena calidad de estudio del mismo. 

Durante su infancia Héctor Abad fue influenciado en gran medida por su padre, médico de la Universidad de Antioquia, con quien conoció a los poetas Porfirio Barba Jacob y León de Greiff ya que su padre le recitaba poemas de memoria.

Posteriormente, completa sus estudios en lenguas y literaturas modernas en la Universidad de Turín, Italia, de la cual se gradúa con una tesis laureada sobre la obra de Guillermo Cabrera Tres tristes tigres.

En su carrera como escritor ha obtenido diversos reconocimientos por sus obras tales como Premio Nacional de Cuento (1981) en Colombia, la Beca Nacional de Novela (1994) y el Premio Simón Bolívar de Periodismo de Opinión (1998). En el año 2000 obtuvo en España el I Premio Casa de América de Narrativa Innovadora con la obra Basura (Lengua de Trapo, 2000). Y en 2005 recibió en China el Premio a la Mejor Novela Extranjera del Año por Angosta (Editorial Seix Barral, 2004).

Su libro El olvido que seremos, ha sido elegido con el Premio de Literatura Casa da América Latina/Banif (Lisboa), otorgado a la mejor obra de autor de América Latina publicada en Portugal en el año 2008 y 2009. Ha traducido a autores italianos como Umberto Eco, Lampedusa e Italo Calvino y publicado numerosos ensayos de tipo académico para revistas de uno y otro lado del Atlántico. 

Durante su juventud escribió muchos poemas de los cuales solo los leyó la madre de Fernando Arosemena, la poeta Olga Helena Mattei. Sin embargo, abandona este género literario para dedicarse a la novela y el cuento ya que, en sus palabras, “no es el género más adecuado para escribir sobre los siglos XX y el XXI” y a pesar de no dedicarse a ella, si es un lector fanático de la poesía del Siglo de Oro debido a que es “...más íntima, más intensa, más reposada, más medida”. La editorial española PreTextos publicó en 2015 su libro de poesía Testamento Involuntario con prólogo del poeta español Andrés Trapiello.

El estilo de este autor ha sido clasificado dentro de muchas categorías e incluso se ha dicho que muchas de sus novelas son de género incierto, sin embargo, varios autores han comentado la posible relación que existe entre sus obras y sus columnas.

OBRA

Fuera de numerosos ensayos y traducciones literarias, ha publicado los siguientes libros de narrativa:

  • Malos Pensamientos. Medellín. Cuentos. Editorial Universidad de Antioquia, 1991.
  • Asuntos de un hidalgo disoluto. Bogotá. Cunegunda Bonaventura.
  • Tratado de culinaria para mujeres tristes. Medellín. Celacanto editores, 1996.
  • Fragmentos de amor furtivo. Bogotá. Editorial Alfaguara, 1998.
  • Basura. Madrid. Lengua de Trapo, 2000.
  • Palabras sueltas. Bogotá. Seix Barral, 2002.
  • Oriente empieza en El Cairo. Barcelona. Crónica de viaje. Grijalbo-Mondadori, 2002.
  • El olvido que seremos, 2005.
  • Traiciones de la memoria, 2009. Alfaguara, 2009
  • Testamento involuntario, 2012. Poesía.
  • La Oculta, 2014. Novela.