martes, 29 de enero de 2013

Una misma noche, citas memorables

Parece que el veredicto casi unánime es que Una misma noche no resultó ser del gusto de todos en el club. En lo personal me pareció un libro bastante lento en principio, que encuentra sus mejores momentos de la mitad en adelante. Quizá no ayudó mucho la narración ensimismada y una trama en círculos, iterando en el mismo recuerdo en un largo ejercicio de introspección y memorias. Sin embargo creo que tiene partes bien logradas. Encontré varios segmentos y frases que en particular me gustaron mucho. 

He aquí las citas que más destaco:



Si la mente consigue perderse en la Internet, 
el cuerpo, ese estorbo, cansado, se repliega.


Y comprendo que la escritura es una manera única 
de iluminar la conexión entre el pasado y el presente. 
Y  eso me alienta a empezar: no como quien informa, 
sino como quien descubre.

Creí lo que decía: había llamado talento 
a eso que se había agolpado en mí. 
Eso que al fin se desbocó y me hizo llorar, 
como llora la música.


¿Qué hacen en el barco? 
Enfrentan a un gatito con una rata inmensa 
de esas que hay en la bodega y levantan apuestas
 y solo los estúpidos apuestan por la rata: 
'La raza siempre gana'.



Se dice —dicen los abogados, por ejemplo, 
de los genocidas, en los Juicios por la Verdad: 
y es su principal argumento para pedir su absolución— 
que no se puede juzgar una época según los criterios de otra. 
Que no puede entenderse la guerra en términos de paz.


Que el dolor de uno, 
por solitario que pudo parecer, 
termina siempre por ayudar a otro, 
mucho tiempo después, en otro tiempo. 


Y cuando salía a la calle, entre un objeto y otro, 
entre una y otra persona, así como en los viejos 
laboratorios fotográficos uno veía surgir figuras,
poco a poco, del papel en blanco bajo el líquido revelador, 
así, ahora, solo para mí se hacían visibles esos hombres 
que había creído del pasado, machos enardecidos 
por la gloria de haber matado, sin tener que pensar en ello... 
guardianes de ese orden secreto que nos rige, 
y que yo, más que nunca, me proponía descubrir escribiendo.


 Conmovido, solo atiné a ofrecerle 
que viniera a la Argentina; y me dijo que no, 
porque aun en un país enfermo de violencia
 puede crecer la vida, y su vida estaba allí. 


¿Y su madre? No, me digo, la señora Felisa 
había muerto en 2004, poco antes que mi padre. 
Y ella bajo una lápida con una estrella de David, 
el otro con una bandera argentina a modo de mortaja, 
habían vuelto a ser vecinos, aunados como nunca 
en un mismo legado. Porque la gente también muere 
para que podamos hablar.


¡Dios mío!, me digo. ¿Y si acaso nuestro miedo 
exageró lo incognoscible del pasado? 
¿Y si todo hubiera estado allí todo el tiempo 
para quien se atreviera a saber?


Una exiliada en Francia me contó una vez 
cómo los habían torturado, en el penal de Rawson, 
a ella y a su marido. “Péguense”, les decía el atormentador. 
“Siempre será mejor que si les pego yo. 
Y de paso, descanso. Y de paso, me divierto.”


Se había rasgado el átomo de mi recuerdo, 
la cuchilla de la historia había separado sus elementos
 liberando en mí su fuerza letal; y si quería salvarme 
sólo me quedaba velar por que ese caos se organizara 
con una forma nueva, medianamente armónica, 
en un relato nuevo.


Y es un tiempo sin tiempo, 
en que aun las cosas tremendas 
se vuelven recurrentes; 
terminan por girar como planetas 
en torno de su cama. 


...y ya fue conmovedor intuir 
que no solo una misma pasión, 
sino también una misma fuerza 
indefinible, ajena a nosotros, 
nos había elegido para revelarse.


...quizá se tratara de dejar 
que el cuerpo fuera el papel en blanco, 
que la experiencia escribiera en mí,
para por fin escribirla. 
Pagar el precio.


Debió de haber gritado. No lo sabe, y no lo recordará.
Pero sin duda ha gritado porque Dios entra bramando
 —lo que se espera de Dios— a impartir su justicia. 
 “¿Pero qué hacen, animales?”
Y ahora, paralizada, temblorosa, allí en la camilla, 
siente la mirada de Dios sobre su cuerpo entero. 
Y es como una piedad, sí, porque siendo tan grande 
su poder de perdonar, se lo siente en el cuerpo, 
como un calor o un perfume.
Dios la mira solamente, como si fuera a nombrarla. 
La potestad divina de traerla a la vida con su sola palabra. 
“Suspendan”, dice por fin. “Ella no es montonera.”


Y en el silencio de todos, que de algún modo 
parece excluirme, siento todavía la vastedad del viento, 
sus ráfagas que desautorizan los ruidos 
del tránsito incesante 
confundiéndolos, desbaratándolos. 



Y hay un mostrador en donde se nos indica 
llenar un formulario con nuestros datos, 
las razones por las que hemos venido aquí. 
“Poéticas”, improviso, mientras siento, sobre mi cuerpo 
que se inclina a escribir, la mirada atenta del pasado: 
Yo soy su hijo pródigo.



Pero ella parece creer ahora 
que son los desaparecidos, los muertos,
los que permiten el paso. 
Y a ver quién es capaz de detenerla.


—Entremos en el campo —dice la guía.
Entramos al lado oscuro de todas mis palabras. 


—¿Cómo puede ser que en un lugar de muerte 
se ironice sobre la muerte? El horror de matar, 
de tener que matar… El horror que distingue 
al revolucionario del perverso...
 ¿Y qué habilita en cada uno, y en el mundo, 
el hecho de matar? ¿Quién puede frivolizarlo 
sino un idiota?



—Pero, ¿no será el horror el más alto grado de verdad 
que nos animamos a concebir? ¿Un umbral que, 
de todos modos, la imaginación alcanza a trasponer 
aunque uno ya no tenga la valentía de recordarlo?


¿O era simplemente mi silencio? 
Esa forma de muerte que implica no poder escribir. 
Sospechar nuevamente que nunca había escrito nada. 
Que nunca podría escribir nada.


Pero yo no digo nada. Callo.
Y sobre mí se cierra el mar del olvido.


Ah, dentro del agua, el tiempo se diluye y yo mismo me diluyo.
[...] No, no saldré. Me hundo un poco más, hasta llegar al fondo.
Ya casi no resisto. Pero quiero saber que puedo resistir. 
Cómo es no poder más. Cierro los ojos y veo el fondo espléndido, 
el centro de la tierra. Su negrura.

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